Pensando con Julio Ortega

Julio Ortega es un animal literario. Es un humanista a tiempo completo. Ha trabajado la poesía, el cuento, el teatro, la crítica, el ensayo. Es un autor y profesor de múltiples facetas y dimensiones. Como intérprete cuesta encontrar hoy a alguien que tenga su visión propia, ductilidad y sutileza.

Su libro The Art of Reading (Julio Ortega, The Art of Reading, 2007) es un libro al que aspira todo escritor. Es una antología breve (en este caso en inglés) que recoge poemas suyos, cuentos y hasta una obra de teatro. En estas páginas encuentro mucho de lo que de verdad inquieta a Julio Ortega. En el cuento que da título al libro “El arte de la lectura”, el narrador está en Austin con Borges, de visita en la universidad. El relato es una conversación borgeana con Borges. Hay un momento en el que Borges viejo se encuentra con Borges joven. Borges joven quiere ser Borges viejo y Borges viejo, el joven. Todo allí es relectura y reescritura. La figura ejemplar para el narrador parece ser Pierre Ménard, ese escritor que descubre que el creador es el lector. Y en su poema “Autorretrato en Toledo” el drama del yo se desenvuelve ante una pintura del Greco.

¿Cómo se ve lo nunca visto?

¿Es posible realmente ver algo que no se ha visto nunca? Por ejemplo, ¿cómo describir un animal que nunca se ha visto antes a quien todavía no lo ha visto? Esta es una pregunta que interesa a Ortega. Sarmiento de Gamboa describe así a los guanacos que ve por primera vez en la Patagonia: “…cabeza y ojos de mula, cuerpo y pescuezo de camello, piernas de siervo y cola de caballo”. El manuscrito de un francés que acompaña a Francis Drake habla de los “moutons de Perou”, los corderos del Perú, para aludir a las llamas. Ortega, en ese luminoso y apasionante libro que es Transantlantic Translations (2006), se detiene en la belleza de este trabajo en que el dibujante y comentarista que viaja con el corsario que asalta, saquea y mata, va fijando con admiración y candor plantas, frutos y hierbas, pero también costumbres, en lo que se trasluce una cierta nostalgia europea por un mundo arcaico y comunitario, primitivo e inocente. Como se sabe, el hombre del Nuevo Mundo a menudo será visto como el buen salvaje de Diderot y Rousseau. Y la naturaleza del Nuevo Mundo será un resto del Paraíso terrenal. Para otros, ocurre lo inverso: el dominico Gregorio García considera que las llamas son seres monstruosos, derivados del camello. Para Magallanes las fogatas de Tierra del Fuego eran un indicio de que por ahí estaba la boca del Infierno.

Otro ejemplo: el fraile milenarista Francisco de la Cruz enseñó que los indios eran en verdad una tribu de Israel, es decir, se trataba de un pueblo bíblico que en su lengua tenía restos del hebreo antiguo. Además pensaba que la Iglesia de Roma había caído en la abominación, que el arzobispo de Lima debería ser el Sumo Pontífice y que los indios eran el pueblo elegido depositario de la promesa de redención. (Estas interpretaciones del Nuevo Mundo a partir de las profecías del Apocalipsis molestaron a la Inquisición y el hombre fue quemado en la hoguera por “heresiarca de astucia diabólica” en 1578).

Se ve lo nunca visto a partir de lo ya visto. Este es el punto. El encuentro con lo jamás imaginado es posible desde lo ya imaginado, lo inédito se encuentra a partir de lo editado. Lo que emerge es un “nuevo mundo” inevitablemente transaccional, vincular, mestizo. Diría que este “nuevo mundo” es lo que interesa a Julio Ortega. Diría que esto vale para cualquier escritor que se adentre en un terreno no transitado. El “nuevo mundo” de una novela siempre es imaginado desde lo ya imaginado, siempre es el resultado de un entrecruce, de un mestizaje.

Lo nuevo es una mixtura.

En el caso de nuestra América esta intermediación se da también desde el lado de lo indígena. Sería el caso de Guamán Poma y del Inca Garcilaso de la Vega. Guamán Poma escribe en castellano aunque en su castellano resuena el quechua. Es decir, el rescate del mundo indígena previo al cataclismo que significó la conquista se da a través del idioma del conquistador y desde un paradigma conceptual inficionado de categorías europeas. La primera obra de Garcilaso es su traducción desde el italiano del Discurso del amor de León Hebreo, un libro de vertiente neoplatónica. Tanto Guamán Poma como Garcilaso apelan al cristianismo. En otras palabras, ese salvataje del mundo anterior y ese enjuiciamiento de la abusiva violencia de la conquista se dan desde una perspectiva mestiza. La lengua y escritura del conquistador pueden convertirse en denuncia y condena y, por otro lado, en depósito de la memoria ancestral herida. “Guamán Poma comprende que la escritura en manos de su pueblo es su arma más poderosa”, cree Ortega: “La cultura nativa habría prácticamente desaparecido ante la violencia colonial. Sin el quechua, los españoles no habrían podido mantener una civilización nueva que refractaba la identidad hispánica a través de la otredad andina”. Garcilaso, sostiene Ortega, “en lugar de presentarse como una mera víctima… crea estrategias para un diálogo, las que se irán radicalizando por la vía de sus demandas y propuestas…” Su libro “emerge de la desilusión causada por la ruptura de la conquista y de la esperanza puesta en sus súbditos potenciales, los mestizos. Estos son imaginados como hermanos y creados como lectores”. (Ortega, 2006, pg. 91)

A mi juicio, subyace a esta exploración de Ortega una diferencia con la visión de Octavio Paz en El laberinto de la soledad. Para Ortega, Paz representa un caso paradigmático de “autodenegación”, donde la “identidad traumática” tiene que ver con el origen. “…La conquista nos hizo nacer de la violencia. La vida colonial nos destina al simulacro…” “Vivimos en “la carencia de autenticidad: no somos nosotros mismos y queremos ser otros”. Estas tesis sobre los hijos de la Malinche… convierten la identidad en una errancia de sentido, y en un programa de redención”. No es esta la concepción de Ortega. Su tesis es que el lenguaje ha permitido una “reapropiación que pone a trabajar a los signos de la otra cultura en la propia, con lo cual esta crece, aun para explicarse y si es preciso, humanizar la violencia” (El principio radical de lo nuevo). Sería el caso ya de Guamán Poma y de Garcilaso.

Ortega defiende la visión de un Andrés Bello que se empeña en conservar la lengua castellana como lengua de “la nación hispanoamericana”. De no ser por ese esfuerzo y el de otros muchos que toman ese camino ni Vallejo ni Neruda ni García Márquez habrían escrito en castellano y sus lectores serían muy pocos. Gracias a ese empeño hoy el castellano es una de las lenguas más universales del mundo y para la nación latinoamericana, una promesa de unidad que es su esperanza.

En su comentario a la poesía de Bello, Ortega encuentra que su realización, como arte, “se encontrará en la realización política de la sociedad”. El proyecto poético de Bello, entonces, se emparentaría, me parece, y esto es inesperado, con el de Pablo Neruda; con el de Neruda de Canto General, aunque, por cierto, el proyecto político de cada uno sea diferente.

Las indagaciones de Ortega lo llevan a ofrecer lecturas propias y diferentes de numerosos autores. Veamos algunos de sus juicios.

Diamela Eltit: “En una era en que la literatura como entretención se revuelca en la mitología del consumo global, el proyecto de Eltit, con sus heroínas marginales y sus héroes radicalizados, logra rebajar sistemáticamente las representaciones dominantes y los clichés de la consolación.” Estamos, en los metarrelatos de Eltit, como Mano de obra, ante “un Sujeto no ya de la rebelión y la resistencia sino de la lucidez agonista de una sobrevida”… Esto puede ser leído como una alegoría, “como el peregrinaje de una comunidad (similar a una comunidad cristiana primitiva) desamparada por el lenguaje”. Carlos Franz: la clave de la novela El lugar donde estuvo el Paraíso está en la intención soterradamente polémica de la narradora; “la hija en verdad rememora los hechos veinte años después, cuando ya todo ha concluido (o recomienza, en su turno), pero lo hace no para exculparse o redimirse sino para combatir con la otra lectura de los hechos, la de su padre”.

Alberto Fuguet: “Gracias a su desenfado irónico, talento satírico y vivacidad analítica, es muy capaz de ‘rebobinar’ el archivo latinoamericano, y de escribir… esa novela que comienza con la historia de su escritura que está por hacerse. Esa novelización que cultiva hace a Fuguet el narrador chileno más novelesco”.

Roberto Bolaño: “Lo fascinante de su caso es esa conversión de la literatura en biografismo. Al escribir las biografías de los poetas, escribía, en verdad, sus necrologías. La muerte termina siendo una edición corregida por la vida”. A su juicio, las páginas de Bolaño leídas en inglés “no solo son muy literarias y minuciosas, apasionadas y brillantes; son, sobre todo, vitalistas.” Eso habría favorecido la llegada de su obra entre los lectores norteamericanos, dada la fuerza de la tradición vitalista en Estados Unidos. Jack Kerouac, por ejemplo.

Gabriel García Márquez: “Pienso que el notorio éxito de Cien años de soledad radica en el hecho de que su evidente calidad es también un largo elogio del lector. Esta es una novela que exige y obtiene lo mejor de cada lector”. “Cien años de soledad quiebra la razón, excita la fantasía, transparenta la sensibilidad, exige el humor, convoca la piedad…”

Sobre Del amor y otros demonios de García Márquez, obra que analiza en profundidad en Transatlantic Translations, afirma con entusiasmo de lector que sigue joven y capaz de entusiasmos que “otra cualidad milagrosa de la novela (este tratado acerca del arte de narrar) es que cada página es mejor que la anterior”.

Carlos Fuentes: “Es el caso extraordinario de La muerte de Artemio Cruz (1962) escrito en los albores de la revolución cubana pero exactamente como su revés: los comienzos de la promesa revolucionaria son vistos desde el fin de la experiencia revolucionaria mexicana, y así los tiempos del comienzo se leen, se descifran, en los tiempos del fin”.

Mario Vargas Llosa: “Ha explorado el asombro del dolor… es un fuego de la tribu que alumbra esta noche negra”.

Ortega ofrece una lectura muy original de Pedro Páramo, una lectura política, según la cual la novela “es una metáfora del fin de mundo (o del mundo puesto patas arriba) producido por la ideología”. “Cuando la ideología”, sostiene Ortega, “postula una realidad literal (como si la una fuera el mero mapa de la otra) genera solo una vasta alienación”. En Pedro Páramo dos fuentes tradicionales del reconocimiento social –la propiedad y la legitimidad– se desmoronan. El viaje en busca del padre es una búsqueda de una huidiza identidad que para Juan Preciado quedará siempre postergada. “La madre muere y la novela comienza”, escribe Ortega: “el padre muere y la novela termina”. Con Rulfo, “el primigenio Jardín del Edén” –que imaginaron en el nuevo mundo tantos europeos– se ha transformado en un desierto terminal y el paraíso patriarcal se ha hecho infierno sin memoria: la aldea natal es un cementerio”.

Un rasgo que a mí me apasiona en esta novela es que, para decirlo en palabras de Ortega, “la novela recobra el mundo justo en el momento de su desaparición”. Como si la verdad que somos, si la viéramos, nos matara.

Sin embargo, en uno de los ensayos iniciales de su libro El principio radical de lo nuevo (1997), Julio Ortega defiende lo que llama “la práctica de la identidad, que instaura un espacio procesal, haciéndose”. Alude a Carlos Fuentes que se pregunta “¿Cuál es nuestra identidad? La que tenemos ahora mismo, porque no se trata de una búsqueda del origen, que es ilusorio, ni una apuesta por el futuro, que restaría sustancia al presente.

La identidad es procesal pero su contenido es actual”. Ortega es un intelectual de cepa y se mueve como pez en el agua en las correntadas profundas, aunque a veces engañosas, de grandes teóricos como Bajtin, Althusser, Lacan, Foucault, Barthes, Derrida, Jameson, Lyotard, Spivak, entre otros. Ortega no se deja apabullar y los discute en su mérito.

Desde su perspectiva la identidad no es, claro, una cosa, un objeto, sino un tejido de relaciones variables y conflictivas que van transcurriendo, y se fracturan recomponiéndose, y se configuran y desfiguran en un relato. Creo que Julio Ortega encuentra en las novelas de Alfredo Bryce Echenique una exploración particularmente viva de lo que sería la cuestión de la identidad.

En la interpretación de Ortega el hallazgo de la escritura transitiva, tragicómica y episódica de Bryce Echenique radicaría en su manera de desarrollar un yo dialógico en el habla, un devenir poroso e inestable que va fluyendo en la conversación de los amigos. Porque “no es la historia de un yo lo que las novelas elaboran, sino los discursos con que otro yo se representa como forma narrativa”…. “El narrador se dice yo pero se designa como él, se habla como tú y es hablado por el acto mismo de narrar”… “El yo es una reflexión del tú”… “El tú de un yo zozobrante”… (Julio Ortega, “Julius en su mundo”, prólogo de Un mundo para Julius, edición conmemorativa, Alfaguara, 2010). Por eso Ortega ha sugerido que el yo de Bryce se escriba como y/o, es decir, como conjunción y alternativa.

Creo que es adecuado concluir estas palabras evocando una novela que es ya un clásico de la lengua y cuyos 40 años celebramos recién el año pasado. El relato oral y el humor permiten y validan la emotividad (“Julius es un verdadero tratado de las emociones”). Porque el relato es un cuento contado por la nostalgia de una comunicación plena”, dice Ortega en el prólogo ya citado, “aquella donde todos fuésemos el yo de alguien…” En este novelista “la confesión no es un desnudamiento”, entonces, sino “un devoramiento” del mundo, pero en veta cómica. Para Bryce en realidad siempre “lo genuino es cómico”. Ese narrar conversando de Bryce Echenique, su estar en eso, “reafirma”, dice Ortega, “su fe en el diálogo, en el asombro compartido”.

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