Los pasos perdidos de Mario Rivas

Me asombra el interés que pueda concitar en estos días la figura de Mario Rivas. Sus libros, casi supuestos, dormitan en algún punto impreciso de la inexistencia. Sus crónicas sociales, motivo por el cual se lo recuerda preferentemente (junto, por cierto, a sus anécdotas) hay que ir a revisarlas a uno de los subterráneos de la Biblioteca Nacional, donde Las Noticias Gráficas y Última Hora, los diarios amarillos en los que escribió, son entregados al usuario en formato de microfilm.

Estas crónicas, publicadas día a día en una página titulada High life durante un par de décadas (40 y 50), son en primera instancia, leídas hoy, una bulliciosa y masiva reunión de fantasmas. No creo que nadie haya hecho el trabajo de contabilizar y clasificar los nombres propios mencionados por Rivas a través de los años  aunque haya gente que se dedique a estas cosas, pero podemos entender que son decenas de miles. Nunca creí que fueran tantos…, escribe Eliot parafraseando a Dante y refiriéndose a los que se llevaba la muerte. En este caso no sucede otra cosa: es esa insinuación suspirante del verso de Eliot lo que a uno le resuena en la mente cuando se retira del subterráneo de los diarios, recupera su carnet de identidad y traspasando unas cuantas puertas solemnes sale a la calle y se reintegra al flujo anónimo de sus semejantes y a la circunstancia de una tarde nublada.

Si hay algo que está pendiente en la literatura chilena es la publicación de las crónicas de Rivas en forma de libro. Digo en la literatura y no en el periodismo en tanto este es un caso donde una categoría es intercambiable con la otra. En términos formales, Rivas ejercitó el tipo de periodismo que vemos habitualmente en las páginas de vida social de cualquier revista. Sin embargo, lo hizo en periódicos dirigidos a un público totalmente ajeno al gran mundo local de cuyas alternativas informó. Es improbable que alguno de los lectores de Las Noticias Gráficas tuviera idea de quien haya sido la estupenda Mariana Larraín, a no ser que hubiese formado parte de su personal de servicio. Si uno revisa las restantes secciones del diario se encontrará con registros gráficos muy crudos de crímenes ocurridos en conventillos, cogoteos y hechos delictuales en general.

Esta vendría a ser la primera gran broma de Mario Rivas, si bien es verosímil suponer que su enrolamiento en la redacción de Las Noticias Gráficas se debió a razones de pura subsistencia y no a una deliberación literaria. La otra corresponde a su escritura corrosiva, a su tendencia a dejar en ridículo a muchas de las personas de las que hablaba, a revelarlas en su estupidez, en su mal gusto o en su arribismo. El efecto era, por cierto, humorístico. Humorístico para los lectores, letal para los afectados.

Mario Rivas conocía, sin duda, todos los códigos de la alta sociedad santiaguina de su época. Era, además, parte de ese mundo que se empeñó en escarnecer en incontables oportunidades, pero que salvó moralmente en tantas otras. Sabía lo que hay que saber: qué trajes eran los adecuados para ocasiones específicas, quiénes eran las bellezas del momento, a qué lugares asistían, qué definía a un roto, a un siútico o a un caballero. Conocía igualmente los chismes, las infidelidades de tocador, las pillerías monetarias que podían ensuciar un buen nombre.

No obstante, su posición pública era marginal a todo esto. Su biografía “si un día nos decidiéramos a componerla” mostraría una grieta, un dolor prolongado, un desacomodo feroz. Rafael Gumucio, sobrino-nieto suyo, atribuye este desajuste existencial al hecho de que Mario y Manuel -su hermano mellizo- se criaron en el extranjero: Francia, Inglaterra, Turquía, lo que les dio una perspectiva un tanto distante de los acontecimientos del país y, por lo tanto, una mirada distinta a la del resto de sus conciudadanos. El padre de ambos, el eminente Manuel Rivas Vicuña, político liberal famoso por su capacidad conciliadora Ricardo Donoso le atribuye un estilo florentino fue varias veces parlamentario y ministro, y además creador de la Liga de las Naciones. Sin duda hubiera querido que sus hijos siguieran sus pasos, pero éstos no manifestaron interés en la política. En algún momento los sacó de la universidad y los puso a trabajar. Rivas Vicuña murió tempranamente, en 1937, y de una forma u otra la pobreza empezó a acechar a su familia.

Hay en los textos y en la actitud existencial de Mario Rivas una amargura, por así decirlo, muy chilena. Una especie de resentimiento de sello inverso que apela de una manera muy efectiva al humor para canalizar su acidez. Sus ojos, en ciertos momentos, son los de la vieja agria y señera que es capaz de destruir con la sola imposición de la mirada. Su desprecio nos recuerda a la abuela de Stepton uno de los personajes de Valparaíso, la ciudad del viento, de Joaquín Edwards Bello cuando el niño lleva a su casa a unos compañeros de curso: ¡Quienes son estos siúticos!, grazna la anciana, congelando a los niños con una recusación para ellos desconocida.

“No era un resentido”, me aclaró en París su hijo Mario Rivas Espejo en una conversación que tuvimos en su departamento, situado en una calle de la que he olvidado el nombre pero cuya sonoridad adornaría mucho este párrafo. Lo pasaba bien, se reía con estas cosas. A los que odiaba era a los siúticos, al paco Ibáñez y a O’Higgins, ese roto colorín. Fíjate que una vez O’Higgins se reunió con el general Osorio y le tiró un escupo en el ojo. Osorio se retiró, si esa rotería no podía será.”

Esa noche con Rivas Espejo (octubre de 1998) dedicamos un porcentaje significativo de la conversación al recuerdo de su padre, con una evidente y comprensible admiración de su parte. Por algún motivo yo había llegado ahí buscando indicios sobre el desaparecido periodista y prospecto de escritor. Su personalidad me intrigaba particularmente y había disfrutado mucho sus crónicas. Habiendo leído muchas veces páginas chilenas dictadas por el resentimiento, jamás me había encontrado con crónicas como las suyas, en las que el francotirador dispara desde la propia torre de marfil hacia sus proximidades inmediatas.

La invectiva suele delatar la imagen que de sí mismo se ha formado quien la emite. Si escuchamos o leemos la frase una tropa de señoritos empingorotados, hijitos de su papá, podemos entender que tras ella se agazapa una persona que no disfruta de los privilegios atingentes a los señoritos en cuestión, y que los considera por lo demás ilegítimos o inalcanzables. Si la frase es, por el contrario, el roto levantisco e insurrecto, hijo de la cantina y amancebado de la flojera y el vicio, nos figuramos instantáneamente que la enuncia un señor amargo, al que un tipo considerado por él inferior acaba de largarle una insolencia o de negarse a acatar sus instrucciones perentorias.

Mario Rivas era más complejo en el arte del insulto. Por una parte, según su hijo, manifestaba total respeto por la gente del pueblo. Utilizaba, no obstante, el recurso agresivo de enrostrar a su enemigo de turno una cuna humilde, como en el caso de cierto director teatral de quien omitió el nombre pero escribió que le ha dado por creerse aristócrata y habla de clase, a pesar de que pertenece a la calle Bascuñan Guerrero desde la raíz del alma y hasta las uñas, no siempre sin luto. Insiste Rivas Espejo: Roteaba al siútico, no al roto mismo.

Una de sus víctimas recurrentes en los años 40 fue un señor de apellido Gellona, apodado Tato. Frecuentemente, al referir alguna fiesta elegante, especificaba que en ella había pura gente decente y que además estaba el Tato Gellona. Su amigo Jorge Palacios quien ha dejado un testimonio suyo en el libro Retrato hablado cometió alguna vez el error de presentarse en su casa y confesarle que tenía hambre. Desde ese momento, Rivas comenzó a incluirlo en sus reportes de asistentes a comidas refiriéndose a él como el hambriento de Palacios.

Lo último sería una especie de chanza amistosa desplegada en el plano de la confianza, pero es presumible que sus sarcasmos tuvieran como motivo la venganza privada, de bisturí, destinada a purgar algún leve desaire o a dar espacio a la simple antipatía. No es posible imaginar otra explicación cuando dice, por ejemplo, que en la botica Klein, donde compra la gente decente, se vio esta mañana a la señorita Clara Zañartu adquiriendo unos tremendos supositorios. O en el caso de una de sus notas de 1948: Fantástica estuvo la noche de año nuevo en el Club de la Unión donde los siúticos hacían nata. Los snobs todos al Club de Golf y al de Polo, donde comía Periquito del Valle, el Garciíta Lorquita chileno, que andaba con una chaqueta de garzón de última categoría que le quedaba muy bien. O: El Coto Soriano, en un acto de provocación inaudita a la población de Santiago, se fue ayer a una tienda muy bonita llamada Fletcher’s, que queda en la calle Huérfanos, y se compró la corbata más fea que he visto en mi vida. No se sabía si la tiñeron con tintura o con vómito de borracho.

Ese era el atractivo del malhadado Mario Rivas: prescindir de lo políticamente correcto, arrogarse la libertad de proclamar lo que se le antojara o lo que pasara por su cabeza.

Germán Marín, quien lo frecuentó en sus correrías céntricas, considera que este tipo de pituco abundaba antes, hacían nata. No lo podría explicar psicológicamente, pero cuando conocí a su sobrino Fernando Rivas reconocí ese desparpajo de pije. Tenía el mismo aire: una cosa desenfadada, pitucona, como que el mundo estaba para servirlo.

Algo parecido opina Enrique Lafourcade: Mario se jactaba de poder insultar a medio mundo y reírse y delatar concubinatos. La mitad de Santiago lo quería matar. Fernando Rivas lo imitaba. Y Rivas Espejo: Fernando Rivas era tontito y provocador. Trataba de copiar a mi padre pero le faltaba la simpatía.

Fernando Rivas Sánchez, agregamos, fue periodista y novelista. Se le recuerda más que nada por sus apariciones en A esta hora se improvisa y en otros programas televisivos, donde desplegaba un estilo muy agresivo con sus entrevistados. Murió en Cuba, en el exilio.

Como fuera, Mario Rivas y su sobrino Fernando correspondían al mismo tipo social: el individuo de izquierda que no renuncia a utilizar los descalificativos propios de la clase alta, a la que pertenece. Se diría que una parte de su ser se manifiesta ansiosa de cambios en la estructura de la sociedad y sus privilegios, pero que su fuerza vital la saca de su sentido de pertenencia a la casta dominante.

Los textos de Mario Rivas no eran propiamente políticos. Jamás, incluso, se salió en ellos del campo de referencia propio de una página de vida social. Desconocemos, sin embargo, el contenido de su programa Quince minutos con Mario Rivas, transmitido a comienzos de los años 70 en Canal 13, que llegó a su fin el día en que Rivas dijo ante las cámaras que este cura pollerudo todavía no me paga el sueldo, refiriéndose a Raúl Hasbún, quien por ese entonces tenía en el canal un cargo directivo.

Las relaciones de Rivas con personas conocidas de la izquierda fueron, en cualquier caso, problemáticas. A Benjamín Subercaseaux, es sabido, le puso Benjamona Subercasiútica. En su libro Fantasmas literarios, Hernán Valdés lo recuerda en las dependencias de Las Noticias Gráficas hablando así de Subercaseaux: Ayer, mientras mi chofer me paseaba en coche por el Parque Cousiño, para escapar del aire de sobacos y vaginas de esta ciudad, me encontré a la Benjamona Subercasiútica sobando a un pobre milico detrás de unos eucaliptus que, como ustedes bien saben, es un árbol procedente de ese continente bárbaro que es Australia. Algo igualmente procaz escribió alguna vez sobre la sexualidad del Presidente Jorge Alessandri y sobre los motivos reales según él por los que un busto de La Moneda se había venido al suelo. Alessandri lo metió preso.

Con Neruda la cosa fue de sello distinto, si bien los testimonios difieren. Rafael Gumucio estima que Neruda buscaba a Rivas para satisfacer su propio arribismo, y Germán Marín estima que era Rivas quien buscaba a Neruda y que siempre fue muy chupamedias del poeta. Neruda le tenía espanto, sigue Marín, lo encontraba fresco, lo rehuía. En una ocasión, cuando Neruda y yo hacíamos las ediciones Isla Negra, Rivas quiso entrevistarlo en la radio, pero Neruda me pidió a mí que fuera en su reemplazo.

¿Cómo era físicamente Mario Rivas? Marín lo describe chico, movedizo, elegantemente vestido, con algún parecido facial a Vicente Huidobro y premunido sin necesidad de un bastón. Es posible que se trate de su mítico bastón-estoque, cuya existencia pude testificar en casa de uno de sus descendientes. Lo usaba dicen para defenderse, ya que la odiosidad sembrada por él en la ciudad le había acarreado una suma ingente de enemigos. También tuvo un leal guardaespaldas, cuyo sobrenombre le dio el título a su única novela, perdida hasta hoy: El Care Cueca.

La página de Rivas en Las Noticias Gráficas posee otras cuantas peculiaridades. Una de ellas es una guía de restaurantes que equivalía, según sus detractores, a una triquiñuela para comer gratis. De hecho, en el caso de que el dueño del negocio no aceptara la transacción comida por mención, cuentan que Rivas de todas formas escribía sobre el local, con el añadido de que le había salido una mosca en el plato.

Es claro que negociaba con su leída columna, logrando quizás un estímulo económico adicional a las escasas ganancias que podía obtener del periodismo. Pero lo hacía ostentosamente, sin arrugarse, como cuando escribió lo siguiente: A Paine partió Camilo Prieto Concha con su familia. Camilo es el más sabio de todos los Prieto Concha, no sólo porque jamás se mete en política para nada y se conforma con ser dirigente deportivo, sino porque además se compra todos sus artículos para caballero, tanto para su uso personal como para hacer sus regalos, en la Casa Cohé, de Pasaje Matte 56.

Hay en la prosa y en la actitud existencial de Mario Rivas una amargura, por así decirlo, muy chilena. Una especie de resentimiento de sello inverso que apela de una manera muy efectiva al humor para canalizar su acidez. Sus ojos, en ciertos momentos, son los de la vieja agria y señera que es capaz de destruir con la sola imposición de la mirada.

Un extraño recuadro, además, ubicado notoriamente en la parte inferior de la caja, avisaba: Esta página es de exclusiva responsabilidad del señor Mario Rivas González, Teatinos 82 tercer piso, teléfono 69541. ¿Se trataba de una argucia del periódico para derivar a los lectores indignados hacia el responsable de las eventuales injurias?

También incluía ciertos Consejos de la Dúchese du Maine, para el uso de las señoritas. Eran textos de una línea, donde Rivas ejercitaba su humor con mayor propiedad. Son estas frases, de hecho, las que más recuerda la gente que lo conoció, y aún circulan de boca en boca. Cosas como: Una señorita distinguida no llega jamás con una botella de chicha a la oficina, una señorita distinguida no acepta que la inviten a comer brevas al Cerro Santa Lucía, una señorita distinguida no regala jamás una máquina de afeitar eléctrica a su amiga del alma, una señorita distinguida no se cura con rompón, una señorita distinguida no se come los tallarines con pica, una señorita distinguida no llega a la casa de gente que no conoce para ponerse a hablar por teléfono con los tontos que la pololean.

Había en estos epigramas truncados, sin duda, recados particulares para personas del círculo privado de Rivas. Pero si nos hacen reír todavía es por su parodia de los manuales llamados “consejeros sociales”, ese tipo de libros que hasta hace no mucho tiempo uno podía comprar en las librerías de viejo y que ostentaban capítulos del tipo “Cómo conducirse en las confiterías”.

Las señoritas, como lo constata una crónica de Edwards Bello, no entendían cabalmente el humor de Rivas y solían enojarse. Edwards Bello las imaginaba mandando a comprar medio en secreto el diario poco prestigioso en el que Rivas escribía, para experimentar el placer de la denostación ajena.

Especialmente iluminadoras de su forma de pensar son las reflexiones que Mario Rivas incorporaba bajo el título ¿Adónde va Vicente?, adonde va la gente. El lenguaje de los aristócratas, escribe en una de las innumerables ediciones, se asemeja más al del pueblo que al de los siúticos. Los siúticos son atildados y medidos. En su boca nunca hay una palabrota y tienden a pronunciar las palabras con todas sus letras y en algunos casos le agregan algunas. En cambio, tanto el pueblo como la aristocracia sintetizan, por así decirlo, las pronunciaciones y dicen garabatos todo el día.

La gente decente, según sus observaciones, dice caramelo, no pastilla, como el siútico; el hombre de mundo, al igual que el roto, habla de mi mujer, jamás de mi señora. El archisiútico dice mi esposa. La misma evaluación corre para expresiones como matrimonio versus boda, o ¿qué quieres comer versus ¿qué se sirve usted?

El tema del siútico lo obsedió tanto como al propio Edwards Bello, si bien este último le hallaba cierto encanto al lenguaje rebuscado de los países tropicales, tan escaso en Chile. Se nota a la legua que el así llamado siútico, es decir, el tipo de clase media que intenta imitar las gestualidades de la clase alta, lo irritaba profundamente. En alguna ocasión anota que el siútico se demora una enormidad en tutear a la gente. En otra interpela al lector: ¿Ha conocido a alguien llamado Graciela, César o Waldo y que no sea siútico?

Escrúpulos de esta clase parecieran desterrados por el tiempo de nuestro mundo aparente, pero se siguen reproduciendo en la educación puertas adentro de las familias. Un cierto pudor ha sumergido en la pura intimidad lo que Mario Rivas se permitía decir a los cuatro vientos. Nadie quiere hoy ser tildado de clasista, pero el tema social sigue siendo entre nosotros una prioridad clandestina, e igualmente encuentra en el humor una válvula de escape. Basta, en este sentido, un solo chiste de Coco Legrand para desatar carcajadas reprimidas.

¿Fue una buena persona Mario Rivas? Según su hijo, evidentemente. Mario Rivas Espejo habla de su padre como dije antes con admiración. Destaca su relación con el dinero, en la que se manifestaba como un botarate a toda prueba. Jamás ahorró un peso y era generoso con los demás cuando se entretenía. Sólo una vez en la vida le pegó una cachetada, cuando él le tiró la máquina de escribir al suelo. Conocía a Hegel, a Spinoza, a Kant, pero era demasiado inteligente como para haber creado un sistema filosófico. Hacía teatro regional, de provincia, porque despreciaba al santiaguino. Una de sus obras de teatro se llamaba El sargento mayor y analizaba la relación de los pacos con las empleadas domésticas. Entendía la historia como conciencia, no como ciencia.

Los textos de Mario Rivas no eran propiamente políticos. Jamás, incluso, se salió en ellos del campo de referencia propio de una página de vida social. Desconocemos, sin embargo, el contenido de su programa “Quince minutos con Mario Rivas”, transmitido a comienzos de los años 70 en Canal 13, que llegó a su fin el día en que Rivas dijo ante las cámaras que “este cura pollerudo todavía no me paga el sueldo”, refiriéndose a Raúl Hasbún, quien por ese entonces tenía en el canal un cargo directivo.

Un pariente cercano, en cambio, opina que este tipo de niños terribles siempre quedan muy bien en la anécdota, pero que sufrirlos de cerca es una cuestión muy distinta. Hernán Valdés lo consideraba un insolente de pacotilla. Lafourcade evitaba su trato porque lo encontraba peligroso y porque Rivas lo apabullaba con autobombos heráldicos. Su ferocidad, según el novelista, correspondía a una característica que desarrollaban algunas minorías que pertenecían a la más alta sociedad chilena, tipos que eran postergados y que recibían de repente dinero u honores. Estos personajes, por lo general afrancesados, se transforman en emblemáticos pasado el tiempo. Todos coinciden en celebrar, no obstante, su ingenio “alacranado”.

Me da la impresión, revisando este texto para ponerle un punto final, que el interés por los escritos de Mario Rivas proviene del carácter universal de la sátira. Así como Marcial se vengó en sus epigramas de todos quienes lo pasaron por alto o lo humillaron, y Quevedo ejerció en sus sonetos y letrillas la demolición humorística de la fauna madrileña de su tiempo (viejas, lisiados, teñidos, etcétera), Rivas satirizó a nuestra sociedad echando mano para ello a la más ridícula de las retóricas: la de las páginas sociales de los diarios.

Roberto Merino ha publicado los libros de poesía Transmigración y Melancolía artificial, y los volúmenes de crónicas Santiago de memoria, Horas perdidas en las calles de Santiago y En busca del loro atrofiado.

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