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María José Cumplido

Historiadora

Las grandes fortunas del mundo, el colonialismo y el poder político llevan mucho tiempo apropiándose de algo que no es de ellos bajo la  excusa  de  que  «lo  cuidarán  mejor»  y  que «muchas más personas podrán admirar estos objetos». ¿Qué hacen los frisos del Partenón en el British  Museum? ¿Por qué el busto de la Nefertiti no está en Egipto sino en una sala en Berlín? Sharon Waxman, periodista estadounidense, intenta responder estas preguntas contando la historia del tráfico de arte y  antigüedades desde la conquista de Egipto por Napoleón. Expone de manera formidable las negociaciones, las mentiras, los robos y el negocio detrás del tráfico de  antigüedades, y cómo los grandes museos europeos y estadounidenses han usado diversas técnicas para apropiarse del patrimonio cultural de países más pobres, saliendo casi ilesos de ello. Saqueo nos hace mirar con sospecha las políticas culturales de los países ricos y darle otra vuelta  a las motivaciones del MET, del Louvre, del British y, por supuesto, de los grandes filántropos que sustentan los museos.

Sharon Waxman, Saqueo: el arte de robar arte, Madrid, Turner, 2011


Catherina Campillay

Licenciada en Teoría e Historia del Arte

Este título de la Fundación Cisneros, en edición bilingüe, recorre la vida personal y artística de una figura fundamental en el panorama latinoamericano del siglo pasado. Gullar se pasea por la poesía, las  artes  visuales de vanguardia de mitad del siglo xx y el desencanto posterior, la militancia política, el turbulento exilio, hasta por los guiones de teleseries en los que trabajó, y a lo largo de la conversación aparecen tanto fragmentos de su poesía y de sus textos teóricos –que se volvieron centrales en el desarrollo de la vanguardia en nuestro continente– como cuidadas reproducciones de sus libros-poema y poemas-objeto. El panorama cultural del Brasil se va desplegando  y  haciendo  visible  durante la lectura, invitando también a escuchar los ecos que tiene en el arte y la poesía latinoamericanas.

Ferreira Gullar, Ferreira Gullar: en conversación con Ariel Jiménez, Nueva York, Fundación Cisneros, 2012


Luis Barrales

Dramaturgo

Investigando para una obra de teatro lo compré por error de ignorancia, pensando que se trataba del palimpsesto  como procedimiento pictórico, y me encontré con una novela que se lee de un zuácate, entre otras razones por su fino humor, al modo de una fuga diría desde mi tincada musical, otra de mis ignorancias. La digresión es el hilo del gran tema al que le mete tajo: la escritura y la lengua. Un imaginario escritor polaco ha sido encerrado en un manicomio hasta que se cure de una enfermedad de inaceptable mal gusto, escribir en una lengua extranjera, en este caso en el imaginario «antártico», y en el lugar se va encontrando con otros escritores que han cometido la misma audacia: Nabokov, Beckett, Cioran e Ionesco, entre otros. A todos se le aplica la misma terapia bartebliana, fundada en el inefable escribiente de Melville, para que se les quite el vicio, pero todos de alguna manera se las arreglan para insistir, como nuestro protagonista, que se lanza a escribir una segunda novela en antártico sobre las viejas hojas de un periódico impreso en lengua flamenca. Ese palimpsesto, sospecho, es la novela que finalmente nos encontramos leyendo. Aleksandra Lun no se permite juicios, así que el riesgo lo tomo yo y me dio por entender que la autora, una palimpsestadora en su propia carrera literaria, levanta una cuestión sobre si el celo por las identidades no será una especia de cárcel para la verdadera autoría. Los palimpsestos es la primera novela de Lun, y fijo que voy a leer la siguiente.

Aleksandra Lun, Los palimpsestos, Barcelona, Minúscula, 2015


Carolina Melys

Profesora y escritora

Los libros sobre la relación padre-hijo a través del ejercicio de la escritura –padres que escriben versus hijos que escriben– me parecen un gran tema literario. Sobre todo si esos padres no son referente alguno y sólo escribieron textos aborrecibles, como es el caso con el ensayista y crítico argentino Reinaldo Laddaga. O pienso en los libros de Raúl Barón Biza, esas novelitas pornográficas y simplonas que nada tienen que ver con aquella obra maestra que escribiría su hijo Jorge, El desierto y su semilla. Laddaga reivindica a ese padre amateur de las letras instalándolo en el campo literario. Un padre que muere del corazón a temprana edad por falta de lectores. Porque un escritor puede morir de eso. Sobre todo si cree que es el mejor escritor de su tiempo. Pero el hijo no duda en dejarlo al descubierto: esa creencia sólo era posible pues su padre nunca leyó a otros. Imposible no querer leerlo. Al hijo, claro está.

Reinaldo Laddaga, Un prólogo a los libros de mi padre, Buenos Aires, Beatriz Viterbo, 2011


Romina Reyes

Escritora y periodista

Actualmente curso un seminario  que  ahonda  en la figura de la maternidad como dispositivo de politización. Una relación pocas veces tocada en la literatura, que se piensa como esencia y no como una construcción de la modernidad. En este contexto leí algunos capítulos de este libro, una recopilación de escrituras no blancas en los Estados Unidos de los ochenta, momento en que espacios como lo queer aún estaban en disputa. Los textos mapean las opresiones  que se viven en tanto mujeres, en tanto lesbianas, en tanto inmigrantes, dibujando los lugares del feminismo desde donde hoy nos sentamos a hablar con más comodidad. Hoy, cuando el feminismo ha tocado la cultura popular y toma una máscara de celebración, me parece importante no deshistorizarnos y reconocer las escrituras que nos abrieron el camino como mujeres, como lesbianas, como latinas en un mundo donde la opresión racial y política permanece como enemigo.

Cherríe Moraga y Ana Castillo, eds., Esta puente, mi espalda. Voces de mujeres tercermundistas en los Estados Unidos, San Francisco Ism Press, 1988

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Rodrigo Fernández

Licenciado en Filosofía

«Se puede ser subjetivo sin ser personal», decía Gonzalo Millán en su diario del cáncer, y es esta una de las primeras cosas que podría decir de Megan Boyle o de cualquiera que se use a sí mismo como el insumo en el que arde o se apaga la escritura. Los derroches de intimidad y el tierno absurdo que contiene cada vida son entretenidos de ver, coleccionar y contrastar, pero la escritura arde de verdad cuando esa primera lectura abre su reflexión y choca contra el mundo. Y Boyle, yendo y viniendo dentro de esta tensión, arde; no todo el tiempo, pero arde, no se apaga y eso es lo que importa. Pasando por levrerianos monólogos en los que explora su relación sentimental con Firefox y Safari, una enumeración de momentos vergonzosos que nos recuerda cómo a veces nos mentimos a nosotros mismos, o un capítulo titulado «Gente que conocí en la escuela de conducción de camiones»  (que hace pensar en personajes para cuentos de Carver), va construyéndose lentamente la sensación de poder desaparecer a fuerza de decirse tanto o, lo que vendría a ser lo mismo, encontrar al otro a fuerza de hundirse tanto en un yo que, a fin de cuentas, es el mismo para todos. Algunos capítulos ya los había leído en su libro anterior, pero considero que se compensa con un puñado de chistosas selfies de la autora.

Megan Boyle, Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido, Santiago, Los Libros de la Mujer Rota, 2017


Francisca Feuerhake

Dibujante y actriz

Barthes define el mito como un sistema de comunicación, como un mensaje. Me fascina su idea de que todo puede ser un mito, de que cada objeto del mundo puede pasar de una existencia muda a un estado oral, a una apropiación de la sociedad. Barthes analiza de manera hilarante una serie de mitos que ha detectado en su entorno, sobre el automóvil, la publicidad, el deporte, el vino, el bistec y las papas fritas. Hace una revisión muy precisa y certera de los lugares comunes en que caemos al hablar de ciertas entidades.  Recomiendo este libro a los amantes del lenguaje y sus fenómenos.

Roland Barthes, Mitologías, séptima edición, Ciudad de México, Siglo XXI, 2016


Carolina Ruiz

Licenciada en Letras

Mi incapacidad de negarme a la persuasión de un buen comentario, en este caso de un librero, me hizo caer en La bebedora de sangre, que no conocía de nada. La verdad es que, mientras lo leía, todo el rato pensaba «esto se parece  mucho a Azul»,   y cómo no iba a ser, si tras guglear rápido me enteré de que la autora, Rachilde, o Marguerite Vallette-Eymery, fue una destacada miembro del simbolismo y decadentismo franceses, movimientos ambos que alimentaron el modernismo hispánico del cual Rubén Darío fue fundador principal. Así que mi tincada no estaba errada. Supe además que en Los raros (1896), su libro de perfiles sobre importantes escritores simbolistas, el periodista y poeta nicaragüense escogió a Rachilde como única mujer entre veintiún autores. Con una prosa rica en imágenes poéticas, los relatos de Rachilde también están colmados de personajes de una fuerza femenina perversa y siniestra; allí la belleza de una mujer salvaje o de una horda de rosas interrumpe la existencia para forjar caos y destrucción. Es, para mi gusto, una invitación a delectarse y violentarse con sensaciones, visiones, sonidos y aromas de una sensualidad desbordante y desquiciante.

Rachilde, La bebedora de sangre y otros cuentos, traducción de Claudio Iglesias, Santiago, Overol, 2017


Antonio de la Fuente

Periodista y traductor

Estoy leyendo un libro sobre escenas de crímenes en el Louvre. El crimen es normal –está en todas partes–, decía Durkheim, que lo  estudió de cerca, pero de cerca nadie es normal, cantaba Caetano Veloso. No lo son los  crímenes que Christos Markogiannakis mira de cerca y comenta con erudición de criminólogo e historiador de arte.

En  las  artes  narrativas –drama, novela, comedia–, nueve de cada diez obras contienen uno o varios crímenes, dice. En las artes visuales, en cambio, la proporción es inversa y solo una pintura de cada diez lo hace. Del corpus presente en el Louvre, el museo más visitado del mundo, selecciona una treintena de obras y las ordena en función del crimen representado, del giganticidio al infanticidio. De la ley del Talión de los asirios –todos contra todos– al crimen político personalizado: el revolucionario Marat asesinado en la tina, mientras tomaba  un baño de menta, por la  girondina –extremista  de  centro,  diríamos  hoy– Charlotte Corday, y retratado por su amigo Jacques-Louis David. El crimen compone en el Louvre un recorrido histórico cargado de una estética inquietante.

Christos Markogiannakis, Scènes de crime au Louvre, París, Le Passage, 2017

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