Paciencia y aceleración, política y espera

Vivo en Canadá, soy parte activa de un sistema minuciosamente diseñado para rehuir la espera a toda costa. Vivo en la antítesis de la espera, consumido por un régimen de la impaciencia, del apuro, de la evasión, de todo lo que haga desaparecer el fantasma de tener que aguardar quieto que algo suceda. Aguardar la entrega de los resultados de un examen médico, un bus retrasado, los veinticinco segundos que le toma prenderse a mi computador, los seis que demora el cajero automático en devolverme la tarjeta, todo eso me resulta tortuoso. Lo vivo como un robo de tiempo, que enfrento con el mismo sentido de injusto despojo que ciertas personas suelen experimentar ante la recaudación de sus impuestos.

El movimiento slow, surgido en los 80 y que por estos días ha encontrado un nuevo auge dentro del creciente nicho New Age, invita a comer, educar, amar, trabajar y envejecer lentamente, como respuesta parsimoniosa a la vida de alto rendimiento que impone ser moderno y exitoso. Me parece tanto un esfuerzo bien intencionado como una pesadilla personal, un ejercicio para el que me encuentro absolutamente incapacitado. Soy un apurete.

No siempre fui así. Como todos los niños y adolescentes, me crié en la espera. Quizá ese es el estado natural de la niñez y la adolescencia: esperar devenir adulto.

Una espera con trasfondo de dictadura que, al menos para mi entorno, consistía en aguardar que un giro en los hechos finalmente marcara el destino de Pinochet y por ende el de todos. Los tambores de El Diario de Cooperativa está llamando se escuchaban siempre con esa expectativa.

Nada evoca mejor esa espera sin embargo que los primeros pasos para el cultivo de una cultura musical entre los adolescentes en un Chile condenado por los militares al ostracismo cultural. El proceso implicaba planificación previa, dedicación y los escasos recursos disponibles para un adolescente. Se necesitaba disponer de un casete (idealmente TDK) y una radiocasetera, revisar por adelantado en El Mercurio la programación radial (que en mi caso era la de Radio Concierto) y, a la hora y día programados, en silencio solemne, iniciar la grabación, cruzando los dedos para que el locutor (por lo general Julián García Reyes) no interrumpiera el tema con un innecesario mensaje en voz de frecuencia modulada. La operación implicaba el gesto digno de escuchar completa y atentamente aquello de que uno se estaba apropiando, mientras se escribía cada letra de la carátula de forma pausada y certera con un scripto negro punta fina, y si eras talentoso, imitando la tipógrafía de la banda en cuestión. Led Zeppelin, Iron Maiden y Police me salían particularmente bien.

Ahora, mientras escribo, en el café hípster en que me encuentro suena música que me «interesa». En mi teléfono uso Shazam para reconocer la melodía que sale de los parlantes y por Spotify lo busco y descargo en quince segundos, carátula incluida. El placer es inmediato, la necesidad se satisface aun antes de ser deseada. No hay espera. A los apuretes como yo eso nos parece estupendo.

La espera trágica 

Hablar de la espera es hablar de un tiempo particular que no es el de la aceleración, ese que busca estrechar, sino el de la duración, aquel que lidia con la subjetiva –pero no por eso menos real– sensación de lentitud. Esperar es tener esperanza, es no desesperar. El mundo está repleto de gente esperando: que se acabe de una vez un presente bárbaro, que pase lo malo, que las cosas mejoren.

Esperan con sus vidas a cuesta los refugiados sirios mientras huyen de la guerra civil. Su caminar no es fluido, lineal ni homogéneo. Por el contrario, está tironeado por interrupciones y esperas: estadías en campos de refugiados, en playas africanas aguardando por un pirata usurero que los cruce o los hunda en el Mediterráneo. Es un caminar repleto de rodeos para evitar a la policía, a vigilantes, para rodear los rollos de púa con que países como Hungría los reciben para dificultar su tránsito. Un peregrinaje incierto por algún improvisado centro de acogida berlinés o una esquina cualquiera del barrio Barbés en París.

También esperan estos días cientos de miles de rohingyas que huyen con lo puesto de Myanmar a Bangladesh, agolpándose a la orilla del río Naf. Atrapados entre un país que los quiere eliminar y otro que no los quiere o no puede recibir, esperan que en algún momento alguien haga algo para detener la limpieza étnica que está arrasando sus poblados.

Esperan los 250.000 somalís del campo de refugiados de Dabaab, atrapados sin camino hacia adelante ni hacia atrás en la aridez del sureste keniata, mientras Al Shabbab los infiltra y extorsiona.

Para ellos la espera es dolor y miseria, una tragedia real.

Para aquellos en cambio que viven en una sociedad contemporánea de ingresos medios o altos la espera se vive como un castigo personal. En una economía global que se acelera al ritmo de las tecnologías disponibles, la velocidad se equipara al progreso, convirtiendo la espera en un marcador de precariedad. La espera es amenaza pobreza, abandono, fragilidad. Requiere ser eliminada, mitigada o en su defecto, ignorada.

Paciencia china 

Durante la histórica visita de Richard Nixon a China en febrero de 1972, un periodista preguntó al eterno premier Zhou Enlai su opinión sobre el impacto que a su parecer había tenido la Revolución Francesa. La respuesta sería recordada y citada desde entonces: «Es muy pronto para saber». A los ojos del mundo, Zhou había resumido de manera sagaz la mirada de largo plazo que hacía de China una inevitable potencia en ascenso. Además, con sutil displicencia, sepultaba la pretendida paternidad histórica y política de Occidente y las democracias liberales. La Edad Moderna y las revoluciones norteamericana, francesa e industrial, que la posibilitaron, quedaban reducidas a un evento probablemente menor en la historia larga, un mero accidente de una historia medida no en generaciones sino en milenios, algo que una de las civilizaciones más antiguas de la humanidad mantenía por el momento en estado de observación. No era un mensaje irrelevante tratándose de la potencia que estaba a punto de cargar la balanza a favor de Estados Unidos tras veinticinco años de guerra fría.

Casi cuarenta años después, Charles W. Freeman Jr., un diplomático estadounidense que ofició de traductor de Nixon durante aquella semana, ofrecería una versión menos dramática y completamente atendible: Zhou Enlai no habría comprendido correctamente la pregunta, hecha en inglés por el periodista, y su respuesta en realidad hacía referencia a los hechos del mayo de 1968 en Francia. De todos modos, la interpretación original resultaba deliciosamente perspicaz, mucho mejor que la diplomática, plausible y aburrida explicación de Freeman.

En cualquiera de los dos casos, sin embargo, 1789 o 1968, la respuesta del premier chino resultaría extraña hoy. Nadie que actualmente administre poder real a escala global pareciera estar pensando muy aplicadamente en la «historia larga», esa emparentada con los Anales de Bloch y Braudel. Ciertamente nadie en lo que con comodidad llamamos Occidente. Pensar la historia larga pareciera solo preocupar a los grupos obsesionados con lo que alguna vez fueron, los milenaristas radicales islámicos, viudos de imperios disueltos, nostálgicos de la vida antes de la inmigración, puristas de la raza. En general, no mi tipo de persona.

Y aunque a este lado del mundo viven en y para la «historia corta» (viven de hecho en el espacio táctico acotado del evento político más reciente), sus lecturas tampoco están marcadas por la prudencia de Zhou. Son más bien tanteos entusiastas, apresurados y miopes de lo que va apareciendo en el camino. Rara vez prevalece un circunspecto y distante «es muy pronto para saber». Nadie ejerce la paciencia china. Nadie espera.

You

En su ensayo «La radio como aparato de comunicación» (1932), el dramaturgo Bertolt Brecht las emprende contra la todavía joven industria radial alemana, el Rundfunk. La radio, dice, debe pasar de ser un sistema de distribución de contenidos en busca de público a uno que haga conversar a los radioescuchas, crear espacio para los asuntos de naturaleza pública. «El más bello sistema público de comunicaciones imaginable –diría-, un sistema gigante de canales (…) capaz de hacer también hablar al escucha, no aislándolo sino conectándolo.»

Exactamente cincuenta años antes de la aparición del TCP/IP, la familia de protocolos de internet que haría posible la proliferación de redes interconectadas, Brecht preconfiguraba la promesa de una nueva tecnología de las comunicaciones devenida herramienta para la coordinación social, el realce del espacio público y el activismo cívico, como un medio para «emparejar la cancha» en la desigual distribución del poder y la palabra.

La idea de las tecnologías de la información y la comunicación (tic en la jerga especializada) como herramientas de emancipación política es tan vieja como las propias tecnologías y fue más o menos siempre la misma, se tratase de la imprenta, la radio, la televisión, los casetes, el vhs o la telefonía celular: incorporar a los dejados de lado, desafiar a los poderosos, liberar la información, acelerar los cambios.

Lo de los casetes suena rancio, lo sé. Sin embargo fueron humildes casetes con discursos del ayatolá Jomeini lo que los revolucionarios iraníes del 79 repartieron por cada rincón de Irán, convocando una alianza de masas islámicas, grupos de izquierda y estudiantes secularizados, para derrocar al sha.

Pero, si bien el hermanamiento de tecnología y activismo político es una idea vieja y de manifestaciones variadas, nunca como en los últimos quince años fue tan omnipresente y tangible. El pésimamente envejecido concepto de la «web 2.0», una internet de usuarios (inter) activos, generadores de contenido, coordinados en comunidades, liberados –finalmente– del yugo de la información centralizada, una en que cada cual podría encontrar y usar su propia voz, se apropió de manera súbita de los discursos e imaginarios públicos.

Teóricos de la web social proclamaron con entusiasmo desde principios de los noventa la emergencia de una política instantánea cimentada en redes y bytes. En su influyente libro Here Comes Everybody (2008), Clay Shirky sostenía que la internet posibilitaba el rápido desarrollo de movimientos en red, desagregados y escindidos de la necesidad de construir capacidades organizacionales formales. Las nuevas tecnologías podían hacer desaparecer las barreras de la materialidad convocando en torno a un hashtag o un lema la energía callejera que antes tomaba meses o años amasar. Protestar sin detenerse en la tediosa logística del «mundo real» era la promesa que, hasta hace poco, parecía estar cumpliéndose inexorablemente.

En 2006, la revista Time elige como personaje del año a «You», usted, tú, el usuario que desinteresadamente dota de contenidos a la nueva web, sube videos en YouTube, postea noticias en Facebook, aporta artículos a Wikipedia. En una encuesta a los lectores de la revista previa a la elección de «You», el candidato ganador de ese año era Hugo Chávez, con 30% de las preferencias. Sin embargo, la idea del ciudadano altruista resultaba más seductora (y posiblemente menos controvertida).

Una historia de la web social y política es inevitablemente y en primer lugar una historia gringa. La tecnología, los recursos, los héroes y villanos provienen abrumadoramente de Estados Unidos.

Es allí que, un año después de «You», un nuevo hito comenzaría a tomar forma cuando un desconocido senador de Illinois, joven, negro, con onda y tecnológicamente competente, alcanzara de manera impensada la Presidencia. La campaña de Obama el 2007-2008 hizo patente, a ojos de los analistas, que una nueva política había nacido, una basada en la esperanza, una en que era posible saltarse las antigüedades atávicas de la «carrera política tradicional», achicar los espacios y movilizar estratégicamente un ejército de voluntarios contra la maquinaria que Hillary construyó y esperó años para poner en marcha. El outsider carismático –por trayectoria más que por doctrina, pues finalmente Obama era más tercera vía que los mismísimos tercera vía– se ubica en la cúspide. Los cambios rápidos, juveniles y enérgicos ganaban la batalla simbólica a la desgastada tesis de la gradualidad.

La revolución instantánea 

Y a partir de ahí, todo parece acelerarse: la revolución se pone de moda. El 2009, treinta años después de que los revolucionarios repartieran sus casetes en Irán, la radical teocracia conservadora en que esta devino es amenazada por miles de jóvenes urbanos. El levantamiento, conocido como el Movimiento Verde, y en medios occidentales como el Despertar Iraní, haría uso intensivo de redes sociales para coordinarse con aparente espontaneidad y sin un liderazgo ni organización claras. Tras su fracaso, las mismas tecnologías permitirían al régimen identificar, ubicar, detener y reprimir a los opositores.

Y luego, el 2011. Ese año, Time volvería a sorprender con su Persona del Año: el manifestante o protester. Se tomaron las portadas, muros y timelines del mundo los Indignados de Plaza del Sol, la Geração à Rasca portuguesa contra los planes de austeridad, el movimiento contra la codicia empresarial en Reikavik, contra la corrupción en Nueva Dehli…, los de la marcha de los paraguas en la Alameda en Santiago de Chile.

Las potencias y la opinión pública occidentales abrazaron con entusiasmo las así llamadas primaveras árabes, el plato fuerte de ese año. Una «revolución de las personas», de «los jóvenes», de «las redes sociales y la coordinación en la web», se autocongratularon muchos, partiendo por los gigantes de la tecnología, mientras veían todos veíamos emocionados 24/7 las imágenes de Tahrir. Y aunque en 1970 Gil Scott-Heron cantó convincentemente que la revolución no sería televisada, cuatro décadas más tarde asistiríamos a la revolución en multiplataforma. Si la Operación Tormenta del Desierto en 1990 fue la primera guerra transmitida en vivo por televisión (para el regocijo de Baudrillard), las primaveras árabes fueron la primera revolución seguida en directo por redes sociales y medios digitales.

No nos «llegaban noticias» de Plaza Tahrir, ese concepto de la época de las encomiendas que suponía que las noticias viajaban y uno las esperaba: estábamos en Tahrir. Los eventos sucedían ahí, en tiempo real, en la pantalla del celular. Y no, como en la primera guerra del Golfo, a través de los ojos de un camarógrafo de cnn con casco arriba de un tanque entrando en Kuwait, sino en los de un manifestante indefenso y heroico de la plaza. Cuando Mubarak finalmente lo entendió y bajó el switch, cortando Internet, ya era demasiado tarde: sus días estaban contados. Para los estándares de Baudrillard, desconfiado de la industria del espectáculo y el simulacro, la revolución árabe sí había tenido lugar.

La espera de veinticuatro años de Ben Ali en Túnez, de treinta años en el caso de Mubarak en Egipto, de cuarenta años de la dinastía al Assad en Siria, cuarenta y dos de Gadaffi en Libia, parecía llegar a un final inminente en manos de esos manifestantes «organizados sin organización» que acababa de provocar un cambio súbito e inesperado.

 Sin embargo, a menos de siete años de los acontecimientos del mundo árabe, y con la honorable pero frágil excepción tunecina, los resultados parecen simplemente desastrosos. Ni una nueva y fortalecida dictadura egipcia, ni la total disolución del Estado en Libia, ni la sanguinaria y silente guerra civil en Yemen, ni el desastre absoluto en Siria, y su coletazo global de horror y desestabilización, estuvieron a la altura de la promesa. Las inercias del poder, sus organizaciones pesadas, golpeaban de vuelta.

Maratonistas y sprinters

Lo que Shirky y otros parecieron olvidar es que la espera, el tedioso y lento ejercicio de organizarse en la vida real, tenía unos beneficios y un peso inevitable a la hora de construir, acceder o administrar poder. Y sobre todo: de conservarlo.

En su premiado Founding Brothers: The Revolutionary Generation, Joseph Ellis explora de qué manera las interacciones cotidianas de los padres fundadores de la revolución americana (Adams, Franklin, Hamilton, Jay, Jefferson, Madison y Washington) fueron un factor esencial en la formación de los acuerdos que dieron nacimiento a Estados Unidos. Las largas estadías en Filadelfia, los eternos viajes en carro, el demoroso pero constante flujo de correspondencia, en definitiva la lentitud y la espera propias de fines del siglo XVIII, tejieron lazos importantes, que sostuvieron el lento y trabajoso proceso de escribir una Declaración de Independencia y una Constitución aceptable por todas las partes. Claro, tanto lazo no pudo evitar que en un confuso duelo de honor a orillas del Hudson Aaron Burr matara de un balazo a Alexander Hamilton, pero sí que Burr perdiera el honor en el acto.

Una reflexión similar es la que Malcolm Gladwell ofrece respecto al movimiento de los derechos civiles que en los años cincuenta y sesenta logró hacer retroceder de manera importante la segregación racial en Estados Unidos. El divulgador contradice a Shirky, recordando que el éxito del movimiento fue fruto de vínculos fuertes y organizaciones importantes fraguadas durante años. Sin ese vínculo, sostiene, no hay movimiento que aguante. Guardando las proporciones, sospecho que las onces en el exilio, esas reuniones en parroquias lúgubres y las pellejerías compartidas por más de una década entre dirigentes de la variada oposición a Pinochet cimentó mucho de lo que sería la complicidad de grupo de aquellos que, para bien y para mal, dirigieron la transición chilena.

Construir esas confianzas toma años: no hay atajos.

Es más: por siglos la capacidad de esperar constituyó un valor central a la hora de actuar profesionalmente en política. La acumulación de capital político –experiencia, credenciales, mandatos, relaciones, reconocimiento, identidad y, de ser posible, prestigio y buen nombre– era una tarea lenta. Ser Presidente, por ejemplo, era un proyecto de vida que requería de una enorme paciencia, determinación y cuero de chancho para subir peldaño a peldaño y aprender a esperar el momento adecuado. Liderazgos mitterrandiens, de esos que toman treinta o cuarenta años en cuajar.

La idea de la carrera política signada por la espera era consustancial a la aspiración de dirigir un país. En algunos casos, como el de Mandela en Sudáfrica, Havel en Checoslovaquia o Mujica en Uruguay, la espera estuvo de hecho marcada físicamente por largas estadías en prisión. En Chile, Allende, que fue ministro, diputado, senador y cuatro veces candidato presidencial, representa la quintaesencia de esa cultura de la espera, negada luego por el maximalismo que tensionó su gobierno.

Pero la carrera larga comienza a desfallecer también en la época en que Barack Obama derrota a Hillary Clinton en las primarias demócratas. El peso de la herencia política, de las credenciales públicas, de la venia de las elites dominantes, de la primera mujer candidata, no eran ya argumentos suficientes. Ahora, la aceleración no atañía solo a los grandes procesos históricos, también los liderazgos, carreras y ambiciones personales. Así, hoy la administración de la espera se disputa entre maratonistas pacientes y sprinters apuretes.

En los últimos años los casos se multiplican. Emmanuel Macron en Francia, Justin Trudeau en Canadá –con matices, pues en general la herencia política familiar ayuda bastante a ganar tiempo–  y Jacinda Ardern en Nueva Zelandia son casos de carreras cortas –y fotogénicas– que parecieran señalar que una corriente «liberalcentrista-progre» goza de buena salud en las democracias occidentales.

Pero, simultáneamente, y de manera demoledora, la era de la rapidez, de los ascensos meteóricos, nos encamina al fin absoluto de la política.

De la nada, sin que nadie lo viera aparecer, un personaje extraño se cambia de pista a gran velocidad. De la pista del espectáculo y de los negocios –para ser precisos, de la más despreciable de las culturas del espectáculo y de los negocios– salta a la política. Aquella donde corría confiadamente Hillary, pensando que ocho años después, con más maratones en el cuerpo, más credenciales acumuladas, más venia del establishment, más importancia de los discursos de género, más capital político heredado (esta vez ni más ni menos que de Obama, y escondiendo convenientemente a Bill), podría fácilmente contra el que se le pusiera en frente. Nadie pudo prever el accidente.

El accidente 

Decía el teórico y arquitecto francés Paul Virilio el año 2000 que la amenaza nuclear ha sido reemplazada por la de una nueva bomba, la informacional, asociada a las tecnologías de la información y las comunicaciones. En un futuro muy cercano, la guerra no será más la continuación de la política por otros medios, apelando a la vieja fórmula decimonónica de Carl von Clausewitz, sino el «accidente integral», la continuación de la política por otros medios.

Desde mediados de los setenta, Virilio se embarcó en la construcción de un campo impensado: la dromología o ciencia de la velocidad. La premisa, y el objeto de su trabajo, es el aceleramiento que se gatilla en el espacio social a partir de las tecnologías del transporte y el desplazamiento, nacidas de la revolución industrial. Multiplicada luego por la revolución digital, que él tiene la lucidez de intuir a partir de sus primeras manifestaciones, la aceleración viene a cambiar las prácticas humanas de una manera irreversible: el progreso es velocidad; lo lento, retraso. Ninguna máquina se ha inventado con el objetivo de hacer las cosas más lentas, nos recuerda.

La tesis de Virilio sobre la aceleración es indisoluble de su visión del accidente. «Una sociedad que precipitadamente privilegia el presente, el tiempo real, en detrimento tanto del pasado como del futuro, también privilegia el accidente. Dado que en todo momento, y en general de manera inesperada, todo sucede, una civilización centrada en la inmediatez, ubicuidad e instantaneidad pone el accidente y la catástrofe en escena», dice.

El accidente está inscrito en las tecnologías de la velocidad: quien inventó el tren inventó el descarrilamiento, quien construyó el Titanic construyó también la inminencia de su naufragio. La amenaza del accidente total, por su parte, el nuclear, cuya sola posibilidad se transforma en la divisa última de los equilibrios y desequilibrios geopolíticos desde el fin de la Segunda Guerra, goza de remozada salud de la mano de un joven norcoreano heredero de una dinastía de dictadores despiadados.

En política, por otra parte, el accidente al que Virilio hacía referencia ya ocurrió. Para ser precisos, el 8 de noviembre de 2016. Ese día la política, acelerada por las tecnologías y el espectáculo, se descarriló en el país militar, económica, cultural y simbólicamente más poderoso del planeta. En el trascurso de una campaña rayana en lo irreal, la Internet, esa herramienta de coordinación y emancipación social, se transformó en el motor tras una de las catástrofes políticas más absolutas y absurdas de la historia contemporánea.

La bomba 

Hoy comenzamos a enterarnos de que detrás del triunfo de Donald Trump las nuevas tecnologías tuvieron un papel preponderante para canalizar estratégicamente el descontento y el extremismo presentes en proporciones más importantes de lo que se creía de la sociedad estadounidense. Por cierto, sería de una ceguera imperdonable creer que fueron las tecnologías las que crearon al votante trumpista o configuraron las demandas ancladas en raza, clase y religión que lo definían. Estaban ahí, subyacentes y más vivas de lo que la hegemonía progre suponía. Pero esas tecnologías contribuyeron de manera decisiva a empoderar a ese votante, a dotarlo de una identidad centrada en la postergación que hasta entonces había sido monopolio de la izquierda.

 No se trata sin embargo únicamente de las tecnologías emancipadoras del 2011, que sí permitieron a Trump generar identidad, convocatoria y sentido de pertenencia. Se trata, detrás de ellas, de otras mucho más complejas y menos comprendidas, derivadas de una combinación perversa entre la masificación de internet y particularmente de las redes sociales, inteligencia artificial aplicada a datos y un modelo de negocios inescrupuloso.

Como parte de su programa de estudio de los efectos societales y políticos de las tecnologías, la tecnosocióloga turca Zeynep Tufekci ha orientado su atención hacia los desafíos éticos asociados a los algoritmos computacionales, en particular aquellos asociados a la minería y el procesamiento de datos extraídos de la interacción cotidiana de las personas con su ecosistema en redes y plataformas de uso público. Los algoritmos, nos recuerda Tufekci, tienen «agencia», capacidad de actuar en el mundo con un nivel de autonomía que crece a medida que se vuelven más complejos y menos transparentes.

En particular la inteligencia artificial basada en aprendizaje automático (machine learning), aquel en que el software se «mejora» a sí mismo y por ende se hace más opaco y menos comprensible para un ser humano que ya no es su programador. Pueden, por ejemplo, aprender a identificar personas bipolares en fase maníaca y bombardearlos con publicidad de casinos, pues es sabido que es muy fácil empujar a esas personas a gastar y apostar en exceso. Y, puesto que el modelo de negocios, la racionalidad que los guía, es maximizar la posibilidad de un clic que lo acerque a su «cliente», lo harán si no hay nada que se los impida.

Del 2000 a la fecha, la cantidad de internautas en el mundo pasó, en cifras aproximadas, de 350 a 3.800 millones, es decir de un 6% a un 51% de la población mundial. En Estados Unidos, un 85% de los adultos tiene acceso a internet, con 215 millones de usuarios de Facebook. El dato es relevante pues un número creciente de personas ha hecho de esa red social su domicilio casi exclusivo: ahí se informan, ahí consumen su tiempo, ahí se comunican, ahí se coordinan, ahí también media su interacción política.

Son redes virtuales devenidas omnipresentes, en que los individuos se refuerzan entre idénticos, nutriendo colectivamente su desagrado ante el discurso de la «corrección política», por ejemplo.

Algoritmos que identifican para cada nicho de usuario más de lo que quiere ver: gatitos cada vez más tiernos, porno con una subparafilia aun más específicamente sórdida, argumentos antivacunas más delirantes, videos cada vez más racistas, contenidos que refuerzan versiones cada vez más radicales e intolerantes de sus propias creencias, teorías del complot cada vez más sofisticadas. Nunca se es lo suficientemente hard- core para YouTube, bromea Tufekci.

Por su parte, las idealizadas comunidades virtuales de la señora Web 2.0, los everybody de Shirky, los cientos de millones de usuarios de internet que se suman entre 2000 y 2016, no venían dotados de fábrica con el software de la ética emancipadora y el progresismo de lo público añorado por Brecht. Tampoco estaban de ánimo. Miran Facebook con la esperanza de reconocerse entre los propios y enterarse en noticias filtradas –o abiertamente falsas– de que están en lo cierto al desconfiar del inmigrante, del político, del de otra religión, del que dice hablar en nombre de la ciencia, la ley o la moral. Quieren happy news.

Y detrás, un mundo invisible que opera a toda máquina estos días, fortaleciéndose a medida que la capacidad de cómputo se multiplica a velocidades superiores a las predichas por Moore. La minería y análisis de datos trabajan de manera infatigable, sin que nos enteremos demasiado, en base a un intangible poderoso: nuestros datos. Y a través de ellos, también de nuestras preferencias: culinarias, sexuales, musicales, políticas, financieras, nuestros miedos, nuestras debilidades, nuestro deseo, aunque en la vitrina parezca que ofrecen servicios gratuitos para usuarios. Se desarrollan sistemas de negocios basados en la capacidad de perfilar personas para anticipar su próximo deseo, influir en él, amarrarlo a un producto, un voto, una ideología o un grupo de referencia. Nunca se es lo suficientemente hardcore para el algoritmo pues su objetivo es capturar un clic a cualquier precio, ciertamente que también al precio de radicalizar las creencias de sus usuarios. Eso, de hecho, es lo que resulta más efectivo.

Salpimiente todo lo anterior, para que el espectáculo sea completo, con el apoyo de los rusos (incluso ahora, cuando lo escribo, aunque real, parece ridículo). Como enrostró hace poco el senador y excomediante Al Franken al principal abogado de Facebook, «¿Cómo es que su compañía, que se jacta de ser capaz de conectar millones de puntos de datos para personalizar la experiencia de sus usuarios, fue incapaz de conectar dos puntos de datos: avisos electorales pagados en rublos?». La respuesta, que el abogado de Facebook no pudo permitirse dar entre sus balbuceos incómodos, es simple: ¿por qué querrían los algoritmos de Facebook hacer algo tan poco funcional a los intereses inmediatos de la compañía?

Un agente central en la manera como la campaña de Trump usó de manera eficaz inteligencia artificial para identificar y hablarle a sus electores. Un protagonista de esa operación sería Cambridge Analytica, empresa de minería y análisis de datos y de microtargetting conductual para campañas políticas, uno de cuyos dueños es Robert Mercer, financista histórico de causas ultraconservadoras. Hoy la compañía está bajo investigación por el involucramiento ruso en las elecciones estadounidenses. Su rol también fue central en el triunfo del Brexit en 2016.

Trump usó Twitter para hablar al mundo, a sus contrincantes, al establishment, a los medios, y lo hizo a un ritmo y una velocidad imposibles de procesar dentro de los parámetros que resultaban aceptables para la política. La naturaleza de Twitter contribuye como ninguna otra al aceleramiento de los ciclos de la política; es una fabulosa fuente de entropía. Soy un usuario regular de la herramienta, parte activa de ese ritmo enfermizo que se informa, disemina, comenta y emite juicios con una velocidad absurda. Las sentencias están escritas antes incluso de que los hechos se confirmen. Una vez que se confirman y se clarifican ya es demasiado tarde, hace rato que se pasó a lo siguiente. Trump lo comprendió y lo utilizó en su favor, alimentando a la bestia con su golosina favorita: escándalos, exabruptos, mentiras, crueldades. Nos encantó.

En paralelo, para convocar y empoderar a los suyos, para reforzar los lazos y reencontrarse en lo privado, Trump se valió de Facebook, la plataforma del pueblo. Y también lo hizo bien.

En su elección, en el accidente, convergió simultáneamente la aniquilación de varias esperas. La aceleración del candidato meteórico por excelencia, el que entendió que el desprecio y la destrucción de todos los códigos consuetudinarios de la espera propios de la política serían su fortaleza. La espera asociada al deseo, aniquilada por algoritmos de anticipación para los que el tiempo es una variable irrelevante. Y la espera del futuro, desarticulada y remplazada por una ucronía sospechosa e improbable, la vuelta a los años tan blancos y conservadores de la America Great.

Punto de llegada 

La aceleración tecnológica y de los medios de transporte ha transformado de manera radical la experiencia del viaje. Para la antigua literatura de viajes, la de Marco Polo, Ibn Batuta o Humboldt, el tiempo era un aliado. El viaje comenzaba antes de partir, continuaba en el trayecto y finalizaba después de la llegada: era una experiencia de tránsito.

Mi trabajo incluye viajar mucho y en general tengo la suerte de hacerlo en condiciones privilegiadas: invitaciones oficiales que hacen de la obtención de visa un trámite expedito, poder elegir el itinerario más conveniente, tener un estatus de viajero frecuente que me permite saltarme las colas y otros tratos VIP. Además, y esto importa en los aeropuertos, soy hombre y caucásico.

Mi experiencia de viaje es básicamente partir y llegar lo más rápido posible, con un intermedio que no es más que un paréntesis más o menos largo y siempre idéntico. Los aviones, los aeropuertos, las zonas de tránsito, los duty free, las comidas, las comedias livianas que veo en el avión, todo es indiferenciable sin importar el trayecto o el destino. Es una rutina que se desarrolla en el campo de la certeza. Para los privilegiados, la experiencia del viaje, como toda experiencia de espera, solo existe para negar y rehuir la incertidumbre.

Termino de escribir esto, que empecé en un café hípster de Ottawa, en un hotel de Adís Abeba. Intento revisar fuentes, buscando algún detalle que pueda haber olvidado, ajustando un dato confuso. No es fácil. El gobierno autoritario de Etiopía ejerce un férreo control sobre el uso de internet. Pasaré una semana sin Twitter, ni WhatsApp, ni Skype, ni Facebook.

Intentando mantener a raya la ansiedad y el síndrome de privación que me provoca, intento convencerme de que es una oportunidad de terminar cosas pendientes sin la eterna distracción de esas tecnologías.

Para los etíopes, en cambio, no es una oportunidad. Las revoluciones del 2011 llegaron tarde acá. Cuando las protestas explotaron finalmente en las calles de Adís Abeba a mediados de 2016, reclamando por las numerosas violaciones de derechos humanos del gobierno de Mulatu Thesome, la respuesta inmediata fue limitar el acceso a Internet y suprimir todo uso de redes sociales. Como Erdogan en Turquía, Teshome aprendió rápido la lección de la primavera árabe: apagó el switch.

La supresión de la conexión con el mundo fue sin embargo bencina sobre el fuego: las protestas se radicalizaron. Y el saldo fue desolador, con cientos de muertos por disparos de las fuerzas de seguridad, otros tantos presos, la posición desmantelada y un estado de emergencia que se extiende hasta hoy. Para los etíopes, trabajadores en una de las economías más bullentes de África, a la vez que uno de los países con más bajo pib per cápita del mundo, ni Brecht ni Virilio ni Shirky están en su horizonte.

Pienso ahora que, desde esta misma ciudad donde me encuentro, han transitado decenas de miles de refugiados somalíes, muchos provenientes de los campos de Dolo Olo o de otras zonas fronterizas, que esperan para no desesperar, demasiado ocupados con los accidentes de siempre como para preocuparse de estos complicados y lejanos nuevos accidentes.

Florencio Ceballos es sociólogo. Vive en Ottawa y trabaja en el Programa de Gobernabilidad, Seguridad y Justicia del International Development Research Centre.

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