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Soledad Fariña
Poeta

En este momento estoy re-leyendo un libro que en su primera lectura, por el año 1996, me sorprendió, me iluminó, me hizo reflexionar. Es Historias de amor, de la psicoanalista, lingüista, novelista Julia Kristeva. El tema es el amor y su concepción en Occidente: qué es a la luz del análisis este sentimiento casi indefinible, cuya expresión máxima, para mí, está en el fragmento 31 de Safo, así como en «Amores en Concepción», poema de Violeta Parra: allí, magistralmente, ellas dan cuenta de este sentimiento solo por los efectos que provoca, no en el alma, sino en el cuerpo. «Vértigo de identidad, vértigo de palabras: el amor es, a escala individual, esa súbita revolución, ese cataclismo irremediable del que no se habla más que después», dice Kristeva. Para hacer una historia de la subjetividad, la autora analiza las diversas figuras del amor en Occidente: el Eros griego, el Ahav judío, el agápē cristiano. También a sus protagonistas: Narciso, Don Juan, Romeo y Julieta, la Madre y su hijo. En «Stabat Mater», capítulo dedicado a la maternidad, Kristeva hace una excepción y en una columna a la izquierda del análisis histórico y psicoanalítico escribe su propia reflexión.

«FLASH: instante del tiempo o del sueño sin tiempo; átomos desmesuradamente henchidos de un vínculo, de una visión, de un estremecimiento, de un embrión aun informe. Innombrable. Epifanías. Fotos de lo que no es aún visible, sobrevolado forzosamente desde muy arriba, alusivamente, por el lenguaje».

No sé por qué tengo anotada la fecha de mi segunda lectura: 2016. Esta tercera lectura coincide con la escritura de una historia, tal vez, de amor, pero en un registro diferente: la poesía.

Julia Kristeva, Historias de amor, México,

Siglo XXI, 2004, 340 páginas

Cristóbal Marín
Vicerrector académico UDP

Mas que una lectura es una relectura, que pasado ya mucho tiempo me vuelve a deslumbrar. Se trata de Tristes trópicos, del célebre antropólogo Claude Lévi-Strauss, que acaba de ser reeditado magníficamente. Es su texto más personal –sus «confesiones»– y uno de los mejores libros de viajes, si se puede clasificar así, porque también es una autobiografía, un ensayo y una suerte de «novela de formación». Lo que lo hace ser incluso más actual pues desafía el férreo orden de la academia. Su primera frase es sorprendente: «Odio los viajes y a los exploradores». Si bien se concentra en sus aventuras por las selvas amazónicas y el sertão de Brasil en búsqueda de tribus perdidas, también contiene reflexiones en torno al sentido del viaje, al poder, a las ciudades, a la etnografía versus la filosofía y a la capacidad de la civilización occidental para extinguir las otras culturas. Se trata además de un libro sobre la memoria personal y colectiva, escrito con rabia, melancolía y desencanto, pero con gran lucidez y audacia, una verdadera «búsqueda del tiempo perdido», no solo para recobrarlo, sino principalmente para intentar comprenderlo. Merece una relectura, más aún en esta era caracterizada –como el mismo Lévi-Strauss señaló– por «el fin de los viajes».

Claude Lévi-Strauss, Tristes trópicos, Barcelona,
Paidós, 2017, 608 páginas


Pilar Hurtado
Periodista gastronómica

Cuando vi este libro de Aurora Venturini en una feria, me llamaron la atención su portada y el título: Las primas. Imaginé el relajo de historias de adolescencia en un campo en verano y lo compré. Pero al comenzar la lectura –que me atrapó de inmediato– descubrí una novela oscura y fascinante. Una mezcla de frialdad e inocencia tan escalofriante como El gran cuaderno, de Agota Kristoff; un mundo de rarezas tan descarnado y atrayente como El obsceno pájaro de la noche. La novela está estructurada en capítulos cortos y la narración, en primera persona, fluye casi sin pausa; las comas son muy pocas. Yuna es una joven pintora cuyo trabajo comienza a ser reconocido. Ella explica que tiene algún retraso, pero no tanto como su hermana Betina, «un error de la naturaleza» que a Yuna le da asco. Las primas son Carina, que muere cuando la hacen abortar un hijo del vecino, y Petra, una enana prostituta. Lo que me enganchó con Las primas fue la forma en que está contada, el uso del lenguaje como ladrillos que van construyendo al personaje y el relato. Cuando terminé, me interesó conocer más de la autora, y quedé boquiabierta cuando supe que esta fue su primera novela, que la escribió a los 85 años y que con ella ganó, en 2007, el premio Nueva Novela de Página/12.

Aurora Venturini, Las primas, Lima, Estruendomudo,
2013, 166 páginas

Macarena García Moggia
Editora y autora

Le encargué sus novelas a un amigo que viajó a Argentina, alguien que adora los libros usados y adoraría por lo mismo la tarea de perseguirlas una a una hasta encontrarlas muy baratas, lo tomaría como un desafío personal. Y ya que pronto tendré un hijo y tengo la ilusión de pasar el invierno entero en cama amamantando y leyendo novelas, le dije: Alan Pauls. Solo he leído sus ensayos, hace poco el de la playa, La vida descalzo, una delicia de principio a fin: aunque en ocasiones algo exagerado, encandila la soltura con que transita de la autobiografía a la crónica más mundana y de ahí al ensayo antropológico recalcitrante a lo Canetti. El hecho es que, apiladas todas en mi velador a la espera, todavía, del nacimiento que demora, agarré la primera del lote, primera edición de El pudor del pornógrafo, una primerísima primera novela escrita muy joven, según deja ver la foto en contraportada y según comienza a notarse rápidamente al pasar las páginas, menos por una supuesta inmadurez del autor que por ciertas características de la misma: la autorreferencialidad del oficio de escribir, la transparencia de las obsesiones, el estilo tan depurado que parece ajeno, el uso de máscaras y mecanismos de distanciamiento de la ficción, todas inclinaciones que hacen de la «primera novela» un género a mi parecer fascinante; presa de una suerte de complejo de psicoanalista, me descubro a menudo hurgando en ellas en busca de algo así como las costuras que la experiencia o la práctica de la escritura se encargan después de ocultar. Así entonces, y como quien pone a Kafka y Manuel Puig, por ejemplo, a trabajar en el mismo paño, lo que aparece aquí tramado es un paisaje emotivo mental y frío con la calidez sobrecolorida de unos cuerpos a los que les pasan cosas y que, al estilo del melodrama, producen cosas en el lector. Efusiones como las lágrimas, o como los fluidos de la excitación sexual. Tal vez vuelva a Puig después de leer a Pauls, siempre y cuando no esté siendo demasiado ilusa.

Alan Pauls, El pudor del pornógrafo, Barcelona,
Anagrama, 2014, 160 páginas


Mike Wilson
Escritor

Hace varios meses que estoy pegado con un libro que se llama S./The ship of Theseus, de V.M. Straka, seudónimo de Doug Dorst. Es una novela larga sobre un hombre que sale del mar habiendo caído de un barco. El hombre no tiene memoria y llega a una pequeña ciudad construida en un acantilado sobre el mar. Es una ciudad chueca, construida sobre cimientos desnivelados. Lo que más me interesa es que es una novela falsa, un gimmick para contar la historia de dos personas que están leyendo el libro y que van dialogando vía anotaciones escritas «a mano» al margen de las páginas. Estas no me interesan, me he dedicado a leer la novela falsa cuyo supuesto propósito es ser el pretexto para generar el diálogo entre los dos «lectores». Me fascina que el artilugio subordinado (la novela falsa escrita por un tal Straka) sea una novela realmente buena.

Doug Dorst, S./The ship of Theseus, Winged
Shoes Press [imaginaria], 2013, 472 páginas

Rodrigo Fuentes
Escritor

Mark Godsey era un fiscal estrella en la Nueva York de los noventa, premiado por sus condenas de alto calibre. En 2001 cerró esa etapa de su vida y, siendo profesor de Derecho, empezó a involucrarse en el Innocence Project, una organización que busca exonerar a personas que han sido condenadas y encarceladas injustamente.

Pocas veces me he encontrado con un libro tan brutal como Blind Injustice, una mezcla de confesión, testimonio e investigación. La pregunta que el libro responde es: ¿por qué, en casos con evidencia y argumentos abrumadores, fiscales y jueces rehusan a aceptar que cometieron un error e insisten en mantener a personas inocentes en la cárcel? Godsey desmenuza los factores psicológicos y políticos que llevan a buenas personas –fiscales, policías y jueces decentes– a «comportarse de maneras bizarras e increíblemente injustas».

Los aciertos del libro son varios: un estilo directo y elocuente, selección de casos que estremecen al lector, y una perspectiva honesta y autocrítica, pues Godsey reconoce en sus años de fiscal los mismos comportamientos que ahora lo perturban. El libro tiene una virtud adicional: hace que los lectores nos cuestionemos también nuestros propios juicios y certezas, los mismos que nos permiten alzar el dedo acusador –con la superioridad moral de rigor– y sentenciar al culpable para siempre. El libro solo está disponible en inglés por ahora: si alguna editora o algún traductor lee esto, por favor dele una ojeada.

Mark Godsey, Blind Injustice, Oakland, University
of California Press, 2017, 264 páginas


Juan Francisco Turrientes
Magíster en edición UDP

El 15 de junio de 1767, Cósimo Piovasco de Rondò, hijo del barón de Rondò, sentado a la mesa familiar, rechazó un plato de caracoles. Con ese acto de desobediencia radical se opuso a la disciplina de su padre, hecha de formalidades, encierros, azotes y dietas de pan y sopa fría. El barón lo expulsó del comedor y Cósimo –que tenía doce años– se encaramó a una encina, se sentó en una gruesa rama y prometió no bajar nunca más. No volvió a pisar el suelo, y pasó el resto de su vida sobre los árboles de Ombrosa. Recluido en los bosques y apartado por voluntad propia de la vida civil, encontró un lugar sin lugar en el que refugiarse, separado de la superficie terrestre por el vacío bajo sus pies.

El mismo impulso que llevó a Cósimo a alejarse del mundo lo mantuvo ligado a la historia y a quienes lo rodeaban. Conoció las ideas de los enciclopedistas y celebró la Revolución Francesa. Redactó un Proyecto de Constitución de un Estado ideal fundado sobre los árboles y publicó una gaceta llamada El Vertebrado Racional.

Sin volver a tocar el suelo, quiso asociarse con otros hombres y mujeres: fue miembro de la Hermandad de los Sombrereros Concienzudos, organizó una milicia con los campesinos y artesanos de Ombrosa para combatir los incendios, ayudó a los vecinos a defenderse de una invasión de lobos que bajaron de los Alpes y luchó contra una banda de piratas berberiscos.

Cuando leí El barón rampante por primera vez a mediados de los años 80, en Chile parecía imposible sustraerse del ruido –y la brutalidad– de la historia, de la experiencia del miedo circundante. En esta novela, publicada en 1957, Calvino ponía en escena una pregunta: cómo tomar distancia del mundo sin renunciar completamente a él. Cómo conciliar cierta necesidad de aislamiento –esa tendencia a la fuga, a la separación, a la soledad escogida voluntariamente– con la mantención del vínculo con los otros. Volví a leerlo hace unos días. Por momentos el relato me pareció demasiado cándido y las metáforas en exceso evidentes. El texto es el mismo; es el lector el que ha cambiado. Lo que permanece es la figura de Cósimo de Rondò, nítida y distinguible, fluctuando entre estar y no estar en las cosas, queriendo resolver ese dilema.

Italo Calvino, El barón rampante, Madrid,
Siruela, 2012, 248 páginas

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