Prohibido escribir

A parte de hacer mis libros, dirijo una escuela de escritores. Un lugar donde sólo existe una prohibición: la de escribir. Es decir, que los alumnos, tal vez deba decir los discípulos de un número grande de maestros, no pueden llevar a ese espacio sus propios trabajos de creación. Ellos deben, en lugar de cotejar sus textos, tener la mayor cantidad posible de experiencias con creadores en plena producción. No es posible enseñar a escribir, esta puede ser la premisa de una escuela semejante y, precisamente por eso, es imprescindible su creación y mantenimiento.

Se trata de una escuela vacía en la que no existen programas de estudio, de un lugar donde se examinan asuntos, no únicamente relacionados con la literatura sino, especialmente, con las maneras de las que se sirven las demás artes para estructurar sus narraciones. Es aquí donde creo que este proyecto se sitúa en las fronteras, donde de algún modo se desdibuja aquello que conocemos como literatura y se forma un cuerpo en el cual el ejercicio de la escritura toma la categoría de práctica artística. Y como es obvio, la frontera se configura con dos espacios que permiten pensar que la práctica literaria es capaz de transformar asimismo en literatura el ámbito de las demás artes. Se trata tal vez de orientar a los escritores para que se ubiquen en los límites de lo literario para advertir que el ejercicio de la escritura es un arte más, y que está sujeto a los movimientos y reglas que se manejan al considerar la experimentación artística como parte de un todo que no se fragmenta en cada una de las prácticas particulares.

La escuela está dividida en tres líneas de trabajo: composición, contenidos y formas de construcción. En la primera se discuten asuntos relacionados con el lenguaje literario. Se experimenta con aspectos concretos del ejercicio de escribir como el punto de vista, la primera persona, el uso o desuso de adjetivos, la utilización de distintos tipos de modos, técnicas o formas capaces de hacer que se produzca una suerte de sistema dentro de los textos que se pretenden crear.

La segunda línea está relacionada con los contenidos. Es difícil hacer comprender que los contenidos no son importantes en sí, sino que, por encima de ellos, se encuentra la forma de abordarlos. Conlleva cierta dificultad que se entienda cómo en una escuela de escritores se puede hablar tanto de Faulkner como de Kafka sin que tenga mayor importancia lo que se diga de ellos, sino donde lo fundamental es advertir qué elementos, qué puntos son los que se abordan en la discusión. En estas sesiones, el autor o el tema no son sino meros pretextos para establecer un diálogo literario.

No se debe, no se puede enseñar a ser escritor. Aunque habría que recapacitar y preguntarse qué es lo que define a un escritor. Puede tener que ver con la conciencia que se tenga de lo que se está escribiendo. Con la posibilidad de leerse a sí mismo. Con advertir los distintos elementos que conforman su sistema de escritura. Poder discernir cuándo se está siendo fiel a las reglas que emanan del discurso, o se están poniendo en práctica una serie de ideas que tienen que ver más con un “deber ser” que con la escritura personal.

Por otra parte, abordando la tercera línea de trabajo, estoy convencido de que las formas de construcción narrativas son casi imposibles de mostrar desde la misma literatura. Como en ella no parece contarse con una retórica predeterminada que haya que seguir -y si esto existiera y se acatara daría como resultado precisamente una mala literatura-, me parece importante acudir a las formas de construcción de otras artes, para desde la visión que ellas presentan contar con una perspectiva del arte de narrar. Ver que así como la escultura, la pintura, la arquitectura, la danza o la fotografía cuentan con elementos narrativos que, de alguna manera, están fuera de lo que en sí se narra, en la literatura ocurre lo mismo, a pesar de que una serie de ideas establecidas digan lo contrario: que se debe escribir siguiendo una serie de preceptos donde muchas veces se confunde la forma con el contenido.

En realidad, la escuela no viene a ser sino un centro de confluencia de una serie de creadores de reconocida actividad con discípulos que pretenden darle forma a sus escritos. Los alumnos deben generar sus textos personales en un espacio ajeno a la escuela. Deben construir sus propios lugares de creación, donde lo aprendido o, mejor dicho, lo experimentado en la escuela, pueda ser puesto en práctica. La escuela debe servir solamente como una suerte de detonante capaz de hacer que cada quien se enfrente, de manera solitaria, con su propio trabajo. Esto se practica con la intención de que la obra resultante no se encuentre bajo la tutela más que del propio creador. Una obra ejecutada bajo estas condiciones hará más evidentes sus particularidades, permitirá la existencia de una suerte de escritura propia, y será un elemento que ayude a hacer de lo literario algo dinámico. Precisamente en ese punto, para propiciar el movimiento que debe tener toda escritura, se debe transitar, como señalé, por la frontera sutil donde se ponen en juego una serie de elementos comunes a todas las artes. Es para propiciar este enfrentamiento, que se debe pasar por la experiencia de compartir muchas horas de trabajo con ochenta de los más reconocidos creadores, tanto de literatura como de otras artes, que harán que el discípulo sea partícipe de una serie de universos vedados -uno de ellos, por ejemplo, el gabinete de trabajo de los creadores convocados-, ganando de esa forma un tiempo sumamente valioso para descubrir la cantidad de posibilidades que pueden aplicar los alumnos a su propia creación.

No se debe, no se puede enseñar a ser escritor. Aunque habría que recapacitar y preguntarse qué es lo que define a un escritor. Puede tener que ver con la conciencia que se tenga de lo que se está escribiendo. Con la posibilidad de leerse a sí mismo. Con advertir los distintos elementos que conforman su sistema de escritura. Poder discernir cuándo se está siendo fiel a las reglas que emanan del discurso, o se están poniendo en práctica una serie de ideas que tienen que ver más con un “deber ser” que con la escritura personal. Se pretende por eso que los discípulos adquieran una conciencia, lo más clara y objetiva posible, de cuáles son sus potencialidades, de los modos particulares que poseen para conformar sus textos.

Otro de los intereses de la escuela es servir de nexo entre los alumnos y las distintas instancias literarias. Por esa razón entre los maestros, aparte de una serie de importantes creadores, se encuentran también editores, críticos literarios y funcionarios de cultura. No se quiere llegar al espacio convencional del taller literario, ni tampoco al lugar de lo académico. En ningún momento está en juego el conocimiento tal como se lo suele comprender. Se trata de escapar a los cánones tradicionales del pensamiento, a la idea de que existe una fórmula, una verdad alcanzable, luego de lo cual, una vez que se esté en posesión del secreto, se hará posible que alguien pueda dedicarse a escribir. Los libros, mientras más excéntricos, mejor. Mientras obedezcan de una manera más clara a su propia lógica, se convertirán en textos que trascenderán a sí mismos.

Ya dije que la escuela no cuenta con un plan de estudios, éste varía de acuerdo con los maestros disponibles en determinado periodo. El maestro propone el tema que desarrollará durante las horas que compartirá con los alumnos. La escuela dará las reglas del juego de lo que se desea con la creación de cada sesión. No se buscará necesariamente la formación de escritores en el estricto sentido de la palabra. La idea es que la experiencia pueda materializarse en una serie de disciplinas afines. En el psicoanálisis, el arte, la publicidad, en cualquier carrera humanista es posible que tomen cuerpo los resultados de una experiencia semejante. Como señalé al inicio de este texto, en esta escuela se prohíbe escribir. La escritura que se realice en ella será únicamente la inducida para buscar cierta finalidad, una suerte de simulacro de la escritura verdadera, la que se llevará a cabo dentro del espacio paralelo, íntimo, secreto, que los ochenta cursos que ofrece la escuela ayudarán a crear.

Una escuela semejante tuvo sus orígenes en diversas experiencias, relacionadas básicamente con otras disciplinas. Fue fundamental para su creación la búsqueda mística presente en determinadas religiones, la práctica del psicoanálisis, así como las distintas manifestaciones de laboratorio artístico que se han dado dentro del mundo del teatro y la danza. El ejercicio sufi, que trata de buscar el todo dentro de los distintos accidentes, los módulos de experimentación de danza Butoh, que logra hacer del resto y del silencio una estructura, Jacques Lacan frente a sus pacientes, quien propiciaba que el inconsciente y la lingüística buscaran sus propias herramientas para expresarse, los seminarios de Jerzy Grotowski y Tadeusz Kantor, donde el fallo o supuesto error forma parte de la propuesta, las reflexiones sobre tiempo y espacio presentes en los textos de Peter Brook. Andrei Tarkovsky y su empeño por contar lo imposible de ser contado. Joseph Beuys y su posibilidad de comprimir en una acción cientos de años de actividad artística, o los experimentos con el cuerpo de Pina Bausch, quien al fusionar los géneros creó una manera distinta de mirar, han sido los puntos de partida de esta práctica. En literatura, más allá de los programas de escritura creativa de las universidades estadounidenses, o los talleres convencionales, no existe una práctica con estas características. Lo más importante de este centro es que hace evidente su no existencia dentro del plano de lo real. Pese a que se dan un número determinado de clases en una planta física que permite el encuentro entre maestros y discípulos, lo que los une en realidad es el vacío en el cual se sustenta el arte. Para llegar a esa nada necesaria en la que se mantiene toda estructura artística, los discípulos deben pasar por una frontera cuyos límites son inmateriales. Pasar por la frontera que siempre estuvo allí, presente, pero que muy pocos están capacitados para percibir.

A partir de la participación comunitaria y anónima, la escuela puede ser vista como una obra en sí misma. Como un espacio capaz de hacer evidente la cada vez más establecida manera de hacer arte, donde la obra como solemos entenderla tiende a difuminarse para dar paso a procesos más que a resultados. El fin de la Escuela Dinámica de Escritores puede ser la escuela misma. Su funcionamiento, su capacidad para congregar a maestros y discípulos, su carácter no individual y su negación a ver los resultados de la propuesta en virtud de la cantidad de escritores que surjan de ella, es una muestra de ello. Se trata más bien, creo yo, de una gran instalación, que empezó y sigue fluyendo en el tiempo y en el espacio. Las fronteras, quiero creerlo, quedan abolidas.

El mexicano Mario Bellatin fundó en 2000 la Escuela Dinámica de Escritores. Es autor de Salón de belleza, Damas chinas, Flores y Lecciones para una liebre muerta, entre otros libros.

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