Reseñas

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Marta Brunet en una edición «arrebatá»

Ignacio Álvarez

La aparición de este primer tomo de la Obra narrativa de Marta Brunet, dedicado a sus novelas, es una noticia de la mayor importancia. Por Brunet, por las obras publicadas, por el modo en que se decidió editarlas, en fin, por unas razones que podemos llamar literarias y por otras que tienen más que ver con el contexto en el que este libro aparece.

Se trata de un volumen grande que tira a enorme, y en él podemos encontrar lo siguiente: una magnífica introducción de Lorena Amaro, que sitúa con mucha claridad la obra de Brunet en la historia de la literatura chilena; las ocho novelas de Brunet en edición crítica, un dossier con estudios monográficos a cargo de Kemy Oyarzún y Grínor Rojo, una cronología y una completa bibliografía de las obras de Brunet y de los estudios que se han escrito sobre ella.

Los anexos, las introducciones, incluso las fotografías (escogidas con cuidado y que van puntuando la lectura desde la misma cubierta), son los rasgos que más llaman la atención en una primera mirada. Lo más importante, sin embargo, es un dato menos visible. Se trata de una edición crítica, y eso quiere decir que presenta un texto fiable que reproduce el estado en el que, hasta donde es dable suponer, el autor quiso que leyéramos su obra. El trabajo que toma llegar a ese tipo de texto es enorme. Hay que conseguir los manuscritos, si los hay, y leer todas las ediciones en las que el autor participó. Luego hay que comparar todas esas versiones palabra a palabra, anotar las variantes y escoger la mejor versión, la que corresponde a esa hipotética intención autorial última. Como se ve, es un trabajo minucioso, arduo y paciente. Se sale de él, como le pasa a Natalia Cisterna, convertido en un experto en el autor editado.

Anoto algunos datos que uno aprende apropósito de este trabajo. De las ocho novelas aquí publicadas, cuatro (Amasijo, Bestia dañina, Bienvenido y María Rosa, flor del Quillén) no se habían reeditado desde los años sesenta. Eso quiere decir que la imagen de Brunet que nos hemos formado –si es que tenemos alguna– surge de una lectura parcial de sus obras, las que privilegian el tema campesino y su tratamiento criollista: Montaña adentro, sobre todo. Han quedado fuera de nuestro radar, por ejemplo, la espléndida Amasijo, que transcurre en Santiago y que toca la identidad homosexual. Kemy Oyarzún, de hecho, propone que leamos Amasijo como parte de una genealogía en la que está, hacia el pasado, Pasión y muerte del cura Deusto, de Augusto d’Halmar, y hacia el futuro, El lugar sin límites, de José Donoso.

Otra curiosidad. La edición crítica de Montaña adentro que aquí se imprime integra el trabajo de Mario Ferreccio, un conocido filólogo chileno fallecido en 2008. Ferreccio obtuvo de un vendedor de libros usados un cuaderno con el manuscrito de la novela, fechado en 1922, y se dedicó a cotejarlo con sus ediciones y anotar sus variantes. Cuando se supo, hace ya varios años,que Natalia Cisterna trabajaba en este libro, el nieto del profesor puso a su disposición el trabajo adelantado por el abuelo. Un acto generoso, una curiosa transmisión.

Del dossier crítico puede sacarse en limpio que la supuesta adscripción criollista de las novelas de Brunet es discutible, y que sus mujeres «arrebatás» están siempre dando la pelea y saliéndose de los marcos en los que deben vivir (y que les aprietan por todos lados, además). Cata, por ejemplo, la joven protagonista de Montaña adentro, no es ni una madre ni una virgen al estilo de las identidades femeninas tradicionales en Chile. Es una joven deseante y animosa a quien, en el ejercicio de su libertad y su deseo, le cae la «fatalidá» de un hijo y la bendición de un nuevo amor. La anotación del texto, que aclara expresiones propias del campo, difíciles o en desuso, permite saltar la barrera formal, la que nos impide ver en Cata algo más que una «china», y abrir estas nuevas perspectivas.

Con todo, el lugar en el que quedan las novelas de tema campesino en esta edición es bastante provocador. El criollismo, sabemos, es una construcción citadina y masculina que representa desde fuera y desde arriba al campesino y a la mujer. ¿Cómo leer entonces el uso que hace Marta Brunet de su sistema de referencias? Es una excluida que habla sobre otros excluidos, y lo hace utilizando el idioma dominante. Marta Brunet como eximia estratega, como experta lingüista que usa las palabras del otro para salirse con la suya.

La publicación de este primer tomo de la Obra narrativa de Marta Brunet es, en suma, un desafío genuinamente editorial y universitario. Ysu valor puede describirse usando un par de adjetivos que casi nunca se aplican a los trabajos académicos sobre literatura: es un libro relevantey sustancial.

Marta Brunet. Obra narrativa. Novelas. Tomo I. Edición crítica de Natalia Cisterna. Santiago,Ediciones Universidad Alberto Hurtado-Universidad de Chile, 2014, 956 páginas.


La musika de orijín

Alejandra Costamagna

«¿Todos los abuelos de la tierra hablarán con esos giros tan extraños?», se pregunta Myriam Moscona, poeta y traductora mexicana de familia búlgara sefardí, al inicio de Tela de sevoya. Y la respuesta es no. Esos prodigiosos giros del habla que la escritora reproduce en su primera novela no pertenecen a todos los abuelos, sino solo a aquellos que hablan ladino (también llamado djudezmospanyolito judeo-español), la lengua usada en el destierro por los judíos que fueron expulsados de España en 1492. Una suerte de «infancia del español», como grafica Moscona, que hoy practican solo trescientos mil hablantes, casi todos ancianos. Casi todos aedados, habría que decir si seguimos el léxico de este castellano antiguo, altamente oral, que conserva sus matices arcaicos pero se enriquece y va experimentando cambios a través del contacto con los lugares de la diáspora.

No todos los abuelos le llaman chikeza la infancia, manseveza la juventud, mentirozima los mentirosos, lampa de trafikal semáforo o apretamiento de korasona la angustia. Los abuelos y los padres de Moscona, que llegaron de Bulgaria a México a comienzos de los años cincuenta del siglo veinte, ocupaban con naturalidad esos y otros términos. Al escribir no usaban la W ni la C, excepto para los nombres propios. La Y solo era consonante y nunca correspondía a una conjunción. Y evitaban los acentos, a menos que la palabra causara confusión o quisieran enfatizar un sonido particular. Ellos seguían las normas implícitas y los criterios ortográficos, a veces arbitrarios, de una lengua que se iba nutriendo de expresiones, voces y giros verbales mixtos. Alimentaban una tradición híbrida, el habla de una tribu en constante movimiento. Pero la genealogía fue interrumpida al morir la parentela del origen. Y esa fue la huella que se propuso rastrear Moscona en este libro fronterizo, donde entreteje las formas de la novela con las del ensayo, la poesía, la crónica y la entrevista para indagar en una memoria múltiple: la de una lengua en peligro de extinción, la de un pueblo desterrado, la de una familia de emigrantes, la de una hija inquieta, la de alguien que ha decidido hablar con sus muertos.

«Me propongo ir en busca de los últimos judíos que aún hablan ladino, escuchar sus inflexiones, registrar sus voces», apunta la escritora en su diario de viaje a Bulgaria en 2006, sesenta años después de la salida de sus padres de los Balcanes. Ella quiere –necesita– conocer la casa de su madre en Sofía y la ciudad montañosa donde nació su padre, Plovdiv. En clave rulfiana, apunta que ha venido hasta la tierra de sus ancestros «porque me dijeron que aquí podría descubrir la forma de atar los cabos sueltos». Pero, más que atar cabos, lo que hace Moscona es atesorar un material de diversos registros y tesituras que agrupa en seis secciones intercaladas: en «Distancia de foco» aborda la infancia y la memoria familiar; en «Molino de viento» reúne sueños o relatos fantasiosos de otros mundos; en «Pisapapeles» reflexiona en un tono de corte ensayístico sobre la historia del ladino; en «Del diario de viaje» reproduce los apuntes de sus días en Bulgaria, y en «La cuarta pared» y «Kantikas» intercala versos, refranes, cartas y fragmentos de diarios apócrifos, escritos en judeo-español. Lo que resulta no es, naturalmente, una novela de corte tradicional. Y esa es otra de las fronteras que Moscona traspasa con sobrada virtud.

«El meoyo del ombre es una telika de sevoya», dice el tío Salomón, uno de los personajes recreados en estas páginas. Lo sigue la tía Ema: «Solos, solitikos komo perros vamos todos a kedar en el payis de los grandes silensios».Y luego otra voz: «El djudezmo es komo un iliko de seda ke nos ata injuntos». Y otra más: «Konservamos kozas espanyolas ke vozotros ya tenesh olvidadas i pedridas. Podemos darvoshpedasikos del pasado en el presente». Myriam Moscona parece decirnos todo el tiempo que la existencia es una tela fragilísima. Tan frágil y tan persistente, sin embargo, como el sonido de esta lengua de quinientos años, que ha sobrevivido por treinta generaciones e infinitos desplazamientos. Escuchar esa voz, no dejar que se pierda, acariciarla como un mantra. Eso viene a proponernos, en definitiva, la escritora mexicana en este bellísimo libro: «dezir las kosas kon su musika de orijín».

Myriam Moscona. Tela de sevoya.  Ciudad de México, Random House Mondadori, 2012, 292 páginas.

Una biografía alimentaria

Rodrigo Olavarría

Es en medio de booms gastronómicos y revivalismos patrioteros cargados al comino que Catalonia publica La mano de Marguerite Yourcenar, un libro interesantísimo. Se trata de un rescate de las recetas conservadas en los archivos de la escritora en la Biblioteca Houghton de la Universidad de Harvard. Este recetario,cargado a los dulces y a las masas, es reflejo de la convicción vegetariana de su compiladora, una convicción militante que se fue forjando desde su niñez, se desarrolló durante su primera adultez en las costas de Italia y Grecia, y se consolidó al asentarse en Estados Unidos junto a su pareja, la estadounidense Grace Frick.

El recetario es precedido por dos textos, uno de la académica francesa Michèle Sarde y otro de la antropóloga chilena Sonia Montecino. El primeroes un ensayo iluminador que nos introduce en los aspectos biográficos que determinaron los ritos alimentarios de Marguerite Yourcenar, su rechazo de los rígidos modales que su abuela exigía en la mesa y su gusto por compartir la comida en la cocina junto a la servidumbre del castillo de su infancia, la admiración por su padre y la emulación de sus espartanos modos en la mesa, modales que aparecerían, mezclados con la ideología de la escritora, en Memorias de Adriano. Fue en la infancia de Yourcenar, según Sarde, que esta heredó de su padre un desprecio por la glotonería, la disciplina en el comer y la predilección por la comida sencilla y natural.

La biografía alimentaria de Yourcenar es también la historia de su rebeldía ante una concepción vital anclada en la alta cultura, lo aristocrático y lo elitista; una rebelión que ya en la infancia la llevaría a rechazar las carnes rojas, sobre todo aquellas obtenidas mediante la caza; a adoptar una vida con una pareja del mismo sexo y a radicarse en Estados Unidos, donde desarrolló una conciencia sobre la importancia del origen de los alimentos. Esa conciencia la llevaría a convertirse en benefactora de numerosos grupos animalistas y en miembro de la Home makers Association, agrupación que proponía la vigilancia de la producción de los alimentos como parte de la defensa de los derechos humanos. Sarde insiste en el carácter biográfico de este recetario al señalar que Yourcenar se alimenta como una expatriada, es decir, reuniendo en su dieta platos, bollos y dulces provenientes de los lugares que habitó y de las admirables tradiciones gastronómicas griega, italiana, sueca y rusa.

Para complementar este ensayo, Sarde incluye el testimonio de Joan Howard sobre los menús ofrecidos por la autora algunos años tras la muerte de Grace Frick. Por mencionar algunos, el 28 de junio de 1983: espinacas con champiñones, ensalada de tomates, papas estofadas, puré de palta con ajo y cebolla, cerezas y duraznos frescos. Y al día siguiente: pan sirio relleno de chalotas, rabanitos, miga de pan mezclada con sardinas y crema ácida. Como postre, duraznos, cerezas y fresas acompañadas de una copa de vino blanco, que Yourcenar diluía con agua.

En 1980 Yourcenar se declaró vegetariana en un 95%, ya que comía pescado, mariscos, muy ocasionalmente pollo y, más que excepcionalmente, langosta. Así, pues, su alimentación puede compararse con la de su emperador Adriano, en boca de quien pone las siguientes palabras: «Comer demasiado es un vicio romano, pero yo fui sobrio con voluptuosidad».

El ensayo de Sonia Montecino identifica la dedicación de Yourcenar por la cocina y su cuaderno de recetas con aquella de Georges Sand, Jane Austen, Emilia Pardo Bazán y sor Juana Inés de la Cruz, autoras de entre cuyos papeles póstumos se han recuperado recetarios. Montecino expone con una cursilería conceptual que se vuelve cansadora tras la lectura del ensayo que la precede, y su prosa se convierte en evidencia de que escribir de manera llana es más difícil que llenar páginas describiendo un cuaderno de recetas como «un conjunto textual en el cual confluyen múltiples grafías».

Tras este ensayo se nos presenta el recetario, que incluye salsas, platos de queso, panes, pannettones, muffins, dulces suecos, postres y bebidas, en total treintaicinco recetas que dan cuenta del trayecto biográfico de Marguerite Yourcenar. Páginas a las cuales se suma una especie de glosario que contextualiza el origen de cada una de las preparaciones favoritas de la autora.

La mano de Marguerite Yourcenar es mucho más que el libro de recetas de una escritora; es un manifiesto sutil que aboga por una alimentación consciente y nos llama a preguntarnos en qué condiciones viven quienes recogieron los frutos que comemos, a cuestionarnos el trato indigno que reciben vacas y gallinas, a no beber café sin pensar en Brasil y a no consumir azúcar sin pensar en Cuba.

Sonia Montecino y Michèle Sarde, comps. La mano de Marguerite Yourcenar. Cocina, escritura y biografía. Cuaderno de recetas (1950-1987). Santiago, Catalonia, 2014.

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