Otros fines, otras puertas: 826 National y la literatura en comunidad

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En pleno Columbia Heights, el barrio latino de Washington DC, hay una plaza algo fea. De concreto, un triángulo poco agraciado en medio de edificios, restaurantes y supermercados, hace convivir al Pollo Campero con una tienda de yogur helado y un banco. Eso y un curioso establecimiento, algo oscuro, con un letrero que anuncia The Museum of Unnatural History. Entrar en él no hace más que aumentar las preguntas: en lugar de una exhibición (con sus muchas prohibiciones de no tocar o no sacar fotografías) encontramos un esqueleto enorme, algunos animales disecados (pájaros, un oso) y muchos y muy peculiares materiales a la venta: pósters con consignas como Luck favors the weird, frascos de cristal con «lágrimas de unicornio», libretas y gorros de explorador. Un acuario enorme con una iguana que se llama Álvarez y que se la pasa durmiendo, postales de colores brillantes que gritan That thing you are writing is awesome! En la trastienda, libros en estanterías, varias mesas, un pizarrón blanco. Muchas cajas con crayones y materiales de librería.

Es un lugar extraño y se pone más extraño. El museo es una de las sedes de 826 National, fundación creada por el escritor estadounidense Dave Eggers que busca incentivar la creatividad y la escritura en los niños, especialmente de aquellos que asisten a las escuelas públicas de los sectores menos privilegiados de siete ciudades de Estados Unidos hasta ahora. Las formas son muchas: talleres para armar libros ilustrados, talleres de escritura creativa los fines de semana, llevar actividades a los colegios, incluso apoyar a un niño-escritor en residencia cada semestre, que tiene así un espacio y una motivación para escribir. La idea es no perder de vista a los niños, ayudarlos en las tareas (826 ofrece tutorías gratis todos los días de 3 a 6 de la tarde para ayudar a los niños con sus tareas mientras los padres están en el trabajo), pero también, y sobre todo, abrirles los ojos al mundo de la escritura. Un mundo que muchas veces no se potencia y ni siquiera se insinúa en las actividades que los niños realizan diariamente en sus escuelas.

Eggers es todo un personaje. La persona más persuasiva que conozco. Eggers es del tipo de persona que te dice que te subas a un árbol a cantar y tú le haces todo un número musical coreografiado y terminas aplaudiendo de pie. Su energía es contagiosa e imposible, su entusiasmo y motivación también. Además de ser el autor de seis novelas (la última, The Circle, ha generado olas de admiración en Estados Unidos), director de la prestigiosa editorial McSweeney’s con sus valiosísimas publicaciones (libros, revistas, cedés), que ayudan a difundir a escritores jóvenes (en el último número, por ejemplo, traduce a escritores latinoamericanos como Valeria Luiselli),

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Eggers decidió un día que un escritor debía también involucrarse en la comunidad. Venía de una familia de educadores (su madre y su hermana son profesoras), escribía su primera novela (Ahora sabréis lo que es correr) y tenía mucho tiempo libre para pasearse por la ciudad. Muchos de sus amigos eran profesores y le contaban de sus dificultades en las escuelas públicas, de cómo les era imposible dedicar suficiente atención a los niños, cómo era muy difícil ayudarlos a escribir y leer cuando muchos de ellos no hablaban en inglés en sus casas.

Eggers se dio cuenta de que, así como él, había probablemente muchas personas creativas con tiempo libre. Por lo menos una hora a la semana. Gente que no sabía que esa hora libre bien invertida en un estudiante podía hacer toda la diferencia del mundo (Eggers afirma que una hora a la semana dedicada en exclusiva a un estudiante hará que este suba las notas un punto en un año). Su misión entonces fue hacer de puente entre el mundo de los escritores, periodistas y artistas y el de las escuelas públicas, sus profesores y estudiantes. Y así formó el primer 826 en San Francisco, 826 Valencia, por el número y la calle donde funcionaba también la revista McSweeney’s.

Eggers tenía a escritores allí trabajando, papel, lápices. Y quería abrir las puertas a los niños, estableciendo así el puente entre los dos mundos. El problema era cómo. Abrir un lugar como centro de escritura no iba a llamar la atención de nadie. Y así surgió uno de los rasgos característicos de esta fundación: cada una de sus sedes gira alrededor de un tema: la fábrica de los viajes en el tiempo en Los Angeles, materiales para superhéroes en Brooklyn, provisiones para piratas en San Francisco. En el caso de Washington, ciudad famosa por sus museos, el concepto fue la historia de lo no natural. Estas fachadas sí llamaron la atención y siguen llamando la atención de muchos niños (el 2013 pasaron cerca de tres mil por las distintas actividades de la institución, solo en Washington), quienes se acercan a curiosear y acaban por inscribirse en alguno de los talleres. Cada tema, además, tiene una línea de productos cuyas ventas ayudan a la fundación: poleras, tazones, bolsos, pero también curiosidades como un «frasco de oscuridad». Al poco tiempo de inaugurada la primera sede de 826 National, la gente compraba los curiosos implementos piratas para ayudar a esta iniciativa, y se entretenía mirando cómo, en la trastienda, los chicos trabajaban en las mismas mesas junto a los escritores de la revista McSweeney’su otros autores locales. Si tenían dudas sobre cómo terminar una historia o escribir una composición, allí estaban ellos para ayudarlos.

Eggers se dio cuenta de que, así como él, había probablemente muchas personas creativas con tiempo libre. Aunque fuera una hora a la semana. Gente que no sabía que esa hora libre bien invertida en un estudiante podía hacer toda la diferencia del mundo.

Una hora a la semana

La organización funciona con voluntarios (estudiantes universitarios, jóvenes que todavía no encuentran un trabajo, artistas independientes) que ayudan en la programación de actividades. El número de voluntarios llega a miles y es así porque la premisa es sencilla: si te sobra una hora, si puedes comprometer aunque sea una hora, aunque sea cada tres meses, eso ya es un aporte. Y el ritmo es acelerado. Lo genial es que 826 se esmera también en publicar los trabajos de los niños (muchos pueden incluso comprarse por Amazon) y hace de puente entre escritores consagrados y quienes tal vez empiezan a considerarlo. La consigna es writing, publishing, tutoring (escribir, publicar, dar tutorías) y el diálogo entre esos tres mundos es fascinante y también ha llamado la atención de autores de ámbitos diversos. Así, por ejemplo, Isabel Allende y Amy Tan hicieron antologías de los textos de algunos estudiantes de 826 National; Spike Jonze escribió el prólogo de otra colección a cargo de estudiantes de educación media de los colegios Benjamin Cardozo y Woodrow Wilson de Washington. Y, como comenta Eggers, los niños nunca se esmeran tanto como cuando saben que su libro va a ser publicado.

Otros escritores internacionales han encontrado maneras de colaborar: Neil Gaiman, por ejemplo, es ya uno de los benefactores de la institución. Una de sus últimas publicaciones, Unnatural Creatures, dona gran parte de sus ganancias al Museo de Historia No Natural. En la introducción del libro, que reúne cuentos sobre criaturas fantásticas donados por un conjunto de escritores y artistas, el autor celebra que hoy los niños tengan acceso a lugares como este, lugares donde se respeta su creatividad.

Yo conocí el proyecto por una de las conferencias ted hace unos años, en 2008 exactamente, luego peregriné a varias de las sedes y terminé asistiendo al evento anual de beneficiencia en Washington, bautizado do the write thing, en 2012. Allí el propio Eggers me pidió que hiciera talleres de escritura en español, porque la comunidad latina es numerosa en la zona donde se encuentra el museo, y no había nadie que hiciera actividades en ese idioma. Y si se acuerdan del comentario que hice más arriba sobre su energía persuasiva e imposible, no se extrañarán de que, aplaudiendo, le dijera que sí. Ya llevo dos años.El formato del evento, además, era interesante: en vez de que alguien entrevistara o presentara a Eggers, él se dedicó a entrevistar a Raswhanda Williams, la escritora en residencia de catorce años de 826 DC ese año, y no perdió ocasión de resaltar la importancia de «invertir» (con tiempo, en lecturas, en consejos) en jóvenes escritores en potencia de sectores no privilegiados o donde las escuelas no les ofrecen este apoyo. Poco antes había sido el turno de Raswhanda de presentar a Eggers en la Feria del Libro de Washington D.C., ante un público de lo más sorprendido.Gracias a este título de escritora en residencia, ella había ganado un espacio para desarrollar su creatividad, un lugar al cual ir a escribir varias veces por semana y donde un grupo de gente estaba preocupada por sus avances y la motivaba a seguir adelante. Así Raswhanda comenzó a verse a sí misma como una escritora profesional que podía –y perfectamente– presentar a un autor de renombre en un importante festival literario. Cuando la conocí y le dije que yo también escribía, su respuesta inmediata fue decirme qué días iba ella a escribir al museo, para que nos juntáramos a trabajar juntas. Actualmente Rashwanda termina de afinar los detalles de su primera obra de teatro, titulada Coconut Suitcase, que será presentada en Johanesburgo, Sudáfrica.Como dice Eggers, «muchos de estos chicos no saben lo inteligentes que son, lo creativos que son y cuántas historias tienen para contar». La organización 826 les da esa confianza y las herramientas para desarrollar todos sus talentos (la posibilidad de publicar, los consejos y ediciones de otros escritores, presentaciones en eventos). Que haya un énfasis en publicar es central para el proyecto y el entusiasmo de los niños. Lo confirma Derek Ross, el encargado de actividades de 826 DC: «Si solo fuera un lugar para hacer tutorías y reforzamiento escolar, la idea no sería tan popular. Pero es popular porque 826 es un espacio distinto del colegio, que anima a los niños a desarrollar sus talentos literarios y creativos, de un modo que se vuelve una experiencia casi adictiva para ellos. De pronto dejan de jugar tanto con videojuegos o ver televisión y vuelven y vuelven al museo a trabajar en sus cosas».

Un día de taller

En una sesión cualquiera del taller de libros de cuentos ilustrados los chicos llegan a las diez de la mañana. Cada uno posa con un sombrero de explorador, se les saca una foto (que luego será impresa e irá en la solapa del libro), se les da una etiqueta con su nombre y se sientan en el suelo, en el centro de la sala. Si yo lidero, y la actividad es en español, primero hacemos lluvia de ideas acerca de cuáles son los elementos que necesitamos para nuestra historia (acá los chicos siempre se ponen de lo más concretos y frente a mi pregunta de qué tiene que tener una historia

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para funcionar bien me contestan cosas como «páginas» y «palabras»). Definimos tres personajes para la historia y después escribimos tres páginas todos juntos. Las historias son siempre una sorpresa, con chicas científicas con aros de rayos láser y ninjas silenciosos, o cerdos que viajan al espacio. En uno de mis favoritos, la historia trataba de un libro que nunca había sido sacado de la biblioteca, y esperaba y esperaba. Mientras ellos dan sus ideas y opiniones para la historia, un ilustrador (en el caso de los talleres en español se trata del artista mexicano Santiago Casares) dibuja las imágenes de dos páginas interiores y la portada. Los niños tienen luego la misión de producir, cada uno, la página y la ilustración final, mientras los voluntarios corren para armar el resto del libro, imprimiendo fotografías, páginas y escaneando las imágenes. Cuando terminan, se junta todo el material y se arma el libro en una máquina. Al final de la actividad, cada niño se lleva su propio libro. Se van felices.

El de 826 es un proyecto fascinante. O, en las palabras de Michael Chabon, otro escritor notable y amigo del proyecto, que hoy adornan todos los folletos del lugar, «826 ayuda a los jóvenes a entender que el lenguaje puede ser un juego, que el trabajo puede ser fuente de alegría, y que ellos mismos pueden ser los inventores y guardianes de sus mundos. Lo he visto con mis propios ojos. 826 es algo bueno en un mundo de cosas malas, y un buen lugar en un mundo de dificultades».

La Mojave School

Y no es el único proyecto del estilo. Al menos, en Estados Unidos. Claire Vaye Watkins, joven autora de la brillante colección de cuentos Battleborn (2012), creó una escuela de escritura creativa de verano para adolescentes junto a su marido, y también escritor, Derek Palacio, quien acaba de publicar su nouvelle How to Shake the Other Man. Es solo una semana, pero el objetivo es el mismo: potenciar la creatividad de los jóvenes, darles un espacio, hacer patente la importancia de que ellos escriban. En el caso de la Mojave School se trata de desarrollar los talentos de los jóvenes de Pahrump, Nevada, zona rural a la cual pertenece Vaye Watkins (en sus cuentos de Battleborn se exploran todos los escenarios de la región, desde el silencio de las zonas rurales, con masacres de seguidores de Charles Manson,1 al mareo de las luces de Las Vegas). Hasta el momento solo tienen una sede, y los grupos son pequeños, pero también está en ella la urgencia de proponer la escritura como un camino más, de plantear la literatura como opción de vida y también como una forma de acercarse al mundo, de canalizar los problemas y experiencias personales.

Por el momento, el taller (que es gratuito) está enfocado solo en adolescentes de entre catorce y dieciocho años, aunque Vaye Watkins no niega la posibilidad de abrirse a escritores de todas las edades. Le importa, por sobre todas las cosas, proveer de un taller literario a la comunidad, iniciativas que son obvias en lugares como San Francisco o Nueva York pero que muchas veces no existen como experiencia en regiones más aisladas, o que significan una gran inversión en dinero. La idea de la Mojave School es llenar ese vacío: mostrar que se puede escribir lejos de las grandes ciudades, y sobre temas distintos de aquellos que se tratan en las grandes ciudades. Sobre su modus operandi, Vaye Watkins comenta que dedican un día de la semana que dura el taller a un género: narrativa, poesía, guión y no ficción. El quinto día lo usan para releer todo lo trabajado, y terminan la semana con una sesión de micrófono abierto en un café de la zona, para que los estudiantes compartan sus textos con sus familias, amigos y el resto de la comunidad. Solo llevan dos años pero esperan motivar a más gente a participar y abrir otras sedes de la Mojave School en áreas aisladas de Estados Unidos. Claire es enfática en señalar que el beneficio de la actividad no recae solo en los jóvenes escritores (de quienes admira su inmensa creatividad y valentía a la hora de escribir) sino que también en ella: «Me recuerdan lo afortunada que soy de poder escribir, de haber contado con la educación, las posibilidades de publicar, que han propulsado mi trabajo. Y verlos tan motivados me hace tener más ganas de seguir y seguir escribiendo».

En los últimos minutos de su charla ted del 2008, Dave Eggers pide un deseo al auditorio: que todos encuentren una manera de involucrarse con alguna escuela pública. Que pidan ayuda y trabajen de cerca con los profesores (pues ellos son quienes saben qué es lo que se necesita) y que luego cuenten su historia. Por todos lados. Para seguir inspirando a más gente. Hasta el momento el sueño se ha ido realizando en oleadas incontenibles, y todos estos nuevos proyectos se han ido publicando en el sitio web onceuponaschool.org, creado por el mismo Eggers.

Si bien sus motivaciones y públicos son distintos, Dave Eggers y Claire Vaye Watkins constituyen una muestra de la forma en que los escritores pueden involucrarse y tener un impacto en sus comunidades: sea trabajando de cerca con las escuelas públicas o bien proponiendo una actividad novedosa para el verano, ambas iniciativas parecen plantear la urgencia feliz de promover los talentos literarios de niños y adolescentes.

María José Navia es magíster en Humanidades y Pensamiento Social de la Universidad de Nueva York, y cursa el doctorado en Literatura y Estudios Culturales de la Universidad de Georgetown.


 

1 Claire Vaye Watkins es la hija de Paul Watkins, uno de los seguidores más cercanos de Charles Manson. Si bien él murió cuando ella tenía seis años, la historia está muy presente en su vida: ha visto una y otra vez los testimonios de su padre contra la Familia Manson, así como uno que le dejó a modo de despedida a ella y su hermana poco antes de morir.

 

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