Matices

El crítico G. Caín desapareció del mapa sin poder decidirse y se murió en olor de duda, según el escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, el inventor del seudónimo con el que firmó comentarios, ensayos y críticas en dos revistas de La Habana, antes y después de la revolución: desde 1954 a 1960 en Carteles y en Revolución, precisamente, en 1959 y 1960.

Cabrera Infante recopiló los artículos en el libro Un oficio del siglo XX y rápidamente le proporcionó epitafio, ya que si vio nacer al crítico, bien podía verlo morir. El caso es que G. Caín partió a navegar por otros mares de locura, según la frase que el escritor tomó de una canción de su admirado Lucho Gatica, un intérprete al que definió como el Séneca de los pobres.

Ese viejo crítico, entonces, se llamó Caín, lo que no deja de ser: el primer nombre malo, príncipe de los impíos, desleal probablemente, seguro que maletero, ignorante en el fondo y un arrogante de la superficie.

Este tipo de gente no cambia de opinión. Además, no es claro que alguna vez la haya tenido. Y si lo hace, sólo él se percataría y probablemente estaría mintiendo: antes y ahora.

Es que su deporte predilecto es andar por las ramas, que en rigor es su oficio: criticar películas. Algo que no es triste, pero tampoco fiesta. Por eso ánimo de pirquinero, moral de picapleitos y sueños de picaflor. A alguien así se le lee (poco), se le quiere (también poco) y jamás se le cree (nunca-nunca).

Carece de visión totalizadora, cuando hila fino se enreda, perdió su dinero gastando pólvora en gallinazos y no entiende el concepto del tiempo, tampoco el del espacio y menos las dos cosas juntas. En el fondo carece de autocrítica y esto no es por malo, es por rudimentario y porque ha visto mucho, pero todas han sido películas. Esa es su desgracia y son sus límites, cada día y película tienen su afán y por eso desconoce la grandeza. El horizonte está en el telón. Es decir, una película, y que vayan pasando del mismo modo: de a una y una por una. Al tacto.

Por ponerlo en otra dimensión: la idea de Dios lo supera, pero se la puede con el rosario, aunque sea de garbanzos, que es otra forma de pasarse la película.

En resumen: no sería Caín si se arrepiente de algo, porque al crítico no lo matan sus aciertos ni errores, lo matan las películas que son demasiadas y que nunca podrá terminar de ver y menos criticar. Es la vieja frase irlandesa que tenía John F. Kennedy en su escritorio: qué pequeña es mi barca y qué grande el océano.

El veterano Alfonso Sánchez, el crítico de Televisión Española en los años 70, en sus meses finales ya ni criticaba y más bien tosía. Era un tipo de convulsión a la que se entra, pero no se sabe cuándo se sale, porque parece que se ha ido, pero no se va y ahí está.

Sánchez iba siempre al Festival de Cannes y veía muchísimo, pero un poco de todo, porque si la película era mala a los cinco minutos ya tosía y si era buena el acceso venía a la hora. Si era obra maestra no tosía. Y desde El verdugo (1963) de Luis García Berlanga estaba así: tose que tose.
Más que sus críticas se recuerda su tos. A la mayoría de los críticos, en cambio, no se los recuerda por nada.

En la guía de teléfonos de Nueva York de 1983 aparecían dos Andrew Sarris. Uno era el famoso crítico del Village Voice y luego de The New York Observer, y en principio una voz que atiende y escucha la introducción en un inglés aprendido en instituto binacional, y luego solicita una versión de lo mismo pero en español, porque no había entendido casi nada.

Un Andrew Sarris cubano escucha y responde en el mismo idioma y con cierto hastío y cansancio: “No es acá, llame al teléfono que sale abajo, porque el crítico no soy yo: el crítico es el otro”.

El hombre de al lado, ese muerto con olor a duda, el que canta con Lucho Gatica, el que tose y no para de toser, el que llamó preguntando por Andrew Sarris, pero no el cubano que respondió y desde luego Andrew Sarris que ahora está jugando tenis y esa película, ya antigua, Malone (1987) de Harley Cokliss, cuál fue tu opinión: “Mala”. Ya, pero cuál sería la actual, después de casi 20 años, en otro contexto y circunstancias: Malone. Hay un matiz.

Antonio Martínez es crítico de cine del suplemento “Wikén”de El Mercurio.

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