Noticias de ayer

La sala de Periódicos y Microformatos acoge con su temperatura inalterable. Calzo el rollo y enciendo la pantalla: durante semanas giro la manivela y desato fardos de diarios, rumeando páginas impresas con tinta que ya no mancha. No importa el soporte, la coreografía es la misma: en un primer momento, la noticia no atraviesa su sección. Luego, cada tanto, reaparece. Durante días, casi siempre en la misma página, un tímido seguimiento instala un foco de conflicto. Las partes se identifican. Mientras tanto, pocos reparan que está latente. Gana atención pese a la adversidad: una derrota deportiva, una catástrofe meteorológica, un horroroso accidente ocupan por ahora las primeras planas. En su sección, la noticia reclama espacio. Su persistencia levanta sospechas cuando lo consigue. El diario reflexiona en su editorial: ¿será posible?, ¿qué entraña? El desarrollo parece controlado hasta que ocurre un incidente imprevisto: la noticia salta a primera plana.

La novedad de los titulares deja una falsa impresión de sorpresa. A lo largo de los años, la prensa ha escrito el relato de los conflictos estudiantiles una y cien veces, ejercitando estilos. Rastreando desde la Reforma Universitaria de 1967 hasta el Movimiento Estudiantil de hoy, la narración de un argumento recurrente muestra las formas adoptadas por los diarios para camuflar su siempre conflictiva relación como testigo activo de los mismos hechos. El emblemático lienzo desplegado el 16 de agosto de 1967 en el frontis de la Casa Central para la toma de la Universidad Católica –Chileno: El Mercurio miente– en respuesta a un editorial publicado por ese diario esa mañana, abre la trama de un conflicto que ha tenido su propia evolución. Si entonces la consigna apuntaba a la tergiversación por parte de la prensa escrita, hoy los estudiantes apuntan su crítica a medios de mayor alcance y difusión. “TVN miente”, se lee en grafitis que recorren las paredes de la UTEM.

Sea cual sea la reivindicación particular de cada movimiento, su relación frente a los medios siempre ha sido conflictiva. La causa, para difundirse masivamente, necesita de esa caja de resonancia. Pero al igual que el movimiento, los medios tienen y se deben a intereses particulares que inevitablemente los sitúan en posiciones distintas, y a veces antagónicas. La selección de diarios consultados puede parecer antojadiza. Muchos, en el transcurso de estos años, han vivido cambios importantes a nivel editorial y comercial. Pero El Mercurio, La Segunda, La Tercera, Las Últimas Noticias y La Nación han optado en el tiempo por resguardar su capital simbólico. Manteniendo su nombre, estas empresas conservan el sello de una marca que se construye desde su fundación.

Cyril Connolly situaba al periodismo como uno de los enemigos del escritor, en tanto sus textos, debido a la urgencia, eran escritos para ser leídos una sola vez. Lejos de ser un análisis acabado o el riguroso desarrollo de una investigación, estas opiniones no pretenden ser otra cosa que la lectura subjetiva de una primera impresión.

Mienten
Un montaje tendencioso de los titulares de la prensa en un punto álgido del conflicto iniciado en las universidades católicas –que luego se expandiría a las otras universidades–, esto es, desde el 10 de agosto hasta el 22 de agosto de 1967, bien puede, por un lado, justificar la arremetida de los estudiantes contra El Mercurio y, por otro, arrojar luces sobre un aspecto más amplio y general presente en la cobertura y desarrollo noticioso de estos conflictos. Algunos enfoques se repetirán, con matices, en distintos momentos hasta hoy, sugiriendo un arco dramático bastante habitual:

“Estado de sitio en la UC” (La Tercera, 12 de agosto de 1967). “Crece división entre alumnos de la Universidad Católica” (El Mercurio, 14 de agosto de 1967). “Universitarios hacen vida de cuartel en la Católica” (La Nación, 14 de agosto de 1967). “La CUT ofrece apoyo a huelga de alumnos de Universidad Católica” (El Mercurio, 15 de agosto de 1967). “Ministro de educación no acepta el cogobierno universitario” (El Mercurio, 17 de agosto de 1967).
“Cogobierno introduciría en la vida universitaria factores impalpables de deterioro” (El Mercurio, 18 de agosto de 1967). “El ministro Gómez Milla pone nocaut a universitarios” (La Tercera, 16 de agosto de 1967); “Huelga indefinida acordó Unión de Federaciones Universitarias” (El Mercurio, 18 de agosto de 1967). “Aumenta la agitación de estudiantes en la capital” (El Mercurio, 19 de agosto de 1967). “El cardenal Raúl Silva fue designado mediador del conflicto de la U. Católica” (El Mercurio, 21 de agosto de 1967); “Humo blanco en la UC” (La Segunda, 21 de agosto de 1967).

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Si bien las demandas se venían incubando desde antes, el conflicto alcanzó en poco tiempo un clímax que urgía un desenlace, trasluciendo en ese breve e intenso recorrido los pasajes que marcaban la lucha de los estudiantes no solo contra su antagonista primordial (el gobierno), sino también contra los obstáculos informativos que imponían los intereses de los propios medios. En un contexto de polarización, las fuerzas en conflicto estaban abiertamente politizadas. Los diarios, por supuesto, no eran la excepción. Siendo más clara su posición, el lector al menos sabía a quién y a qué representaba la línea editorial de su interlocutor.

Ahora, en cambio, cuando se intenta deslegitimar las demandas del movimiento estudiantil aduciendo el interés político de cuerpos ajenos al mismo, encontramos, antes que una investigación de la real naturaleza del movimiento, una reacción automática, casi habitual de los medios, un vicio heredado de otras circunstancias históricas y políticas, que busca simplificar o desarticular un discurso antes que profundizar en lo novedoso de su contenido.

Quizás reparando en ello, llama la atención una nota titulada “Desenmascarados ‘guerrilleros’ de la Universidad Católica”, donde con ironía La Nación (18 de agosto de 1967) hace un perfil de los alumnos sindicados como revolucionarios, tipos macanudos y de buenas familias, adhiriendo con humor en medio de un clima tenso a las acusaciones que afectaban directamente a su competencia. Por otro lado, las incipientes movilizaciones de los secundarios (“Nuevos desórdenes provocaron en el sector céntrico alumnos secundarios”, El Mercurio, 20 de agosto de 1967; “Desórdenes estudiantiles en el centro”, La Segunda, 22 de agosto de 1967; “Para no salir de órbita: un paro general inician los liceanos”, La Tercera, 23 de agosto de 1967) son visibles aunque subestimadas, siendo vistas como un arrebato pueril improcedente basado en la lógica imitadora de los niños que se preguntan: “si la Universidad Católica tenía su huelga y su toma, ¿por qué no habrían de tenerlas ellos?” (“Huelga e infantilismo de estudiantes secundarios”, editorial de La Nación del jueves 24 de agosto de 1967).

El miedo es el mensaje
La toma explícita de posición en una sociedad polarizada aporta a la verdad, al menos resaltando contrastes. Mientras, la complicidad encubierta, aunque evidente, subordinada y condescendiente a un mandato que restringe, puede hacer que el sesgo intrínseco de toda línea editorial –el sello de autoría que potesta al medio para consignar su versión de lo ocurrido– resulte una cualidad irritante que socava su credibilidad cuando las demandas sociales exigen saber qué es lo que está pasando.

En dictadura, ninguno de estos diarios era una fuente confiable. La falsa normalidad que intentaba instalar una pauta controlada generaba suspicacias en seguida, en tanto la normalidad –tanta normalidad– desde la lógica noticiosa era algo bastante anormal.

En mayo de 1986, cuando las agitaciones en las universidades apostaban por un referéndum para definir el sistema de generación de autoridades, intervenido por los militares desde el golpe de Estado, la Revista Noticiosa del cuerpo “Reportajes” de El Mercurio recalcaba que “en forma normal se desarrollaron las actividades académicas en la Universidad de Chile”, que “se informó en la Federación de Estudiantes de la Universidad Católica que las actividades académicas se desarrollaron normalmente en todas las facultades” y que “en la Universidad de Santiago la situación fue calificada como de ‘absoluta normalidad y tranquilidad’”, todo esto en apenas tres párrafos.

Si bien las demandas estudiantiles eran entonces un síntoma menor de un cuadro crítico que comprometía órganos más complejos, la firma del Acuerdo Nacional, por ejemplo, que manifestaba la voluntad civil de una salida pacífica a la democracia, revestía menos importancia en la pauta que el asesinato de Alice Meyer, los inexplicables atentados con ácido perpetrados por terroristas (que tenían una explicación: represalias de los grupos de ultraizquierda a quienes no tomaban parte en las protestas) y, por supuesto, las declaraciones de Pinochet y en menor medida la víspera del Mundial de México 86. Un velo perturbador, similar a la brisa tibia anterior a una tormenta, recorría como un escalofrío las páginas impresas del período, ensombreciendo los hechos, reduciéndolos a explicaciones básicas, elementales, reiterativas, consignando como ciertas todas las versiones oficiales e instalando la sospecha, desde el propio medio, para con las fuentes convocadas como contraparte en las escasas ocasiones en que se les daba espacio.

Sea cual sea la reivindicación particular de cada movimiento, su relación frente a los medios siempre ha sido conflictiva. La causa, para difundirse masivamente, necesita de esa caja de resonancia. Pero al igual que el movimiento, los medios tienen y se deben a intereses particulares que inevitablemente los sitúan en posiciones distintas y a veces antagónicas. La selección de diarios consultados puede parecer antojadiza. Muchos, en el transcurso de estos años, han vivido cambios importantes a nivel editorial y comercial. Pero El Mercurio, La Segunda, La Tercera, Las Últimas Noticias y La Nación han optado en el tiempo por resguardar su capital simbólico. Manteniendo su nombre, estas empresas conservan el sello de una marca que se construye desde su fundación.

Más allá del sesgo y la condescendencia, los medios entonces eran cómplices del terror, difundiendo contenidos propagandísticos que legitimaban moralmente al régimen. En el caso extremo de La Nación, los titulares publicados en la víspera del referéndum sirven para ilustrar el tenor de la verdad oficial y su fijación con dos aspectos recurrentes en el tratamiento de estos conflictos cuando se pretendía denostarlos. Estos son: la división interna y la amenaza externa:

“Titular de educación: ‘Agitadores han envenenado la mente de los jóvenes’” (2 de mayo). “Agitadores del exterior pretenden instrumentalizar las universidades” (4 de mayo). “Estudiantes denuncian intervención comunista en la Universidad Católica” (8 de mayo). “Académicos que permanecen en silencio deben manifestar una presencia activa” (9 de mayo). “Violencia y dogmatismo, enemigos de la autonomía en la Universidad” (11 de mayo). “Mezquinos intereses impulsan a ciertos sectores en la U.” (12 de mayo). “Llamado a cogobierno es una ‘maniobra política’” (15 de mayo). “La violencia de la No-violencia” (16 de mayo). “Califican de viciado y fracasado el referéndum de la Universidad de Chile” y “Alta abstención demuestra gran madurez y confianza en proceso de normalización” (ambos del 17 de mayo).

El frustrado intento de los universitarios por lograr cambios al menos llamó la atención de los diarios. En tanto, los secundarios, que desde 1983 comenzaban a movilizarse con la toma de liceos y la participación en las primeras protestas, y llegaban al punto álgido de sus movilizaciones entre mayo y julio de 1986, prácticamente no existían, fueron ignorados. Para hacerse una idea de las movilizaciones estudiantiles en esos años –al menos para acotar las fechas en que las organizaciones comienzan a movilizarse– el documental Actores secundarios, dirigido por Pachi Bustos y Jorge Leiva y estrenado veinte años después, sirve para corroborar la poca atención que recibió en estos diarios un movimiento que supo reagruparse, organizarse y, más importante, salir a la calle. Mientras los universitarios estaban “blindados por la facultad, protegidos por la reja”, como señala uno de sus protagonistas, los secundarios reunieron sus organizaciones bajo el comité PRO FESES (que volvería a constituirse como FESES en julio de 1986 tras desaparecer en 1973), convocando marchas que tradicionalmente comenzaban en Cumming con la Alameda, saliendo y tomándose la calle y los liceos, aunque fuera por algunas horas antes de ser reprimidos y desalojados. Se oponían a la municipalización. Enarbolaban consignas como “Seguridad para estudiar, libertad para vivir”.

Un relato fragmentado y discontinuo se hace inaprehensible. La escasa notoriedad que alcanzó el movimiento en los diarios en momentos que, según el documental, alcanzaba su pico (“Incidentes estudiantiles por municipalización de liceos” y “Detenidos 36 estudiantes por incidentes frente a Liceo A-21” en La Tercera, e “Incidentes en Liceo V. Letelier” y “55 estudiantes fueron detenidos por desórdenes” en El Mercurio los días 16 y 17 de mayo de 1986) hacen referencia a una estrategia informativa infame. La omisión es un arma tendenciosa: desinforma atentando al sentido.

Nueva generación
Veinte años más tarde, el fenómeno los desconcertó de entrada: “Vándalos usan cámaras porque ‘quieren saber cómo actuamos’”, decía el general Bernales en la bajada de la nota publicada en página 49 de La Segunda el 12 de mayo de 2006. Días antes, el seremi de Educación denunciaba que los profesores manipulaban a los dirigentes estudiantiles y el ministro de Educación, Martín Zilic, tras el saldo de 622 detenidos de la tercera marcha, lamentaba que los estudiantes hubieran privilegiado la protesta antes que el diálogo. Progresivamente, los secundarios fueron protagonistas. Se tomaron la agenda de forma inédita. A punta de “violencia”, “demostraciones de fuerza”, “vandalismo” y “millonarias pérdidas”, como titularon sistemáticamente los diarios capitalinos, las demandas de un nuevo movimiento secundario, interpretado transversalmente por voceros que simpatizaban desde la UDI hasta el PC, eran obviadas por un ministro que daba por cerrado el diálogo al ver que no deponían las movilizaciones.

“Cualquier intento de cerrar conversaciones lo único que hace es radicalizar el movimiento”, manifestaban los dirigentes (La Segunda, 17 de mayo de 2006).

Apuntados meses atrás como pokemones, los estudiantes secundarios resultaron ser buenos políticos. Los dirigentes representaban a su asamblea. El 20 de mayo, La Tercera titulaba en página 33: “Escolares se ‘toman’ liceos emblemáticos ante fracaso de marchas”. El 25 de mayo, anunciaba en portada: “Más de 20 mil escolares movilizados en Santiago”.

El fracaso no fue tal. La prolongación del conflicto empezó a incomodar. El gobierno “cedía” a las presiones de los estudiantes restaurando el diálogo, mientras ahora los universitarios se sumaban a una convocatoria a paro. Días después, el gobierno presentaba su primera oferta. Los escolares la rechazaron y llamaron a paro nacional.

“Nacidos y educados en democracia, los estudiantes secundarios se han convertido en un referente de una nueva forma de movilización social, acorde con el siglo XXI (…) los jóvenes son más críticos y no tienen temor a manifestarse públicamente ni a enfrentarse a la autoridad para defender sus puntos de vista. El uso de celulares, internet y blogs forman parte de las herramientas para entregar su mensaje y coordinar acciones tanto a nivel regional como nacional” (La Tercera, 31 de mayo).

Parecía que la historia esta vez se desarrollaría de otra manera. Eran otros personajes, desbordaban la estructura de un relato que no los contenía. Los hechos protagonizados por los estudiantes secundarios en 2006 por poco madrugaron a la prensa y le arrebataron su versión. Los trascendidos de supuestos quiebres al interior de la dirigencia eran desmentidos enseguida por los propios voceros. Cerraron las puertas de sus asambleas, pero aprovecharon cada instancia pública, y fue allí tal vez donde vacilaron. La seriedad de sus demandas, maduradas a lo largo del conflicto, fue tentada por la fama. Tropezaron al encandilarse con tanta visibilidad.

Comenzaron a aburrir. Del comentario novedoso pasaron a ser adolescentes con protagonismo inadecuado. El Mercurio y La Tercera se enfocaron en las consecuencias políticas, centrando el conflicto en la crisis que develaba el gobierno, las opiniones de la oposición respecto al manejo por parte de la Presidenta, culpando a la mala negociación que desde un principio sostuvo el ministro Zilic, validando opiniones de especialistas en educación y haciendo alcances político-misceláneos con fotos y entrevistas casuales a los políticos que alguna vez fueron dirigentes estudiantiles.

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Solo Las Últimas Noticias se encariñó con ellos. “Mala onda”, titulaba el 31 de mayo, ante “excesiva violencia y 725 detenidos”, hechos que acabaron con la remoción de un jefe policial. “Team de dirigentes ya actúa como grupo musical en gira”, escribía al día siguiente el diario, chacotero. El 3 de junio, sin embargo, también comenzaba a exasperarse: “Cabros, no se suban por el chorro”, fijaba en portada cuando los escolares rechazaban “el ofertón” de Michelle Bachelet.

El caso es que no eran tontos ni pesados, pero les quedaba poco tiempo. En el documental La revolución de los pingüinos, de Jaime Díaz Lavandy, uno de los voceros, Juan Carlos Herrera, cuenta que estaban conscientes de que tenían que llegar a algo antes del Mundial de Alemania, porque después ya nadie los iba a tomar en cuenta. La crisis, que pareció eterna, al final duró poco más de un mes, pero los estudiantes se instalaron de otra manera en los medios. Su gran momento, quizás la gran victoria del movimiento y al mismo tiempo su derrota, fue el paro nacional del 5 de junio, donde, por un lado, vieron que la asamblea ya no representaba a los estudiantes sino a la gente, pero, por otro, que había tal oposición y radicalidad frente a la convocatoria, que no había ninguna disposición para acoger lo que estaban pidiendo. “Estudiantes se pusieron lateros y sacaron del sombrero otra demanda”, sentenciaba Las Últimas Noticias el 7 de junio. Días después, tras la toma simbólica de la Unesco, los estudiantes deciden bajarse y aceptar el Consejo Asesor de Educación. El 10 de junio, en un pequeño espacio junto a la foto del partido inaugural del Mundial de Alemania, se despidieron de las portadas con el titular “Escolares ponen fin a paro y terminan divididos” (La Tercera, 10 de junio de 2006).

La revancha
Pero resultó ser un movimiento de base. Cinco años después, los pingüinos marchan sin uniforme. Con la misma convicción de entonces, ahora universitarios, otros líderes han instalado las demandas afinando puntería. Se han educado en las instancias del sistema que rechazan. Lo conocen, lo padecen y lo financiarán. Sostienen la discusión con argumentos que parecen irrefutables. Y los políticos tuitean con faltas de ortografía.

Ponen en jaque a la educación desde esa paradoja: fueron mal educados, pero tienen sin respuesta a los graduados en Harvard. El desarrollo del actual conflicto estudiantil viene a ser una segunda parte, un nuevo intento por continuar una historia interrumpida. Los tics habituales de los diarios al abordar estos conflictos (instalar la división interna del movimiento, acusar la operación de influencias externas partidistas; omitir, conjeturar y, en último caso, distraer la atención o frivolizar la causa abstrayéndola de la calle y llevándola a los medios), esas formas han sido desbordadas por un argumento que se aventuró más allá de lo previsto por cualquiera. Los estudiantes han aprendido: esta vez se han negado a bailar la colita.

Si Joaquín Lavín hubiera anunciado en marzo un paquete de medidas como el último ofertazo, quizás seguiría siendo ministro. Pero ya van tres intentos, un cambio de gabinete y los estudiantes siguen intransigentes. Han radicalizado su postura. Tienen su agenda y pautean. Ya no se cuestiona su espacio, y ya no son invitados sino los protagonistas de un nuevo movimiento político difícil de clasificar. “El diálogo inútil del ministro Lavín”, escribió Camila Vallejo en la página de Opinión de La Tercera el 30 de junio, cuando el ministro apostaba a que la radicalización acabaría por desgastar las movilizaciones; “No perder el foco en la educación”, escribió Giorgio Jackson en la misma página el 1 de agosto, tras pasar el pico informativo postcambio de gabinete. Son conscientes del apoyo popular por medio del feedback inmediato de las redes sociales. En el contexto informativo actual, el movimiento se expande de forma viral, consiguiendo que este invierno, después de años, la prensa no hable de la contaminación ni de las enfermedades respiratorias, sino de coreografías masivas, besatones y carreras con relevos de 1.800 horas.

Como nunca antes, el correlato de los hechos narrado por los diarios es desmentible o comprobable. Refutable, incluso, en tiempo real, haciendo un juicio crítico colectivo desde que instalan su versión de las informaciones. Con GoogleEarth, se pueden calcular los metros cuadrados que hay entre Portugal y Los Héroes; es cosa de estimar un promedio razonable para comprobar que eran más de 80 mil personas en la marcha del 16 de junio. La masividad del movimiento, la empatía que han generado transversalmente sus demandas, han articulado un eje sobre el cual está girando el descontento de una parte importante de la sociedad que no se sentía representada. Encontraron el común denominador. Los hechos que podrían distraer su atención acaban sumándole. Las marchas de protesta contra la aprobación de HidroAysén y el escandaloso caso La Polar terminaron por cuestionar la concepción fundamental de un modelo egoísta, que no distribuye, que lejos de convocar a una mayoría, la mantiene subordinada, oprimida, endeudada y, más encima, la segrega. Una buena Copa América podría haber ayudado a refrescar la pauta y distender los ánimos, pero la pronta eliminación hizo que el tema volviera enseguida a estar en portada. ¿Y si se hubiera quedado Bielsa? Los dardos apuntan de uno u otro modo a los mismos. El malestar es generalizado y los jóvenes lo expresan. Crece como una bola de nieve y los estudiantes salen a la calle con paraguas. Como una tromba, la persistencia del conflicto por casi cuatro meses ha superado la capacidad de reacción para contrarrestar la crisis. Se ha abierto el debate. Las partes se identifican. La ambigüedad envició el consenso y ahora se exige definir posturas. De la educación al plebiscito, del lucro al derecho ciudadano por una educación pública y gratuita de calidad. Reforma constitucional, inscripción automática, voto en el extranjero, voto voluntario. Todo es urgente, reclama espacio y fotografía. En medio de una pauta caótica, su persistencia levanta sospechas. Ya se anticipa que el debate se trasladará indefectiblemente a la salud y a los fondos de pensiones.

En la espiral del descontento, los diarios aparecen prodigando focos en los que, de haber cambios, habrá que tomar partido. El desarrollo noticioso en este último mes –entrego este texto el 31 de agosto– se teme que lleve a el conflicto hacia el lado oscuro de la memoria. Un manto de inquietud ha revivido antiguos temores. Los hechos violentos ya no sorprenden por sí solos. El desgaste de todos los actores hace probable algo imprevisto.

“Trágico cierre de tres noches violentas: muere joven de 16” (La Segunda, 26 de agosto de 2011). “Familiares de joven baleado reiteran sospechas en contra de carabineros” (El Mercurio, 29 de agosto de 2011). “Investigan a 43 carabineros por crimen de escolar” (La Tercera, 29 de agosto de 2011). “Estremecedor vuelco en el caso de Manuel Gutiérrez” (Las Últimas Noticias, 30 de agosto de 2011).

Más que el relato, los diarios imprimen su lectura. Y postergan el final para el día siguiente.

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