Sobre mi cadáver (extracto)

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Lo inconfesado: esa derrota,
ese triunfo de la voluntad.
marguerite yourcenar,
«Mishima o la visión del vacío» (1980)

En las mudanzas aparecen cosas que uno creía desaparecidas. Es raro, porque en la mudanza anterior, o incluso en una anterior a esa, forzosamente tuvieron que estar ahí, calladas, metidas tal vez en una caja que nunca se abrió. Son como bengalas del pasado que se encienden tardíamente. De algunas, sólo después de examinarlas con detención, podemos concluir: sí, era mía. En rigor todavía nos pertenecen y habría que decir más bien «es mía», pero como uno cambió con el paso de los años parecieran ya no ser de nadie.

La última mudanza de mis padres arrojó un diario secreto que tenía en la tapa una calcomanía de Poison. Digo que se trata de un diario secreto pues así se explicita en su primera hoja, en subrayado. Bajo este título, en una caligrafía que apenas reconozco, aparecen mis dos nombres –algo que me sorprende, pues jamás he firmado de esa manera. Lo debo haber escrito a los catorce años o quizás un poco antes. Es fácil hacer el cálculo. Poison estuvo de moda en Chile durante un tiempo relativamente corto: Bon Jovi le pasó la aplanadora con ese disco donde está la canción «Bad medicine», y luego Guns N’ Roses desplazó a ambos grupos a punta de gritos, gestualidad patibularia, botellas de Jack Daniel’s y dificultosos punteos en guitarra –a cargo de Slash, un chascón con sombrero de copa que caía bien pese a no mostrar nunca los ojos.

La segunda hoja está llena de rayas y algunos monos que hacía para combatir el tedio de las tardes que parecían no terminar nunca. La prueba de que el hallazgo de mis padres es efectivamente un diario secreto está en la tercera hoja. Comienza así:

«Jueves 27. Lo que más me gustaría hacer en el mundo es chupárselo a una mina rica».

Si yo acabo de escribir lo que acabo de escribir y el lector acaba de leer lo que acaba de leer se podría concluir que el secreto ha desaparecido. Juntos hemos ido contra esa voluntad latente. He aquí la paradójica naturaleza de lo secreto: arde en él la tentación de extinguirse, esto es, de revelarse. Lo escrito bajo secreto quiere y no quiere ser leído. ¿Por qué?

En una versión anterior de este ensayo intenté responder la pregunta. El tema, no hace falta decirlo, es viejísimo. Esbocé una pequeña teoría: el dueño del secreto, desde el punto de vista del receptor, en el fondo no tiene claro qué desea, salvo consumar aquello que secretamente piensa y pone por escrito. Como no conseguí contestar la pregunta guardé el archivo en una carpeta llamada «Work in progress» y me olvidé del asunto. Pero ahora, meses después, lo veo bajo otra luz. En lugar de responder la pregunta creo que sería más productivo detenerse en otra paradoja: la del crimen perfecto. La conexión es lateral

Basta que se diga que un crimen es perfecto para que ya no lo sea. Es imposible saber si existen en la realidad; tal vez sólo se pueda decir que hubo un crimen perfecto, lo cual de todas formas es lógicamente discutible. Doy un ejemplo, pero que en rigor es un mal ejemplo. Cerca de mi casa, a fines de los setenta, vivía un matrimonio que terminó abruptamente. El marido mató a su mujer simulando un accidente en un lago del sur. Le propuso dar un paseo en bote al atardecer. Detalle: sin chalecos salvavidas. Había puelche –ese viento que baja de la cordillera y suele causar estragos en las embarcaciones pequeñas. Se especula que él se las ingenió para dar vuelta el bote; a ella le hizo una china letal y partió nadando a toda velocidad, cosa de arribar a la orilla en estado de completo agotamiento. Los que lo vieron llegar –casi muerto– cuentan que quiso regresar de inmediato al agua, a «rescatar» a su mujer. Se lo impidieron aduciendo el enorme peligro que ello implicaba. Tuvieron que retenerlo entre varios. Maldijo al cielo. El cuerpo nunca apareció. No hubo investigación penal ni nada. Crimen perfecto.

Los que conocen el caso de cerca aseguran que fue un crimen –cosa que lo vuelve a priori imperfecto. Él tenía una amante y con su señora se llevaban pésimo. Los vecinos los escuchaban tirarse los platos por la cabeza con bastante frecuencia. Si ella le decía, a boca de jarro en el jardín, que él no sabía qué era el amor, le contestaba dando carcajadas: «Lo sé perfectamente bien; es de hecho lo único que hoy me importa». Ella le recriminaba: «Nunca tienes suficiente, desgraciado; las quieres todas», y él respondía con portazos y escapadas nocturnas pelando forro en su Fiat 147 rumbo a un lecho ajeno.

Vuelvo a lo del secreto. Hay algo nada paradójico en él: su estilo. La cita de ese viejo diario que he ofrecido antes nos permite establecer una cierta generalidad. A este tono de franqueza sin ambages en la Grecia antigua le llamaban parresía. Los seguidores de Antístenes, uno de los discípulos de Sócrates, establecieron un vínculo esencial entre esta y la verdad. La intuición –estoy especulando– es que la verdad, tanto su búsqueda como su

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divulgación, entraña una cierta amenaza para quien opta por jugar de su lado a cara descubierta. Decir lo que nadie quiere escuchar, si se ajusta adecuadamente a los hechos, es una forma de inmolación social. En la ribera opuesta estaría el tinglado diplomático de los eufemismos y las evasivas: el lenguaje estratégico, es decir, el lenguaje del poder.

Los seguidores de Antístenes, la así llamada Secta Perruna, querían educar al pueblo con su ejemplo. Se comportaban como educadores permanentes. Todo lo que hacían y decían podía interpretarse en clave de enseñanza. Diógenes de Sínope es el más conocido. Vivía en total pobreza. Sólo tenía un tazón. Cuando vio a un niño tomando agua con las manos, dijo «También puedo prescindir del tazón» y lo tiró lejos. Son muchísimos los ejemplos de parresía que se conservan de ellos. Diógenes, nuevamente: «Platón dijo que si yo hubiera ido a la corte de Sicilia tal como fui invitado, no tendría que lavar lechugas para ganarme la vida. Pero yo respondí que si él hubiese tenido que lavar lechugas para ganarse la vida, no habría tenido para qué ir a la corte de Sicilia». Resulta difícil imaginar un comentario más al hueso sobre la desastrosa aventura política de Platón y las intenciones de fondo que lo habrían animado para suspender su dirección de la Academia.

Puesto que la verdad era un develamiento, para estos filósofos el maniobrar punzante de la parresía nunca podía permanecer como secreto. Hoy ese motor de conflicto ha tenido que desplazarse a lugares que a los griegos les parecerían contradictorios: mensajes anónimos en las redes sociales, tatuajes cifrados en la planta del pie, diarios de vida ocultos en el doble fondo de un escritorio.

Practicar en el presente la parresía –decir las cosas frontalmente, al costo que sea– te puede meter en problemas graves, no sólo legales: puedes terminar pareciéndoles a los demás un individuo odioso. Como la gente tiene cada vez menos tiempo, bancarse a uno de ellos es inviable. Además de agriar el ambiente, son estresantes y, a su manera, rebuscados. En medio de una distendida conversación impersonal entre compañeros de oficina, preguntan a quemarropa sin miedo a herir sensibilidades: «¿Qué es más feo, un cuadro de Guayasamín o un mural de la Brigada Ramona Parra?». Si alguien dice que desafortunadamente la clase alta chilena tiene poca afición por la lectura, ellos largan un discurso más o menos así: «Dios nos libre de esa sarta de demonios vascos que desprecian el conocimiento y cualquier señal de inteligencia. Demonios castradores y predecibles, de horrible gusto, agresivos y sobrados».

Si alguien habla de cierta tristeza que se encuentra alojada en el alma chilena, ellos disertan sobre «la maldición andina que han administrado de manera perfecta hasta los más execrables politicastros». Ante cualquier referencia a la dificultad nacional para entenderse mediante el intercambio de razones, hablan a trompicones acerca del «amurramiento araucano que tiene hundido al país» o bien del «nihilismo zorrón de corte viñamarino cuya expansión geográfica sería motivo de alarma incluso en una república bananera». En caso de que no asintamos con la cabeza, interpretarán nuestro silencio como una negación; entonces la perorata se volverá intolerable. Es relativamente fácil hacerlos pisar el palito. Basta aludir a las tortas curicanas, a las Odas elementales, a los rankings de personas influyentes, a los chinchineros o a los seguidores de Damien Hirst.

parresía? Salvo que puedas vivir sin trabajar y dispongas así de un espacio de libertad para molestar relajadamente a los poderosos –cuya paciencia, ya se sabe, tiene un límite pequeñísimo–, la parresía pareciera estar destinada a vivir en páginas de ficción. En efecto, los personajes o narradores ficticios en la práctica tienen carta blanca para decir lo que quieran. También para darse el lujo de ser o mostrarse odiosos.

Esta reflexión está motivada por una novela que acabo de leer. En ella figura un mendigo, devastado por el crack «de segunda selección», que vocifera todo lo que se le pasa por la cabeza. A dos mujeres rollizas que caminan de la mano románticamente por un parque las trata de «chanchas calientes». Contra un sujeto con pinta de yuppie despotrica: «Codicioso, apuesto a que ya vendiste a tu madre». A un anciano de buzo y jockey le grita que compre cuanto antes su ataúd, «a ver si con su presencia te empiezas a ubicar». A una mujer de color que va en bicicleta le dice: «Esclava, ándate mejor al África a comer esas porquerías que andan por los árboles». Y así. Un periodista le preguntó al autor del libro sobre la hostilidad sin filtro a la que le había dado curso en su obra. Él dijo que se había propuesto mostrar lo mal que estaba la sociedad. El problema es que lo dijo sonriendo.

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