Olivier Rolin:
un cazador de ficciones

Está de más decir que Olivier Rolin es uno de los escritores que vienen sonando y contando en el panorama de la narrativa francesa de los últimos decenios. Desde Fenómeno futuro a Un cazador de leones, o sea, desde 1983 a la fecha, mediante unas diez novelas y otros tantos libros de viajes y ensayos, Olivier Rolin se ha impuesto como un autor singular: hijo (es un decir) de esa primavera parisina conocida como Mayo del 68, formado en la intensidad histórica de los años 60, cuyos escenarios se desplazan, con la velocidad vertiginosa de la modernidad, desde la guerra de Vietnam a las (primeras) independencias árabes (fundamentalmente, tratándose de Francia, la argelina), sin olvidar la revolución cubana, Olivier Rolin se sitúa, como casi todos los intelectuales de su generación, en ese espacio cambiante en el que la lucha política (hoy día hablaríamos de participación cuidadana) urge. Se es intelectual en la medida en que se toma posición, dicho de otro modo, la palabra no puede rehuir el imperativo de la acción, a riesgo de quedar enclaustrada en el limbo de la estética o de la filosofía puras. Toda escritura, todo objeto de arte, todo pensamiento están así sometidos a una doble tensión: la de la creación y la de la acción. El creador debe presentar sus batallas no solo en el terreno de la estética o del debate de ideas, es indispensable que la escritura, el arte, el pensamiento se confronten de manera inmediata, radical y, a veces, definitiva, con esa máquina de parir monstruos y monstruosidades que es la Historia. Dije que la de Rolin es una generación fundada en la prueba de fuego (o de piedrazos y poesía mural) del Mayo del 68 francés, pero, obviamente, son hijos de los intelectuales europeos de los años 40 y nietos de los de los años 30; las sombras tutelares (a veces no tan “sombras” ni tan “tutelares”) son Sartre, Camus, pero también Malraux (uno de los grandes enemigos, en 1968), sin olvidar a Bernanos y tantos otros. En realidad, el gran cambalache del siglo XX no da tregua. Ahí está Rolin, Olivier, con apenas veinte años en 1968, buscando, a lo mejor, un lugar, “su” lugar, en ese gran musical (variadísimo, ligeramente horroroso, ligeramente heroico, esperanzador y decepcionante al mismo tiempo) que es la historia europea y la de sus apéndices americanos y africanos, que no termina de caerse a pedazos, desde las colonias y 1914, desde Auschwitz y Treblinka, hasta nuestras dictaduras y exterminios, adaptaciones locales, no menos briosas, de las grandes piezas maestras europeas. En esa encrucijada, pero estoy tentado de decir en esas ratoneras, Olivier Rolin mira hacia la experiencia china, a lo mejor la sabiduría oriental encuentra la síntesis, ese concepto tan vapuleado y vaciado, pero digamos que necesario para poder labrarse un lugar al sol, entre el horror y el beato optimismo revolucionario. Pero, claro, la música maoísta resulta ser más beata que la tradicional orquestación marxista occidental. En la Izquierda Proletaria, grupo al que Olivier Rolin se suma, junto con otros intelectuales parisinos, se predica la humildad del burgués ante el proletario, se prohíbe todo placer desviacionista: el placer de leer textos, lo que va de par, se comprenderá, con el placer de leer cuerpos. Una revolución sin sexo, sin lecturas, sin alcohol, una revolución de santos. Olivier Rolin no ha bajado a la calle, no ha entrado al trapo, como se dice en español de España, para privarse, no por una particular afición a los placeres, carnales y/o textuales, sino porque sabe que una revolución sin cuerpo y, por extensión, sin intelecto o (lo que es lo mismo, con perdón de algunos) sin alma, es una revolución condenada al fracaso. Pudo haber triunfado (o sobrevivido) en China, pero nunca lo hará en París, ni en Buenos Aires, ni en Santiago de Chile. ¿Qué queda cuando los modelos fracasan estrepitosamente al contacto de eso que llamamos, a falta de una mejor definición, lo real? ¿Qué queda cuando las teorías no resisten la prueba de la ambigüedad y de la volatilidad de lo real y sin embargo nuestro deseo de decir una palabra sobre el mundo permanece intacto? No hace falta ser un lector avezado de Camus para saber que quedan dos vías: el suicidio –físico o moral– o la ficción. Y el joven y ya ex militante que propone la fundación de una Sociedad para la Promoción de una Ligera Intemperancia Internacional, cuyo acrónimo sería Spliin, ¿por qué vía creen ustedes que optará?

Aquí está, pues, Olivier Rolin, treinta y tantos años y alrededor de veinte libros más tarde. Y estoy seguro de que si le preguntáramos al joven que luchaba en la clandestina oscuridad de los años 70 por un mundo más brillante, si se hubiese imaginado, 30 años más tarde, hablando de su última novela, la décima, a no ser que sea la novena o quizás la octava, poco importa, en la Feria del Libro de Santiago de Chile, en el marco de una Cátedra que lleva el nombre de otro escritor que no tuvo por revolución sino la que él mismo se creó a fuerza de tesón y búsqueda solitaria, si le preguntáramos a ese Rolin, Olivier, de veinte y pocos años, estoy seguro de que sonreiría y no lo podría creer. Pero aquí está, con Un cazador de leones, su última novela, que esperamos esté muy pronto en nuestras librerías. Y hablo de este libro, no solamente porque es el último (el último conocido, al menos), sino porque tengo la impresión de que en esta novela, Olivier Rolin logra –a su manera, o sea, a la manera de la ficción– esa síntesis que la política, siempre mezquina, le negó a él y a los de su generación. Me explico: en esta novela, Olivier Rolin, o mejor dicho, el narrador que despliega la historia (o las historias) se comporta como una especie de passeur. Esta es una figura bien conocida en el mundo francés: se habla de passeur para designar a aquellos intelectuales que introducen en la cultura francesa a escritores de otras latitudes. Roger Caillois, introduciendo a Borges; Valéry Larbaud, corrigiendo la traducción del Ulises de Joyce y, a su manera, Christian Bourgois, importando la sorprendente obra de Gombrowicz, son conocidas figuras de passeurs, literalmemente, “pasadores”, gente que pasa contrabando (humano o no) entre las fronteras. Pues bien, el narrador de Un cazador de leones se comporta como un passeur, enuncia desde un lugar equidistante entre París (el París finisecular de Manet y de su amigo, Pertuiset, el cazador de leones) y Valparaíso. Entre las costas del África y Lima, Santiago, Punta Arenas, Porvenir… Hay también en esta novela, como en toda novela que se precie de tal, un tono, una dicción, diríamos casi, de ese sujeto que narra. En el caso de Rolin, ese tono es el de la recuperación no del tiempo perdido, sino de los tiempos perdidos, porque asistimos a una recuperación de lugares y hechos mediante el habla de una memoria melancólica, algo triste, algo desencantada, ligeramente irónica. A ese cazador de leones, un poco pompier como se dice en chileno, grandilocuente y torpe, se oponen las figuras de Manet, el artista sobrio, culto, escéptico, tenaz. Ese Manet, que lucha por cazar su verdadero arte, es como un correlato del narrador, que persigue su propio pasado, sus propias huellas, en Valparaíso, en Punta Arenas, en Tierra del Fuego. En esta novela, como en las de Patrick Modiano, hay una verdadera topografía de los lugares perdidos. Un París desaparecido, que en el discurso del narrador suena así: “No se andaban con bromas, en el Edén. En el número 9, de la avenida de Clichy, allí donde estaba el Guerbois, una tienda de zapatos Bata. En el 11, la tienda de Hennequin, el vendedor de colores de Manet, es ahora una ferretería, se venden allí, con los cuchillos y las tijeras, todo tipo de objetos agradablemente pasados de moda (…) La verde fachada de mosaicos verde bronce y roja, adornada con una paleta y dos pinceles cruzados y la inscripción ‘Casa fundada en 1830’ no ha cambiado desde el tiempo de Manet. Al frente, del otro lado de la avenida, el pasaje Lathuille, con adoquines gruesos como jorobas, mezcla los rasgos del París popular de antaño y de hoy día, pequeños edificios con techos de tejas, persianas blancas, viejos talleres, hoteles para trabajadores inmigrantes”… Un poco antes, después de brindarnos una animada descripción del Valparaíso de 1870, en el que desembarca el cazador de leones, dispuesto a conquistar el tesoro de los incas que se esconde en la Tierra del Fuego, el narrador vuelve a conectar con su propio pasado: “Hace 25 años, cuando viniste por primera vez, te alojabas en el Hotel Prat. Los somieres crujían al ritmo de los amores venales; en cuanto a ti, no tenías para compartir tu cama, sino los chinches de un tamaño poco común. El Hotel Prat existe todavía, la entrada se encuentra en una galería siniestra, sucia, entre las calles Condell y Donoso. Cuando uno pasa de noche por la calle Condell y levanta la cabeza hacia el hotel, se dibujan sombras en rectángulos de luz pálida, como radiografías. Una de esas sombras, sueñas, es a lo mejor la tuya hace un cuarto de siglo”. Hay algo proustiano en esta novela, un movimiento pendular entre varios pasados, entre varias vidas, diríamos, la de Manet, la de la bella Clochette de Miraflores, la del cazador de leones, pero también las varias vidas de ese narrador errante en lugares tan improbables como las calles de un París definitivamente sepultado o el Club croata de Porvenir. Pero al contrario de Proust, Rolin no pretende recuperar el tiempo perdido, fijándolo en la fabulosa caja de resonancia de la memoria, sino más bien invitarnos –como alguien que nos habla al oído, en la penumbra de un bar de algún mundo desaparecido– a contemplar con él el triste, el melancólico paso del tiempo. Este quizás sea el único secreto al que no podrá responder nunca ninguna teoría revolucionaria, el del abismo del tiempo y los lugares y las palabras perdidas. Se me viene a la memoria uno de los mejores poemas de Jorge Teillier, que a lo mejor sería una buena manera de cifrar la novela de Olivier Rolin. Su narrador, sin duda alguna, podría haber firmado estos versos; a lo mejor, Olivier también:

“Me despido de los
amigos silenciosos
a los que solo les importa saber
dónde se puede beber algo de vino
y para los cuales todos los días
no son sino un pretexto para entonar canciones
pasadas de moda
(…)
y me despido de estos poemas: palabras, palabras
–un poco de aire movido por los labios– palabras
para ocultar quizás lo único verdadero:
que respiramos y dejamos de respirar”.

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