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Constanza Jarpa

Artista visual

No suelo leer un libro a la vez, más bien picoteo varios al mismo tiempo, según el día y el ánimo. Salvo en algunas ocasiones en que puedo pasarme un día completo sentada leyendo un solo libro sin parar ni a comer, como me ocurrió con Banco a la sombra, de María Moreno, que me atrapó desde que lo vi en la librería de mi barrio. Estoy al tanto de que he llegado tarde a maravillarme por Moreno, ya me advertían algunas amigas de que era imprescindible, pero, como siempre me ha gustado llevar la contra a las tendencias, la hice esperar. Un libro sobre plazas, mezcla de crónicas y relatos autobiográficos de esos espacios mayoritariamente circulares repartidos cada tanto en toda ciudad o pueblo. Entre San Marco, Miserere, Cataluña, Plaza de Mayo, o una plaza en Chile, Moreno relata, cruzando recuerdos con ficciones, un espacio habitado en paralelo al de la calle, habitado por estatuas vivientes, como una que hace poses parecidas a las histéricas de Charcot, o por camellos que esperan ser montados por turistas. A la manera de una vista satelital y otras en detalle, las plazas de Moreno no son las de los turistas ni las de los que contemplan a la distancia: «Además, carezco de memoria visual. El testigo ocular es el menos necesario: mirar es interpretar lo visto con otros datos, asociar con el fuera de escena, ponerse bajo sospecha», dice. Estas crónicas envuelven de recuerdos propios y apropiados; «nada queda del acontecimiento, como si jamás hubiera estado allí», dice ya al final en un texto hermoso sobre Plaza Dorrego. Mientras leo estoy también en una plaza, no precisamente a la sombra, y a lo lejos se escucha el silbido que hacen los columpios oxidados por la humedad de la costa, «esto es Valparaíso, abuela, un cielo que de pronto cae al mar»

María Moreno, Banco a la sombra, Buenos Aires, Literatura Random House, 2019, 240 páginas


Claudia Apablaza

Editora de Los Libros de la Mujer Rota

Estoy leyendo ¿Por qué no leer a Byung ChulHan?, publicado por la editorial argentina Ubu Ediciones, y que es un libro colectivo de varias autoras, con prólogo del filósofo argentino Ricardo Forster.  Me llamó mucho la atención el que se haya construido un libro en contra de un autor, este filósofo coreano nacido en Seúl en 1959, bestseller y gurú de muchos pensadores contemporáneos, crítico de las tecnologías y que tiene una mirada apocalíptica para con los nuevos medios y la era digital. He visto libros conmemorativos y halagadores hacia los autores, pero jamás me había topado con uno que llamara a no leer a un autor. Me parece un ejercicio interesante, e incluso un modelo de trabajo y reflexión frente a otras obras. La mayor crítica que se le hace en este libro, en el cual se integran ensayos de distintas pensadoras argentinas, es que sus ideas carecen de fuerza política, es decir, que tras sus críticas al capitalismo y las tecnologías no hay una propuesta clara de trabajo, sino que sus ideas sólo llevan a la inacción a un montón de lectores que se muestran encantados con sus propuestas, y que incluso se sumergen en la depresión y la desidia.  

Luciana Espinosa, Ana Paula Penchaszadeh, María Beatriz Greco, Cristina Ruiz del Ferrier, Senda Sferco, Ricardo Forster, Jorge Alemán, Paula Kuffer, ¿Por qué (no) leer a Byung Chul Han?, Buenos Aires, Ubu Ediciones, 2018, 160 páginas


Andrés Montero

Escritor

Acabo de terminar de leer El reflejo de las palabras, una novela de Kader Abdolah, escritor iraní radicado en Holanda. No habría llegado a este libro de no ser porque me lo regaló Pancho Mouat después de que fui al programa «Entrelíneas» de la radio ADN. Que alguien que lee tanto y que tiene una librería te regale un libro es muy especial, porque elige con pinzas lo que cree que te puede gustar. No se equivocó conmigo: El reflejo de las palabras es una novela preciosa sobre el lenguaje como forma de aprehender el mundo. Trata de la vida de Akbar, un niño que nace sordomudo en el monte de Azafrán, en Irán, y de cómo descubre el mundo a través de la preocupación de su tío −un hombre libre, lector y fumador de opio que nunca baja de su caballo− y luego de su hijo Ismail. Cuando Ismail está ya radicado en Holanda (luego de luchar en la revolución que logró sacar al Sha pero perdió el poder a manos del déspota ayatolá Jomeini), recibe un cuaderno escrito en una inexistente lengua de escritura cuneiforme: el libro de Akbar. Su tarea será reconstruir ese texto imposible para entender a su padre. Nos internamos así en la historia del siglo XX de Irán, y de sus montañas, y de sus costumbres, a través de la mirada de Ismail y del sordomudo Agbar. Es una novela muy poética que, reconozco, me hizo temblar el labio en algún pasaje.

Kader Abdolah, El reflejo de las palabras, Barcelona, Salamandra, 2006, 352 páginas


Héctor Hoyos

Académico y escritor

Un amigo editor parisino me recomendó esta joya de libro porque está agotado en francés, y él quería convencer a la editorial en la que trabaja de que hicieran una nueva traducción. No sé si mi amigo tuvo éxito, pero lo cierto es que hace un par de años la colección de Tusquets que dirige Juan Forn ya se había animado a sacarlo en español, en Buenos Aires. Crónica de mi familia es puro neorrealismo italiano, como una película de Vittorio De Sica hecha novela. Pero mejor. O como una actualización nada patriotista y contenida, si cabe imaginar tal cosa, de Corazón, de Edmundo de Amicis. Pero mejor, sin duda.

Lo de novela, por otra parte, es impreciso. Se trata del recuerdo del autor y de la viva imagen que le dejó su hermano, que murió de tuberculosis al despuntar la adultez. Lo de hermano también es impreciso. A Vasco lo crio su abuela pobre, pero a Dante, su hermanito menor, lo adoptó una familia casi rica. Le cambiaron el nombre a Ferruccio. Ver por los ojos de Vasco es conmovedor. La nodriza de su hermano lo recibe a él y a la abuela en la cocina y les da de comer tapas de pan con mermelada. El niño Vasco sabe que debe odiar al bebé Ferruccio, pues la madre de ambos murió en el parto, pero no lo consigue. El padre adoptivo de Ferrucio se enorgullece de la criatura y se avergüenza de su parentela, trabaja de mayordomo en una casa señorial. Y pasa el tiempo. Un día Ferruccio, con su pelo rubio y su buena educación, reaparece adolescente en la vida de un Vasco ya adulto. El hermano menor lleva una paleta de ping pong en la mano, las mejillas coloradas, y está dispuesto a todo. Decir más sería decir demasiado. De esta pequeña gran novela –novela, a fin de cuentas– quedan varias imágenes inolvidables. Menciono una apenas: como las velas son caras y no hay luz eléctrica, cuando el hermano menor llega a pedir posada a la buhardilla del mayor, la conversación termina a oscuras.

Vasco Pratolini, Crónica de mi familia, Buenos Aires, Tusquets, 176 páginas

Kurt Folch

Poeta y académico

Hace meses estoy leyendo The White Stones, de J.H. Prynne. El volumen es de 1968 y se le considera tan importante como Briggflatts, de Basil Bunting, y Whitsun Weddings, de Philip Larkin, ambos publicados en la misma década. Prynne, junto con otros poetas del «British Poetry Revival», se alejan del conservadurismo (estético y político) de la literatura inglesa de posguerra, manteniendo una relación directa con la tradición experimental del modernismo europeo y la poesía norteamericana. Aunque no es su primera publicación, el volumen marca el inicio del estilo que marcará toda su obra. Uno de los rasgos más característicos de su poesía es una extraña neutralidad tonal a pesar de (o debido a) un discurso que descansa en el uso de fragmentos provenientes de zonas muy distintas de la experiencia, y a tipos de discurso que rara vez se relacionan con la literatura. Por esto se le ha tildado de poeta «antipathos». Aunque no parece haber nudo temático los poemas insisten en lo que hay, en lo que resulta claro a la mirada, en el peso, sustancias y mutación de los fenómenos. Cada poema se despliega a través de contrapuntos que expanden la impresión personal de los fenómenos (el sujeto, el paisaje, la experiencia cotidiana). Como con pocos poetas, la lectura de Prynne se transforma en una cuestión personal. No hay moralejas, ni relatos, ni explicaciones, ni didáctica. Lo que tenemos es una elegante deriva lingüística. El conocimiento (apabullante) que tiene Prynne de la tradición literaria, junto a su declarada formación marxista, su interés por la contradicción y las ideas de W. Benjamin, cuajan en un método: las imágenes establecen una tensión dialéctica. Los elementos se organizan a través de referencias de disciplinas muy distintas, pero que podemos reunir en tres áreas generales: el lenguaje y la etimología; la naturaleza desde una perspectiva evolutiva y geológica; la historia, la antropología y la sociología. Prynne combina el detalle ultrapreciso, específico, con una amplitud de relaciones que, lejos de parecernos irreales, aparecen como naturales y posibles. Así, quizá, no es fácil entrar en la lectura de Prynne, pues parece no relatarse nada, y si surge algún relato, este se diluye permanentemente, se aplaza, se dilata en un juego metamórfico. La mezcla produce un efecto dinámico o cinético que a la larga anula la voz de la enunciación para dejarnos en el movimiento de un paisaje o proyección de una suerte de geología lingüística. Los poemas funcionan como cortes transversales a nódulos de lenguaje que permiten actualizar relaciones arcaicas, pero latentes, y que a veces detonan por cuestiones de puro ritmo y sonido. Escritura de la fragmentación, el desvío y las ramificaciones. O, como afirma el mismo poeta: «Las estriaciones son parte del corazón / del deseo», y este «deseo» surge una y otra vez de «la presencia» de «lo que está a plena vista» expresado de múltiples maneras. Estas «estriaciones» van superponiéndose estructuralmente como alegoría de fuerzas mayores (procesos geológicos, la historia primitiva y el mito), como causas inmediatas y perceptibles en el orden de cosas del presente. Es el acento en la propia plasticidad de las palabras lo que revela la fragilidad de la tensión de la dialéctica que origina todas las demás oposiciones: el lenguaje y el mundo. Tal fragilidad (o precariedad) es el sujeto que se entiende como «una condición total del paisaje», visible en «el uso ceremonial de las cosas descritas», «formas de la paciencia». Entonces es el poema, antes que un autor, el que afirma «y en cada oportunidad me desplazo / el patrón estrófico muscular es el uso, en / ningún otro sentido. El mundo corriente, hacia donde / vamos, los límites prácticos de la luz del día».

J. H. Prynne, The White Stones, Nueva York, NYRB, 2016, 152 páginas


Bernardita Bravo

Escritora

En la plaquette Fortuna, de Andrés Florit, parece que nos adentráramos en diversas anotaciones espontáneas, libres e inconexas entre sí, pero a medida que avanza la lectura ciertas marcas intratextuales van conformando una unidad en estos fragmentos lírico-narrativos que sin embargo no dejan de respirar por sí mismos, como si tuviéramos la dicha, la suerte (la fortuna, precisamente) de descubrir cómo la simpleza y la complejidad dialogan en actos y gestos completamente cotidianos. Por eso la palabra respirar se ajusta a estas escenas que de tan prosaicas, y que si bien el lenguaje poético las releva y resignifica –mientras ellas, a su vez, le dan vida a la lengua–, se mantienen como lo que son: vivencias que el hablante captura como si quisiera corroborar aspectos de sí mismo, del otro (a veces lo mismo), de lo que ocurre al paso en un espacio público. Observarse en esta observación parece ser la consigna a ratos, y también develar las sutiles gracias y desgracias que atravesamos en nuestras interacciones con los demás. El azúcar cayendo al azucarero, una ráfaga en los álamos, una mirada sensible y sutil tipo haikú, se corresponde con el rescate de otras voces –La acompaño mientras sirve la cazuela: «A tu papá no le gusta el zapallo. Igual le voy a poner un pedacito»– que acogen la ironía, el humor o lo patético. Por todo esto y porque me recuerda a uno de mis tesoros, El peso del mundo, de Peter Handke, es que leí Fortuna con la levedad y profundidad con que se viven las experiencias de goce.

Andrés Florit, Fortuna, Santiago, 603, 32 páginas


Marco Antonio Coloma

Editor y profesor

Nacido en Guatemala, educado en Estados Unidos y nieto de emigrantes judíos y libaneses, Eduardo Halfon es autor de un puñado de novelas, todas cortas o muy cortas, en las que suele echar mano a esa densidad cultural que sugiere su propia biografía. El juego de espejos entre realidad y ficción que atraviesa toda su obra tiene en Monasterio un resplandor especial: aquí el protagonista se llama Eduardo Halfon, un joven guatemalteco de familia judía que viaja a Tel Aviv al matrimonio de su hermana. Pero la novela no es precisamente el despliegue de una trama, ni la secuencia de capítulos supone el progresivo avance hacia un final. La composición es más bien un tupido mosaico en el que se superponen varios tiempos e historias, una apretada estructura que apunta a un solo objetivo: retratar los conflictos de la identidad. La novela ocupa toda su tinta en el asunto y le cierra el paso a cualquier otra lectura. Eduardo Halfon, el escritor, comparte de este modo un rasgo que caracteriza a toda una generación de narradores en América Latina: parecen más preocupados por el modo en que se leen sus libros que por contar historias. Con todo, en esta prosa no hay torpezas ni florituras estilísticas: tiene el golpeteo sonoro de un ritmo y la sencillez de las formas que se han desprendido de todo exceso. Y eso no es poco.

Eduardo Halfon, Monasterio, Barcelona, Libros del Asteroide, 2014, 128 páginas

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