Los molinos de tu pensamiento

Es raro, pero el spot de mi vida no fue un spot que viera cuando chico. Lo descubrí hace apenas dos o tres años en YouTube. Estábamos con una amiga recordando frases de los comerciales de perfumes de los años ochenta (Denim: «Para hombres que lo consiguen todo… fácilmente»; Millionaire: «Un hombre nunca olvida a la mujer que le hace sentir lo que él vale»; Kabuki: «Con Kabuki… todo puede ser». Sí, los puntos suspensivos eran la norma, como una pausa, un suspiro) y revisando colecciones de tandas ochenteras – que más de alguien ha subido desde antiguas grabaciones en VHS en el Sony Trinitron a la red del Tubo– cuando de pronto en la barra lateral apareció, como de milagro, otro del mismo tenor: «Patrichs». Le pusimos play y quedamos lelos.

En ese antiguo spot mexicano una muchacha de pelo muchesco se arrellanaba junto a su hombre para darle un presente, un obsequio: colonia Patrichs. Y le espetaba un «¿Recuerdas cómo nos conocimos?». Luego venía un flashback donde se mostraba una carretera perdida en el paisaje, quizá de la costa de Montecarlo, entre roqueríos y bañada por la brisa marina. Ella, la muchacha, se había quedado en panne y él, el macho, detenía su convertible para asistirla. Entonces ella «olorosaba» el inolvidable olor a él, olor a Patrichs, y el romance explotaba en mil fragmentos de amor. En off ella relataba: «Llegaste en el momento justo con tu aplomo de hombre de verdad… y luego… ese aroma viril de Patrichs… tan tuyo».

Vuelta al suzet del comercial. Él, ahora con camisa de motivos cuasi-animal-print a medio desabotonar, recibe de la muchacha sentidas caricias en su pecho peludo, mientras otra voz en off, esta vez masculina, remata: «Ahora en México, Patrichs… para hombres que dejan huella. Una creación de Louis-Philippe, Mónaco».

Lo tuvimos que repetir varias veces con mi amiga para salir del asombro, y en cada vista reparamos en un nuevo detalle. El primero es que, en la escena inicial, cuando ambos se arrellanan en el sofá, se ven en un primer plano las llamas de una chimenea. El escenario es, como dicen los daneses, hygge: acogedor, doméstico, calentito, muy de soft porn. Eso se refuerza con la paleta de colores sepia de todo el metraje del comercial, llevado hasta el paroxismo en un difuminado tan propio de mediados de los setenta y principios de los ochenta, y que nuevamente recuerda al soft porn, en particular aquel convertido en un género por la revista Penthouse y la fotografía de Bob Guccione.

El segundo detalle es la música. En los primeros segundos del spot suena también una especie de brisa de instrumentos de viento y luego ingresa un piano que melancólicamente adapta la Sinfonía para violín, viola y orquesta de Mozart. Claro, la música es de Paul Mauriat y se llama Les moulins de mon cœur o en inglés The Windmills of Your Mind («Los molinos de tu pensamiento») . Sí, la típica muzak, easy-listening-sabanera que acompañaba a comerciales como este desde hace cuarenta años, en esa clave de sofisticación que hizo millonarios al propio Mauriat o a su colega Franck Pourcel. Modernidad, exuberancia. Y aquí una clave: Patrichs se lanzó como perfume en Latinoamérica en 1976, fecha de la que debe ser también el comercial, una era de hedonismo, autos convertibles, fantasías «marinas»; la «década del yo»; la época del ATP Tour, de las princesas de Móna-co, de Charlene cantando «I’ve Never Been to Me»; de lo que la revista Cosas –lanzada curiosamente también aquel año 1976– llamaba en sus páginas centrales «el beau monde».

Aquel réclame de Patrichs original, tal como los de Coral o de Impulse en Chile, se volvió un tópico, casi un tópico de TV Tropes, y se hicieron versiones con la misma historia de fondo: el galán que salva a la doncella en apuros en medio de un meet cute (esa clásica escena del encuentro afortunado chica-chico, que tiene algo de tiernucho y algo de califa y algo de pequeña incomodidad, y que han reiterado hasta el hartazgo las comedias románticas desde Sucedió una noche de Frank Capra hasta Love de Judd Apatow). En las otras versiones ella es una fotógrafa o es una compradora que pierde su cartera al tomar un tranvía en San Francisco. Incluso hay uno, más moderno, en que la doncella es la inolvidable Stacey Williams.

Y luego pensamos con mi amiga que hoy serían imposibles comerciales como aquellos. Por heteronormativos, por su imagen de masculinidad y feminidad cliché, porque finalmente sabemos que Patrichs no era realmente nada de sofisticado (como tampoco lo eran Denim, ni Millionaire ni Kabuki ni Coral ni Impulse). Porque todos sabemos que ese encuentro fortuito, ese meet cute hyggesco es algo que solo sucede en la televisión, muy lejos de la calle.

 

Ricardo Martínez-Gamboa es doctorando en Linguística y profesor de la UDP.

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