Los ochentas no fueron una fiesta

Óscar Contardo y Macarena García. La era ochentera
Ediciones B, 2006
244 páginas


Una época no es sino la sanción que las obras de arte dan sobre ella. La literatura es el Juicio Final de la historia, y mientras esa literatura o, dicho secamente, esa gran literatura no exista, el pasado aparecerá siempre como una sumatoria de levedades. En síntesis eso es lo que representan Homero, Musil, García Márquez y seguramente lo que representarán para nuestro tiempo David Foster Wallace y tal vez Bolaño. Por oposición, la ausencia de esa literatura es lo que se pone de manifiesto al leer el ensayo periodístico publicado bajo el cacofónico título La era ochentera de Macarena García y Oscar Contardo (dos periodistas de Artes y Letras de El Mercurio), cuyo fin es hacer un recuento de lo que emergió en Chile durante esos años. Aunque las pretensiones del libro no son modestas, queda claro desde la primera línea que no se trata de The Pound Era de Hugh Kenner, ni nada de lejos semejante. Tampoco tiene mayor sentido caer en la tentación de oponerle otro recuento ni detenerse en sus posibles yerros, faltas u omisiones. Tal vez anotar, y muy sumariamente, que ya en 1977 el pintor Carlos Altamirano expuso en la Galería Cal unos grandes cuadros de metal con dibujos de siluetas humanas y enteros perforados por impactos de bala, que las acciones de arte de finales de los 70 y comienzos de los 80 precedieron a las grandes protestas masivas ”introduciendo, de paso, por primera vez en Chile, el video como parte activa de las obras”, o que la práctica artística más importante de ese tiempo fue la fusión de las artes visuales y la poesía. Pero, como decía, es irrelevante añadir u oponer datos porque lo crucial del libro de García y Contardo no es el pasado sino lo que delata de nuestro presente.

Es éste uno de esos libros ligeros que es imposible tomarse a la ligera. Como nunca, lo importante es aquí lo no dicho, porque devela, y casi a gritos, un duelo no resuelto. Lo que estos dos autores hacen evidente es que no existe aún una novela (ni un film ni un relato) que nos dé la forma de esos años; su clima, su densidad, su peso, su temor, y mientras no existan los Musil, los Kafka o los Coetzee el debate será inevitablemente una oposición de sumarios, vale decir, una discusión de nadas. Así la sensación que queda una vez finalizada la lectura no es distinta a la que se experimenta al ver Machuca después de haber visto La batalla de Chile o Allende. El espectáculo es el de una distorsión generalizada, de un under de photoshop donde la memoria es sólo el reflejo de la vacuidad sin memoria del mercado. Su éxito de ventas (y felicitaciones) sintetiza una estrategia del olvido que aquí tomó la forma del recuento y del cual estos dos jóvenes periodistas, sin duda talentosos, no son responsables porque no hacen sino retratar “y usemos acá una palabra abruptamente puesta de moda entre nosotros” el ethos del presente. No, este libro no retrata una época sino que muestra, y es su sorprendente mérito, la desesperada importancia de la poesía.

La conclusión no deja de ser impresionante: lo que sucede es que La era ochentera de García y Contardo no puede contarnos de ningún pasado porque en rigor carecemos de un pasado; tenemos víctimas, crímenes atroces y también la sucesión de eventos que aquí se detallan, pero no un pasado. Sea cual sea la forma que tome, sólo la poesía nos puede entregar un pasado. No es mucho más lo que se puede por ahora añadir, salvo una observación final: la juventud desde la cual fue escrita esta obra es sin duda envidiable, pero los años 80 en Chile no fueron una fiesta, y si lo fueron lamento habérmela perdido.

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