¿Qué hago yo aquí?

La habitación de hotel daba a un patio trasero. Por la ventana sólo se veían sábanas colgadas. Todos los días había sábanas lavadas, porque la mayoría de los pasajeros se quedaba una noche. El Altabella, el único hotel del pequeño pueblo de Aguaviva, en Aragón, España, está pegado a la carretera. Sus huéspedes son camioneros o vendedores que duermen y se van. Llevaba más de una semana en el Altabella, mirando las sábanas por la ventana y fumando a cifras récord, cuando me hice la pregunta. La pronuncié en voz alta. Era la misma pregunta que, más tarde, sumido ya en la vida del periodismo portátil y esto de sobrevivir escribiendo historias por el mundo, me haría varias veces. Pero esa vez en el Altabella, en Aguaviva, en el interior de la España olvidada, fue la primera vez. Era la misma pregunta que le da nombre al libro más personal que publicó Bruce Chatwin, la última celebridad en la escritura de viajes. Era una pregunta honesta: ¿Qué hago yo aquí?

Había llegado hasta Aguaviva para escribir una crónica periodística. Para investigar, entrevistar, reportear y tomar apuntes de la que me parecía una buena historia. En el pequeño Aguaviva la persona más joven tenía 60 años, entonces, para evitar el fin del pueblo el alcalde decidió un plan: importar familias argentinas jóvenes, con al menos tres hijos, antepasados españoles y con ganas de emigrar. Así se había armado la nueva comunidad, con viejos españoles desesperanzados y argentinos jóvenes desesperados.

Apenas supe de la historia, viendo la sección curiosidades del noticiero de Televisión Nacional de Chile, decidí que era el momento de partir. Quería contar lo que estaba sucediendo en Aguaviva. Paul Bowles, el escritor de viajes neoyorquino que murió en Tánger y que publicó sus travesías en formato de libro y en las principales revistas de Estados Unidos, hizo célebre su división de la especie humana enfrentada al viaje. Para él había dos clases muy marcadas: turistas y viajeros. Pero Bowles se quedó corto. La especie humana enfrentada al viaje se divide en tres: turistas, viajeros e inmigrantes. Con suerte, en Aguaviva podría encontrar a los tres.

Meses antes de viajar a España me había ganado cinco mil dólares en un premio de crónicas de una revista colombiana. Había concursado con una historia que ocurría en el Amazonas, pero eso no era tan importante como las historias de amor entre gringas y nativos. El viaje y el paisaje, finalmente, no son más que la escenografía de una crónica. Con la plata del premio decidí ir al interior de España a escribir un artículo de un tema que conocí por televisión. Entonces era turista, soñaba con ser viajero, y no sabía que terminaría de inmigrante.

Busqué Aguaviva en el mapa. Mandé correos a la gente del ayuntamiento, anoté teléfonos y junté noticias sobre la importación de argentinos. Volé de Santiago a Madrid y dos días más tarde tomé un bus de Madrid a Teruel. Una noche en Teruel, y me subí a un pequeño bus al pueblo de Alcañiz. Cuando llegué a Alcañiz, ya no había más buses que me llevaran hasta Aguaviva. Sin embargo, en la cafetería del pueblo había un camionero que pasaría por la escenografía de mi historia, y le pedí que me llevara. Llegué a destino de noche. Una semana más tarde, siete días en el Altabella, no había conseguido nada que valiera la pena. O eso pensaba. Me estaba gastando la suma más alta de dinero que había recibido en mi vida, gracias a escribir una crónica de viaje. Pero el dinero se me iba perdiendo en el centro de la España abandonada. Nadie me había mandado a contar esa historia. ¿Qué hago yo aquí?

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Periodismo de viajes

Escribir una historia periodística en un viaje no es lo mismo que hacer periodismo de viajes. Podrían ser lo mismo, me encantaría que fueran lo mismo, pero eso no sucede aquí ni en ningún lugar del planeta. Todo tiene que ver con eso que en el mundo del turismo se llama “la industria”, y que no es otra cosa que los anunciantes. Las revistas y suplementos de viajes viven condicionados, como todos pero de forma más evidente, por los anunciantes. En ese tablero, plagado de invitaciones y de viajes en grupo y de visitas condicionadas, es que el periodista de viajes se ve relegado a ocupar las últimas categorías del periodismo a secas y con mayúscula.

Así como a los periodistas deportivos les gusta estar cerca de los futbolistas importantes. Así como a los periodistas políticos les gusta estar cerca de los personajes poderosos. Así como a los periodistas de música les gusta estar cerca de las estrellas de rock. Así como a los periodistas de cultura les gusta estar cerca de los grandes escritores. Así como ellos, los periodistas de viajes terminamos conociendo a los turistas con una semana de vacaciones. Estamos cerca de las familias que caminan de la mano por el parque de diversión, de las parejas en luna de miel en la clase económica de un crucero, o junto al padre oficinista que deja a los hijos con los entretenedores del resort mientras él, totalmente desconectado de su vida diaria, toma piñas coladas todas incluidas mirando pasar chicas en bikini.

Cuando el fin de un artículo periodístico es el viaje en sí, y en esa publicación el “viaje” se entiende como “vacaciones”, el periodista de viajes termina convertido en un turista de temporada alta que viaja a los sitios en temporada baja recolectando datos para el verano que viene. Una suerte de recomendador profesional, que publica en medios masivos para una burguesía mínima. El resto, la mayoría, agarra los suplementos de viaje y los lanza a la basura sin siquiera abrirlos.

Por eso, hace rato que las mejores historias de viaje no aparecen en revistas y suplementos de viajes. Por ejemplo, nunca se ha escrito un mejor artículo sobre cómo es viajar en un crucero que “Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer” de David Foster Wallace. Foster Wallace, que había publicado en varias revistas de viajes de Estados Unidos, recibió el encargo de una revista de ensayos y crónicas –Harper´s– para subirse a un crucero por siete días. En el artículo, que luego se hizo libro, raya con pluma aguda el día a día de los estadounidenses a bordo y describe las actividades y el funcionamiento de estos barcos que solemos ver fotografiados en publicidades de revistas y suplementos de viaje. Pero además hace algo que, rara vez, diría que nunca, se permite el periodista de viajes: dejar de una vez por todas de ser un turista más y preguntarse ¿qué hago yo aquí?: “No puedo evitar pensar cómo deben vernos ellos, esos jamaicanos y mexicanos impávidos, o especialmente cómo nos ve la tripulación inferior no aria del crucero Nadir. Llevo toda la semana haciendo todo lo que puedo para separarme a los ojos de la tripulación del rebaño bovino del que formo parte, para distanciarme de alguna forma: evito las cámaras, las gafas de sol y la ropa caribeña en tonos pastel”.

Periodismo portátil

Hay quienes estudian periodismo para poder viajar, aunque la mayoría de los periodistas nunca viaja. Pese a ello, el viaje se ha instalado en una suerte de cuadro de honor de privilegios a los que se accedería (en compensación a los bajos sueldos) al ser periodista: ir gratis a los conciertos, no pagar en el cine, entrar al estadio con credencial, recibir libros de regalo, ser invitado a comer en restaurantes caros, conocer famosos en la intimidad y viajar. Viajar mucho y por todos los continentes.

Hay quienes estudian periodismo para poder viajar, aunque la mayoría de los periodistas nunca viaja. Pese a ello, el viaje se ha instalado en una suerte de cuadro de honor de privilegios a los que se accedería (en compensación a los bajos sueldos) al ser periodista: ir gratis a los conciertos, no pagar en el cine, entrar al estadio con credencial, recibir libros de regalo, ser invitado a comer en restaurantes caros, conocer famosos en la intimidad y viajar. Viajar mucho y por todos los continentes.

La primera vez que publiqué en un diario un artículo que mezclaba periodismo y viajes, fue la historia de la hinchada de Los de Abajo en un partido de fútbol en Argentina. Era la crónica de una barra brava chilena siguiendo a su club hasta Buenos Aires. Más de 70 horas arriba del bus, saliendo de Santiago, cruzando la cordillera de Los Andes, viendo el amanecer en la pampa argentina y entrando a Buenos Aires rodeados de policías. Todo para contar las travesías que recorren los fanáticos. Si bien el artículo terminó siendo noticioso y de un sorprendente valor periodístico (la lluvia de palos que nos dio la policía argentina fue titular de los diarios al día siguiente, todos se preguntaban por el viaje de la hinchada y terminé con una extraña exclusiva entre manos), su origen perseguía propósitos mucho más pedestres: era primera vez que Universidad de Chile, mi equipo, llegaba a la semifinal de la Copa Libertadores de América y le tocaba enfrentar al temible River Plate en el estadio Monumental de Buenos Aires. Quería estar ahí, pero era un colaborador periodístico que no tenía un peso. Entonces propuse el tema, para ver a mi equipo en su partido más importante. Ofrecí contar una historia, para poder viajar.

Si bien la fantasía general es que el periodismo permite viajar, terminé recorriendo el camino inverso: viajar me permitía hacer periodismo. No sólo como sucedió en la historia de la hinchada de Los de Abajo, o en el pueblo español de Aguaviva, sino que en todas las historias que siguieron más tarde. El viaje más allá del traslado.

James Morris, la destacada escritora de viajes inglesa que nació hombre y tuvo esposa y tuvo hijos y fue soldado y escaló el Everest como miembro del Ejército inglés antes de cambiarse de sexo y convertirse en Jan, es el gran ejemplo de cómo el viaje va más allá del paisaje. Publicaba sus travesías en Rolling Stone, The Times Literary Supplement, Esquire o el New York Times, y su libro Un mundo escrito (1950-2000), reúne lo mejor de su obra de crónicas de viajes por medio planeta. En uno de ellos, “Casablanca: cambio de sexo”, escribe una historia donde el principal viaje le ocurre a su cuerpo: “Casablanca era la última ciudad que vería como hombre”.

El viaje real, ya sea en el periodismo o en la literatura o en la vida, siempre termina siendo más inofensivo que lo que a uno le puede suceder en él.

Siempre había trabajado como freelance, aunque fue a partir del año 2000, después de viajar a España para contar el pueblo de viejos españoles e inmigrantes argentinos, que comencé a llamar a mi estilo de trabajo “periodismo portátil”. Gastar mi premio en un pueblo abandonado me había convencido de lo que quería hacer: viajar y escribir historias por el mundo. Por mucho que hubiera sábanas en la ventana y por mucho que me preguntara: ¿Qué hago yo aquí?

Asumir el periodismo portátil no sólo significaba no volver a casa. También era hacer periodismo desde cualquier sitio, y para todos lados. Era entender que las noticias son anécdotas, y que las anécdotas son las noticias. Era descartar los golpes periodísticos para buscar dar el gran golpe, donde el botín en juego eran las historias. Era trabajar desde la oficina portátil, los cibercafés, que funcionan como las redacciones cotidianas salvo por una diferencia: en las redacciones periodísticas ves todos los días las mismas caras, en los cibercafé nunca ves una cara dos veces.
Desde un comienzo, una de las influencias para lanzarme a la aventura fue la novela Historia abreviada de la literatura portátil, de Enrique Vila-Matas. Desde las primeras páginas sentí que los requisitos de admisión para ser un buen “shandy” (cofradía creada por el escritor español, tomada de La vida y opiniones del caballero Tristram Shandy, de Laurence Sterne) eran similares a los que debía aspirar todo el que quisiera hacer periodismo portátil: “Poseer como primera condición una obra ligera, transportable, nada retórica y que ocupe poco lugar en la maleta. Debe ser, además, un viajero impenitente, casi un nómada. No pretender grandes ideales, ni plantearse propósitos sublimes. Funcionar como un individuo autónomo. Ser lo suficientemente insolente para enfrentarse con el orden establecido y sentir solidaridad por los desheredados de la Tierra”.

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Así como Vila-Matas ha confesado que “lo importante no es ambicionar la fama o el ser escritor, sino escribir”, creo que la principal ambición del periodista portátil debe ser poder viajar y sobrevivir de lo que se escribe, por sobre los laureles efímeros o los aplausos de las academias estilísticas. Y como dijo Adriano González León, autor de la novela País portátil (novela que en 1968, en pleno boom latinoamericano, ganó el premio Biblioteca Breve de Seix Barral): “Las noticias de todos los días son completamente imbéciles, sobre todo las políticas, pero las noticias curiosas sí dan pie para soñar”.

Crónica de viajes

No siempre el periodismo y los viajes se llevan bien. Los reporteros de política que viajan con los presidentes, casi nunca salen del entorno local que motiva su viaje. Los periodistas deportivos que acompañan a la selección de fútbol, se pasan días enteros en canchas de entrenamientos o en el lobby del hotel. Una de las excepciones podrían ser los corresponsales, que se van a pasar largas temporadas al extranjero y tienen más tiempo para escribir historias menos urgentes. Pero, claro, la figura del corresponsal tiende a desaparecer. Es muy difícil que hoy ocurran casos como el de Ryszard Kapuscinski, emblema del periodismo narrativo mundial, que pasó décadas como corresponsal en África de la agencia polaca de noticias. Kapuscinski recorría África despachando los datos duros para su agencia, y guardando material para futuras crónicas. Ébano, su libro de crónicas africanas, es una muestra perfecta de cómo pueden mezclarse el periodismo y los viajes.

Seguramente sea el periodismo narrativo, la crónica literaria, el género dónde más se potencian el periodismo y el viaje. Un estilo que se tiende a conocer como “Crónica de viajes” (pese a que puede sonar redundante) y que en su escritura busca responder eso que podemos llamar “la doble pregunta”: ¿Qué voy a contar?/ ¿Qué quiero decir?

La crónica de viajes que informa y hace reflexionar, que da datos y a la vez conmueve, tiene una larga trayectoria en Europa y Estados Unidos, pero casi nula en Latinoamérica. Aquí no hay tradición. De todo el resto hay. Hay escritores, cronistas, libros, lugares y (con algo de esfuerzo) una mirada propia sobre el viaje. Sin embargo, lo que falla, lo que falta, lo que parece no se termina de concretar es una tradición de la crónica de viajes latinoamericana. Seguimos creyendo más en la Patagonia de Chatwin que en la escrita por Francisco Coloane. Le damos más autoridad a los relatos sobre toros de Hemingway, que a los de cualquier cronista mexicano o colombiano, los dos países con más tradición taurina de América Latina. Y en eso está parte importante del problema: en periodismo como en literatura como en los viajes, la tradición es más importante de lo que quisiéramos.

Un pionero del periodismo y los viajes en español es José Martí. En 1880 ya publicaba sus travesías en La Opinión Nacional de Caracas y en La Nación de Buenos Aires, simultáneamente. Textos escritos por un cubano, desde distintas ciudades de Estados Unidos y Europa, que 120 años más tarde pueden considerarse señeros, inaugurales de una tradición regional que se ha mantenido inconclusa. Muchos de esos textos se encuentran en su libro Crónicas norteamericanas, el mismo donde aparece su famoso relato sobre la construcción del puente de Brooklyn: en esa historia Martí se toma el trabajo investigativo de contar cuántos tornillos, cuántos metros de cable y de alambre hay en el puente.

“Viajar, perder países/ ser otro constantemente”, dice la famosa cita de Fernando Pessoa. Jugando a adaptarla, se podría decir que un buen viaje se define por cuánto perdimos en él. Entre más, mejor.

Finalmente, me quedé dos semanas en Aguaviva. La última noche llegó un argentino, de Córdoba, desesperado por conseguir trabajo y no mucho más. En todos los días que estuve ahí, financiando mi propia historia, nunca pasó nada. Eso era, finalmente, lo que sucedía.

Jamás puede responderme, hasta hoy, la pregunta ¿qué hago yo aquí? Recuerdo, eso sí, que llegué hasta ahí para escribir un gran reportaje periodístico y me fui del lugar habiendo perdido algo importante. Después de esa historia, hace casi nueve años, nunca más he vuelto a vivir en Chile. Aguaviva fue la última ciudad que me vio antes de convertirme en inmigrante.

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