El turista más antiguo de Barcelona

Germán Marín. Círculo vicioso
Planeta, 1994
385 páginas

 Germán Marín. Las cien águilas
Planeta, 1997
384 páginas

Germán Marín. La ola muerta
Sudamericana, 2005
380 páginas

Vivo más del rencor que de los tallarines. Esta frase de Céline, citada, al pasar, en una de las tres novelas que componen Historia de una absolución familiar, en cierto modo resume el ánimo que prevalece a lo largo de las mil doscientas y tantas páginas que Germán Marín pone, ahora, sobre la mesa.

Historia de una absolución familiar es la novela de alguien que hubiera preferido escribir otra novela; la Historia, con sangrientas mayúsculas, ha infectado a tal punto la vida cotidiana que el hecho de concebir y creer ficciones parece un lujo que el autor no puede darse, o que sólo puede cumplir si de antemano acepta, como hace Marín, que la literatura no sirve para enderezar el pasado. Convertido, durante los años 80, en, como él dice, el turista más antiguo de Barcelona, Marín pasa buena parte del exilio encerrado en la reconstrucción de su árbol genealógico. Para ello debe echar por tierra las idealizaciones familiares, sumergirse en el pozo sin fondo de la intimidad, y cumplir, en lo posible, con el propósito de no edulcorar los recuerdos. El deseo de asumir el fracaso me aterra, escribe, en Círculo vicioso, pues si dejara de escribir, en un acto de voluntad, quedaría más desguarnecido aún, abandonado como un corcho al vaivén de los días. Escribir, dice él, es una forma de eludir al dios sensato del tedio, o bien una forma de convivir con el fracaso, de no disfrazarlo en la apariencia de unos cuantos pocos logros. Con humor agrio y por momentos agónico, Marín sentencia que completar una novela no es difícil: sólo se requiere un lápiz, una mesa, un cuaderno, una silla y un cuchillo bien afilado para que el escritor clave en la mesa la mano que le queda libre.

El autor de estas novelas renuncia a desaparecer, puesto que no hay experiencias verdaderamente privadas o acontecimientos históricos que, vistos desde el presente, no hayan emponzoñado la intimidad. Hacia el final de La ola muerta, en Buenos Aires, el joven protagonista comienza a considerar con seriedad la posibilidad de hacerse escritor, un oficio que hasta entonces le parecía más bien cómico, pues pensaba que ser escritor era ser una especie de Enrique Lafourcade. Antes las había oficiado de cadete militar, de pinchadiscos, de contrabandista, de estudiante de literatura, y acababa de librarse, por poco, de consolidarse como cafiche o como soplón de la policía. Marín se demora en estas vidas pasadas sin ceder al impulso de asumirlas como descansos de una misma escalera, de ordenarlos en una secuencia dignificada por el presente. Es así, en el desorden de la vida real, como Germán Marín se convierte en una especie de Germán Marín.

Apegarse al yo, en este caso, es exhibir imágenes parciales que no llegan a sintetizar una identidad o una pertenencia. Muy por el contrario, lo que Marín muestra una y otra vez es un desacomodo radical con los rostros que aparecen en el espejo. Soy una filipina que no habla castellano, dice, Soy un turista que olvidó irse. Y sigue: Soy un viejo caliente al que le transpira el mate; Soy una persona que sueña mucho, pero que rescata poco y nada de la noche; Siempre me parece que estoy soñando lo que sobra de la noche; Soy una sombra apta para el diálogo con otras sombras, pero tal vez cada vez más torpe para tratar a las personas que vienen de la realidad.

Círculo vicioso reconstruye el origen de la familia, Las cien águilas recupera la infancia y la adolescencia del cadete Marín, y La ola muerta es el relato de una juventud en la que priman los hallazgos sexuales y los porrazos existenciales. Pero es el diario entreverado en la narración lo que hace de esta trilogía una obra esencial, que rompe con la tradición de la novela familiar en Chile, en la medida que enfatiza un desarraigo interior, fragmentario, que ya no cabe en los moldes de las transgresiones burguesas. Surgen, aquí, precisiones, digresiones, sueños, idas al cine, dolores de muela, ácidos comentarios motivados por las noticias que llegan desde Chile, cenas que acaban mal, raptos de felicidad, veranos en una ciudad en la que sólo persisten los locos, los perros y los ancianos que nadie quiso llevar de paseo, calenturas de voyeurista, arrebatos de fetichista, aventuras sexuales desmentidas a renglón seguido, letras de bolero, ritos familiares, exabruptos, mistificaciones, autocensura, y una larga serie de anotaciones elegíacas, pues mientras Marín sobrevive hay otros que no sobreviven: igualados por la muerte figuran Jean Paul Sartre, Cortázar, Borges, Rulfo y Enrique Lihn, Tucapel Jiménez, Sebastián Acevedo, Rodrigo Rojas Denegri y José Car-rasco. Es en el diario donde se consigna, en especial, la desazón del narrador, invariablemente convencido de que no ha dicho lo que en verdad quería decir. Y una incertidumbre decisiva ante el futuro, ante la supuesta democracia que se avecina. Sólo un ejemplo, del 8 de octubre de 1985: La dictadura de Pinochet será alguna vez un recuerdo aciago y no faltará quien, mirando con nostalgia la foto enmarcada de un ser querido, dirá por qué el destino se ensañó con nosotros. Peor será para quien suspire por alguien, fue una muerte inútil el sacrificio de tomar las armas, como temo que se escuchará más adelante, mientras los políticos allá lejos, en los salones, estarán celebrando a todo cachete la democracia rediviva, a costa incluso de la molestia de que Allende existió.

Marín respira por la herida. Escribe una novela interrumpida por las urgencias del presente, o bien un diario de vida que suele cobrar la forma de una epigonal novela de familia. Conviene dejar en claro que Historia de una absolución familiar es una gran novela, la obra mayor de un escritor que ha conseguido retratar la violencia y la melancolía chilenas con una entereza a toda prueba, a trazos firmes que sin embargo dan cuenta, también, de las vacilaciones, de las zonas mudas de la experiencia.

Puedes continuar con...