Mi personal arte de narrar: Santiago Gamboa

Muchas veces me han preguntado qué es escribir y, sobre todo, por qué lo hago. Generalmente resuelvo el asunto con alguna respuesta aproximativa del tipo, “porque me gusta leer”, o con frases leídas en alguna parte, del tipo, “porque sería mucho peor si no lo hiciera”, así que puede que esta sea, realmente, la primera vez que intente pensar el asunto en serio y por escrito. Quienes escribimos, sabemos que escribir es la mejor manera de pensar. Lo que se escribe es siempre real y por supuesto verdadero ya que adquiere una forma y, en ocasiones, un soplo vital, a diferencia de lo “no escrito”, que es el extenso e infinito universo de lo no pensado, de lo que no existe ni tiene espacio en mente alguna.

Escribir no es solo mover los dedos con agilidad sobre un teclado y ver, al cabo de una jornada, que el número de páginas aumentó. Julio Ramón Ribeyro decía que aún acodado en el balcón de su casa, con una taza de café y fumando un cigarrillo, estaba escribiendo, pues pensaba con intensidad en el texto que tenía a medio hacer en el rodillo de su máquina. Pensar literariamente en algo ya es escribir.

En un momento bastante memorable del film “Amadeus”, de Milos Forman, el personaje de Salieri le pregunta a Mozart por una pieza musical que le encargó, y éste dice que ya está terminada. Cuando pregunta dónde está, él simplemente responde: “aquí”, y se señala la cabeza. Luego agrega: “el resto son solo garabatos”. Ese resto es la escritura musical, que contiene y transmite la música, pero que no es la música, del mismo modo que en literatura el lenguaje escrito transmite la obra, pero no es la obra.

¿Dónde está la obra literaria? No en el libro. El libro es un objeto formado por papel y tinta que en sí mismo no tiene nada de artístico. La obra literaria está cifrada en el libro, y existe, adquiere vida a través del lenguaje, en la imaginación del lector.

Desde este punto de vista la literatura es un bien inmaterial, pues el soporte que la transmite no es artístico, a diferencia de las artes plásticas, en donde la materia y la obra son una misma cosa.

El verbo “escribir”, considerado como “escribir literatura”, es la acción que se deriva de un pensamiento poético, que en este caso es también sinónimo de “pensamiento creador”.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en obra.

El hecho de que el universo pueda expresarse en términos matemáticos no quiere decir que sea matemático. Lo mismo sucede con la realidad y la literatura.

El escritor está solo. Puede ver lo que otros han hecho a través de la lectura y establecer comparaciones, nutrirse de influencias y establecer una genealogía, pero nada más. Quien lee ya está en la esfera de lo literario e incluso puede que piense de un modo literario, pero aún no es escritor. Ocasionalmente puede ser crítico literario.

El crítico, en efecto, piensa literariamente, pero no escribe, y por eso los libros que aprecia son los que más se acercan a sus ensoñaciones, a esa Orplid o selva de estalactitas, en términos de Lezama, donde mora el libro perfecto con el que sueña. Ese libro nunca existirá, como no sea para contaminar sus opiniones sobre los libros de quienes sí escriben. Los libros que sí existen.

El principal problema de la crítica literaria es de orden epistemológico. ¿Cuál es el fundamento y, por lo tanto, la validez de su saber? ¿Cuáles son sus métodos y cómo se legitiman? Se supone que un crítico conoce los elementos que hacen que un texto sea una obra de arte, y a menudo juzga que tal o cual se quedó a mitad de camino o equivocó el rumbo. Pero a pesar de saber o dictaminar dónde hay arte y dónde no, ellos mismos no pueden crearlo. ¿No es paradójico? Ahora bien: si aceptamos que el crítico expresa solo una opinión subjetiva, entonces esta no es distinta de la de cualquier otro lector y por lo tanto no representa ningún saber especial.

Cosa diferente es el escritor que hace crítica literaria, pues este ha demostrado con una obra previa la procedencia y los fundamentos de su saber.

Pero volviendo al arte de narrar…

Si se tiene talento, no es obligatorio conocer a fondo la literatura para escribir bien. Ni siquiera para hacer una obra maestra. Haber leído puede ayudar, por supuesto, pero no es definitivo. Si en cambio no se tiene talento, todas las lecturas del mundo serán siempre insuficientes.

Desear intensamente escribir una gran obra y desplegar los medios para lograrlo tampoco es suficiente. Esto es lo que se suele llamar “vocación”. La vocación puede servir para acabar los trabajos iniciados, imponerse un horario, dotarse del espacio de concentración y soledad necesarios para ejercer la disciplina y el dominio de sí, pero no basta para lograr grandes obras. Para ellas se requiere el talento, un extraño factor de la génesis artística que, felizmente, nadie ha logrado aislar ni describir.

A veces imagino el talento literario como una piedra guardada al fondo de esa “caja negra” que, también imagino, está al interior de cada ser humano. Si pudiéramos abrir varias de esas cajas veríamos que solo uno o dos de cada cien, o de cada mil, tienen la piedra. No sabemos de dónde viene ni por qué unos la tienen y otros no, y mucho menos si es posible autogenerarla o si puede desaparecer con el tiempo. Solo sabemos que está allí, y que en otros no está ni estará nunca.

Quien no tiene talento es mucho más consciente de él que quien sí lo tiene, y esto es normal. Igual que la salud o el dinero, son más conscientes de ellos quienes no los tienen.

Por eso el talento es antidemocrático, absolutista, despótico, egoísta. Puede concentrarse todo en una sola persona y en cambio desdeñar a miles que lo anhelan, que darían la vida por tenerlo.

Hay personas que tienen talento y no lo usan, y esto es también un misterio. Algunos no lo usan por falta de disciplina, concentración, capacidad de realizar un esfuerzo sostenido. En suma, por falta de vocación. En estos casos, el talento solo tampoco es suficiente para crear obras de arte.

El talento es tal vez el único bien que se derrocha no usándolo.

“El genio es el talento provisto de ideales”. Somerset Maugham.

Cada escritor, pues, es el primer escritor, y debe arreglárselas solo. Debe inventar el fuego y la rueda, descubrir la ley de la gravitación universal y la penicilina. Su fuego, su gravitación universal, su penicilina.

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Para un escritor, pensar literariamente equivale al deseo de crear algo que no existe, y de hacerlo con una intención estética. Es la pulsión que obliga a la belleza, a la comprensión, al arte.

El escritor debe convencerse de que el mundo literario que percibe está ahí y existe. Debe verlo, sentir su olor, escuchar sus voces. En suma, vivir en él. Luego debe escribirlo para convencer a los demás de su existencia.

Pero escribir no es uno de los derechos humanos. Que alguien escriba una novela o un poemario no crea en los demás la obligación de leerlo.

Porque narrar, en realidad, no es un arte. Es el resultado de la narración lo que, eventualmente, puede ser artístico. La acción o el acto de “narrar”, por el contrario, puede ser de lo más banal. Incluso aterradoramente banal. Un hombre soñoliento, en bata y pantuflas, inclinado sobre un montón de papeles impresos, con un bolígrafo en la mano, haciendo correcciones aquí y allá mientras bosteza o le da sorbos a una taza de café. Algo muy banal, pero el resultado puede ser una obra de arte. Entonces todo se transforma e incluso el acto de escribirla se vuelve heroico, pero nunca al revés. Los sufrimientos y trabajos de un escritor solo son importantes cuando sus libros son importantes.

Es difícil para un lector definir por qué le gusta un libro o por qué lo considera importante. Simplemente lo sabe. Las palabras que usa para describir su entusiasmo, por lo general, solo llegan a la periferia de la experiencia artística, de esa profunda conmoción que nos sacude al darle vida, en nuestra imaginación, a una poderosa obra literaria.

A partir de ese momento la obra se integra a nuestra vida, a nuestros recuerdos y sensibilidad. No solo es algo que uno ha leído, sino que nos ha ocurrido. Por eso leer es un modo de multiplicar en el tiempo, la geografía y la historia, la maravillosa sensación de estar vivos.

Se debe leer porque, al fin y al cabo, una vida es poca vida. Pero, ¿qué se busca al escribir? No conozco una respuesta mejor que la dada por Saul Bellow al recibir el premio Nobel de Literatura, en 1976. Él dijo: “Nosotros, los escritores, no representamos adecuadamente a la humanidad. El público inteligente espera oír del arte lo que no oye de la teología, la filosofía, la teoría social, y lo que no puede oír de la ciencia pura”. “Lo que se espera del arte es que encuentre e indique en el universo, en la materia y en los hechos de la vida, aquello que es fundamental, perdurable, esencial”.

Mi experiencia de escritor en la India
¿Cómo escribir sobre otros lugares distintos al propio país? ¿Sobre otras geografías más allá de las propias? Para esto las tradiciones literarias son fundamentales. En la anglosajona no hay nada más común que pasear por el mundo en las narraciones. La literatura escrita en inglés está repleta de libros que recorren el planeta y a nadie le sorprende que esto sea así. Un escritor inglés o norteamericano o irlandés, por mencionar solo tres ejemplos, siente que el mundo entero está en su mesa de trabajo y que puede recorrerlo en sus ficciones sin el más mínimo problema. Nadie exige de un autor anglosajón que trate tal o cual tema, o que hable sobre una única geografía. Lo mismo, aunque en menor medida, sucede con la literatura francesa, que es muy libre y recorre también el mundo, sobre todo los países árabes y de África central.

Esto puede deberse a varios motivos. Tal vez el más importante es la empresa colonizadora británica: el deseo de forjar un Imperio que abarcara la totalidad del mundo, y por supuesto la existencia de ese Imperio durante siglos. Los escritores, aventureros algunos, salían a recorrerlo y se encontraban con el mundo, revelado ante sus ojos.

Por eso inventaron una literatura transnacional que vino a unirse a la vieja tradición de la literatura de viajes. Lo mismo ocurrió en Francia con sus zonas de influencia colonial: Medio Oriente, el Magreb, los países del centro de África.

En la tradición en lengua española, en cambio, la costumbre atávica fue la contraria: dejar el mundo a un lado y concentrarse en la propia tierra, y esto a pesar de haber tenido un Imperio. La mayoría de los españoles que vinieron a las colonias de América y escribieron sobre ellas, lo hacían como americanos, no como españoles. Por eso en la tradición hispana cada uno escribía sobre lo suyo. La novela que funda la literatura moderna en nuestras tierras, Don Quijote, es un viaje por el territorio de La Mancha, una zona rural perdida y pequeña, casi insignificante si se la compara con Madrid, la sede de la corte en esos años. Y de La Mancha se pasa a Macondo, otro pequeño pueblo. Macondo crea el origen mítico y literario de la América Latina de la región Caribe, y es eso: un típico pueblo caribeño.

Por eso durante mucho tiempo los escritores en lengua española, fueran de España o de América, escribían sobre sus propios países: los peruanos del Perú, los mexicanos de México, los colombianos de Colombia. El escritor no se sentía seguro para salir a conquistar otras regiones, y su tradición cultural le decía al oído: “Mejor quédate en casa”. Se accedía a la universalidad a través de lo local.

Luego, en el caso del escritor latinoamericano, esto se convirtió en una especie de exigencia. Para ser recibido en los salones de la literatura universal debía hablar sobre su propio país y su cultura. Explicarla, asediarla, recrearla. En términos generales, y con algunas excepciones, los cuatro autores centrales del boom literario latinoamericano hicieron esto: García Márquez convirtió a su región, el Caribe colombiano, en universal; Carlos Fuentes escribió sobre el México prehispánico y contemporáneo; Vargas Llosa describió el mundo de los Andes; Cortázar hizo la novela del Buenos Aires literario, pero también de París, una especia de anti-Buenos Aires. Cortázar, como es lógico, es la excepción, como suelen serlo los escritores argentinos. El gran tema de la literatura argentina, en el fondo, es la propia literatura. Y ahí está Borges. La tradición argentina es escribir sobre el hecho de escribir.

Después del boom literario latinoamericano, mi propia generación, que empezó a publicar a partir de los años 90, sintió la necesidad de narrar más allá de las propias fronteras, de conquistar otros países. ¿A qué se debe esto? No es fácil encontrar una respuesta general y habría que mirar en cada caso, pero, en el mío, esta necesidad se debió a mi propia experiencia de viajero, a una necesidad que no fue primero estética sino vital. A los 19 años fui a estudiar a España. A los 24 fui a vivir a París a hacer un doctorado y acabé convertido en periodista. A los 30 fui a vivir a Italia para empezar una nueva vida. A los 40 regresé a París y a los 43 fui a vivir a Nueva Delhi. Entre medias he viajado, leído y escrito sobre 53 países, sobre todo crónicas periodísticas. En cuanto a mis novelas, estas, además de Colombia, se han paseado por los lugares en los que he permanecido algún tiempo: España, Francia, Italia, y sobre todo China, país en el que no he vivido formalmente pero al que he viajado con frecuencia y por períodos largos.

Cada escritor inventa de nuevo la escritura. Cada escritor es, de algún modo, el primer escritor, pues la materia sobre la cual trabaja no es literaria, y entonces debe partir de cero. Ni la realidad ni el lenguaje, en su origen, son literarios. Lo que es literario es el modo en que él los percibe, los piensa y, finalmente, los procesa para transformarlos en obra.

Y ahora estoy en India. ¿Escribir sobre la India? Es una tentación demasiado grande que, por supuesto, no pienso rechazar.

La India tiene a su vez una tradición literaria que al menos a mis ojos es infinita, ya que su literatura abarca unas veinte lenguas. Lo que mejor conocemos es lo que se escribe en inglés, aunque en India, como ustedes tal vez ya saben, hay un fuerte debate interno sobre la literatura en inglés y la que se escribe en otras lenguas como el hindi o el bengali. Salman Rushdie dijo una vez que la literatura que valía la pena, en India, estaba escrita en inglés, lo que generó una fuerte réplica y un encendido debate que aún no ha terminado. Por supuesto que los escritores que escriben en lengua inglesa son los más conocidos en el mundo y son además los grandes triunfadores, pero en India se los mira con una mezcla de admiración y rechazo. ¿Cuál es el argumento para el rechazo? Cuando Aravind Adiga ganó el Man Booker Prize en 2008 con The White Tiger, le llovieron críticas, la mayoría de las cuales señalaban que su visión de India era la de un turista, exagerando el color local y llevando a la apoteosis los estereotipos. Lo mismo sucedió con la novela de Vikas Swarup From A to Q, que fue llevada al cine con el nombre de “Slumdog millonaire”. La crítica culta, que no se dejó llevar por el entusiasmo de los premios, la acusó de ser una suma de estereotipos que respondían a la imagen que se tiene de India en Europa y Estados Unidos.

Esto es importante, pues no solo sucede en India. También de América Latina existen estereotipos que los lectores de Europa y Estados Unidos aprecian y premian. Los libros escritos por escritores latinoamericanos que satisfacen estos estereotipos suelen tener mucho éxito. Las tres palabras claves cuando se habla de Latinoamérica son: exotismo, evasión y revolución. El exotismo proviene del realismo mágico y tiene que ver con la idea de un mundo radicalmente distinto, con reglas de vida que desde Londres o Nueva York parecen más humanas y sobre todo más divertidas y auténticas; la evasión viene del sueño de libertad y jolgorio, también del Caribe, y de la desmesura de un continente de espacios abiertos; la revolución viene de Cuba, de la imagen del Che Guevara. Estos tres elementos, sumados a los ritmos alegres, el ron y el tequila y sus respectivos cocteles, conformaron los estereotipos de América Latina para los lectores en masa de Europa y Estados Unidos, del mismo modo que el estereotipo de la literatura irlandesa era la historia de un obrero católico, depresivo y dipsómano, bebiendo cerveza Guiness.

También en India quien satisface los estereotipos tiene más éxito, pues gran parte de su público está fuera. Esto es otra cosa que vale la pena señalar, y que ocurre por igual en América Latina y en India: los escritores que escriben satisfaciendo esos estereotipos, no escriben para el público de su propio país o región, sino para los lectores de Europa y Estados Unidos. Esto es un contraste brutal. Como si la literatura norteamericana estuviera escrita para ser leída en Inglaterra, o en Alemania.

¿Escribir sobre la experiencia de vivir en Delhi? ¿Cómo hacerlo sin caer en los estereotipos? Bueno, les mostraré cómo ha sido hasta ahora esta experiencia. Para empezar decidí contar un panorama general tras pasar un año, en el que recogí algunas ideas, experiencias e imágenes tomadas de mis apuntes. El texto comienza así:

I.
Muy pronto hará un año que llegué a vivir a Nueva Delhi, y la verdad es que aún no salgo de mi asombro. A los pocos meses le escribí a alguien: “Me siento atrapado por un verso de Emerson en el que Brahma dice: When me they fly, I am the wings (Cuando huyen de mí, yo soy las alas)”. Pero esto obviamente no es cierto o, al menos, no de ese modo. Es una verdad poética. Me extraña que Delhi tenga tan poca poesía siendo la capital de un país tan lírico, el único que conozco cuyo himno es un poema de un poeta célebre, Rabindranath Tagore. Como si la letra de La Marsellesa fuera de Paul Verlaine o un largo Caligramme de Apollinaire. Los franceses le habrían sacado provecho, pero los indios apenas lo mencionan. Vale decir que también el himno de Bangladesh es de Tagore, lo que no le resta valor a ninguno de los dos. Él era bengalí y su patria estaba en lo que hoy son dos países. La verdad es que Delhi tiene poca lírica, e incluso pocas novelas.

En cambio, al poco tiempo de llegar, invitado por el poeta Sudeep Sen al Festival de Poesía de Delhi, escuché estupefacto a un poeta indio recitar un poema sobre el M16, el servicio secreto británico en el que trabaja, creo, James Bond. En vano he buscado versos que hablen de India Gate, del bello Lodhi Garden, de la monumental mezquita de Jama Masjid o del abigarrado Chandni Chowk. Tal vez tardaré un poco en encontrar, no puede ser. Lo que sí está en las repisas de todos es un libro de viajes de un escocés llamado William Darlymple, La ciudad de los Jins, sobre un año en Nueva Delhi. Es el best seller de la comunidad de expatriados, pues cuenta lo que le pasa a todo el mundo al llegar: el calor y los apagones de luz y esas cosas, salpicado con historias de la época colonial y algunas notas de cultura india. Está en la categoría de libros de viaje que refieren lo lejos que el autor se fue de su casa y las cosas extrañas que comió, pero en fin. Ya dije que no hay mucho. Paul Theroux ha escrito muy bien sobre la India, pero está esparcido en varios libros. Por cierto que Elefanta Suite, el último, es extraordinario.

Cuando supe que iba a venir a la India pensé que debía leer a Tagore y a Kipling, pero la verdad es que me he pasado el tiempo leyendo a V.S. Naipaul. Le tengo simpatía a Kipling por haber nacido el mismo día y el mismo año que él, cien años después, y sobre todo por El libro de la selva, que llenó mi infancia de imágenes sobre la amistad. Luego vinieron Kim y sus cuentos, pero esa India colonial, con la miseria local como telón de fondo, me dejó algo perplejo. Era más real Naipaul. Naipaul escribió y retrató un país más parecido al que yo llegué hace un año, es decir

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una sociedad inmersa en unas tremendas contradicciones: con una pobreza que yo no conocía y, asimismo, con una oligarquía cuyas riquezas harían palidecer a nuestros ricos latinoamericanos –hay nueve indios en los primeros 50 lugares de la lista Forbes–, todo en las mismas polvorientas calles: el absurdo Ferrari color zanahoria sorteando huecos y rickshaws y vacas, y la mujer con un bebé desnudo que defeca sobre el andén mientras pide limosna.

Las palabras de Naipaul tras su primer viaje son muy claras: “Ningún otro país que yo conociera tenía tantos estratos de desdicha, y pocos países tanta población. Me dio la impresión de que estaba en un continente que, aislado del resto del mundo, había sufrido una catástrofe misteriosa”. Naipaul vino a mediados de los años sesenta, hace cuarenta años. Por supuesto que hoy la India ha avanzado espectacularmente. Un mes después de mi llegada, en noviembre de 2008, ocurrieron aquí tres hechos bastante reveladores.

Por primera vez un cohete espacial indio no tripulado salió al sistema solar con destino a la Luna. El cohete se llamaba Chandrayaan-1, que en sánscrito quiere decir “vehículo lunar”.

El joven novelista Aravind Adiga ganó el Man Booker Prize en Londres, lo que equivale a decir: el más importante premio literario de la lengua inglesa. Y lo hizo con su primera novela, The White Tiger.

El ajedrecista indio Viswanathan Anand, de 38 años, se proclamó en Alemania campeón mundial de la Federación Internacional de Ajedrez tras hacer tablas en la última partida con el ruso Vladimir Kramnik (resultado final 6,5-4,5). Es su tercer título del mundo tras los conseguidos en 2000 y 2007.

Estos tres hechos hablan de una sociedad educada, exquisita y con muy altos niveles de tecnología. Y es cierto, esa sociedad existe, pero convive simultáneamente con “estratos de desdicha” que pueden verse en las siguientes cifras: 2.230.000 niños muertos de desnutrición por año; 720 millones de pobres, de los cuales 400 con menos de 1 dólar al día; carencia de agua potable, ni siquiera en las ciudades importantes; cortes permanentes de luz; inexistencia de un salario mínimo; violencia religiosa en la que, el Islam, con 160 millones de personas, es una minoría constantemente agredida, avasallada y en desigualdad de oportunidades; 120.000.000 de “intocables”, la casta más baja en el sistema religioso hinduista, los cuales son tratados poco menos que como animales y que, a pesar de todo, han logrado triunfos aislados y participación en política. El país en cuyos semáforos piden limosna las formas más horripilantes y crueles de la miseria humana –leprosos, poliomielíticos, niños quemados, mujeres desnutridas, amputados, y un largo etcétera– es el mismo que acaba de firmar un contrato con Estados Unidos por 30.000 millones de dólares para actualizar sus arsenales defensivos, ¿cómo puede ser esto posible?

La primera vez que atravesé la ciudad, de lado a lado y por la zona sur, fue sobre todo una experiencia visual. Desde Nizzamudin East hasta Vasant Vihar, concretamente a la Olof Palme Marg, que es la vía que va al aeropuerto. Con gran curiosidad, sentado en el asiento trasero de un Hindustani Ambassador, me dediqué a mirar por la ventana. Vi avenidas cubiertas de árboles de sombra y enormes casas desconchadas, terrenos de más de una hectárea rodeando elegantes bungalows oficiales, rickshaws color verde y amarillo brotando como insectos, esa pobreza inhumana en esquinas y semáforos, el tráfico colosal y la enorme sabiduría para no enloquecer en medio de semejante caos. Pero nadie parecía enloquecer sino todo lo contrario. Incluso una silenciosa mayoría, sentados en los muros de las calles y con expresión ausente, daban la impresión de ser moderadamente felices. Hay formas de felicidad que pueden ponerle a uno la carne de gallina, y esta puede ser una de ellas.

Al frente de mi oficina está la embajada de Bahrein, con muchos guardias apostados en la calle en profundo estado letárgico. Por el otro lado se ve la avenida Olof Palme, aunque no es una imagen grata, pues desde hace aproximadamente un año construyen un puente y la obra avanza con lentitud, entre taladros y mucho polvo. Me dicen que un día, tras una excavación, una serpiente salió a flote y cruzó la avenida haciendo zig zag entre los carros. Nadie daba crédito a sus ojos, pero ahí estaba: un cuerpo de dos metros de largo y un diámetro de quince centímetros, hasta que una camioneta la atropelló y la serpiente, malherida, gastó sus últimas fuerzas para reptar hasta la cuneta y morir. El conductor bajó del vehículo y se agarró la cabeza con las dos manos, desesperado, pues sabido es que en India todas las formas de vida son sagradas.

Lo sagrado, por cierto. Pocos países como este tienen tantos dioses, tantas cosas sagradas. El panteón hinduista es tan superpoblado como el subcontinente. Se le calculan 3.600.000 dioses, a lo que se debe sumar el Islam, el cristianismo, el jainismo, el budismo, el judaísmo y otras religiosidades minoritarias como los parsis. Por este motivo casi todo es sagrado: la montaña y el río (el Ganges), ciertos árboles bajo los cuales se hace meditación, muchos animales-dioses, como el mono Hanumán, y por extensión todos los monos, o el elefante Ganesh, y por extensión todos los elefantes. Otros dioses hinduistas convirtieron en sagradas a las ratas, a las serpientes. Casi todo lo que existe o se mueve es sagrado para alguien en India. Los jainistas no comen productos extraídos de la tierra por miedo a que en ellos haya bacterias, que son formas de vida y por lo tanto ellos veneran. La tierra, el aire y el fuego son sagrados para los parsis, de modo que ni entierran ni incineran a sus muertos sino que los dejan en unas parrillas elevadas, llamadas Torres del silencio, para que los buitres y gallinazos se los coman.

La vida cotidiana en Nueva Delhi está repleta, casi diría invadida de estas cosas. Tras alquilar un apartamento uno aprende, por ejemplo, que solo determinadas castas bajas tocan la basura. Un hombre viene todos los días y se lleva la bolsa con los desperdicios. Ni siquiera las empleadas lo tocan. Casi ni lo miran a los ojos. Cuando uno sale a la calle y ve toneladas de basura esparcidas, la inmundicia que rebosa por todo lado, comprende que estos hombrecillos, los de la basura, no dan abasto.

Las tres palabras claves cuando se habla de Latinoamérica son: exotismo, evasión y revolución. El exotismo proviene del Realismo Mágico y tiene que ver con la idea de un mundo radicalmente distinto, con reglas de vida que desde Londres o Nueva York parecen más humanas y sobre todo más divertidas y auténticas; la evasión viene del sueño de libertad y jolgorio, también del Caribe, y de la desmesura de un continente de espacios abiertos; la revolución viene de Cuba, de la imagen del Che Guevara.

¡La basura! El tema de la suciedad en India está en muchas conversaciones de extranjeros. Pretender ignorarla, como hacen algunos en actitud políticamente correcta, es hipócrita e incluso paternalista. También es una bobería lo contrario: limitar India a eso. Pero, ¿cómo negar que las calles de Delhi o Calcuta son en la práctica gigantescos vertederos de basura, polvo y escupitajos, sanitarios horizontales de materias fecales humanas y animales, surtidores de olores homicidas, charcas infectas repletas de detritus y podredumbre, muy visitadas por moscas y demás insectos? Por contraste, los parques de Delhi son en cambio muy limpios y cuidados, y entonces uno se pregunta, ¿por qué? La suciedad no es solo explicable por la pobreza. La pobreza y la suciedad no son sinónimas. Pero la gente amolda el ojo y ya no percibe la inmundicia. De cualquier modo tampoco harían nada por evitarla.

Esto es una gran característica del subcontinente: nadie parece muy dispuesto a hacer nada que no esté en el área específica de su trabajo. Pedirle a un chofer que ayude a cambiar un bombillo es ofenderlo. La cocinera no tocará jamás la plancha. Para colmo, las castas también asoman la nariz en esto: hay castas de recicladores, de trabajadores del cuero (que tienen contacto con la piel muerta), de transportadores. Incluso hay una casta de ladrones, que deben robar para cumplir con su dharma o destino o identidad o fortaleza.

El dharma es lo primero, casi lo único. Luego uno puede echarse a dormir, y de hecho es una de las cosas más frecuentes en Delhi. A cualquier hora del día la gente duerme profundamente en las calles, en los lugares más incómodos y en posiciones circenses. En un rickshaw, en medio de un morro de arena repleto de moscas, en el separador de una avenida, sobre una bicicleta recostada a un muro. Duermen. Silencio. Los amantes de la espiritualidad india ven en esto una expresión de paz, e incluso dicen: “En Occidente tomamos pastillas para dormir y aquí la gente duerme bajo la lluvia”. Es verdad, casi nada los despierta, pero al parecer las razones no son tan románticas. Lo que los hace dormir son dos cosas: la desnutrición y el alcoholismo. La extrema delgadez, la falta de proteína animal y la ínfima ingesta calórica son la causa de estos cuerpos filiformes que parecen estatuas de Giacometti, y que tras el mínimo esfuerzo caen exhaustos. Además muchos beben alcohol, unas botellitas de cuarto de litro que compran en las licoreras estatales. Supongo que se necesitan muy pocos tragos para llevar a la ebriedad esos espíritus tan frágiles. También la profunda belleza de esos ojos negros, en los niños, es una muestra de desnutrición. Según me explicaron, cuando el cuerpo está subalimentado envía señales de auxilio y una de ellas está en los ojos. Ojos brillantes, bellos, que llamen la atención. Su belleza es un grito que dice, ayúdame. Un SOS.

Es interesante ver las primeras impresiones de otros residentes o viajeros. Octavio Paz llegó en 1951 como Primer Secretario de la embajada de México. Esto escribió en Vislumbres de la India: “Nueva Delhi es irreal”, “Nueva Delhi no fue edificada lentamente, a través de los siglos y la inspiración de sucesivas generaciones, sino que, como Washington, fue planeada y construida en unos pocos años por un arquitecto: Sir Edward Lutyens. A pesar del eclecticismo del estilo –una visión pintoresca de la arquitectura europea clásica y de la India– el conjunto no es solo atractivo sino, con frecuencia, imponente. Las grandes moles marmóreas del antiguo palacio virreinal, hoy residencia del presidente de la República tienen grandeza. Sus jardines de estilo mongol son de un trazo perfecto y hacen pensar en un tablero de ajedrez en el que cada pieza fuese un grupo de árboles o una fuente. Hay otros edificios notables en el mismo estilo híbrido. El diseño de la ciudad es armonioso: anchas avenidas plantadas de hileras de árboles, plazas circulares y una multitud de jardines. Nueva Delhi fue concebida como una ciudad jardín. Por desgracia, en mi última visita, en 1985, me sorprendió su deterioro. El excesivo crecimiento de la población, los autos, el humo que despiden y los nuevos distritos, casi todos construidos con materiales baratos y en un estilo chabacano, han afeado a Nueva Delhi”.

El deterioro continuó y en el 2008 ya fue tanto que, a mi llegada, la ciudad estaba toda en obra. No sé si sea imaginable lo que supone para una urbe de 16 millones de habitantes el construir, al mismo tiempo, una ambiciosa ampliación del Metro a todo lo ancho y largo de su superficie, trazar nuevos puentes y anillos de circulación, elevar puentes, ensanchar avenidas. Por eso al polvo que los vientos del norte traen desde los desiertos del Rajastán, y que deja una pátina grisácea sobre las hojas de los árboles y los edificios, sobre calles y jardines, viene a sumarse el polvo de las excavadoras, las dragas, las grúas y los bulldozers que van y vienen, los camiones de materiales, y en medio de todo eso, como figuras irreales de un cuadro de dolor, las mujeres cargando en sus cabezas canastas de ladrillos rojos, con sus hijos pequeños alrededor, desnudos, jugando en los morros de arena.

Otro viajero a quien admiro, que llegó a Delhi en 1958 procedente de Varsovia, fue el periodista y escritor Ryszard Kapuściński. Venía a escribir reportajes para el diario Sztandar Mlodych, luego de que Jawajarlal Nehru visitara Polonia, siendo el primer presidente en venir de visita oficial desde un país que no pertenecía a la esfera de influencia de la Unión Soviética. Kapuściński llegó de noche al aeropuerto y, como nadie lo esperaba, tomó un taxi que lo llevara a un hotel. Puedo imaginar su extrañeza al internarse en la oscuridad de las calles aledañas al aeropuerto, intentando comprender dónde estaba y cómo era la ciudad. Ese momento lo describe así: “Ante nosotros, en el lugar que debía ocupar la carretera, vi un río blanco y ancho cuyo fin se perdía en el lejano fondo de la espesa oscuridad de una noche húmeda y sofocante. Aquel río estaba formado por personas que dormían a la intemperie; unas estaban tumbadas sobre unos catres de madera, otras sobre esteras y mantas, pero la mayoría cubría con sus cuerpos el asfalto desnudo y la arena que lo flanqueaba por ambos lados (…) A medida que avanzábamos, se fueron levantando uno tras otro para echarse a un lado, no sin llevarse a los niños y dar empujones a unas ancianas que apenas podían caminar. En su celosa mansedumbre, en aquella sumisa humildad, se encerraba una actitud de vergüenza y de disculpa, como si al dormir sobre el asfalto aquella gente hubiese cometido un delito cuyas huellas intentase ocultar lo más deprisa posible (…). Luego, ya en la ciudad, también las calles resultaron poco transitables, pues todas ellas parecían un gran campamento de nómadas, habitado por fantasmas nocturnos vestidos de blanco, sonámbulos y dormidos”.

Los durmientes en las calles de la India son un duro espectáculo. Los he visto y veo a diario en las cercanías de la tumba Humayún. Es realmente imposible no sentir un arañazo en la conciencia y en las tripas ante estos seres desarrapados, sucios, flacos como espigas, alzando niños desnudos, bebés que gatean sobre la tierra del separador o que juegan en un charco en el que flotan desperdicios. Otras ciudades de la región, como Bangkok o Yakarta, y ya no digamos Singapur, parecen relucientes tazas de porcelana. Katmandú y Dhaka, en cambio, son tan polvorientas y sucias como las ciudades indias. Pero Delhi y Calcuta y Bombay tienen algo especial, y es una vibrante vida cultural. Sospecho que en Delhi hay más librerías que en París, y los recitales de poesía a los que se puede asistir en Calcuta no tienen parangón. Ni hablar de las artes plásticas. India es una sociedad compleja, indisciplinada, a veces violenta, pero es una sociedad tremendamente culta. Aquí hay filosofía, sociología, hay debate político, y por supuesto mucha literatura. Una visita a la Feria del Libro de Delhi me dejó impactado, ¡cuántas editoriales en idiomas diversos y cuántos libros! Porque los indios leen mucho. Lo leen todo y lo discuten todo. Hay 2.500 periódicos y 74 partidos políticos. Uno los ve sentados en sus bancas con periódicos abiertos. En los buses y el metro. En medio de esas polvorientas y sucias calles en las que, de cualquier modo, seguiré viviendo, pues en ellas uno puede encontrar el horror pero también toda la belleza del mundo.

Pensé que también sería bueno incluir algunas anécdotas sencillas que permitieran escenificar la vida cotidiana en una ciudad como Delhi. Lo que leeré a continuación es un apunte tomado casi al azar, en día cualquiera:

II.
Es martes y la peluquería y barbería de Nizzamudin East está cerrada, lo que me supone un pequeño problema ya que tengo el pelo y la barba muy largos y esta misma noche debo viajar a Tokio por trabajo, lo que quiere decir que conviene estar presentable. Es extraño que la peluquería esté cerrada, pues todos los comercios vecinos tienen sus puertas abiertas, así que camino hasta la siguiente barbería de la calle comercial del barrio. Cerrada también. ¿Será que el martes, para los barberos, es como el “lunes del zapatero”? Pregunto a Peter, mi fiel conductor, quien me explica que los martes las peluquerías de hinduistas están cerradas debido a un pasaje del Mahabarata en el que se dice que ese día no se pueden efectuar cambios en el cuerpo. Es algo así.

Pero Peter tiene una solución para todo así que vamos al mercado de Boghal, en Jangpura Extention.

–Esta barbería es musulmana –me dice señalando un local bastante tremebundo y sucio, aunque con intención de ser moderno–, estará abierta.

Se llama Jawed Habib, Hair Beauty. Salta a la vista que es musulmana y está abierta. El tráfico de Hospital Road y los pitos y ruidos del mercado de Boghal desaparecen, pues la Jawed Habib es un ancho corredor lleno de sillones, espejos cortados en forma de diamante y unos frescos sobre las paredes bastante kitsch de jóvenes occidentales bailando y jugando con su pelo, algo que recuerda el afiche de la película Hair.

El peluquero me ofrece un café y me mira. Es joven y amanerado. Amable. Le explico lo que quiero, nada extravagante: solo un corte de un par de centímetros, también la barba. Pasado un rato me pregunta si soy musulmán. Le contesto que no y pregunta de nuevo: ¿el señor es afgano? Le digo que no. ¿Cachemir? Vuelvo a negar. Me mira perplejo. ¿Cristiano? Sí, le digo, sí. Menciono mi país y me dice, ¿Colombo?, ¿Sri Lanka? Este equívoco es muy común en la región. Colombia queda lejos y nadie piensa que uno pueda venir de allá. Será Colombo, la bella capital de Sri Lanka. Vuelvo a decirle que no y le explico, Sudamérica, entonces sonríe y dice, ah, sí, Sudamérica, me gusta el fútbol, así que le pregunto, ¿le gusta Maradona?, pero hace un gesto de sorpresa y dice no, no lo conozco, no señor, entonces yo insisto, ¿Pelé?, no señor; le nombro otros futbolistas: ¿Zidane?, ¿Beckham?, ¿Messi?, ¿Ronaldo?, pero no conoce a ninguno, así que le pregunto, ¿seguro que le gusta el fútbol?, y él responde con una sonrisa, sí señor, me gusta mucho, muchísimo.

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Otro elemento importante son los personajes. No los estereotipos clásicos del santón o gurú o del profesor de yoga o del anciano sabio, sino las personas con las que me encontré en mi vida cotidiana y que, con su trato y sus vidas, me enseñaron lo poco que sé de esta ciudad. Una ciudad es la suma de un número de vidas en un espacio. Conociendo algunas de ellas es como se llega. Aquí les presento a uno de esos personajes.

III.
El juez Sistani Singh es un sij de 54 años, un metro sesenta y cuatro de estatura y una mirada penetrante que debe usar cual daga en sus peroratas legales, pues es miembro de la Corte Suprema de Justicia de la India y, recientemente, nombrado juez anticorrupción, durante el gobierno de Mahmohan Singh, otro sij (todos los sijsse apellidan Singh). Su esposa Honey es ama de casa, como ordenan los cánones locales, y sus dos hijos estudian el bachillerato. Su hermano es también abogado pero no ha tenido su mismo éxito, y su madre, viuda, vive aún. Las tres familias comparten un típico edificio de Nueva Delhi en el barrio de Jangpura Extention, una construcción clásica de tres pisos al frente de un parque. En el primer piso vive la madre, en el segundo el hijo menor y en el tercero el juez Sistani, jefe de familia desde la muerte del padre. Que residan en un mismo inmueble es común en este país. Cuando se celebra un matrimonio la joven novia va a vivir con el marido a la casa de sus suegros. Por eso en India todos los cuartos de las casas tienen baño completo (sanitario, lavamanos y ducha). Si hay cinco cuartos habrá cinco baños, algo impensable en Europa. Cada uno, con el tiempo, podrá convertirse en el pequeño apartamento de una familia.

Para los Sistani las cosas son diferentes. En lugar de un apartamento tienen un edificio entero, y el tercer piso, o segundo en términos de India, es un bello espacio con tres grandes habitaciones, dos terrazas y un salón comedor enorme, ocho metros de puerta-ventana hacia el parque y el cielo toldado y contaminado de Delhi. En él crecieron felices los hijos, y Honey fue la mujer más plena. Por ser la nuera mayor fue la de la autoridad en la familia, hizo amistades en todo el barrio, disfrutó del Eros Cinema (no es un cine erótico, en India ese nombre es muy común), revoloteó en el mercado de Boghal y conoció sus entresijos, gozó de la curiosa oferta de Novelty, mezcla de tienda de esquina con alquiler de videos y, sobre todo, expendio de deliciosos sándwiches de atún con picante, unos Panini indios que ella adoró desde el primer día que pasó en Jangpura, barrio de clase media acomodada en la zona sur de la ciudad, equidistante de Defence Colony, una zona más cara con restaurantes y bares al estilo occidental, y de Nizzamudin West, barrio musulmán algo inferior en estatus pero muy vivo, con una mezquita importante y, sobre todo, con la tumba de Nizzamudin, cultor del sufismo en India, gracias a lo cual todos los jueves a las cinco de la tarde hay cantos sufíes a capela o con acompañamiento de armonio. En Nizzamudin West está el restaurante Karim, el más famoso de Delhi por su pollo tandoori, una verdadera delicia que, además, sirve a domicilio.

La alegría de Honey iba a cambiar, aunque no por una tragedia, como suele pasar en las películas (también en las de Bollywood), sino por un acontecimiento feliz, que fue la promoción del magistrado Sistani a juez anticorrupción del Estado, lo que le valió subir en la escala jerárquica a uno de los puestos más importantes de la magistratura india y, como suele suceder aquí, acceder a una serie de canonjías y privilegios, entre los cuales está el disfrute de un bungalow oficial en la zona de avenidas aledañas a India Gate, una de las más exclusivas, un palacete con una hectárea de jardín alrededor, dos pisos, nueve empleados, carro oficial con chofer y guardaespaldas, más jardinero y vigilante. Por este motivo los Sistani dejaron Jang pura Extention.

Yo no sabía nada de todo esto cuando alquilé su apartamento.

Un gestor e intermediario de finca raíz, Abishek, nos propuso la casa, Analía la vio mientras yo estaba en México y, al llegar, nos decidimos. Tres habitaciones con baño cada una. Ciento setenta metros, dos balcones, vista despejada hacia ambos lados. Ochenta mil rupias. Nos pareció ideal.

Al lado de los habitantes permanentes de la ciudad, también vale la pena retratar, por contraste, a los visitantes. A veces escucharlos permite comprender cosas. Muchas veces estar en desacuerdo es más estimulante que asentir, y fue exactamente eso lo que me pasó en una velada con escritores franceses en Nueva Delhi. Estos fueron los apuntes que tomé al acabar la reunión:

IV.
La velada literaria de la Alianza Francesa tiene lugar en su espectacular sede junto a los Lodhi Gardens. Asisto a la inauguración, con palabras del embajador de Francia y de algo así como el alcalde de Delhi, quien cita generosamente a Malraux. Los escritores franceses invitados fueron Olivier Germain-Thomas y André Velter, en conversatorio con William Darlymple y el poeta indio Ashok Vajpeyi. Dios santo. El tema del debate era “escribir la India”. Partieron de una traducción errónea de Octavio Paz, pues su libro Vislumbres de la India se llama en inglés In light of India, lo que da pie a decir, ¡pero si India no estaba en la oscuridad! André Velter, poeta, dijo: “Si uno va a escribir sobre la India debe hacerlo rápido. A los quince días uno sabe mucho y al mes ya sabe todo. Es ahí cuando debe hacerlo. Al año uno sabe menos y a los diez años realmente no sabe nada”. Inteligente apreciación. Luego dijo: “Mi amor por India es como cualquier amor, que se fija no solo sobre lo bello sino también sobre el defecto, la imperfección, sobre lo horrendo de aquello que se ama”. Son inteligentes estos franceses: saben decir banalidades de tal forma que parecen ideas, incluso buenas ideas. Se citó un poema suyo sobre la inmensidad de los Himalayas, y dijo: “Me gusta India porque me permite sentir cosas que no existen en ningún otro país del mundo”. ¡Deslumbrante! La verdad es que el más interesante fue el moderador, el poeta Vajpeyi, quien dijo que India, con el tiempo, era como un plato de tali. Explicó que en la comida occidental hay un aperitivo, una entrada, un plato fuerte y un postre; y cada vez se retira el plato antes de traer el siguiente. El tali, en cambio, tiene todo junto: la entrada, el plato fuerte y el postre. “Eso es la India. El siglo XII no se retira cuando llega el XIII, ni el XVI ni el XX. Todos los siglos están vivos, todo el pasado está en la calle: la edad media y el siglo XIX y la colonia y la época de los Maharajás y el XXI con sus cohetes… Todo simultáneamente”. Luego, tal vez atravesado por un rayo de luz poética, dijo: “Los búfalos y las vacas aman atravesar las avenidas y aman recostarse un rato en medio de esas avenidas. Eso es la India”. Fue lo más inteligente que se dijo en toda la velada.

Olivier Germain-Thomas, a quien jamás leeré, fue presentado como escritor y viajero, a lo que él agregó: y filósofo. Muy bien. Su aspecto parecía interesante: físico espigado al estilo de Samuel Beckett, pero en cuanto abrió la boca el parecido terminó. Un típico francés psicorrígido y pretencioso. Acabó diciendo que India era la reserva espiritual del mundo y que él venía aquí a buscar lo que no tenía en Francia. “La modernidad y el siglo XXI están en Japón y en California, eso aquí no me interesa”. El viajero que busca la postal étnica, el que se enfurece cuando llega a Asia y comprueba que la gente ya no usa sampanes ni viste faldellines. Es que para ver personas en jeans y con seguro médico y hablando por Blackberrys, pues para eso me quedó en París. Si ce pour cela je reste à Paris! Conozco bien a esos europeos adoradores de lo étnico. El mundo en desarrollo es un zoológico donde les gusta ver especies raras. Lo único potable que dijo Germain-Thomas fue una cita de Mozart para la cual pidió silencio y máxima atención: “Componer es reunir notas que aman estar juntas”. Muchos en la sala se lo agradecimos.

El otro en la mesa era William Dalrymple, autor de best sellers indios, incluido The city of Djins. Fue el personaje más estrambótico. Vestía kurta negra, sandalias y un shall al hombro. Al sentarse se descalzó y cruzó la pierna, regalándole al público un primer plano de sus asquerosos y sucios pies. Es el tipo de persona que solo puede hablar riéndose. Creo que es un rasgo de timidez. Me pareció un imbécil. Tal vez un imbécil con talento, eso sí. Contó que en una ocasión, en el siglo XIX, un escocés había muerto en Calcuta y fue repatriado en barco. Por razones higiénicas el ataúd en el que iba el cadáver se llenó de whisky, pero los marineros lo olieron y empezaron a abrirle hoyos para beber hasta emborracharse. Aseguró que la historia era cierta y volvió a reírse. No paró de reírse de sus propias anécdotas ante el silencio de la sala, pero al menos contó algo y se negó a hacer una teoría sobre la India. Tampoco quiso enseñarle a los indios cómo debían vivir, que es lo que, de algún modo y de forma muy natural, hicieron los franceses, que son los que saben cómo deben vivir los demás, por lejos que hayan nacido. En el fondo Dalrymple me cayó simpático. Un tipo inseguro. Se le notaba a leguas que no quería estar ahí.

Luego me quedé pensando: es fácil criticar a los demás, pero ¿y yo? Esto me llevó a preguntarme sobre la naturaleza de lo que quiero escribir, es decir, de esto que estamos leyendo ahora, ¿vale la pena? Por supuesto que mis modelos literarios cuando se trata de viajes son Paul Theroux y V.S. Naipaul. Lo que haré no será escribir sobre la India sino escribir en la India. Creo que es algo diferente. Incluso podría decir también, aunque suene a crónica periodística, escribir desde la India.

Hablo de este tema con mi amigo Aparajit Chattophadhyay, profesor de literatura y lengua española en la Universidad Nehru. Le cuento lo que dijeron los escritores franceses y él se ríe, “ellos nunca entenderán nada, no saben cosas esenciales, como que el 70 por ciento de la población de este país, la India profunda y rural, jamás ha escuchado mencionar la palabra reencarnación, y si la escucharan no sabrían qué significa”, y agrega, “para los europeos todo lo que pasa en la India es consecuencia de la reencarnación”. Le hablo de mi libro y me dice: “Por favor, ¡no narres una boda!”. Nos reímos. Es lo más típico, lo que más llama la atención de los extranjeros, y es que de verdad son estrafalarias. Pero después de Un buen partido, la genial novela de Vikram Seth, ya no vale la pena.

Bien, con lo anterior he querido mostrarles algunas de mis ideas sobre la estética de la escritura, y por supuesto mi propia experiencia. Como escritor de ficciones, pero también como escritor de narrativa de viajes, en el caso último de la India; ¿me he contradicho en uno o varios puntos? Es posible. Responderé lo que respondía Walt Withman: “Soy amplio, contengo multitudes”. Pero esto es solo una verdad poética, pues no contengo multitud distinta a esa galería de voces que mis lecturas, mi experiencia y mi imaginación traen a mi mesa cada vez que me siento a trabajar, no sin antes repetir en voz alta la siguiente plegaria:

Prometo querer narrarlo todo y contra toda esperanza.
Prometo ser sincero en la verdad y en la mentira, y prometo contradecirme.
Prometo no ser tan “versátil” como algunos editores quisieran.
Prometo no ser nunca un escritor sin escritura.
Prometo reescribir, tachar, borrar y maldecir hasta quedar sin aliento.
Prometo todo esto, Señor, en nombre de tantos autores caídos en el campo de batalla de la página en blanco.
Prometo también algo muy sencillo.
Repetir cada mañana esta plegaria:
“Señor, no soy ávido,
solo te pido 500 palabras”.

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