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Profesora de literatura.

Norah Lange rememora una niñez en el seno de una familia acomodada; niñez marcada por juegos, alborotos y tiernos recuerdos de una madre que bañaba los cuerpos de las hijas, los envolvía en toallas tibias y les daba leche antes de dormir. La primera vez que leí Cuadernos de infancia me generó una sensación extraña: nada parecía conectar ese cúmulo de recuerdos inocentes con su proyecto vanguardista posterior, y sin embargo, a la vez parecía tan conectado con él: de una manera menos visible, esas memorias solo podían ser de Norah Lange. En Cuadernos de infancia encontramos un conjunto de eventos dispersos, sin fechas, pero anclados en una temporalidad personal, cuidadosamente labrada: en cada gesto poco usual y acción ilógica, la niña prefigura a la escritora futura. Lange logra hacer de su cotidianidad familiar un espacio estrambótico y creativo; pero, también, un espacio de complicidades femeninas, tan distinto de la cofradía masculina de la vanguardia bonaerense que ella integrará después. En uno de los pasajes más hermosos del libro, su mejor amiga le dice «Elegiste lo más difícil, lo que yo quisiera ser». Así, en la pequeña Lange no solo se proyecta la vanguardista del futuro, sino también la mujer del futuro, libre de las obligaciones de género. Cuadernos de infancia nos confirma que la memoria, más que entregar una imagen fiel de lo que fuimos, esboza lo que creemos que fuimos.

Norah Lange, Cuadernos de infancia, 10ª reimpresión, Buenos Aires, Losada, 2008

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