Los pasteles envenenados

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Cuando era muy pequeño soñaba con frecuencia que Padre me agarraba repentinamente de una pierna mientras yo intentaba escapar de él. Una vez atrapado, comenzaba a soplarme el dedo gordo con tanta fuerza que me hinchaba y me hinchaba como un enorme globo gigante rosado hasta flotar sobre su cabeza. Pronto reventaba con un estallido, y desde algún lugar de mi interior una moneda caía sobre el pavimento, causando un agudo tintineo que me despertaba. Entonces, sentado en mi cama, lloraba y con el corazón palpitando en mi pecho observaba la oscuridad de nuestra pequeña habitación. Pasado un momento, los pliegues de la cama de mi hermana se iban separando, y en medio del silencio, sentía el movimiento de su sutil respiración. Luego saltaba desde mis sábanas, y todavía llorando me deslizaba al lado de Melissa, abrazándola y sintiendo el calor de su cuerpo. Ahí me callaba, durmiéndome casi al instante.

Los días que sucedieron a este sueño recurrente hice todo lo posible para evitar a Padre. Pero si me lo topaba no me atrevía a escapar de él, ni a mirarlo a los ojos cuando me daba una palmadita en la cabeza. Mi cara quedaba a la altura de sus enormes manos. Me costaba retirar la vista de sus venas y sus poderosos huesos. Era doctor, por lo que normalmente olía a formaldehído. Escapaba tan pronto podía, y ya fuera de su vista corría hacia la parte más recóndita del patio, donde intentaba olvidar esos pelos cobrizos que hacían de la corpulencia de sus manos algo terrorífico, junto con ese olor que siempre parecía tener adherido. Recuerdo claramente cómo dejé de temerle y cuándo se acabaron los sueños.

Creo que tenía seis años. Vivíamos con la abuela en una casa amplia de un piso, en un sector antiguo de la ciudad. La fachada era de una piedra verde grisácea y quedaba cerca de un parque, en una silenciosa calle con tilos que crecían

Cuando era muy pequeño soñaba con frecuencia que Padre me agarraba repentinamente de una pierna mientras yo intentaba escapar de él. Una vez atrapado, comenzaba a soplarme el dedo gordo con tanta fuerza que me hinchaba y me hinchaba como un enorme globo gigante rosado hasta flotar sobre su cabeza. Pronto reventaba con un estallido, y desde algún lugar de mi interior una moneda caía sobre el pavimento, causando un agudo tintineo que me despertaba. Entonces, sentado en mi cama, lloraba y con el corazón palpitando en mi pecho observaba la oscuridad de nuestra pequeña habitación. Pasado un momento, los pliegues de la cama de mi hermana se iban separando, y en medio del silencio, sentía el movimiento de su sutil respiración. Luego saltaba desde mis sábanas, y todavía llorando me deslizaba al lado de Melissa, abrazándola y sintiendo el calor de su cuerpo. Ahí me callaba, durmiéndome casi al instante.

Los días que sucedieron a este sueño recurrente hice todo lo posible para evitar a Padre. Pero si me lo topaba no me atrevía a escapar de él, ni a mirarlo a los ojos cuando me daba una palmadita en la cabeza. Mi cara quedaba a la altura de sus enormes manos. Me costaba retirar la vista de sus venas y sus poderosos huesos. Era doctor, por lo que normalmente olía a formaldehído. Escapaba tan pronto podía, y ya fuera de su vista corría hacia la parte más recóndita del patio, donde intentaba olvidar esos pelos cobrizos que hacían de la corpulencia de sus manos algo terrorífico, junto con ese olor que siempre parecía tener adherido. Recuerdo claramente cómo dejé de temerle y cuándo se acabaron los sueños.

Creo que tenía seis años. Vivíamos con la abuela en una casa amplia de un piso, en un sector antiguo de la ciudad. La fachada era de una piedra verde grisácea y quedaba cerca de un parque, en una silenciosa calle con tilos que crecían por entre los hoyos de las veredas de baldosas.

Nada nos entretenía más a mi hermana y a mí que sentarnos junto a la ventana, en el salón, desde donde se podía ver la vida de la calle. Aquella ventana daba directamente a la vereda; si estirábamos las manos era posible tocar las cabezas de los transeúntes, y quedábamos levemente levantados por un balcón que tenía, en su barandilla, la forma de dos dragones besándose entremedio de hojas de parra y racimos de uva. Conocíamos a todos. Tres casas más abajo que la nuestra vivía un niño inválido que a menudo su madre o nana lo sacaba a dar una vuelta en silla de ruedas; era simpático y nos alegraba cuando paraba en nuestra ventana para intercambiar unas palabras, mientras tímidamente nos inclinábamos desde nuestro balcón. A finales de la primavera una de las sirvientas de la casa de enfrente sacó una escalera. La puso debajo de uno de los tilos y se encaramó en la oscuridad del follaje con una canasta en el brazo; permaneció ahí durante un tiempo y bajó con la canasta rebosante de fragantes flores, las cuales, al estar secas, se usarían como infusión invernal para los enfermos. De camino al parque, muchos niños pasaban debajo de nuestra ventana en sus bicicletas, seguidos por sus nanas, que los llamaban en caso de que se fueran muy lejos o cruzaran la calle sin detenerse a mirar que no viniera algún vehículo. Rara vez nos sacaban al parque: nuestra nana era vieja y gorda, y nunca nos llevó a caminar con el pretexto de juntarse con un amante porque no tenía ninguno. No es que quisiéramos realmente salir; éramos felices mirando desde nuestro bastión, y mientras yo me entretenía recortando imágenes de revistas viejas o dibujando bigotes y anteojos sobre las ilustraciones, Melissa cantaba suavemente a la vez que se pasaba el peine por su largo y lacio pelo, el cual brillaba con los medallones de luz cambiante que caían sobre el follaje. A veces se amarraba un lazo rosado en el cabello, como Alicia en el País de las Maravillas: ella era dos años mayor que yo y por lo tanto sabía mucho más acerca del mundo.

Era una tarde de primavera: lo recuerdo vívidamente. Estábamos sentados en nuestros lugares, y la nana nos había dejado con la clásica súplica de que nos portáramos bien. Melissa miró la casa de enfrente, y me dijo:
–Mira, los Duval están cambiando las cortinas del salón. Las nuevas son azules. Me gustan mucho más que las antiguas, ¿y a ti?
Ni siquiera desvié la vista de lo que estaba haciendo. Tampoco respondí. De hacerlo, sabía que ella me hablaría a mí en vez de hablarse a sí misma, y yo prefería seguir en silencio.

Debe haber sido un martes o viernes, porque esos eran los días que Padre tenía consulta en la casa. Muchos pacientes pasaban por nuestra puerta. Escuchábamos el timbre en uno de los patios interiores y la criada, vestida de un blanco almidonado para la ocasión, abría la puerta con diligencia. Todo tipo de gente venía a ver a Padre, y nos enorgullecía especialmente cuando una señora hermosa o un caballero de traje llamaban a la puerta. A veces, cuando eran amigos de la familia, se detenían en la ventana antes de salir, para comentarnos lo mucho que habíamos crecido desde la última vez que nos vieron.

Esa es la razón por la que, en un inicio, aquella tarde apenas notamos la pequeña figura que se acercó a nuestra ventana. La miramos cuando ya estuvo cerca, listos con una sonrisa de saludo que se nos congeló al darnos cuenta de su peculiar apariencia. Era muy vieja, y muy pequeña, y obviamente muy pobre. Vestía ropa negra y bien cuidada, una falda que le llegaba hasta los tacones, y sobre su cabeza un chal negro y pesado del mismo material: en este, su arrugado rostro resaltaba, parecía como una pieza de marfil finamente tallada, inmóvil e imperturbable encima de una almohadilla de terciopelo oscuro. Sus igualmente avejentadas manos sostenían un paquete blanco que parecía estar vivo y respirando; de toda su apariencia era el único punto luminoso. Cuando se detuvo debajo de nuestra ventana, Melissa me dijo:

 –Qué mujer más extraña… Qué querrá… Nos llamó la atención su ropa, del tipo que ya casi nadie usaba, y también que llevara un chal negro sobre la cabeza en estos días ligeramente soleados. Yo me asusté un poco y continué con lo que hacía, pero Melissa se asomó al balcón, lista para que le preguntaran algo.

 –Buenos días, señorita –dijo la anciana con una voz que parecía una tos delicada.

 –¿Cómo le va? –respondió Melissa cortésmente, y agregó de inmediato–: ¿Qué desea? Somos los hijos del doctor y nos tienen prohibido hablar con extraños.

 –Supongo que tienen razón, señorita –dijo la anciana de negro, mientras desde nuestro lado del balcón Melissa se pasaba el peine por el pelo, que se le iba electrizando y esponjando. La anciana continuó–: He venido a ver a su padre, el doctor, que es tan amable, tan atento…

Una nota en su voz, como de otro tiempo, me hizo desviar la vista del castillo de naipes casi finalizado. Le sonreí desde donde estaba, como para anticiparme a las cosas feas que Melissa probablemente diría.

 –Sí, pero no la conocemos, y no podemos hablar con extraños –argumentó Melissa.

Me paré y me asomé por el balcón para observar a la delicada figura que aguardaba debajo de nosotros. Justo entonces, a través del enrejado, se coló una brisa y desmanteló mi castillo de naipes, dispersando sobre la vasta alfombra de la pieza los rectángulos rojos y azules. Me enfadé; me había tomado muchas molestias y era un castillo realmente hermoso. Le dije a la anciana:
 –Es verdad, no podemos hablar con extraños, especialmente si no están bien vestidos. Eso nos dijo nuestra nana.

Parecía como si se hubiera agregado una gota de crema en cada uno de sus iris oscuros.

 –Pero, señor –dijo–, su familia me conoce bien. Su madre, Dios la bendiga, no se enojaría, estoy segura. Soy la madre de Paul, tal vez lo recuerden. Fue conductor del coche de caballos y luego chofer. Murió. Ustedes apenas eran guaguas entonces.

Ella parecía segura de que esa conversación nos acercaría. Pero nosotros apenas habíamos escuchado el nombre Paul una o dos veces en las charlas de nuestros padres: el único atributo con que lo asociábamos era la edad, como si perteneciera a una época distante. Nos parecía increíble estar hablando con su madre ahora.

 –Usted debe ser muy vieja –dijo delicadamente Melissa–, de por lo menos cien años.

La madre de Paul rió sutilmente, y luego soltó un tosido casi inaudible. Melissa se echó para atrás con una mueca de disgusto; el otro día había preguntado sobre los microbios.

 –No todavía, señorita. No cien, aunque tampoco estoy tan lejos de ese número.

La miramos en silencio por un momento, esperando que nos dijera qué deseaba. Fantaseé con la idea de que era una bruja, pero parecía muy indefensa y triste. Repentinamente, como si hubiera tomado una decisión crucial, alzó sus desconsolados ojos y nos dijo:

 –Por favor…–se detuvo y comenzó a desenvolver con gran habilidad el pequeño paquete que sostenía. La miramos expectantes–. Señorita…–dijo, mostrándole a Melissa el contenido del paquete–, acá hay unos pasteles que le traje a su padre, un pequeño gesto…

Vimos cuatro pasteles redondos con un glaseado rosado, probablemente de los más baratos.

 –Es lo único que le pude traer. Su padre es tan buena persona, pero no los quiso.

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Le temblaron las retorcidas manos mientras sostenía los delicados pasteles sobre el papel. Melissa se asomó por encima del balcón hasta casi poder tocarlos.

 –¿De qué son? –preguntó con interés.

 –No lo sé –respondió la mujer–, pero se veían tan bien en la vitrina de la tienda, y quería agradecerle, aunque sé que nunca, nunca, podré pagarle por todo lo que ha hecho por mí

Le sonreí a la anciana porque los pasteles se veían muy bien, y porque era vieja y estaba marchita. En eso Melissa preguntó:

 –¿Por qué no los aceptó?

 –No lo sé, señorita, no lo sé.

Apenas podía escuchar lo que decía. Si se ponía a llorar, tal como me temía que iba a suceder, me avergonzaría y la tendría que odiar. Comencé a alejarme desde la silla de la ventana para evitar la agonía que sin duda traería la próxima escena.

 –Pero, por favor, por qué no los toman… No sé qué voy a hacer con ellos, son tan lindos, me sentiría tan mal si tuviera que botarlos…

 –Deben estar envenenados –dijo Melissa luego de reflexionar un instante–, de otra manera mi padre los hubiera aceptado. Él es doctor y sabe de eso.

La anciana era como un bulto de ropa y todo sobre ella parecía muerto; estaba parada, abstracta y quieta. Vi un mechón gris extraviado bajo su chal, moviéndose por el todavía apacible aire de la tarde, y me atreví a sonreír una vez más y decirle:

 –Yo quiero uno, no creo que estén envenenados. Su anciano rostro rejuveneció, y noté que sus mejillas y la punta de su gruesa nariz enrojecieron. Apenas tuvo tiempo de estirar las manos con los pasteles cuando Melissa la detuvo en seco, y me encaró:

 –Sabes que no deberías. Padre no los aceptó, así que no creo que nosotros debamos.

La cara de la madre de Paul perdió color y movilidad. Nos miró seria y silenciosamente. Entonces comenzó a envolver los pasteles con destreza y cuidado; con la cinta hizo un círculo y los enlazó. Recién en ese momento noté que le faltaba la mitad de un dedo. Sentí en mi espalda un escalofrío de repugnancia y aparté la vista. Al finalizar nos miró. No había expresión en su cara; sus ojos estaban completamente secos.

 –Creo que debería marcharme. Tal vez los acepten de vuelta en la tienda. Bueno, adiós, señorita, ha sido un gusto verla. Adiós, niño…

 –Adiós –dijo Melissa.

 –Adiós –dije yo.

 Nos sentamos y Melissa comenzó a tararear suavemente. Reparé en que se estaba poniendo gorda. Pronto el sol primaveral se iba a poner, y la luz ya no era lo suficientemente fuerte para hacer visibles las cosas en la sala de estar. Desde la calle de enfrente, los hijos de los Duval nos saludaron antes de entrar a su casa: apenas cabeceamos de vuelta. Había tenido suficiente con la construcción del castillo de naipes por esa tarde y decidí recortar de una revista la imagen de un caballo que me gustaba. Sin embargo, pronto la dejé de lado y observé los ángulos y rincones profundizarse, a la vez que la fachada del castillo se volvía más plana, y avanzaba hacia el sol en retirada.

Poco después, la nana entró para llevarnos a nuestra habitación y así poder lavarnos y cambiarnos. Ya que no había compañía y tampoco iban a salir, esa tarde cenaríamos con nuestros padres. Listos, y como siempre sucedía antes de la cena, tuvimos que darle el beso de buenas noches a la abuela. Ella rezaba el rosario en su cama, y su débil voz se mezclaba con los padrenuestros de las dos o tres criadas que generalmente la acompañaban arrodilladas en la pieza con abalorios en las manos. Abuela no dejó de rezar el rosario cuando nos acercamos en puntillas, y solo sonrió cuando besamos esa frente que parecía de papel delicado debajo de sus falsos rizos grisáceos: la piel, bajo el puente de la nariz, se le puso pálida y tirante por el esfuerzo que sonreír le implicaba. Su frente siempre estaba fresca y translúcida, y al inclinarme, en el momento del beso de buenas noches, quedé fascinado con el mapa de venas azules por las que aún parecía circular algo de sangre. Había estado muy enferma y por años postrada en cama. Pero en las mañanas de domingo, luego de celebrar una misa en una habitación amoblada para ese propósito, la trasladaban en silla de ruedas al rincón más soleado del primer patio, mientras el cura desayunaba copiosamente en el comedor. Ella esperaba que saliera para hablarle antes de despedirse. Durante esa espera, sonreía sutilmente a los sirvientes o a nosotros mientras avanzábamos en silencio, de vez en cuando tirando una migaja sobre las baldosas para que su casi despellejado perico la picoteara. Cada noche nos traían para besarla, y cada noche debíamos rezar el rosario con la servidumbre. Me hubiera gustado hablarle, pero no creo haberlo hecho en más de una o dos ocasiones.

De las habitaciones de abuela nos llevaban al comedor, donde nana nos dejaba en la puerta. Madre y Padre estaban en la mesa, y en dos de las sillas con respaldo alto había dos cojines grandes especialmente para nosotros. Desde las murallas, la enormidad de los muebles ensombrecía aun más el área de la pieza, ni siquiera el brillo de la lámpara de luz baja llegaba.

Esa tarde nuestros padres parecían bastante cansados, y aun más raro en ellos, no hablaban mucho. Después de besarlos, nos sentamos en nuestros sitios y comimos en silencio. De pronto Melissa preguntó:

 –Padre, ¿quién era esa señora?

Madre, que se encontraba a punto de decir algo a Padre, miró con sarcasmo a Melissa y la interrogó:

 –Qué pregunta más graciosa, querida. ¿Qué mujer?

 –Esa mujer rara con los pasteles envenenados. Padre iba a decir algo, pero no lo hizo. Le pusieron la carne humeante enfrente y él se paró para trozarla. Apenas podía verle la cara en la penumbra.

 –¿A quién se puede referir, Edward? –preguntó Madre, divertida–. Esto suena terriblemente siniestro.

 –No tengo idea –contestó Padre, ocupado con el cuchillo.

 –¿Qué dices, Melissa? Explícanos –apuró Madre, casi riendo–. ¿Qué es todo este sinsentido sobre una hermosa mujer con pasteles envenenados? Esas cosas no suceden así como así…

 –No era hermosa –respondió Melissa. Y, más bien enojada con Padre, ya que él negó entender lo que estaban hablando, le dijo–: Tú lo sabes, Padre. Esa anciana dijo que los había traído para ti, pero que no los aceptaste porque estaban envenenados.

 –No dije nada parecido, Melissa –afirmó Padre, y se enrojeció tan profundamente que incluso en la penumbra se hizo evidente. Se concentró todavía más en cortar la carne, a la vez que el pelo rojo en la parte de atrás de su mano se erizó, me pareció, con más descarga que nunca–. ¿Y cómo es que sabes?

 –Entonces, había una mujer y unos pasteles–dijo Madre, echándose hacia atrás y luego riendo–. Quiero escuchar la historia entera. En serio, Edward, ¿de qué están hablando ustedes dos?

En ese momento Padre titubeó y dejó caer el cuchillo de carne. Se agachó para recogerlo, y al asomarse por debajo del mantel se le veía enrojecido y enfadado. Melissa, haciéndose la importante, le contaba a Madre la historia entera. Me las arreglé para quedar fuera del brillo de la lámpara con flecos verdes que colgaba del enorme candelabro. Mientras me inclinaba hacia la oscuridad, se me hizo imposible no mirar las manos de Padre; parecían flojas e incompetentes. El vello exterior ya no lucía como nítidas virutas de cobre sino como lacias fibras de seda.

 –¿Pero por qué, por qué los rechazaste, Edward? –dijo Madre–. No lo entiendo. Debes haber lastimado tanto a la pobre mujer.

 –Oh, no sé. Me imagino que fue algo tonto de mi parte, pero toda la situación era absurda, y de todas maneras no me habría sorprendido si tuviera tuberculosis.

Sabía que él mentía.

 –No seas así, Edward –se burló Madre–. Reconoce que tu gigantesco corazón se derretía de sensiblería, que esa simple muestra de gratitud te avergonzó y te tocó tan profundo que no supiste qué hacer.

 –No, no lo creo…

La conversación siguió de esa forma durante toda la cena; Padre defendiéndose, Madre burlándose y riendo, mientras Melissa tomaba parte activa de lo que se decía. Me recliné en la oscuridad y miré a Padre. Nunca más soñé con él.

La abuela murió el invierno siguiente y luego de vender la casa nos mudamos a los suburbios. La casa nueva tenía un amplio jardín a la entrada, y ventanales modernos con cactus en lugar de un asiento. Rara vez regreso a la parte vieja de la ciudad, aunque algunos amigos nos contaron que los Duval se mudaron poco después que nosotros, y que el espacio donde estaba nuestra ventana se demolió para convertirlo en una suerte de almacén.

Traducción de Antonio Díaz Oliva


* Publicado en inglés en MSS, revista de escritura creativa de la Universidad de Princeton, mayo de 1951.

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