Pro Arte, no invoco tu nombre en vano

Patricio Arriagada, Víctor Ibarra, Javiera Müller y Javier Osorio. El semanario Pro Arte: Difusión y crítica cultural (1948-1956)
Santiago, RIL, 2013
204 páginas.

Un tono de resurrección, casi órfico, traspasa los dos textos que preceden este conjunto de ensayos acerca de la revista fundada en 1948 por Enrique Bello (1906-1974), periodista ligado a la Universidad de Chile, cercano a Luis Oyarzún y Pablo Neruda, y director de una de las mejores publicaciones culturales que haya tenido nuestro país en el siglo XX. El historiador Claudio Rolle presenta a los autores como «rescatistas» llamados a la «restauración de la vida» propia de los seguidores de Clío, musa de la historia. Invoca para este descenso al Tártaro de las revistas olvidadas a Robert Darnton, quien concibe al historiador, en su trabajo de hojear viejos archivos, como alguien que «quiere hablar con los muertos». Un médium, ni más ni menos. Rol que precisamente asume Cecilia García-Huidobro en su texto «Al rescate de Enrique Bello», al ofrecernos un vívido perfil de alguien que luchó siempre por desdibujarlo, sin aspirar al protagonismo ni a la gloria personal, entregado a la actividad insensata de fundar y sostener revistas culturales que hicieran de puente entre la cultura europea de la posguerra y el campo cultural chileno, todavía en formación.

«Un periódico –dice el propio Bello a propósito de la creación de Pro Arte– que sirviera al público de los conciertos, del espectáculo, a la gente que lee, a los artistas, a los escritores. El mundo acaba de salir de la pesadilla de la guerra, los creadores de la escuela de París recién regr san de su asilo de Nueva York, otro mundo está naciendo, enganchémonos en él.» Y engancharse no es un verbo inocente en los años del engagement existencialista y el alineamiento ideológico de la guerra fría, aunque su polisemia también permite asociarlo al gesto de «subirse al carro» propio del snob, palabra que utiliza Hernán Valdés para caracterizar a Bello («en el mejor sentido de la palabra»), en su libro Fantasmas literarios.

Después de todo, ¿qué sería de la cultura sin los snobs? La pose y la moda intelectuales tuvieron un papel decisivo en la penetración del existencialismo en nuestro medio, sostiene Patricio Arriagada en su ensayo «El pensamiento francés en Chile en los primeros años de posguerra: la recepción del existencialismo en el semanario Pro Arte». Arriagada insiste en su «carácter atmosférico», como un clima de época más que como corriente filosófica. Una llovizna gris y renovadora que empapó la literatura, el pensamiento y, sobre todo, el teatro. Pro Arte fue su vehículo más importante al marcar las pautas de la dramaturgia local y educar el gusto de los espectadores gracias a críticos y colaboradores que difundieron y celebraron, entre otras, las creaciones dramáticas de Sartre y Camus. Los montajes de ambos dramaturgos, reseñados en extenso, estuvieron relacionados estrechamente con el surgimiento de los teatros universitarios y contribuyeron al «furor existencialista», que tuvo su clímax con la visita a Chile de Camus, en 1949.

«Pro Arte y el panorama de la renovación técnica en el teatro», de Víctor Ibarra, se adentra aun más en el tema. Desde una perspectiva crítica –tal vez demasiado–, el investigador explora las estrategias formativas de la revista en búsqueda de una «modernización acelerada» de la producción dramática. Transitar desde el sainete al montaje de Huis clos en el plazo de una década supone como requisito ineludible la formación de audiencias. Ibarra analiza los empeños de críticos en conseguir este objetivo. Cuestiona el tono paternalista, snob, incluso peyorativo, de algunas secciones firmadas con seudónimo, y estudia el papel en pos de la renovación teatral que ciertos redactores de Pro Arte asumen no solo a través de sus comentarios, sino de su participación como jurados en certámenes de dramaturgia. El balance de Ibarra es severo. La revista no alcanzó a ver, en su corta vida, los resultados de este proceso modernizador. Se quedó en una actitud pasiva de recepción desde Europa y Estados Unidos, sin tender puentes entre el teatro chileno y el resto de Latinoamérica.

Si Arriagada e Ibarra indagan en la dramaturgia, Javiera Müller hace lo propio con otra área clave del semanario. «La promoción del arte nacional en la revista Pro Arte» centra el análisis en la sección que daba cuenta de exposiciones, debates, tendencias y noticias del extranjero, y que, según Müller, «representa un aporte sustancial en el escenario de la cultura nacional». Decisiva fue la cobertura que dio a la producción chilena la columna Crítica de Salones, en términos tanto de espacio como de especialización. En historia del arte, la revista se dio el lujo de haber tenido como redactor, durante los tres primeros años, al premio nacional Camilo Mori, quien contribuyó a difundir «las tendencias pictóricas modernas». Marta Colvin entrevistó durante su formación en Europa a notables escultores contemporáneos, entre ellos Henry Moore, y el propio director de la revista, Enrique Bello, se hizo cargo de una entrevista a Roberto Matta en noviembre de 1948, cuando todavía era un desconocido para la prensa local.

El cuarto y último ensayo, «Autonomía, institucionalidad y disputas por la hegemonía. La modernización del campo musical chileno a través de Pro Arte», de Javier Osorio, cuyo título no deja mucho lugar a la imaginación, ofrece un panorama del proceso de transformaciones y profesionalización de la música en el país, que tuvo como antecedentes la reforma del Conservatorio Nacional en 1928, la fundación de la Facultad de Bellas Artes en 1931 y la creación de la Facultad de Ciencias y Artes Musicales en 1948. Desde esta institución ejercería toda su influencia renovadora, polémica y organizativa el compositor Domingo Santa Cruz Wilson, quien escribía en Pro Arte con el seudónimo de Dr. Gradus. La estrecha relación entre el semanario y la Facultad se revela en que la revista comenzó a editarse en la sede universitaria, y en que luego apoyaría campañas para dotar de un teatro estable a la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Chile, que debía luchar con el Teatro Municipal para realizar sus presentaciones. Por otra parte, Santa Cruz emprendió una cruzada sarcástica contra el «mal gusto» que a su juicio imperaba entre el público de la ópera, y así, gradualmente los debates recogidos en Pro Arte favorecieron las obras contemporáneas y desplazaron el nacionalismo romántico de la primera mitad del siglo XIX.

Valioso como conjunto de monográficos, revelador de una época de cambios, tensiones y procesos de autonomización de campo, el volumen adolece únicamente de una mayor atención a los contenidos literarios de una revista que tuvo entre sus redactores a poetas de la talla de Humberto Díaz-Casanueva y críticos tan destacados como Jorge Elliot, difusores ambos de la moderna poesía inglesa, según recuerda Cecilia García-Huidobro. No solo el teatro de Camus, no solo la pintura de Pollock, ni la música de Schönberg hallaron cabida en el semanario de Enrique Bello. También la poesía de César Vallejo, que deslumbró a un Jorge Edwards, todavía escolar, cuando descubrió la revista Pro Arte en un quiosco a la salida del colegio.

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