Oski: un miniaturista barroco

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El argentino entra en algún barucho de Santiago. Con marcado acento porteño pide una ginebra. El solícito garzón le acerca una cañita. «¿Qué es esto?», pregunta. «Lo que pidió», le responde el otro, ya no tan amable. «La ginebra no se toma nunca en vaso», replica impaciente. «Es lo único que tenemos acá», le contestan. Con ademán elegante, el argentino mete una mano en el bolsillo de su chaqueta y, como un mago frente a su atónita audiencia, saca una brillante copa y la pone triunfal sobre la mesa desgastada.

Como casi todo en la vida de Oski, la anécdota tiene ribetes míticos y un aire a fábula y misterio que los años solo engrandecen. Al igual que su figura, cada día más importante en el mapa gráfico latinoamericano.

Lo que sabemos es que el «tano» Óscar Esteban Conti, el dibujante e ilustrador argentino al que Umberto Eco se atrevió a llamar «un monje enloquecido que hace arabescos sobre los textos sagrados», se paseó por la historia –y por la historieta– chilena como Pedro por su casa. Como si para traspasar la cordillera le hubiera bastado con subirse al lomo de uno de esos pajaritos sin alas que siempre andaban dando brincos por sus viñetas.

Entre fines de los años cuarenta y comienzos de los setenta lo vemos deambulando por redacciones de diarios y revistas, teatros, galerías y librerías nacionales con la soltura de un creador que nunca obedeció fronteras físicas ni artísticas, y fue un explorador deseoso de desentrañar la historia y las costumbres de nuestro continente.

Nacido en Buenos Aires en 1914, estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes y luego escenografía en la Academia Superior de Bellas Artes, pero rápidamente se inclinó por el dibujo y comenzó a trabajar como artista publicitario. En 1942 se inició como humorista gráfico en la revista Cascabel y unos años más tarde ganó notoriedad en la popular Rico Tipo; en ese período creó a su personaje Amarroto, un tacaño sin remedio, e hizo dupla con el escritor Carlos Warnes, alias César Bruto, dándole existencia a la famosa serie Brutoski.

Por la misma época partió a conocer el mundo. No le bastó su aldea para ser universal, y durante su vida estuvo en Perú estudiando arqueología y folclor, en Cuba conociendo de cerca el triunfo de la revolución, en Venezuela, Bolivia, Ecuador, Colombia y México paseando sus «dibujitos», como los llamaba, y más tarde en España, Francia e Italia haciendo lo que todo artista latinoamericano va a hacer allá: inventarse una nostalgia.    

No por nada el siempre acertado investigador chileno Miguel Rojas Mix habla de Oski como el «vero ciudadano de Indias», un autor que exhibe en su obra «una visión americana del mundo» y que fue dejando en distintas ciudades del continente «una semilla que con el tiempo ha germinado en un estilo y en una mirada crítica que nació de la insolencia de una libertad irreductible».1

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Dentro del americanismo de Oski nuestro país tiene un lugar privilegiado. Tal como él mismo confesó en una entrevista, «en el 46 me fui a Chile, estuve yendo y viniendo. Es una manera de decir, porque estuve en otros lados también, pero quiero decir que volví a Chile siempre». Hojeando la historia de las publicaciones se hace más comprensible la elección del dibujante. En los años cuarenta comienza en Chile uno de los períodos de mayor actividad y esplendor editorial, en que se multiplicaron las revistas, aumentaron y se diversificaron los títulos de libros y llegamos a ser una potencia en el rubro dentro del continente, de la mano de sellos como Zig-Zag.

Si a esto se suma el prestigio de los dibujantes argentinos y la necesidad permanente de incorporar nuevas firmas, las condiciones para el desembarco en Chile estaban dadas.

Un rico tipo en Pobre Diablo

Pese a todo, no es fácil rastrear sus ires y venires por nuestras tierras. «El humor está, al parecer, reñido con el Registro Civil», nos recuerda Antonio Romera en el prólogo de El libro de Oski, publicado en Chile en 1960. «Lo que en esta institución hay de burocrático y cuánta huifa se diría es incompatible con el deschavetado anarquismo con el que los humoristas rodean su vida. Tal vez por eso Oski mantiene en brumas los datos de su persona legal», agrega.2

De personalidad más bien retraída y en ocasiones distante, Oski aparece y desaparece dejando regueros de tinta y recuerdos esparcidos por aquí y por allá. Hosco, seco y directo para algunos. Amable, conversador, extraordinariamente amistoso y generoso para otros. Un artista genial, que sin ser tímido evitaba hablar de su trabajo y minimizaba su talento, según el dibujante chileno Alberto Vivanco. Un personaje único, amado y temido, en palabras de su compatriota el escritor y guionista de historietas Juan Sasturain. Un gran y genial cabro chico para el también dibujante Pepe Palomo.

Ya sus primeras incursiones a este lado de la cordillera tienen un halo de contrabando. Se dice que en 1947 estuvo a cargo en Santiago de la escenografía de la polémica obra La mujerzuela respetuosa, de Sartre, y realizó una muestra de dibujos. Por esa misma época colaboró con Las Últimas Noticias y con la revista picaresca Pobre Diablo. Dirigida por Pepo, quien siempre le tuvo gran estima, la publicación estaba fuertemente emparentada con la trasandina Rico Tipo, donde Oski se había hecho conocido.

Para recibir al porteño, Pobre Diablo no ahorró elogios y anunció de forma destacada la incorporación exclusiva del «celebrado dibujante», quien hasta 1948 desplegó en sus páginas esa mezcla de sorna y erudición que era su sello.

A partir de entonces generó una amplia red de amistades chilenas, que incluía pintores, escritores, escultores y gente de teatro que lo acogían durante sus estancias en Santiago. Quienes en distintas épocas llegaron a traspasar la barrera inicial –entre ellos el editor y escritor Joaquín Gutiérrez, que le dedicó el libro Te acordás, hermano; el fotógrafo Luis Ladrón de Guevara; la joyera Amalia Chaigneau, gran amiga de Violeta Parra, y tiempo después una nueva generación de dibujantes entre los que se contaban Vivanco y Palomo– compartieron y a veces padecieron su afilada ironía y sus estruendosas carcajadas, su gusto por la conversación, el tango, los autores clásicos, la historia, la seducción, las librerías de viejo, la polenta que preparaba para sus invitados, los mariscos y el vino chileno.

«Oski es alto. El perfil de su rostro es expresivo. Las gafas le cabalgan sobre una nariz de ciertas proporciones. Es un hombre silencioso y así, al pronto, como los humoristas genuinos y temperamentales, tristón. Esa condición de taciturnidad es, con todo, falsa. Oski sabe reír y reír con anchura, aun cuando lo haga excepcionalmente».

De pinceles y estiletes

Sus rastros reaparecen en el bohemio Santiago de fines de los años cincuenta, entre carteles luminosos, la música de la Huambaly, las tertulias del Goyesca y las noches en el Bim Bam Bum.

Para entonces el argentino es una figura destacada en el medio gráfico chileno. En 1957 expone en la Galería Sol de Bronce –fundada ese mismo año por Guillermo Núñez, Delia del Carril y Delia Venturelli– una serie de dibujos basados en antiguas crónicas que componen una de sus obras mayores, Vera historia de Indias, publicada un año más tarde en Argentina pero, dicen quienes lo conocieron, iniciada en Chile. La muestra fue reseñada por el influyente crítico, pintor e historiador del arte Víctor Carvacho, quien no dudó en tildar al dibujante de «incisivo estilete que borda lo incongruente, lo ridículo y lo disparatado que asoma en lo trascendental».

El comentario debió agradar al autor. Oski nunca se sintió identificado con la etiqueta de humorista gráfico. Jamás le interesó eso de dibujar bien aunque aludía en forma constante a la tradición pictórica. Incluso en algún momento de su vida tomó clases con el vanguardista argentino Emilio Pettoruti, y cuando le preguntaban si era pintor o dibujante, respondía con un largo y pensativo silencio. Como me dijo Miguel Rojas Mix, «quería ser artista simplemente, pero le costaba ser reconocido cuando pintaba cuadros». No por eso dejó de ser crítico con la idea del arte por el arte («Al arte hay que considerarlo así: ¿sirve o no sirve? Si un afiche te sirve para evitar una enfermedad es mucho mejor eso a que venga un idiota y que firme una exquisitez», comentó en una entrevista de 1974).

En 1959 tuvo la oportunidad de mostrar sus obras en la Sala de la Universidad de Chile, un conjunto de pinturas hechas «de síntesis, de formas exprimidas y luego abstraídas de la realidad», dijo un comentarista, que distaban enormemente del barroquismo de sus dibujos y que decepcionaron a más de alguno de sus seguidores. No obstante, el crítico y también caricaturista español avecindado en Chile Antonio Romera advirtió esa tensión en el trabajo de Oski, y lo escogió para iniciar en 1960 una pionera serie de publicaciones sobre historieta, que incluyó también a los dibujantes Luis Sepúlveda Donoso (Alhué) y Percy.3 En el prólogo, Romera nos regala un agudo retrato del ilustrador: «Oski es alto. El perfil de su rostro es expresivo. Las gafas le cabalgan sobre una nariz de ciertas proporciones. Es un hombre silencioso y así, al pronto, como los humoristas genuinos y temperamentales, tristón. Esa condición de taciturnidad es, con todo, falsa. Oski sabe reír y reír con anchura, aun cuando lo haga excepcionalmente».

Al año siguiente publicó un nuevo volumen, esta vez en Zig-Zag, que reunía una colección de tiras del célebre Amarroto y que fue promocionado por la editorial como «un libro lleno de ingenio, para niños de 8 a 80 años».

Abstracción del mundo

La mayor parte de las publicaciones y colaboraciones realizadas por Oski en Chile son reediciones de trabajos antiguos. Pero, mientras sus obras le daban sustento, dedicaba su tiempo a nuevos proyectos. Los testimonios de quienes lo conocieron coinciden en que era meticuloso al extremo. A diferencia de muchos de sus colegas de la época, resguardaba con celo sus originales, los que copiaba cuidadosamente en papel diamante antes de entregarlos a un editor. Y «cuando se entusiasmaba con algún proyecto se concentraba fanáticamente hasta terminarlo sin que nada ni nadie pudiera interrumpirlo», recuerda Alberto Vivanco. «Tenía la facultad de abstraerse del mundo y dedicar todas sus energías a su trabajo. Solo de esa manera pudo acumular tal cantidad de creaciones en sus diferentes libros sobre historia, medicina, deportes, sexo, etcétera».4

A Oski, que se consideraba a sí mismo un miniaturista y coleccionaba relojes, le gustaba trabajar solo en casa, repasar su archivo de dibujos, leer todo lo que pudiera sobre el tema que debía ilustrar y dedicar largas horas a trazar volutas, sombreros, líneas de movimiento, plantas inverosímiles, animalitos en fuga y detalles casi ocultos a los ojos inexpertos que iban poblando la hoja en blanco hasta transformarla en un retablo barroco donde cabía su personal y diminuta versión del universo.

Fuera de esos momentos de completa concentración, podía ser disperso, olvidadizo y caótico. A pesar de que nunca hizo fortuna con su obra, entre los libros de su desordenada biblioteca siguieron aparecieron durante años cheques sin cobrar de antiguos trabajos, y más de alguno tuvo que perseguirlo para pagarle.

«Nunca estaba mucho tiempo en la misma parte. En cualquier momento se cambiaba de país, de esposa y de proyecto. Por eso sus colaboraciones en las revistas no duraban mucho y para los editores siempre fue difícil manejarlo. Pero lo aceptaban así, tal como era, por su genialidad y porque jamás hacía algo que pudiera ofender o maltratar a nadie», dice hoy Vivanco.

Vivanco fue uno de aquellos editores. En 1967 tomó la dirección de la revista picaresca El Pingüino, creada en 1956 por Guido Vallejos y heredera de la desaparecida Pobre Diablo. Con la idea de renovar la publicación, el joven dibujante se propuso hacer una revista de humor de proyección continental y para eso reclutó a algunos de los mejores talentos chilenos, entre ellos Themo Lobos, Vicar, Hervi y Palomo, e incorporó a creadores argentinos consagrados como Quino y Héctor Germán Oesterheld, el mítico guionista de El Eternauta.

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El último integrante de esa santísima trinidad comiquera fue Oski, quien publicó extensamente en la revista lo mejor de su repertorio, incluyendo trabajos realizados con Carlos Bruto, como el desopilante noticiero Brutoski, biografías de personajes célebres, viñetas sueltas y aventuras de su clásico Amarroto.

Pajaritos sin alas

Oski, un idealista de izquierda, un hombre que no solía hablar de política pero tenía una postura clara, expresada a través de obras que denunciaban la arbitrariedad del poder y la abusiva desigualdad de la sociedad latinoamericana, miraba atentamente los cambios que sacudían a su segunda patria. Y en 1970, tras el triunfo de Allende, decidió cruzar una vez más la cordillera e instalarse en Santiago para ver desde la primera fila el desarrollo de la revolución con sabor a empanadas y vino tinto.

Su llegada coincidió nuevamente con un momento importante de la historia editorial chilena. Tras la quiebra de Zig-Zag el gobierno de la Unidad Popular adquirió sus activos y fundó Quimantú, un sello que buscaba publicar obras de calidad en forma masiva y a bajo precio.

A la cabeza del proyecto quedó su viejo amigo Joaquín Gutiérrez, con larga experiencia en la editorial Nascimento, quien le abrió las puertas de la revista Cabrochico, dirigida por el escritor Saúl Schkolnik. El argentino llenó las portadas de la publicación con traviesos niños de piel verde y llamativos tocados, con estridentes flores y soles y sus característicos pajaritos sin alas, trasladando su imaginario completo a una revista que pretendía un cambio radical en la forma de aproximarse al mundo infantil.

Su participación no se limitó a las primeras veinte tapas, también propuso tiras educativas e históricas, rompecabezas y juegos, e incluso ilustraciones para una serie de consejos de salubridad que, como recuerdan sus familiares, fueron durante toda su vida uno de sus mayores orgullos. Pese a eso, el abrupto final de su colaboración con Cabrochico en 1971 hace suponer alguna desavenencia con los directivos, para quienes las ilustraciones de Oski habrían distorsionado en demasía la realidad frente a las puras miradas infantiles.5

Pero sus labores en Quimantú no se limitaron a la publicación para niños. Sus paseos por el edificio de avenida Santa María 076 lo llevaron hasta la redacción de la revista juvenil Onda, donde mantuvo la sección Ondoski, en la que publicó algunas de las viñetas que formarían parte de su clásica Vera historia del deporte, editada por primera vez en 1973 por Ediciones Universitarias de Valparaíso, la misma que un año antes había lanzado Bestiario del reyno de Chile, de Lukas.

En la época también incursionó en la televisión. En 1972 realizó el documental animado Pulpomomios a la chilena, dirigido y escrito por Antonio Ottone, donde se lanza una feroz crítica al sistema bancario y se elogia la estatización de las instituciones financieras. También participó con sus ilustraciones en el noticiero de Canal 9, por entonces aún propiedad de la Universidad de Chile.

La relación de Oski con Chile se cerró con un ambicioso proyecto: una colección de carpetas de serigrafías con obras de grandes artistas de América Latina, con el objetivo de «quitar a las élites el monopolio del mercado del arte». A cargo del proyecto estaba Miguel Rojas Mix y debía incluir a Roberto Matta, José Balmes, Antonio Berni, Julio Le Parc y José Venturelli, entre otros. El resultado fue una vibrante colección de impresiones, animadas por la exuberante imaginación del dibujante. Pero, como muchos sueños, la serie quedó inconclusa con el golpe militar. Un poco antes, y tal vez presintiendo lo que vendría, había guardado otra vez sus dibujos y partido, ahora hacia Europa. Ya entonces sus amigos chilenos, con quienes lo volvió a reunir el exilio esporádicamente en España, Francia o Italia, hablaban de su salud cada vez más precaria.

Oski regresó a su Buenos Aires para morir en 1979. «Tenía 65 años, lleno de canas y también de proyectos, irrealizables a esas alturas del partido», afirma Vivanco. «Me queda el recuerdo de un artista renacentista genial, una persona enorme y buena, con un gran corazón de niño. A veces niño taimado, pero niño al fin.»

«Cuando recuerdo a Oski, no puedo dejar de pensar en José Guadalupe Posada. Ambos prefirieron la condición de artesano a la de “artista”. Ambos escaparon a la mitificación de sí mismos. Ambos fueron simples seres humanos, amigos simples y obreros de su pluma. Jamás el arte de ninguno de ellos fue destinado a las élites y ninguno de los dos pudo nunca ser rescatado por los abalorios de la sociedad de consumo», escribió por su parte Rojas Mix en una reseña de 1980, a pocos meses de la muerte del ilustrador.

Han pasado casi cuarenta años desde que se fue, pero hoy Oski vuelve a pasearse por Chile. Su legado comienza a ser reconocido como parte fundamental del panteón creativo nacional. Sus historias y dibujos reaparecen ante nuestros ojos, tan insolentes y rebeldes como cuando fueron creados. Es, sin duda, una nueva proeza de aquel viejo mago que siempre encontró la manera de cautivar, una y otra vez, a su audiencia.


1 Miguel Rojas Mix. «Oski», Araucaria de Chile 10, Madrid, 1980.
2 El libro de Oski. Santiago, Lord Cochrane, 1960.
3 Homobono, de Alhué, y Pepe Antártico, de Percy, son de 1961.
4 Vera historia de Indias (1958), Vera historia del deporte (1973), Comentarios a las tablas médicas de Salerno (1975) y Ars Amandi (1976) son cuatro de los libros más emblemáticos de Oski.
5 Según Pepe Palomo, Oski habría dicho: «Estos boludos la están cagando, me rechazan una portada porque pinté el pasto rosado, el tronco del árbol verde y el follaje naranja. No entienden un carajo. Están prohibiéndoles a los niños la ficción porque es contrarrevolucionaria». ElPeriodista.cl, «Historieta chilena 1970-1973. Superhéroes», El Periodista 90, 16 de septiembre de 2005.

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