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RESEÑAS

Profesionales de la sospecha

Carlos Peña

Entrevistas que hacen historia. Cuarenta años preguntando
Título: Entrevistas que hacen historia. Cuarenta años preguntando
Autor: Raquel Correa
Editorial: Catalonia
Páginas: 416
Año: 2010

Cuarenta años preguntando, el subtítulo de este libro, es una buena forma de describir la vida profesional de Raquel Correa, la periodista chilena que ha ejercido de manera más notable el género de la entrevista, ese arte que consiste en mostrar la realidad social y política, y a quienes la forjan, mediante el simple expediente de preguntar. Casi la mitad de esos cuarenta años durante los que Raquel Correa ha ejercido el oficio de periodista, transcurrieron durante una dictadura, cuando la libertad de expresión brillaba por su ausencia y cuando no costaba nada, o casi nada, enemistarse con quienes ejercían el poder y caer en desgracia. Pero así y todo ella se las arregló, en esos tiempos difíciles, en los que la prensa no era precisamente el cuarto poder de que hablaba Burke, para no incurrir nunca en la indignidad del halago o el sometimiento intelectual y para mantener, en cambio, siempre una cierta distancia irónica con quienes tenía al frente.

Es esa distancia levemente irónica –quizá el rasgo más propio de sus entrevistas– la que hace de Raquel Correa una de las mejores ejecutoras de ese género. Y es que sin la ironía –sin esa tenue rebelión contra el aura que los personajes quieren cultivar– la entrevista periodística pierde todo, o casi todo, lo que tiene de más propio.

En efecto, a diferencia de otras relaciones humanas cuyas expectativas se exponen con toda claridad desde el inicio –así ocurre en la relación que media entre el abogado y su cliente o un comerciante y el suyo– el éxito de la relación entre un periodista y su entrevistado parece, en cambio, depender, no de la sinceridad, sino, en cambio, de un cierto ocultamiento de los verdaderos fines que animan a cada uno de los partícipes. Mientras la relación entre un abogado y su cliente, por ejemplo, es mejor en tanto más sincera, en tanto cada uno confiese más francamente lo que espera del otro, ese no parece ser el caso de la relación que existe entre un periodista y la persona que es entrevistada. En este caso el éxito de la relación –cuán buena o mala sea la entrevista que finalmente llega al lector– depende de un equívoco, de una cierta asimetría de propósitos entre el entrevistado y su entrevistador: que el entrevistado crea que se le entrevista por sus luces; pero que el periodista, en cambio, se haya acercado a él por sus sombras; que mientras la entrevista se desenvuelve, el entrevistado sienta que su vanidad es halagada, pero cuando se la publica, llegue al convencimiento de que fue traicionado.

Janet Malcolm, como se sabe, afirmó por eso que el oficio de periodista consiste en ganarse la confianza de la gente para luego traicionarla, en halagar la vanidad de las personas para que bajen la guardia y confiesen o digan cosas que no están dispuestas, de buenas a primeras, a contar o a decir. “Lo mismo que la crédula viuda que un día se despierta para comprobar que el joven encantador se ha marchado con todos sus ahorros, ejemplifica Malcolm, el que accedió a ser entrevistado aprende su dura lección una vez que aparece el artículo en el diario”. Y es que siempre hay una cierta disparidad entre lo que parece ser la intención de una entrevista mientras se desarrolla y el resultado de ella una vez que se publica, y en saber manejar esa disparidad radica buena parte del oficio periodístico.

En esto el buen periodismo –y su género por excelencia: la entrevista– se parece en algo al trabajo que realizan el psicoanalista o el fiscal. Como ellos, el periodista es un profesional de la sospecha: sabe que detrás de las palabras y de las sonrisas hay algo que el entrevistado se esmera, más o menos inconscientemente, en ocultar. Si el trabajo del psicoanalista consiste en leer en los sueños, en los lapsus y en los temores lo que el inconsciente no quiere decir, y que el paciente anhela ocultar, el trabajo del buen periodista, ese que no confunde la seducción que es propia del oficio con la genuina amistad, se le parece bastante: consiste en hacer que alguien diga o deje ver lo que, si lo piensa bien, nunca habría dicho o dejado se viera.

Eso es lo que le pasó a la mayor parte de los entrevistados de Raquel Correa, la autora del libro que ahora presentamos y por cuyas páginas desfila buena parte de la historia política de los últimos cuarenta años. Desde una entrevista a Salvador Allende realizada apenas fue electo en la primera vuelta de septiembre de 1970, y corregida a medias por el entrevistado después que Raquel Correa aprovechara su ausencia para salir corriendo (lo que prueba que la actitud que aconseja Malcolm ella la ejerció desde muy temprano), hasta otra efectuada a Sebastián Piñera, luego de su triunfo de apenas dos meses atrás, cada una de las cuarenta entrevistas de este libro permite asomarse a las ideas que animaron alguna parte de nuestra historia y a los personajes que se entusiasmaron con ellas.

Al leer estas entrevistas vemos algo, bueno o malo, que los entrevistados, por cualquier razón, pudor o temor, habrían preferido que no supiéramos. Y es entonces cuando la entrevista cumple la más notable de sus funciones: mostrar un aspecto de la realidad que sin ella no habríamos advertido nunca.

Por eso el periodismo es un complemento indispensable de la historia.

Al preocuparse, ante todo, de los grandes períodos de tiempo, la narración histórica dota a las personas de carne y hueso de un perfil que, con toda seguridad, no poseyeron en el día a día de su quehacer. Cuando uno hojea los libros de historia y recorre los grandes acontecimientos que allí se narran o se recogen, todas las cosas aparecen mejoradas y hasta la maldad o la estupidez adquieren una cierta aura de dignidad. El peor político aparece como estadista; el fabricante de armas como filántropo; el superficial como humorista; el oportunista como estratega; el audaz como emprendedor; el asesino como víctima, el intelectual como un místico.

La tarea del periodismo consiste en deshacer ese hechizo. Y ser un antídoto temprano y eficaz contra esa inevitable mistificación que la historia, tarde o temprano, realiza. Y es que el día a día del periodismo muestra a los hechos sin la pátina que el tiempo arroja poco a poco sobre ellos, dignificándolos. Usted abre un periódico de época, lee una entrevista y recupera la realidad cotidiana y ordinaria de los personajes tal como eran antes de ese momento en el que, para bien o para mal, entraron a los libros de historia. Y entonces el tonto queda como tonto, el inteligente como inteligente, el banal como banal.

Es lo que, con toda seguridad, ocurrirá a los personajes de este libro de entrevistas de Raquel Correa.

Alguna vez alguien abrirá las páginas de este libro, leerá las entrevistas que aquí se contienen, apreciará la sencilla elegancia de su estilo y la espléndida economía de sus descripciones, y se enterará de que los héroes y los villanos de la historia de estos cuarenta años, eran más sonsos o más dignos de lo que enseñan sus triunfos o sus fracasos. Cuando ello ocurra, el periodismo habrá cumplido una parte importante de su función: la de impedir que la pátina del tiempo borre la particularidad de todas las cosas.



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