Ocho apuntes: ¿Se nos muere la literatura?

“Yo he tenido una vida muy azarosa… y hubiera podido abandonar [la escritura] en muchísimas ocasiones, pero nunca he abandonado, porque abandonar también en mi caso hubiese sido suicidarme. […] Yo escribo literatura haga lo que haga”.

ROBERTO BOLAÑO

Doy razón enseguida de la cita inicial de este gran narrador chileno que se armó como tal devorando literatura fundamentalmente en otras latitudes y cuya vida y obra podrían responder, legítimamente, de manera negativa la pregunta del título. El primer apunte se ocupa entonces de la melancolía, una condición que hoy tenderíamos a clasificar como una forma aguda de depresión, pero que en ciertas circunstancias no solo podría desempeñar una función constructiva en la vida de la mente sino constituir el principal impulso tras la imaginación creadora: esta idea obtuvo amplio consenso por primera vez en el Renacimiento y desde entonces ha tenido profundas implicaciones en el desarrollo de casi cualquier aspecto –literatura, pintura, ciencia, medicina, tecnologías- de la vida intelectual de Occidente.

La primera valoración de la noción de melancolía ocurrió muy pronto en la historia de la medicina, por ahí en el siglo cuarto antes de Cristo, cuando, a poco de formular Hipócrates su doctrina de los cuatro humores ésta recibió el influjo de los retratos de locura de la tragedia griega y de la noción platónica de “frenesí divino”. El texto en que al parecer se presenta por primera vez esta nueva concepción de la melancolía se conoce como “Problema XXX,I”; atribuido a Aristóteles, quizás pertenezca a su discípulo Teofrasto. Ya se plantea en la primera frase: “¿Por qué ocurre que todos los que han sido eminentes en filosofía, política, poesía o en las artes son evidentemente melancólicos?” Como ejemplos no solo cita a héroes trágicos y frenéticos de la mitología (como Hércules y Ajax) sino a filósofos sufridores (Empédocles, Platón y Sócrates) y a “casi todos en el dominio de la poesía”. Lo que torna tan importante a este texto es que distingue entre la melancolía como enfermedad o patología médica y melancolía como una disposición característica del individuo sobresaliente, y de este modo por una parte abre el camino para la transformación de una taxonomía esencialmente patológica (la doctrina clásica de los cuatro humores) en una teoría psicológica (la medieval de los cuatro temperamentos), y por otra parte abre el camino para la rehabilitación renacentista de la melancolía, que tanta influencia tendría en tantos campos.

Ahora bien, durante por lo menos mil doscientos años se olvidó esta noción del melancólico eminente. Volvió a considerarse al pasar cuando empezó la rehabilitación medieval de Aristóteles vía sabios árabes. Pero solo ocurrió un cambio decisivo cuando los humanistas del siglo quince repensaron la obra del griego, sobre todo gracias a los esfuerzos de Marsilio Ficino.En De vita triplici (1489), la primera obra que se ocupa extensamente de la melancolía, Ficino no solo rehabilitó la noción “aristotélica” del melancólico eminente sino que la vinculó expresamente con la noción platónica de “frenesí divino”. De este modo sentó los cimientos intelectuales de un nuevo tipo de hombre, el “homo literatus”, o genio torturado, tironeado entre las alturas del entusiasmo y las profundidades de la desesperación. Este libro de Ficino tuvo enorme influencia en Europa (escasa en castellano), especialmente en la Inglaterra de los siglos dieciséis y diecisiete. Sin él probablemente otra habría sido la poesía de los poetas llamados “metafísicos”, quizás no habría habido Doctor Faustus ni, por supuesto, Anatomía de la Melancolía, el libro famoso de R. Burton, ni tampoco la intrigante pintura, alemana en este caso, de Durero, llamada “Melancolía I”, que establece gráficamente un vínculo estrecho entre la imaginación racional y las oscuridades de la desesperación. Este cuadro admirable está marcando aquel momento fugaz en la historia occidental cuando el artista cree que se ha

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convertido en ingeniero, en geómetra (¿acaso San Pedro de Roma no fue imaginada y diseñada por pintores?), en botánico y en médico, en alguien capaz de capturar la medida y el conocimiento de todas las cosas incluso mientras advierte, abrumado, que finalmente nada de valor universal puede reordenar y unificar los disjecta membra de la realidad, una intuición que puede estar en la raíz del crecimiento de la ciencia y, en última instancia, del esfuerzo por dominar el mundo mediante las tecnologías.

No es este el lugar para seguir pormenorizadamente hasta hoy los avatares y vaivenes de aquel melancólico y fundamental asunto con “homo literatus” incluido. Baste decir, por ahora, que este homo literatus –por ejemplo Cervantes, Molière o Milton, pero también Bacon, Newton, Kant, Swift, Voltaire o Leibniz- no creía ni sabía estar haciendo literatura cuando escribía. La literatura es una invención del siglo diecinueve. Antes se entendía, por ejemplo en francés, como “belles lettres”, lo cual incluía otros tipos de palabra escrita: científica, histórica, filosófica especialmente, y las distintas modalidades de retórica y elocuencia. La literatura, con las especializaciones del caso –poesía, novela, teatro, ensayo, y sus variantes genéricas- fue “impuesta” por el romanticismo. El romanticismo estaba ligado a los nacionalismos nacientes y al relativismo histórico y geográfico del “gusto”, asunto por lo menos opuesto al postulado clásico de lo bello intemporal y universal. La filología, invento alemán contemporáneo de la invención de la literatura, tenía por pretensión comprender la totalidad de las prácticas simbólicas de una civilización (de un espíritu o una raza, como se dijo entonces, de una cultura -otro invento, esta vez angloalemán- como se dijo después), y consideraba que la literatura estaba en el núcleo mismo de ese “espíritu”. Entre la lengua y el arte, el folklore y la religión, la literatura ha constituido hace tiempo la viga maestra de la construcción de una cultura nacional. También por esto, a fines del siglo diecinueve se instituyó entre nosotros la enseñanza universal del castellano; y conviene no olvidar en este contexto la función que se ha otorgado hasta hoy mismo a nuestros poetas oficiales y eminentes del siglo veinte, aunque ya se los lea poco y pocos sean los que los leen –porque son pocos los que hoy leen en Chile- incluso en los colegios, donde sus textos están en el dudoso rango de lecturas obligatorias o lecturas aconsejadas o lecturas puestas a modo de ejemplos para abstrusas clasificaciones en textos escolares con solo aspecto exterior de libros.

Sin embargo ahora, a comienzos del siglo veintiuno, la literatura, en el sentido que ha tenido durante dos siglos, ya no se identifica en el centro de gravedad de la cultura. Ya no es la entrada privilegiada hacia el conjunto de las prácticas simbólicas en las cuales se interesaba la filología como pretendida ciencia total de las civilizaciones. Si se busca en Internet una definición de “alusión” –término ligado hasta hace poco a los estudios literarios-, se puede dar con ésta: “Una alusión es una referencia indirecta a algo; esta película está llena de alusiones a otras películas”. La definición no es inadecuada, pero la segunda frase salta por sobre los textos y va directamente al cine, ya obsoleto ante el universo informático, como si la historia, o más bien la prehistoria, hubiera comenzado con el celuloide. La literatura ya es una zona marginal, un apéndice periférico de la cultura; desaparece del discurso social. Los franceses, por caso, se jactaban de sus políticos letrados: el general de Gaulle citaba a Goethe y a Éluard, Mitterrand construía frases largas; el señor Sarkozy habla a sobresaltos. Y mejor no decir nada de la mayoría de los políticos norteamericanos recientes. (Obama es claramente una excepción y habrá que ver como se compagina con la normalidad). Ya no habrá políticos letrados. Estamos a punto de abandonar -¿para siempre?- la cultura de predominio literario. También por esto, nuestro extraño, por decir lo menos, “maletín literario” quizás sea uno más de nuestros anacronismos.

A comienzos del siglo veintiuno, la literatura, en el sentido que ha tenido durante dos siglos, ya no se identifica en el centro de gravedad de la cultura. Ya no es la entrada privilegiada hacia el conjunto de las prácticas simbólicas en las cuales se interesaba la filología como pretendida ciencia total de las civilizaciones.

La marginalización de la literatura se está completando al parecer en la actualidad, pero se trata de una tendencia antigua. Ya habría aparecido en Europa a mediados del siglo diecinueve, a poco de la invención misma de la literatura, con la progresiva autonomía del llamado “campo literario”, un proceso que culminaría por una parte en las vanguardias del siglo veinte y, por otra, paradójicamente, con otros estertores, los existencialistas y estructuralistas de las décadas de 1950 y 1960. (Conviene recordar que ambos lapsos, el de las vanguardias y el estructuralista, son inmediatamente posteriores a una y otra guerra mundial, momentos éstos en que hubo un exceso de “realidad”). Estos estertores, en más de un caso casi peristálticos, crearon la ilusión de una restauración literaria o por lo menos de los “estudios literarios”, una proliferación de epígonos en cátedras universitarias anglosajonas, otra de epigonillos en universidades latinoamericanas (España se libró de este pulular gracias a la censura franquista) y una secreción apresurada y mal digerida (pero conveniente para manipular) de textos escolares de “lengua y comunicación” que parecen hechos para perder la lengua y producir tartamudos. Y esto último ha ocurrido aquí desde mediados de los años sesenta aunque nuestra escolaridad republicana, no solo en las clases de castellano y a pesar del carácter más o menos crítico de muchos textos utilizados como lectura, había recurrido hasta entonces a la literatura como instrumento de una educación pública que insistía -¿recuerda alguien las clases de educación cívica?- en la individualización progresiva para favorecer ciudadanos en una sociedad con pretensiones democráticas. Y por más “rebeldes” que fueran algunos textos (piénsese, por ejemplo, en Baldomero Lillo) se los recuperaba para esa función. Ahora se somete a los alumnos a una situación esquizofrénica: por una parte se los expone a una nueva retórica, proveniente de aquellos estertores de la segunda mitad del siglo veinte, para que la apliquen sobre fragmentos por lo general descontextualizados, es decir castrados de su calidad de textos, y ejerciten argumentaciones con ínfulas patéticas de rigor abstracto, y por otra se les propone, si tienen suerte, libros de muy dispar enjundia y origen con el no confesado propósito de que los entretengan (¿pero los tengan entre qué?). Pues, claro, la televisión indica que está prohibido aburrirse.

La presencia de la literatura en nuestro mundo no cesa de menguar. Ni siquiera los estudiantes que “deciden” estudiar letras en la universidad son lectores apasionados: parecen no saber que el estudio (cuidado) de la literatura pasa por la práctica asidua de la lectura de libros. Hasta comprensible: la lectura siempre ha podido ser tarea un tanto fatigosa (sobre todo si apenas se ha aprendido a ejecutarla). Tradicionalmente el momento para ejercerla eran las vacaciones (de quienes se las podían tomar: hasta avanzado el siglo veinte, solo un sector de nuestras sociedades podía disfrutar de este invento inglés). Antaño no había mucho que hacer en esos días por lo general cálidos. La gente se aburría y, por aburrimiento, leía. Pero en la actualidad ya nadie se aburre ni en vacaciones ni fuera de ellas: está prohibido aburrirse, decía. Ahora la gente, en cambio, se deprime. Uno de los corolarios de la pasión informática ha sido también aquella prohibición y muchas veces esa consecuencia, deprimirse. Y la lectura de literatura muere con el término del aburrimiento y con la depresión entendida solamente como patología y “sub-sanada” apenas se manifiesta un síntoma menor (aunque cualquier psiquiatra sabe que una depresión, por ligera que sea, nunca tiene un solo síntoma) mediante la ingesta por lo general automedicada de pildorillas. Todo un mini rito posmoderno éste de las pildorillas, que desde el descubrimiento casual de la aspirina nos han liberado progresivamente de dolores y al mismo tiempo nos han debilitado, y reducido vertiginosamente la posibilidad del entendimiento y goce del mundo que autoriza la melancolía, tan mal vista por tanta revistilla aconsejadora de “pensamientos positivos” y que de literatura si acaso tiene algún fragmento por ahí extraviado.

Muere también la literatura con el término del silencio. Y, otra vez, el silencio está prohibido por los medios audiovisuales, informática también incluida en este caso. (Una encuesta reciente indica que, en promedio, nuestros adolescentes pasan cuatro horas diarias conectados a “música” que les llega directamente por audífonos orejiles). Nuestros niños y jóvenes carecen estrepitosamente de silencio y del ejercicio para hacerse de silencio. Entre nosotros, por ejemplo, no suele entenderse que una biblioteca es en primer lugar un espacio de silencio donde los libros se encuentran a la espera. ¿De qué tiempo de silencio disponen nuestros niños en escuelas con jornada escolar “completa”, pero carentes de bibliotecas y solo recientemente mal dotados por unos engendros de urgencia mal llamados “bibliotecas de aula” y donde falta lo primordial, el espacio y el tiempo de silencio? Casi lo mismo vale en el caso de nuestros jóvenes universitarios. ¿Y de cuántos espacios de silencio disponen hoy nuestros contemporáneos “adultos” en la ciudad, el trabajo y la vivienda (todavía llamada anacrónicamente “hogar”)? En la ciudad apenas hay bibliotecas, en el trabajo hasta suele haber “música ambiental”, en los

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comederos música ya no ambiental sino invasiva, y en la vivienda ya solo va quedando el baño, cuyo único asiento, curioso asunto, suele ser el antaño llamado “silencioso”. Si a esto agregamos la falta general de sueño que afecta, todos sabemos porqué, desde los niños a los adultos, las dificultades de la literatura y la demanda de pildorillas resultan hasta comprensibles y hasta justificarían el verdadero enjambre farmacéutico que adorna nuestras calles para felicidad sobre todo del mercado farmoquímico y melancolía patológica del mercado editorial.

Se nos muere la literatura. De manera concomitante, hace ya más de cuarenta años que se nos está muriendo el pensamiento narrativo por falta de ejercicio. Lo malo es que el narrativo es el primer, primario e indispensable modo de pensar, un fundamento para el pensamiento lógico-propositivo. No hay espacio aquí para exponer con mínima acuciosidad qué quiero decir exactamente con pensamiento “narrativo”. Baste decir que es el modo primario como construimos nuestra realidad: contando historias sobre nosotros mismos. Y en la modernidad (que, como sabemos, apenas nos ha tocado de refilón hasta el momento) la “forma” de estas historias casi no se distingue de la forma de historias escritas –de narraciones- cuyo repertorio entre nosotros es escaso por decir lo menos y está reductoramente integrado por la forma de narraciones audiovisuales de predominio telenovelístico. La ausencia de pensamiento narrativo es mucho más grave que en culturas de otras lenguas porque está montada en una historia, la nuestra, diferente, por ejemplo, de la del idioma ya central de la modernidad, el inglés. En inglés ha ocurrido, aceleradamente desde el siglo dieciocho, un desarrollo paralelo e imbricado de pensamiento lógico-propositivo con propensión racionalista por una parte y, por otra, de sapiencia para imaginar y hacer narraciones y de habilidad para leerlas, un desarrollo de pensamiento narrativo perceptible por ejemplo en novelas, cine, televisión y últimamente en informática; ambos pensamientos, imbricados, con consecuencias continuas de abrumadoras y ubicuas innovaciones tecnológicas. En otras palabras, en inglés se ha terminado por hacer abundante ciencia, novelas, cine y tecnologías informáticas. En castellano, en cambio, hasta hoy tenemos dificultades para hacer ciencia, narraciones y tecnologías. La literatura se nos muere coherentemente, y a pesar de lo que parezcan indicar algunos “boomes” esporádicos, a nosotros más que a ellos.

Mal asunto. Y, para colmo, se insiste ahora, con razón, en nuestro déficit en la enseñanza y práctica de las ciencias, pero se insiste exclusivamente en ello, sin razón en este caso, como si el otro déficit, el literario, complementario, no existiera. Pero nunca ha habido literatura sin ciencia ni ciencia sin literatura. Aunque el joven Einstein (que manejaba su melancolía con la música) prefiriera leer a Kant a leer novelas, poesía o historia: esto solo muestra que el reciente entendimiento estreñido de las “belles lettres” como “literatura” en realidad no vale y solo es un accidente de la modernidad post romántica ya a punto de agotamientos.

¿Tocamos fondo? ¿O la literatura nunca terminará de terminar a pesar de todos los pesares? El pathos de la decadencia no es buen consejero: por de pronto, suele dejar pendientes multitud de preguntas más o menos ingenuas. Es verdad que la erosión de la cultura literaria ha sido continua hasta hoy. ¿Pero está destinada a proseguir? ¿Posee alguna pertinencia en el universo informático que nos acecha? ¿Es transportable la experiencia literaria al universo informático? ¿La informática renovará la práctica de la lectura? ¿Cuál sería el lugar de la literatura y del libro en la cultura informática de este siglo, tan distante del modelo filológico y nacional del siglo diecinueve? ¿Pero seremos capaces de recuperar el sueño, espacios y tiempos de silencio, la capacidad de melancolizar sin creernos por ello enfermos, las ganas de aburrirnos sanamente? ¿Seremos capaces de reinventar la “educación” que estamos entregando en casa y colegio a nuestros hijos? ¿Les permitiremos aprender gozosamente a narrar y a leer narraciones que les amplíen la vida? “La vida verdadera”, decía por ahí Proust, “la vida por fin descubierta y clara, la única vida en consecuencia plenamente vivida, es la literatura”. Quizás asistimos solamente al fin de la cultura romántica de la redención por el arte, al fin de la literatura como religión sustituta, al fin de la idea de que la literatura redime la vida. Ahora bien, precisamente la literatura del siglo veinte ha terminado con esta idea. Proust no llama a una trascendencia, sino a un sentido ético y existencial de la literatura: ella permite vivir más plenamente esta vida; la lectura vivifica esta vida, la torna más viva. Por lo demás, sin literatura, Paolo y Francesca no habrían conocido el amor, y esto valía la pena.

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