Maestro pájaro

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La escena es la siguiente:

Estoy con amigos de visita, hay un niño de dos años y toda la revolución que eso causa; hay niñas extra; hay el tráfago cotidiano de trabajo, cosas de la casa, etcéteras varios.

Si mal no recuerdo estamos almorzando, y llega mi hija menor del colegio.

Pero no llega sola.

Trae en la mano una caja improvisada y cara del gato de Shrek.

Es un animal, lo sé. Pienso, un perro/un gato…, un cacho, en suma. Yo soy de las que adoptan para siempre, no de las que cuando los bichos crecen los voy a tirar al descampado. Soy de las que se cambia de casa considerando la necesidad de los animales también: si tengo perro no me voy a una casa sin patio y regalo el perro. Si tomo el compromiso, es de por vida. Veo la caja y calculo unos quince años de matrimonio con el perrogato, o buscarle un dueño de buena familia con buenos antecedentes que lo quiera; tampoco se lo voy a regalar a cualquier persona. Yo creo que quizás ya he perdido hasta un par de amigos intentando enchufar los animales que se manifiestan en mi patio. Sí, se manifiestan. Es un caso de estudio para la ciencia, a ver si reconsideran la generación espontánea.

Volvamos a la escena: se me acerca, me muestra la caja.

Es peor de lo que pensaba. Adentro hay un pollo que morfológicamente es más una jalea; tiene un par de plumas en las alas y el resto es rosado. Proporcionalmente es una má- quina de «denme comida».

Mi hija:

«Porfiyolocuidoporfiporfi».

Yo solo pienso: «Es muy chico/se va a morir/nunca he tenido pájaros».

«Se va a morir» viene con drama, porque acá cuando se muere un bicho lloramos todos.

Pero quién soy yo para decirle que no. Hace unos años metí al auto un conejito herido que estaba en mitad del camino. Era enano. Hice mil cosas. Recién cuando volví a la casa recordé que había un conejo dentro del auto. Él fue uno de los que lloramos. Duró muy poco. En fin.

Me tuve que capacitar. No sabía nada de pájaros. Me orientó un maravilloso ilustrador que ha criado todo lo que la naturaleza ha creado, o casi.

Era un zorzal. Llegó llamándose Bob (impresentable) y a poco andar se llamó Pi. Así quedó: Pi.

Pi no solo no se murió, sino que creció, sano y hambriento; le salieron plumas, se convirtió en un adolescente pájaro y, sin saber mucho cómo, un día yo estaba enamorada de un pájaro.

Es así, no tengo otra palabra. Si el amor es pensar constantemente en el otro, sonreír cuando lo recordamos, querer estar con él, sentir el corazón en la boca cuando oímos su voz, querer volver luego a casa para verlo, sí, yo me enamoré de Pi. Es un tipo de amor, claro está, no estoy hablando de amores divinos ni filiales, estoy hablando del amor humano, el más concreto.

Salió de su caja, Pi, y tuvo pieza propia.

Y yo fui testigo y parte de la intimidad de un pájaro. Sumida en el asombro, supe cosas que jamás habría imaginado: que cabecean, como tú y yo, cuando se están quedando dormidos. Que se arrullan para dormir, con un canto que no se parece a ningún otro canto. Que tienen cantos distintos para cosas distintas. Y que ese mono animado con un huevo que se rompe y el pollo que le dice «mamá» a lo primero que ve es fiel a la vida. Los pájaros se improntan. Lo aprendí en la escuela, estudiando vertebrados, pero lo aprendí de nuevo en el cuerpo siendo madre de Pi.

Pi me sentía acercarme y se tiraba contra la puerta. Apenas entraba, volaba encima de mí. Se dormía en mi mano, se secaba de su baño en mi cabeza y, cuando tenía que irme, no me dejaba salir.

A veces lo encontraba mirando nostálgico hacia fuera de la ventana. Entonces sabía, aunque no me gustara.

Mi guía criapájaros me decía «no estés mucho con él, para que no se impronte y pueda tener una vida normal».

Yo miraba pasar las horas en el reloj y anhelaba ese contacto sutil, porque no hay nada más sutil que la vida íntima de un pájaro.

Le enseñé a comer y aprendí que los zorzales escuchan la comida. Se paran muy atentos y apuntan «la oreja» hacia el suelo. Ahí donde escuchan movimiento, picotean. También aprendí que picotean al lote, para saber qué se come y qué no, y que esos picoteos duelen.

Pero lo que más duele de los Pi es cuando, asustados por el cambio de entorno, vuelan hacia arriba y encuentran el único hoyito que quedó entre dos grandes pedazos de malla de kiwi, cosidos a mano por horas, para acondicionar un hogar intermedio en el jardín. Y así como estuvo tan estando, de pronto ya no está.

Los días que siguieron yo era la mujer que sale al patio a llamar a un pájaro. A hacer el pitido con el que le daba de comer. A decir bajito «Piiiii». A ver todos los zorzales del universo.

Leemos tantas cosas sobre cómo criar a los hijos, y tan pocas sobre cómo dejarlos partir.

Yo tuve un maestro pájaro, que me enseñó que el pecho orgulloso de ver partir volando a una criatura que hemos criado también es el pecho lloroso del dolor de la despedida. Que me enseñó que no hay nada más generoso que hacer algo por alguien que nunca podrá pagarte. Hacerlo por hacerlo, por compasión, por amor.

Por la aventura de la vida Que es así, leve.

Como el aleteo de un pájaro que se aleja.

Andrea Maturana es escritora. Ha publicado entre otros títulos El daño y La vida sin Santi.

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