Cuando el Muro de Berlín fue derrumbado y el neoliberalismo comenzó a propagarse hacia los países de Europa del Este, a aquellas pequeñas y convulsionadas naciones que durante décadas estuvieron sometidas al imperio de la Unión Soviética, los optimistas de siempre se apresuraron a vociferar que de ahora en adelante ningún Estado tendría motivos para obstaculizar la libertad de expresión.
J.M. Coetzee, que es todo menos un optimista, publicó justo a mediados de los noventa un libro dedicado al tema de la censura. El impacto fue menor. Se lo leyó como un volumen con olor a naftalina; fruto, de seguro, de una mente dominada por el resentimiento y la amargura. Hoy, sin embargo, gracias al efecto Premio Nobel (que de tanto en tanto acierta y permite que se reedite toda la obra de un autor) contamos con la traducción de Contra la censura, un trabajo disparejo, por momentos agotador, pero sin duda admirable en su coraje, independencia y también actualidad.
Se trata, antes que nada, de ensayos publicados en forma dispersa en distintas revistas académicas, algunas tan prestigiosas como Salmagundi. Lo anterior explica la falta de unidad entre un capítulo y otro, la ausencia de un contexto mínimo para entender ciertos conflictos, como el debate sobre la pornografía en Estados Unidos en la década del 80, y la falta de una mirada global, resolutiva, sobre la censura. Coetzee a ratos escribe con la nariz tan pegada a la página que pierde de vista el conjunto.
Ahora, es posible que esta crítica pida algo que el ensayista no puede o no esté dispuesto a dar. El “método Coetzee”, como podríamos llamarlo, consiste en apuntar muy bien sus preocupaciones, con un rigor que llega a ser exasperante, si bien la sensación final es que la lectura provoca un movimiento interior significativo: se derriban prejuicios, se obtiene información insólita, se alcanza a comprender la verdadera complejidad de un conflicto que arrasa tanto con los artistas que sufren la censura como con las propias sociedades que han permitido que se instaure, en algún momento de su historia, un sistema ideológico represivo. En el ensayo dedicado a Geoffrey Cronjé, uno de los primeros teóricos del apartheid en Sudáfrica, Coetzee especifica que su intención ha sido “seguirle la pista, seguirle los pasos, al movimiento por el cual se desplazan las ideas; es decir, una lectura, más que una explicación”.
¿Por qué una lectura en vez de una explicación? La aclaración –que vale para los otros once ensayos que componen el libro– es una muestra de honestidad, propia de quien sabe de lo que habla. Ya en Elizabeth Costello, una de sus últimas novelas, la protagonista se preguntaba “¿qué esperanzas hay de que el problema del mal –si en realidad problema fuera la palabra acertada, suficiente para abarcarlo– vaya a resolverse hablando más?”. A pesar de su escepticismo, la académica terminaba dictando una conferencia en Ámsterdam titulada “Testigo, silencio y censura”.
Al citar ahora los casos de D.H. Lawrence, Solzhenitsin y André Brink, Coetzee no hace más que subrayar lo imposible que resulta llegar a la raíz del problema. Incluso, puede que la lucha entre artistas y censores no tenga raíz. El desplazamiento de la mirada hacia las zonas más oscuras de la existencia humana sería, entonces, la verdadera actividad del intelectual comprometido. Comprometido con su época, desde luego.
Especialmente originales resultan ciertos ángulos desde los que analiza el conflicto entre la actividad creativa y la represión ejercida por el Estado. En el ensayo sobre el poeta ruso Osip Mandelstam, quien compuso una oda a Stalin después de años de hostigamiento, Coetzee intenta comprobar si se trata de versos auténticos, honestos, o si resulta verosímil creer que Mandelstam, a esas alturas, estaba loco, como sostenía su viuda. También se detiene en el revelador llamado telefónico que Stalin le hace a Pasternak para preguntarle si Mandelstam es un maestro o si “se puede prescindir de él”. Como Pasternak contestó que era un maestro, el líder soviético le perdonó la vida, condenándolo al exilio en Voronezh y sometiéndolo a múltiples vejaciones. La de escribir la oda fue la última, la más radical, la que habría quebrado psicológicamente al poeta ruso.
Para Coetzee la clave está en el temor de Stalin a la excelencia de la obra de Mandelstam. Matar a la poesía, después de todo, significa que se le teme tanto como a la fuerza. O que la poesía es una fuerza, para citar al propio Mandelstam. Sobreponiéndose al escepticismo que lo caracteriza, Coetzee se inclina a creer que el gran arte no sólo se impone al Estado, también lo sobrevive.
Otros textos subrayan la complejidad de la figura del censor. A propósito del poeta Zbigniew Herbert concluye que los funcionarios encargados de la censura son los lectores absolutos, los únicos capaces de ver “los huesos del esqueleto” y ya no, como cualquier crítico, “la carne” del poema. Esto nos lleva a pensar en una singular paradoja: la ira, el motor que moviliza al censor, también entorpece el pensamiento y restringe su capacidad emocional. De allí que los censores se conviertan en seres ridículos sobre los que se hacen burlas; de allí también que éstos terminen prohibiendo el humor. En nuestro país, sin ir más lejos, Pinochet y sus secuaces retiraron de circulación el número de Apsi dedicado a los mejores chistes contra la dictadura.
Erasmo, por quien Coetzee siente un profundo respeto, invitaba a no tomarse tan en serio, pues la vida se asemeja a un teatro. “Todos tenemos frases que decir y un papel que representar”, comenta Coetzee a propósito del legado del filósofo neerlandés. “Cierta clase de actor, al reconocer que está en una obra, seguirá actuando a pesar de todo; otra clase de actor, escandalizado de descubrir que está participando en una ilusión, tratará de irse del escenario y de la obra. El segundo actor se equivoca. Se equivoca porque fuera del teatro no hay nada, ninguna vida alternativa a la que uno pueda incorporarse. El espectáculo es, por así decirlo, el único que hay en cartelera. Lo único que uno puede hacer es seguir representando su papel, aunque tal vez con una nueva conciencia, una conciencia cómica”.
Se agradece que Coetzee recuerde la importancia del humor frente a los totalitarismos, como también que rechace cualquier imagen estereotipada, del tipo David (escritor) y Goliat (Estado), “campo de batalla” o “lucha por la libertad” (si en el fondo la lucha es por el poder). A veces puede sonar anémico o parecer desorientado, pero sus anticuerpos siempre están alerta para detectar la hipocresía, suficiencia y cobardía moral. En ningún caso estos ensayos, por el hecho de abordar la censura en la Polonia comunista o la Inglaterra victoriana (El amante de Lady Chaterley pudo circular íntegro recién en 1960), deben ser leídos como arqueología literaria. En el mundo globalizado las restricciones a la libertad han cambiado de signo, se han vuelto más sutiles: lo que antes era peligroso hoy es ofensivo. Así, para los ciudadanos del primer mundo fumar es ofensivo, los latinoamericanos son ofensivos, la obesidad es ofensiva, los musulmanes son ofensivos.
Aunque Coetzee no se explaye mayormente en el asunto, advierte que los encargados de censurar las artes son los mismos que restringen la libertad de expresión de los medios, y que “las prohibiciones establecidas por monopolios o cuasimonopolios pueden ser en la práctica tan completas como las aplicadas por organismos de censores respaldados por la fuerza de la ley”. En este contexto, añade el autor, basta ver el ataque contra la pornografía desde el feminismo –un movimiento supuestamente progresista– para confirmar que “la libertad de expresión entre los intelectuales occidentales ha retrocedido en los últimos treinta años”.
Este clima opresivo domina también la primera parte de la novela Diario de un mal año, donde un escritor muy parecido a Coetzee dicta sus ensayos a una hermosa joven que vive en su mismo edificio. La relación entre ambos, no exenta de erotismo, vulgaridad y compasión, choca con la frialdad de las opiniones que el escritor piensa publicar en un libro acerca de la descomposición en que ha entrado el mundo actual. El título del volumen, “Opiniones contundentes”, ya debiera hacer temblar a esos escritores que, como Vargas Llosa, sienten que cada semana tienen algo polémico, original o arriesgado que decirle a sus lectores.
Protegido con los ropajes de la ficción, el Coetzee de Diario de un mal año posee toda la desenvoltura, el arrojo y la claridad que sólo se atisban en Contra la censura. Claramente el John Maxwell de la novela no es el mismo que el teórico que publica en la Universidad de Harvard un ensayo sobre el estigma de la pornografía, pero las huellas, los restos que se trasvasijan de un texto a otro, y que pueden reconocerse además en Elizabeth Costello, Desgracia, El maestro de Petersburgo o Costas extrañas, permiten observar que hay algo inconfundiblemente suyo. La pasión por Dostoievsky y Bach, su escepticismo ante la representatividad del Estado, la competencia económica como sublimación de la guerra, el teatro de democracia erigido por Estados Unidos y las mentiras en torno a la llamada guerra contra el terrorismo, la decadencia de la educación universitaria y la hipervigilancia como sofisticado mecanismo de censura son algunos de los temas abordados con singular aplomo por Coetzee.
Resulta tan difícil contradecirlo como dejar de conmoverse por ese personaje que, para efectos prácticos, preferimos llamar Coetzee y que parece totalmente coherente con esa voz que en Infancia y Juventud narraba su vida en el infierno sudafricano, con una familia que se dirigía velozmente hacia el abismo mientras él, con más decisión que esperanza, decide instalarse en Inglaterra para convertirse en escritor. En la cúspide de su carrera, Coetzee entrega una lección de resistencia, una lección que dista de la servidumbre complaciente pero que tampoco se puede tomar por rebelión heroica. Como él mismo lo dice en Diario de un mal año, su opción es “la vía del quietismo, de la oscuridad voluntaria, de la emigración interior”.
En tiempos de estupidez generalizada y de ficciones aguachentas, que se escudan en el viejo pretexto de “la literatura para la literatura”, Coetzee trae de vuelta la visión trágica de la vida. Es lo que hizo grandes a los clásicos rusos, Dostoievsky y Tolstói, o a Kafka y Beckett, sus otros modelos literarios. Se trata de una genealogía que sin duda el autor sudafricano engrandece.
Rodrigo Rojas:
Excelente artículo.