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Mi incapacidad de negarme a la persuasión de un buen comentario, en este caso de un librero, me hizo caer en La bebedora de sangre, que no conocía de nada. La verdad es que, mientras lo leía, todo el rato pensaba «esto se parece mucho a Azul», y cómo no iba a ser, si tras guglear rápido me enteré de que la autora, Rachilde, o Marguerite Vallette-Eymery, fue una destacada miembro del simbolismo y decadentismo franceses, movimientos ambos que alimentaron el modernismo hispánico del cual Rubén Darío fue fundador principal. Así que mi tincada no estaba errada. Supe además que en Los raros (1896), su libro de perfiles sobre importantes escritores simbolistas, el periodista y poeta nicaragüense escogió a Rachilde como única mujer entre veintiún autores. Con una prosa rica en imágenes poéticas, los relatos de Rachilde también están colmados de personajes de una fuerza femenina perversa y siniestra; allí la belleza de una mujer salvaje o de una horda de rosas interrumpe la existencia para forjar caos y destrucción. Es, para mi gusto, una invitación a delectarse y violentarse con sensaciones, visiones, sonidos y aromas de una sensualidad desbordante y desquiciante.

Rachilde, La bebedora de sangre y otros cuentos, traducción de Claudio Iglesias, Santiago, Overol, 2017.

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