Uno corre, el otro pedalea. Ambos son famosos por razones ajenas a sus piernas; y, sin embargo, quieren hablar de ellas en ensayos escritos con aplicación. En realidad, quieren hablar de otras cosas –más sociales, más teóricas–, pero, para eso, deben primero llamar la atención sobre sus piernas y lo que les sucede cuando las mueven.
El que corre considera al trote una escuela de disciplina y concentración. Es un novelista famoso que, desde 1982, se ejercita a diario por al menos diez kilómetros, incluso en ciudades de paso. La carrera alimenta su escritura, y viceversa. “Escribir novelas largas es básicamente una labor física”, postula Haruki Murakami. “Tal vez piensen que, con tal de tener la fuerza suficiente para poder levantar la taza de café, se pueden escribir novelas. [Es] sentarse ante la mesa y concentrar todos tus sentidos en un solo punto, como si fuera un rayo láser, poner en marcha tu imaginación a partir de un horizonte vacío y crear historias, seleccionando una a una las palabras adecuadas y logrando mantener todos los flujos de la historia en el cauce por el que deben discurrir. Y para este tipo de labores se requiere una cantidad de energía a largo plazo mucho mayor de la que generalmente se cree”.
El que corre es autorreferente y, en el fondo, quiere hablarnos de su talento y la conquista de su propia disciplina.
El que pedalea, en cambio, cree que activar las dos ruedas, aunque solo sea de ida y vuelta al trabajo, no influye particularmente en su trabajo pero “me ayuda a mantener la cordura”. Es un músico de ideas señeras, atado por vocación y estilo al viaje constante. Se lleva su bicicleta plegable de Nueva York a Berlín, y luego de Estambul a Buenos Aires.
“Para mí”, escribe David Byrne –sí, el cantante de los Talking Heads–, “la sensación física del transporte autoimpulsado, junto con la impresión de autocontrol inherente a esa situación sobre dos ruedas tiene un efecto vigorizante y tranquilizador que, aunque pasajero, me basta para estar centrado el resto del día. Suena como una forma de meditación, y de alguna manera lo es”.
El que pedalea es enormemente observador y, en el fondo, quiere hablarnos de las ciudades que ha recorrido sobre su bicicleta y lo que ha aprendido en ellas.
El de las zapatillas y el de las ruedas tienen, además, cierta urgencia por transmitirnos una causa. Y no es la causa esperable del moralismo deportivo, al que dicen despreciar, sino una motivación mayor, vinculada en un caso al control de la propia mente; y en el otro a una manera amable de relacionarse con la ciudad. El antagonista de la primera historia es la dispersión; el de la segunda, el automóvil.
Diarios de bicicleta y De qué hablo cuando hablo de correr no son lo que parecen. De todos los géneros que rozan (la crónica, el ensayo, el manifiesto; la autoayuda, incluso), terminan cargados –sorprendentemente– a la autobiografía. Conocemos mucho mejor a sus autores tras leer ambos libros, pues si su obra masiva previa (novelística en el caso de Murakami; musical y visual en el de Byrne) recoge procesos creativos puntuales, atados a un cauce estilístico mayor, aquí se atisba su rutina diaria, aquello que los ocupa incluso en períodos de silencio o vacaciones, así como el tipo de obsesión mental que los define por fuera de su oficio.
Aprendemos, así, que Murakami es un sujeto autoexigente, capaz de dedicarle varias horas a la semana a una actividad que no necesariamente disfruta, pero que siente como un deber. Aunque el lector esté acostado en cama, sudará ante su descripción del paso por las maratones de Honolulú y Atenas, y el triatlón de Murakami (en la localidad del norte de Japón con la que comparte apellido). “Por fin llego a la meta. No siento de ningún modo la satisfacción de haber logrado nada. Lo único que hay en mi cabeza es la sensación de alivio por no tener que correr más”. Si hay apología, no es al beneficio de la carrera en sí misma, sino a la decisión de emprenderla. En tal sentido, el libro impide la empatía o el atisbo de otros mundos a través de su experiencia: el converso del trote ya sabe lo que se describe, y el escéptico acumulará nuevos recelos para evitarlo.
Con un libro más extenso, en páginas y mirada, David Byrne construye un manifiesto mucho más interesante, en el que su afecto por la bicicleta se expresa como una invitación a que el lector se entusiasme también por otras cosas. El pedaleo pasa a ser una altura de mirada a la ciudad y su cultura cotidiana. “Ese punto de vista —más rápido que un paseo a pie, más lento que un tren, a menudo algo más alto que una persona— se ha convertido en mi ventana panorámica en gran parte del mundo durante los últimos treinta años […]. A través de esa ventana puedo entrever la mentalidad de mi prójimo, expresada en la ciudad donde vive”, explica.
Adelantado autodidacta en temas de transporte público y arquitectura, curioso en gastronomía, bien dispuesto a los encuentros sociales y agudo observador de las rutinas de las ciudades que recién conoce, Byrne es un cronista notable, que expone sus ideas sobre calidad de vida desde ejemplos empíricos, no desde una teoría dogmática. Su libro no busca que el lector se suba cuanto antes a una bicicleta, pero sí que le preste atención al absurdo de adaptarse a ciudades que solo se preocupan por quienes están dentro de un auto. Su libro, como su música, es un manifiesto a favor de la libertad individual y el uso de ésta para una mejor comprensión de lo colectivo.
Ahí donde Murakami es competencia, Byrne es colaboración. Ahí donde el japonés transpira, el escocés sonríe. Uno corre para demostrar que se la puede; el otro pedalea para aprender.