Sobre la energía feroz para mentirse a sí mismo

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Conversación

Édouard Louis

con Mauricio Electorat

 

Mauricio Electorat: El libro Para acabar con Eddy Bellegueule, de Édouard Louis, es un libro singular, un libro muy especial por muchas razones. Hay que decir de inmediato, y esta sería la primera singularidad, que Bellegueule es un apellido, una palabra que significa algo así como «bello rostro», o más bien « bella jeta», «buen caracho» si ustedes prefieren. Entonces, quiero preguntarte, Édouard, si ese es tu apellido de verdad, porque yo mientras leía el libro siempre me imaginé que era ficción.

Édouard Louis: Es el nombre que he llevado desde mi nacimiento, con el que nací. Bellegueule es un nombre muy marcado por la clase social, como lo es en Chile usar nombres americanizados, en este caso Eddy, o Bryan, etc., ese tipo de nombres. Cuando llegué a París y comencé a estudiar, mucha gente me decía «Eddy Bellegueule es genial, divertidísimo como nombre». Evidentemente no tenía ganas de ser divertido sin quererlo, a pesar mío. Rápidamente me di cuenta de que a esa burguesía parisina, a la que le gustaba ese nombre Eddy Bellegueule, no le gustaba el nombre sino la distancia que ella misma sentía respecto de ese nombre. El hecho de sentirse distantes de ese nombre es lo que les gustaba. Yo les decía «Si encuentran tan genial Eddy Bellegueule, cámbiense de nombre y pónganse así», y obviamente nunca nadie lo hizo. Comienzo con esta anécdota para decir que cuando la gente habla de clase social hay que poner atención a si hablan de clase social o hablan de la distancia que los separa de una determinada clase social.

ME: Sin embargo, estamos ante un libro que no tiene nada de divertido. Estamos ante un libro extremadamente duro, violento, que tiene una potentísima carga de verdad. Un libro que plantea la segregación, la discriminación de una clase social francesa, rural, campesina, muy pobre en todo sentido; pero mucho más que pobres desde el punto de vista material o económico –que ya lo son en Francia–, son pobres desde el punto de vista intelectual y simbólico. Este libro ha sido capaz de simbolizar el mundo de esa gente, de ese pequeño pueblo con mil habitantes en el norte de Francia, que es un vasto territorio. Es un mundo muy restringido, estrecho, antiguo, premoderno, eso es lo primero que llama la atención en este libro. Es como si este libro hubiese sido escrito en Chile, o en América Latina o en cualquier otro lugar que no fuese ese primer mundo desarrollado. Pero que ocurra en Francia llama la atención porque supone la coexistencia de un mundo extremadamente moderno, incluso posmoderno o hipermoderno, el mundo de la gran urbe, de la sociedad desarrollada, con este mundo que es casi medieval, un mundo brutal, violento, prejuicioso, ignorante. Eso llama mucho la atención.

EL: Antes de ser brutal y violento, es un mundo golpeado por la violencia y la brutalidad. Justamente uno de los objetivos de este libro es pensar la violencia del mundo de mi infancia como un efecto de la dominación. Pero es verdad que cuando comencé a escribir mi libro nació de un sentimiento de invisibilidad porque tenía la impresión de no encontrar el mundo de mi infancia. Tenía la impresión de que cuando escuchaba hablar de Francia, o de la sociedad en general, eran expresiones que no se referían al mundo de mi infancia. Ya sea en el campo periodístico o en el académico, encontraba libros que hablaban de la clase media o de la burguesía, o incluso de la clase obrera, pero el mundo de Eddy Bellegueule no es un mundo de obreros, es lo que Marx llamaba el lumpenproletariado, es decir, aquellos que están por abajo de los obreros socialmente. Mi padre trabajó en la fábrica del pueblo, pero tuvo que parar muy joven porque tuvo un accidente que le impidió continuar trabajando. Y cuando era pequeño mi mamá decía una frase que era sociológicamente fascinante: «los obreros son los burgueses», lo que desde el punto de vista marxista es un poco divertido. Por lo tanto, el mundo de aquellos que piensan que los obreros son burgueses era un mundo invisible, y escribir este libro me pareció una manera de arreglar o superar ese problema de invisibilidad. Cuando era niño toda mi familia votaba por la extrema derecha, por el Frente Nacional, y sin duda lo hacían porque eran homofóbicos, racistas y estaban en contra de los inmigrantes. Pero ante todo, cuando mi madre o mi padre iban a votar por Marie Le Pen decían: «Lo hacemos porque son los únicos que hablan de nosotros», es decir, era un gesto, una lucha contra la invisibilidad.

ME: ¿Es verdad que en efecto la izquierda o las fuerzas progresistas de Europa hayan justamente abandonado al sujeto proletario y más aún subproletario como objeto de su discurso?

EL: La izquierda en Francia no habla ya del lenguaje de la dominación, de la pobreza, de la exclusión.

ME: ¿A qué se dirige?

EL: A la burguesía y a la tecnocracia que representa, reproduce y engendra hoy día.

ME: Por lo tanto, ¿habría una pulsión más política que literaria para escribir este libro, o es ambas cosas?

EL: No hago distinción entre un gesto político y literario al momento de escribir. No tengo ganas de perderme en la pregunta de si los escritores deben estar comprometidos o no porque esa pregunta ya fue planteada hace cincuenta añ̃os por Sartre. Sabemos que sí, que los escritores sí deben comprometerse; la pregunta hoy día es cómo hacerlo. De quién hablar y de qué hablar. Hablábamos hace unos minutos de las vidas que no se encuentran, no aparecen en el campo mediático, pero podríamos decir lo mismo del campo literario. No sé si se escucha lo mismo en Chile, pero en Francia está lleno de gente que dice «hoy día los jóvenes ya no leen», «los jóvenes no se interesan ya por la literatura», y cuando se dice eso, de hecho lo que se está haciendo es una sociología de la recepción, nos preguntamos qué ocurre con el público, qué está ocurriendo en el lado de la recepción, y nunca se hace una sociología de la creación, no se preguntan qué cuentan los libros y qué hace que los jóvenes se sientan ajenos a la literatura. Y yo cuando me escapé del pueblo de mi infancia y comencé a leer, había un montón de libros que no tenía ganas de leer porque me parecía que estaban fuera de la vida.

ME: Volvamos a tu libro, hay varias cosas que llaman la atención: los universos violentos, premodernos, ya sea como resultado o como producto. Es decir, como agente o como pasivo activo pero esa violencia está allí, esa premodernidad en un país que aparentemente es posmoderno. Nadie lo pensaría así, es más, creo que mucha gente en Francia no imagina, o tiene problemas para imaginar, que en su propio país existan esos bolsones de premodernidad.

EL: Sí, cuando envié el manuscrito a las editoriales, muchos editores me respondieron que no lo podían publicar porque nadie iba a creer en una historia semejante. Pero yo cuando iba al Jardín de Luxemburgo y veía a las burguesas vestidas de Chanel, tampoco lo podía creer. No podía creer que un editor tuviese una reacción tan caricatural.

ME: Tu libro comienza diciendo lo siguiente, voy a traducir a vuelo de pluma para que vean de qué estamos hablando:

De mi infancia no conservo ningún recuerdo feliz. No quiero decir que nunca, durante esos años, no haya experimentado algún sentimiento de felicidad o de alegría, simplemente el sufrimiento es totalitario, todo lo que no entra en su sistema lo hace desaparecer. En el pasillo aparecieron dos chicos, el primero, grande, con los cabellos rojos, el otro pequeño, con la espalda curva. El grande, colorín, escupió en mi cara. «Toma eso en tu jeta», dijo.

Así comienza. Ahora otro párrafo, dos páginas después:

En el pasillo me preguntaron quién era yo, si era verdad que yo era Bellegueule, aquel de quien todo el mundo hablaba. Me hicieron esa pregunta que me repetí enseguida, incansablemente durante meses, durante años: «¿Eres tú el maricón?». Pronunciándola, habían inscrito en mí para siempre un estigma, esas marcas que los griegos grababan con fuego rojo o con cuchillo sobre el cuerpo de los individuos desviados, peligrosos para la comunidad».

Hay en este libro algo más allá del contexto estrictamente sociológico e histórico, dejando de lado ya el artefacto político propiamente tal, hablando ya un poco más literariamente. Me hace pensar en otro héroe literario, guardando todas las distancias, por supuesto. Pienso en Julien Sorel, el protagonista de Rojo y negro, que también es un protagonista literario, un héroe que se hace a sí mismo y que debe huir, sabe que la condición de su supervivencia es huir de su medio. Hay en Julien Sorel una necesidad imperiosa de escapar de su medio social –en ambos casos un medio social extremadamente bajo, pobre– como condición de estricta sobrevivencia.

EL: Sí, hay tanto en Bellegueule como en Rojo y negro ese tema de cómo en un pueblo o comunidad determinada, se escoge un chivo expiatorio y se tira encima de él. La diferencia entre Bellegueule y Sorel es que a Bellegueule todo el mundo le dice maricón o maricón culiao, traducido a chileno, y Eddy Bellegueule no quiere ser diferente. Mientras para Julien Sorel su lucha es salir de su medio, la lucha de Bellegueule es por no irse, su deseo es ser como los demás, confundirse con los demás. Eddy está por la inclusión. Durante mucho tiempo se ha pensado la violencia como una forma de la exclusión. La exclusión homofóbica, los apátridas de los que habla Giorgio Agamben… mientras que a Eddy Bellegueule se lo trata de maricón asqueroso. Pero el tema de la violencia es desde el punto de vista de la inclusión, qué significa pertenecer a un pueblo y a una familia que no se ha elegido nunca, llevar un nombre que no se ha elegido. Hay un sociólogo en Francia que se llama Geoffroy de Lagasnerie, autor de La última lección de Michel Foucault, que también escribió sobre los alertadores como Chelsea Manning o Edward Snowden y justamente la reflexión era sobre los Estados que tratan de incluirnos y sobre esa gente que se va de sus países. En Bellegueule hay una violencia de alguien que quiere ser incluido porque esa inclusión termina por colonizar su espíritu, su alma.

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ME: Es cierto lo que dices, hay un rasgo en este libro que es muy singular, la simulación. Eddy Bellegueule, para pasar por uno más de esa comunidad, tiene que disimular, tiene que esconderse; eso hace pensar también en El conformista de Moravia, el tipo que quiere ser como todo el mundo y que está obligado, para ser como todos, a esconderse a sí mismo, y hasta ahí hay violencia, porque esto es mucho más fuerte que los insultos, una manera de hacerse violencia a sí mismo. Es una forma de esconderse en el fondo. Por ejemplo acá en tu libro dice lo siguiente:

A partir de mi llegada al establecimiento deambulé todos los días en el patio para intentar acercarme a otros alumnos, nadie tenía ganas de hablarme, el estigma era contaminante, ser el amigo del maricón hubiera sido mal percibido. Deambulaba sin dejar aparecer la errancia, caminando con un paso seguro, dando siempre la impresión de ir hacia un objetivo preciso, de dirigirme a alguna parte, de manera que era imposible para cualquiera percibir la segregación de la que era objeto. La errancia no podía durar, lo sabía, había encontrado refugio en el pasillo que llevaba a la biblioteca, desierto, y me refugié en él cada vez con mayor frecuencia, y luego cotidianamente, sin excepción. Por miedo a ser visto allí, solo, esperando el fin del recreo, tenía siempre el cuidado de hurgar en mi bolsón cuando alguien pasaba, de simular que estaba buscando algo, que la gente que me cruzaba pudiese creer que estaba ocupado y que mi presencia en ese lugar no iba a durar. En ese corredor aparecieron los dos chicos, el primero, grande con el caballo rojo, el otro pequeño con la espalda curvada. El grande con el cabello rojo escupió en mi cara. «Toma eso en tu jeta».

En fin, ahí la simulación está justamente en esconderse. Eddy Bellegueule hace una serie de cosas extremadamente violentas sobre sí mismo para poder pertenecer y pasar desapercibido.

EL: Y despliega además una energía encarnizada, feroz para mentirse a sí mismo. Es el objeto de la violencia y hace todo para hacerse creer a sí mismo que no lo es.

ME: Por ejemplo cuando una chica, que se llama Laura en la novela, responde a su solicitud, es la primera chica que acepta salir con él y la escena del beso es impresionante, porque obviamente él tiene que dar una manifestación. Primero él mismo no puede creer que la chica haya aceptado, tiene dificultades para aceptar eso, y luego se organiza una especie de puesta en escena que es una verdadera obra de teatro. Dice:

Laura me esperaba, no estaba sola, se había corrido el rumor y otros estaban presentes para asistir a la escena [todo esto ocurre a la salida del colegio], querían verme besar a una chica, ver si todo eso era cierto. Me acerqué mudo y temblando, la besé, posé mis labios en los suyos antes de darme cuenta de que ella intentaba introducir su lengua en mi boca. Me dejé hacer, el beso duró varios minutos, yo contaba los segundos, me preguntaba cuándo se iba a terminar eso, si como chico que era debía tomar la iniciativa de poner fin al beso, tomar el mando o esperar. Al mismo tiempo quería que el beso durara, quería que los otros lo vieran, la mayor cantidad de ojos posibles, multitudes, hordas de colegiales, quería testigos que se sintieran idiotas, avergonzados de haberme sepultado de oprobio, que pensaran haber cometido un absurdo error del comienzo, que ese error los desacreditara y los hiriera. El beso terminó y me fui con ganas de correr, había encontrado ese ejercicio infecto, asqueroso.

Bueno, esta es una escena muy fuerte porque se trata precisamente del punto cúlmine de la disimulación. Eddy logra de alguna manera aquello que él había imaginado como salida para poder existir en ese pueblo y al mismo tiempo obviamente lo vive como una representación teatral, como una escena absurda y grotesca.

EL: Sí, está en una búsqueda permanente de imagen, de la oportunidad de crear una imagen de él que corresponda a las expectativas de la gente de esa comunidad. Fue muy lejos, está obligado a adoptar una forma de duplicidad. De tal manera que cuando yo le anuncié a mi familia que era homosexual… bueno, era un poco afeminado y, por lo tanto, tenían algunas dudas, imaginaban, pero cuando les dije no podían creerlo, porque siendo homosexual era el que había jugado más el rol de heterosexual.

ME: En efecto, Eddy tiene un discurso extremadamente homofóbico.

EL: Hay una escena que se produce en el libro, que es una escena de mi infancia, con mis amigos bebíamos whisky y enseguida íbamos al estadio del pueblo, llegábamos completamente ebrios y mis amigos se desnudaban. Yo, que en el fondo era el que tenía más ganas de desnudarme, de estar en contacto con ellos, era el único que no lo hacía. Y parecía que ellos, justamente porque no eran maricones, podían permitirse hacerlo.

ME: Hay una escena en que la cosa va incluso más lejos, cuando estos chicos, este grupo de amigos, comienzan a mirar unas películas porno que alguno de ellos le ha robado al papá, en fin, y en un segundo momento de esa misma escena tienen relaciones sexuales entre ellos. Pero ellos no lo viven como un acto homosexual.

EL: Como ellos son dominantes en la relación de amistad en ese grupo del pueblo, tienen el poder de hacer lo que quieran sin que eso los afecte.

ME: En uno de esos momentos están ahí teniendo relaciones sexuales entre ellos –estamos hablando de chicos de entre nueve y catorce años, él tenía nueve y los más grandes catorce, quince– y los sorprende la madre de Eddy. En ese momento se produce un silencio absoluto, no hay una palabra.

EL: Es como Eddy en el corredor, ella también lucha contra la verdad que todo el mundo sabe. Todo el mundo trata, intenta por todos los medios de no enterarse de nada. Es la gran y bella teoría del filósofo Pascal, en que conocemos la verdad sobre nuestras vidas, sobre lo que somos y toda la historia de nuestras vidas es la historia de una lucha contra esa verdad que conocemos. Y es eso lo que se produce en Eddy, en su madre.

ME: El único que tiene una palabra, que no es una palabra sino una bofetada, es el padre que le dice «No hagas nunca más eso». Pero no le dice maricón ni homosexual. Uno espera como lector que el padre le diga, que ponga las palabras necesarias, y sin embargo, nadie reacciona. Hay un acto extremadamente violento que es la bofetada del padre, pero ni siquiera el padre se refiere a ello. Pero ahora tengo otra pregunta: ¿cómo fue recibido el libro por la inteligencia parisina?

EL: Hubo dos tipos de reacciones, hubo reacciones de gente que comprendía que el libro les decía algo y fueron reacciones generosas, que veían algo en el libro y que, por lo tanto, intentaban tantear el problema de las clases sociales de una manera diferente a partir de la lectura del libro, y hubo otra parte de esa inteligencia que postuló que yo daba una mala imagen de las clases populares.

ME: ¿Cómo se justificó eso?, teóricamente digamos, ¿de quién viene esa reacción? Me imagino que más bien de la ultraizquierda, ¿no?, o de la izquierda más bien pensante.

EL: Sí, de la izquierda, del Partido Comunista que excluyó a Visconti porque era homosexual. Son gente que está acostumbrada a que sean blancos heterosexuales los que hablen de las clases populares. A partir del momento en que una literatura interseccional se produce, en que una mujer o un negro o un homosexual habla de las clases populares, no lo soportan. De hecho no hablo solo de eso, no hablo únicamente de la violencia. Algunos me dijeron que las clases populares son también la solidaridad y la comunidad, y en mi pueblo el voto es por el Frente Nacional, el partido de extrema derecha que obtiene casi del setenta por ciento. Por lo tanto, cuando se habla de solidaridad y comunidad, se está hablando de la solidaridad de la comunidad entre blancos, entonces es en nombre de esos viejos valores que la izquierda me atacó, esa una vieja izquierda, y es una izquierda que piensa que luchar por las clases populares y con las clases populares es una buena lucha, es una buena imagen, mientras que lo que yo persigo es dar una imagen justa; que sea buena o mala me da lo mismo.

ME: ¿Y la derecha?, porque hay que comprender que es un libro extremadamente político. Me imagino que la reacción de la derecha habrá sido comprensiblemente mucho más excluyente y horrorizada.

EL: De parte de la derecha hubo el desprecio habitual de la derecha por las clases populares, pero al mismo tiempo, el hecho de que la derecha sostiene el mito del pueblo bueno a veces les permite comprender más cosas. Y para mí fue bastante horroroso comprobar que a veces la derecha, o gente de derecha, comprendía más el libro que gente de izquierda.

ME: ¿Tienes en mente algún intelectual de derecha que haya comprendido más, como dices tú, en ese sentido?

EL: No, no, para mí desde ya «intelectual de derecha» es una contradicción de términos. Hubo bromas homofóbicas sobre mí en el diario El Mundo de parte de gente de derecha, pero entre los lectores, había gente conservadora que llegó a comprender la violencia de la que pueden ser víctimas las clases populares, pero luego es insuficiente, porque esas personas no harán nada con esa comprensión o harán cosas contraproductivas, por eso es que, obviamente, me dirijo a la izquierda cuando escribo.

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