Seis poetas, treinta años

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Hablar de generaciones se trata, en esencia, de generalizar, y hoy en día nadie quiere ser generalizado. La búsqueda identitaria actual pasa más bien por ser singularizado e individualizado, incluso dentro de lo colectivo. Por eso, ante la petición de ver cómo se miran las generaciones en la poesía chilena actual, preferí, como parte de una generación joven, mencionar a algunos poetas de otras generaciones que conviven y nos relacionan a todos en el Chile actual.

La producción poética nacional ha sufrido transformaciones políticas, sociales y estéticas importantes desde la dictadura a nuestros días. He seleccionado y contrastado las primeras publicaciones de dos referentes relevantes por generación para observar cómo se parecen, cómo se diferencian y cohabitan el espacio poético hoy en día.

La bandera en el desierto

En 1979, Raúl Zurita publica su primer libro, Purgatorio. La portada de la primera edición –en la Editorial Universitaria– es la imagen de la cicatriz que dejó en su rostro el fierro ardiente con el que se quemó, a modo de acción de arte. En su obra poética en general y en este período en particular, durante el que fue parte del colectivo de acciones de arte (CADA), Zurita trazó un proyecto de cruce entre arte y vida, donde el sujeto político excedía al lenguaje y su capacidad de expresar la violencia con palabras.

En el Purgatorio, a través de penas temporales, se expían los pecados para ascender con el espíritu purificado al Paraíso. No es un lugar físico sino un estado del alma, pero Zurita, siguiendo la cosmogonía de Dante, lo convierte en un lugar terrenal. Este Purgatorio se parece más a un sanatorio mental, está escrito en una prosa poética versicular y afiebrada. El poeta crea un hablante autorial, así «Zurita» se transforma en voz y personaje principal del texto a través de la figura de un predicador loco. En la primera parte, los textos se separan en número romanos y a través del delirio y la visión se sublima la experiencia del horror y la tortura. El hablante está encerrado en un baño, apresado, y luego se transforma momentáneamente en rey, aparece Buda y la figura de Cristo como INRI. En la segunda parte se inicia un viaje hacia el desierto de Atacama, homologado con el desierto bíblico, y se hace uso de comentarios en mayúscula que aparecen debajo de algunos textos, como una vía de escape de la locura. En la última parte se refiere a las vacas y las utiliza como metáfora del rebaño simbólico y real en que se ha transformado el país. Otro elemento que destaca es el uso del lenguaje coloquial y de chilenismos (¡sí hombre! / no valía ni tres chauchas / buena cosa / oye lindo), que me parecen parte del innegable legado de Nicanor Parra. En el siguiente poema Zurita propone el desierto como nueva bandera:

iv.

Y si los desiertos de Atacama fueran azules todavía

podrían ser el Oasis Chileno para que desde todos

los rincones de Chile contentos viesen flamear por

el aire las azules pampas del Desierto de Atacama

(en «Tu vida rompiéndose»)

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Es un texto desbordado y rupturista, teñido del contexto social de la resistencia en dictadura.

Elvira Hernández haría lo propio con La bandera de Chile, su primer libro, que circuló mimeografiado y de mano en mano en 1981. El «personaje» es justamente la bandera de Chile, de la cual se hacen variadas descripciones y comentarios, usando diversas personas gramaticales, juegos lingüísticos, neologismos (blanrozul, por ejemplo, palabra que sintetiza los tres colores de la bandera) e incluso caligramas. También usa lenguaje coloquial chileno (rajita / chuchita / hoyito) y de la idea, implícita en Purgatorio, del juicio:

Los libros de Zurita y Hernández contienen varios paralelismos, además de ser de resistencia y denuncia. El vanguardismo, el desafío a las formas tradicionales y la resemantización de los símbolos patrios (la bandera, el desierto de Atacama) crean un espacio de liberación y justicia.

Banderas blancas

Después de que el país iniciara la transición a la democracia aparecieron nuevas figuras poéticas activas. Hacia fines de la década de los noventa, el poeta Germán Carrasco publica su segundo poemario, La insidia del sol sobre las cosas ( JC Sáez Editor, 1998). Es un lenguaje sumamente ecléctico: ambiguo y preciso, lúdico y serio, culto y popular, todo al mismo tiempo. Situado en el antiguo barrio La Chimba, el sujeto está en crisis e incómodo observando la selva. Aparecen los blocks, las villas, las fachadas continuas, el Parque Forestal. Hay sexo, alcohol, hastío, jazz, música romántica, prosa poética y verso. Conviven tranquilamente el inglés y el español, la película Titanic con Auden, Pavese y Keats. Un atisbo de arte poética: «Si hay tantos tipos de poesía quisiera mezclarlos en un cóctel para ver qué pasa contigo, Rita Consuelo». El imaginario es de clase media baja, también hay neologismos y chilenismos, juegos formales cercanos a lo caligramático. Se burla y distancia de sus pares desde la ironía. También aparecen las banderas en plural, pero estas han perdido la capacidad de simbolizar autoridad o un proyecto colectivo, son las banderas blancas de los vencidos, de los que han dejado de luchar:

Por las ventanas asoman

sábanas, camisas, calzones:

todas las banderas –hasta las de la rendición–

estilando.

Hay una pausa histórica en la transición del ciudadano de a pie. Carrasco nos entrega un Santiago exasperante, irónico y sensual bajo el sol punzante.

En otra vereda está Javier Bello, nacido en Concepción. Ese mismo año publica su primer libro, Las jaulas (Visor), un libro torrencial y desbordado, pero no a la manera de Purgatorio. Se trata de un delirio más formal, aunque ambos comparten la idea del desborde de la visión bíblica. Son poemas largos, escritos en versículo y también en prosa poética, llenos de ritmo y que se van construyendo por acumulación y repetición, comenzando por una serie de preguntas descolocantes. El estilo es neobarroco, profético, y los temas se multiplican: la opresión simbólica, la crisis valórica y el apocalipsis medioambiental.

Me parece que las generaciones previas de alguna forma ven a la gente del dosmil como una generación mimada e incluso indolente.

Aquí su declaración de intenciones: «Quiero palabras grandes como caballos grandes, palabras pesadas, candados en los bolsillos de enfrente, palabras enormes, el cielo después del relámpago, palabras, polvo para cubrir las huellas». Es un encabalgamiento y un cabalgar constante del lenguaje. A pesar de que Carrasco tiene un estilo ecléctico de lo alto y lo bajo y Bello toma el camino lírico e imaginativo, es interesante que ambos mencionen y reconozcan, en estos libros, la figura de Auden, poeta del siglo XX que cultivó diversos estilos, cruzando lo privado y lo político y recurriendo a un amplio rango de experiencias morales y emocionales que le permitió individualizar lo universal.

En la colmena

En la recopilación Vidrio molido (La Calabaza del Diablo, 2011), de Gladys González, se encuentran los libros Gran Avenida (2003), Aire quemado (2009) y Hospicio (2011). El lenguaje es simple y directo, versos cortos sin mayúsculas ni rebuscamientos, una voz baja pero certera. A la manera de Carrasco, el símbolo «Chile» es reemplazado por el Santiago periférico. Se hace un retrato crudo y descarnado desde el primer poema «Paraíso»:

aquí no hay glamour

ni bares franceses para escritores

sólo rotiserías con cabezas de cerdo

zapatos de segunda

cajas de clavos martillos alambres y sierras

guerras entre carnicerías vecinas y asados pobres

este no es el paraíso ni el anteparaíso.

Hay una distancia con Zurita, el discurso profético no alcanza a describir y/o sublimar este nuevo estadio de supervivencia material y espiritual. También hay música extranjera (Ella Fitzgerald, Bob Dylan), precariedad, alcoholismo, soledad. La sujeto está rota, quebrada por amores fallidos y asimétricos: «nadie / volverá a levantarme la voz / ni a tocarme como si fuera un cádaver»; denuncia explícitamente la objetualización del cuerpo femenino y la salud mental está trastocada por la violencia:

a pesar

de que aún

no puedo dormir

sin despertar sobresaltada

sin revisar la llave del gas

los pasadores de las ventanas

escribir nosotros

pensando en singular.

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La hablante se encuentra marginada del proyecto del éxito neoliberal, el camino del arte la segrega por más que intente domesticarse a través de los ritos tradicionales (trabajo, sensatez, vida en pareja).

La destrucción del mundo interior (Overol, 2016) también es una compilación, esta vez de los tres primeros libros de Juan Santander. Es interesante la aparición de este gesto compilatorio, posibilitado por el vuelco hacia la condensación y brevedad en las formas. En Carrasco y Bello tenemos un libro de noventa páginas y en las recopilaciones encontramos tres libros breves en la misma cantidad de páginas. Allí estás (2009) está estructurado entre Santiago y el norte, en la relación ciudad-provincia que da forma al tránsito de la niñez (provincia) a la adolescencia (ciudad). A través de un lenguaje preciso se perfila un sujeto desadaptado en ambos mundos, no es de aquí ni de allá. El descubrimiento de la sexualidad está marcado por la sumisión y las relaciones de pareja son también asimétricas, aunque no violentas. En Cuarzo (2012), el hablante cambia su tono y estilo, hay un extrañamiento, una trastocación del orden cotidiano: «Si durmiera un poco menos, / no podría entrar en la vigilia». Los sentidos y el mundo están desorganizados, hay hastío y desencuentros, el orden social en el que están los profesores, los estudiantes y los pacientes es el desorden, la apatía:

Miro el sol

como una mujer el rostro

del niño que cuida por dinero

Eso,

y la vanidad de un lagarto al mediodía.

Hay una inoperancia, un sinsentido de base en las colmenas donde pagan poco, el mundo funciona desde su trizadura.

Chile, Santiago, la provincia o el planeta

Zurita y Hernández hacen uso de la alegoría, es necesario interferir el uso de los símbolos patrios en un contexto de censura política, dando como resultado propuestas figurativas e imaginativas. La bandera es un símbolo robado y el paisaje se transforma en una posibilidad de libertad. Germán Carrasco y Javier Bello dan vuelta la página y reaccionan a las estéticas de emergencia y denuncia de los ochenta. Carrasco es escéptico y no tiene un sentido de urgencia política, erige la bandera blanca de la rendición desde el adormecimiento que provoca lo cotidiano. Bello retoma la fuerza profética de Zurita llevando lo político a una visión no figurativa y, por lo tanto, no literal. Gladys González dialoga con Carrasco en la territorialidad y lo profano, pero dándole un vuelco íntimo, haciendo de la simpleza un recurso expresivo mientras Carrasco es intricado e ilustrado. Por otra parte, Juan Santander tiene una estética sólida y diversa que se asemeja por momentos tanto a Bello como a Carrasco, con una ironía menos desenfadada, más inocente, sin ingenuidad. Hay una transversalidad en la idea de que el contexto social falla, sea donde sea: Chile, Santiago, la provincia o el planeta. Y el amor romántico, que aparece en los textos de los noventa y dos mil, es siempre pasajero, carnal o de desencuentro. El desafío hoy es continuar abrazando la pluralidad de voces, seguir creando diversidad, originalidad, diálogo con estas y otras propuestas.

Hay una transversalidad en la idea de que el contexto social falla, sea donde sea: Chile, Santiago, la provincia o el planeta.

¿Y nosotros?

Hoy en Chile el campo literario está más conectado que nunca. Tenemos acceso a ferias del libro en cada estación, múltiples editoriales independientes, innumerables ciclos de lecturas, becas para estudiar programas de escritura creativa en el extranjero, festivales a lo largo del país, con invitados nacionales e internacionales, fanzines, etc. Por otra parte, la idea de audiencia y de público ha cambiado. Los canales son mucho más directos y existe la posibilidad de difundir tu trabajo a través de una historia de Instagram a gente que no conoces, pero que te sigue porque está en tu mismo radio de interés. Las posibilidades de invención son extremadamente amplias o parecen serlo. Los viajes, ya sea por placer o estudios, permiten que se produzcan contactos con poetas importantes de otras latitudes. Hay más opciones de ser traducido (aunque la mayoría de las veces la traducción de un poema sea anecdótica). Se producen más intercambios que nunca y es impactante atestiguar cómo se ha transformado nuestra forma de difundir contenidos durante los últimos cuarenta años. La ligereza y frivolidad de la que hoy disfrutamos, acompañada de la ansiedad, angustia y pesadez sicológica que produce ser absorbido por una pantalla, es algo que produce tanto atracción como rechazo. Al mismo tiempo, las redes dan paso a una especie de autoconsagración ficticia. Puedes bombardear el espacio virtual con la imagen de que eres una escritora en permanente trabajo, yendo a residencias o simplemente desde tu computador, grabándote o sacándote fotos leyendo, escribiendo o editando.

Se ha expandido el acceso a la lectura en otros idiomas, han aumentado las traducciones de poesía hechas en Chile y muchos poetas jóvenes acceden a poéticas extranjeras en forma casi paralela al momento de su difusión en sus países de origen. Esto genera una nueva «angustia de las influencias», ya no pensando en padres literarios o poéticas fuertes del pasado sino en estar permanentemente a la moda siguiendo lo que acaece en Estados Unidos, México o Argentina, por ejemplo.

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La idea de que todos tenemos una voz, que esa voz es importante y merece o debe ser es – cuchada genera una actitud antes relativamente desconocida. Hay una nueva seguridad y autoa – firmación. La generación milenial es, de alguna forma, una generación quebrada y una gene – ración bisagra entre un mundo que prometía cierta estabilidad (casa, trabajo fijo, familia) y un mundo en constante inestabilidad y búsqueda, donde el lema gringo de perseguir tus sueños ha pegado fuerte. Ya nadie quiere sacrificarse por una familia ni por un matrimonio que se termi – nará antes de los cincuenta. Sólo quedas tú y tus deseos, que están siempre cambiando y viéndo – se afectados por la cantidad de información que consumimos cada día. Al estar el mundo filtrado por la experiencia de la red, por una forma de percibirlo que implica conexión e inmediatez, aquellos que no consiguen adaptarse quedan su – mamente desamparados: ya no basta con vivir en la ciudad para ser moderno.

Creo que entre la generación del dosmil y la del 90 se producen cercanías en torno a talleres pero la búsqueda de autores es siempre para los primeros más mirando hacia afuera. Me parece que las generaciones previas de alguna forma ven a la gente del dosmil como una generación mimada e incluso indolente, y creo que hay algo de verdad en eso. Viceversa, los jóvenes obser – van a una generación frustrada, truncada por el golpe militar y la «democracia». Será inte – resante ver cómo se desarrollará la nueva etapa que tenemos por delante, con la posibilidad de redactar una nueva Constitución y con ella un nuevo futuro.

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