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«Se puede ser subjetivo sin ser personal», decía Gonzalo Millán en su diario del cáncer, y es esta una de las primeras cosas que podría decir de Megan Boyle o de cualquiera que se use a sí mismo como el insumo en el que arde o se apaga la escritura. Los derroches de intimidad y el tierno absurdo que contiene cada vida son entretenidos de ver, coleccionar y contrastar, pero la escritura arde de verdad cuando esa primera lectura abre su reflexión y choca contra el mundo. Y Boyle, yendo y viniendo dentro de esta tensión, arde; no todo el tiempo, pero arde, no se apaga y eso es lo que importa. Pasando por levrerianos monólogos en los que explora su relación sentimental con Firefox y Safari, una enumeración de momentos vergonzosos que nos recuerda cómo a veces nos mentimos a nosotros mismos, o un capítulo titulado «Gente que conocí en la escuela de conducción de camiones» (que hace pensar en personajes para cuentos de Carver), va construyéndose lentamente la sensación de poder desaparecer a fuerza de decirse tanto o, lo que vendría a ser lo mismo, encontrar al otro a fuerza de hundirse tanto en un yo que, a fin de cuentas, es el mismo para todos. Algunos capítulos ya los había leído en su libro anterior, pero considero que se compensa con un puñado de chistosas selfies de la autora.

Megan Boyle, Cómo darle sentido a una vida que no tiene sentido, Santiago, Los Libros de la Mujer Rota, 2017.

 

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