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Investigando para una obra de teatro lo compré por error de ignorancia, pensando que se trataba del palimpsesto como procedimiento pictórico, y me encontré con una novela que se lee de un zuácate, entre otras razones por su fino humor, al modo de una fuga diría desde mi tincada musical, otra de mis ignorancias. La digresión es el hilo del gran tema al que le mete tajo: la escritura y la lengua. Un imaginario escritor polaco ha sido encerrado en un manicomio hasta que se cure de una enfermedad de inaceptable mal gusto, escribir en una lengua extranjera, en este caso en el imaginario «antártico», y en el lugar se va encontrando con otros escritores que han cometido la misma audacia: Nabokov, Beckett, Cioran e Ionesco, entre otros. A todos se le aplica la mis-ma terapia bartebliana, fundada en el inefable escribiente de Melville, para que se les quite el vicio, pero todos de alguna manera se las arreglan para insistir, como nuestro protagonista, que se lanza a escribir una segunda novela en antártico sobre las viejas hojas de un periódico impreso en lengua flamenca. Ese palimpsesto, sospecho, es la novela que finalmente nos encontramos leyendo. Aleksandra Lun no se permite juicios, así que el riesgo lo tomo yo y me dio por entender que la autora, una palimpsestadora en su propia carrera literaria, levanta una cuestión sobre si el celo por las identidades no será una especia de cárcel para la verdadera autoría. Los palimpsestos es la primera novela de Lun, y fijo que voy a leer la siguiente.

Aleksandra Lun, Los palimpsestos, Barcelona, Minúscula, 2015.

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