Después de una lectura de Bergson: La risa y el miedo

1. La mayor parte de lo que nos da risa antes nos dio miedo. Los ventrílocuos, la gente que se cae sin razón al pavimento, los invitados sorpresa, la imbecilidad de los que mandan, la torpeza de los que aman. La llegada de lo inesperado, un quiebre en el orden, la destrucción de una ley. Frente a la llegada de lo inesperado, frente a la presencia de lo inaudito, nuestros cuerpos eligen reaccionar primero temblando y, cuando han aprendido a guardar algo de sus fuerzas, ríen.

¿No es la risa una forma sofisticada, minimizada, espiritualizada del temor? Cumple con la misma función, avisarnos que viene el lobo, parar el golpe y al agresor antes que nos golpee, castigar al que se sale de la fila y puede hundirnos con él en lo desconocido, manifestar de un modo placentero y vivible nuestra incomodidad, poner entre nosotros y la amenaza el escenario y la pantalla. El volcán es el mismo, el miedo es la lava ardiente, la risa la lava tibia que se hace roca, forma, arruga, cosa.

2. Pero la risa no es sólo una evolución del miedo, no es sólo una expresión más moderada, más barata, más funcional del terror, sino que es sobre todo una celebración. El final de su imperio y dictadura, vivida a golpes de fuegos artificiales y carnavales en la calle. La risa es la explosión que responde a la implosión del miedo. Las fallas de Valencia que queman muñecos de papel gigantes, generales y cardenales, lobos y ovejas todos en llamas por un segundo o diez o treinta. No importa, al final del incendio queda la tibieza.

3. El miedo es siempre miedo a la muerte, la risa es siempre negación de ésta. La comedia raramente cree en la otra vida, es decididamente materialista (aunque la escriban curas), se complace en la concreción y en el presente, pero cree que en esta misma vida, concreta e inapelable, que en esta misma existencia sin más allá, es imposible morir.

En la comedia el que cae de un décimo piso no se muere, o si se muere no tenía importancia, o rebota. El dolor no es nunca drama, siempre queda una salida. No cree en otra vida, pero cree en esta vida. Nos recuerda hasta qué punto nosotros creemos también -con vergüenza a veces, o a escondidas- en esta única vida. En la risa dejamos de avergonzarnos por la ceguera infinita, por el hambre sin límite con que vivimos, con que no permitimos que nadie nos arrebate ni un segundo de vida. Un amor a la vida, una imposibilidad de concebir la muerte que nos transforma en seres hambrientos e informes, mendigos sin rasgos posibles de heroísmo, idealismo o grandeza. Esclavos que prefieren el látigo al vacío.

Quizás por eso los suicidas son el objeto favorito de la comedia. El acto de lanzarse por la ventana nos parece siempre una marca de cinismo infinito, de contradicción insalvable. El humorista, generalmente un depresivo con acentuados rasgos suicidas, relata una y otra vez esta contradicción: las ganas de abrazar una idea hasta la muerte, la falta de ideas por las que matarse, el miedo a que la muerte -y las ideas  que la inspiran- sean verdaderas.

4. Frente a la verticalidad de lo trágico, la caída o la ascensión, el diálogo con Dios, el rayo que corta en dos las vidas y los árboles, el humor es la horizontalidad misma. Todos y todo está para el humorista a la misma altura. El cielo y el suelo están aquí pero no se pueden tocar, sólo más allá una línea hace de límite. No sacas nada con acercarte a ella. Mientras más cerca estás del horizonte más se aleja él.

La risa nos hace a todos iguales, ni rey, ni príncipe ni pobre diablo, al igual que el miedo nos iguala. Frente a ambos, abrazamos a quienes están más cerca y nos olvidamos que hemos sido algo más que niños en la pieza oscura.

5. Es admirado el que domestica el miedo, como es admirado quien domestica la risa. El estudiante que es objeto de toda suerte de burlas se convierte en un líder cuando controla las burlas de las que es objeto, las llama, las administra, las conoce y adelanta.

El general sabe administrar el miedo, y es por ello el jefe de la tribu, sólo él puede hablar con el bufón de igual a igual. Han combatido en las mismas lides, y usado los mismos métodos para lograr su inapelable victoria. El bufón no se burla del rey, sólo comparte, en forma de chistes, los secretos del poder.

6. En las dictaduras y las teocracias el humor nos recuerda las reglas del poder, y al mismo tiempo nos recuerda que existe algo después del miedo. Los dictadores temen a los bufones porque celebran de antemano el final del terror y recuerdan los trucos y maniobras a través de las cuales el dictador se hizo del monopolio del miedo.

Pero en realidad poco o nada tienen que temer los dictadores de los humoristas. La risa no es lo contrario del miedo, sino una consecuencia de él, una válvula de escape que muchas veces permite al temeroso volver a su lugar en la galera, aliviado y anestesiado. El humor en dictadura es un inevitable contrapeso, que permite aliviar la presión, una presión que sin la risa haría estallar el país por los aires.

7. Lo cómico no tiene sentido en la imaginación pura. El simbolismo casi nunca es divertido, las alegorías lo son sólo cuando se comparan con la realidad que alegorizan. La comedia es una y otra vez un recordatorio de que la realidad existe. La derrota de la idea a manos de la cosa es siempre divertida, aunque también hace reír la completa orfandad de las ideas sin cosas en que encarnarse. La parodia, la sátira, la ironía, siempre atacan a quienes quieren negar la realidad. Es siempre contra la ideas que la idea del humor se rebela. La silla es una silla, y el que la niega recibe del cómico un sillazo en la cabeza.

La risa tiene como objetivo recordarnos que los instintos son posibles, que son reales. En ese sentido, como el miedo, es un apremiante recordatorio de que las entrañas están ahí y hablan, que no se puede prescindir de ellas. La risa es por eso tantas veces vulgar, y tantas veces viene abrazada al sexo, la mierda y los retorcijones. Es su embajadora en el mundo de las ideas, el portaestandarte del cuerpo, idealizado hasta ser sólo un estremecimiento, sólo una pequeña descarga de energía incontrolable que nos recuerda la otra energía incontrolable oculta: el sexo, la violencia, el terror y el placer encapsulados hasta ser sólo un síntoma sin enfermedad que lo respalde.

8. La risa no es sólo una rebelión contra la rigidez o la idealización del cuerpo humano, es también una permanente lección de adaptación biológica. Cumple la función de unir momentos sicológicos, impresiones diversas, cuerpo y espíritu a través de un choque, chispas, soldadura nueva.

Es por ello siempre profundamente moral, y profundamente antirreligiosa y al mismo tiempo conservadora. No cree en lo que permanece, pero tampoco acepta que los cambios cambien nada fundamental. Cree en el movimiento perpetuo, pero sin creer tampoco en eso, porque significaría fijarse en esa fe, y quedar atada a su fin. Realista, detesta toda sujeción a una idea superior. Está en contra del mundo tal y como está, pero también en contra del mundo tal y como podría estar. Es un arma de sobrevivencia, no de sabiduría. Pero en la sobrevivencia misma encuentra su sabiduría. Para el humorista la eternidad es sobrevivir a todo. Apegarse a los tics, a los gestos sin sentido, a los rasgos más marginales del carácter, que es lo único que ni tú ni nadie pueden cambiar.

El humor es ante todo una rebelión contra la idea de que hay un fin, y un recordatorio de que inevitablemente después de la grandeza o la destrucción seguiremos agachados, o derechos, los mismos u otros, da lo mismo, no tiene importancia.

Rafael Gumucio es director del Instituto de Estudios Humorísticos de la Facultad de Comunicación y Letras UDP. 

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