Los libros del fin del mundo

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¿De dónde es Fernando Iwasaki?

Presentación de Rafael Gumucio

¿De dónde es este señor? Fue la pregunta que me hice la primera vez que recibí un mail de Fernando Iwasaki. La respuesta a esa pregunta ha sido parte esencial de su obra de escritor. Lo es de casi todos los escritores talentosos que conozco, la necesidad de decir «soy ruso blanco pero no de los zaristas», «soy un aristócrata argentino pero no tengo un peso», «soy cura pero no creo en Dios», «soy peruano pero voy a morir en París entre aguaceros». La literatura es una forma de aclarar algunas de esas paradojas que paradójicamente solo logran complicarla más y más. Es la razón de que la homosexualidad en el clóset produce mejor literatura que la que se libera de ella. Es la razón de que las ideologías que exigen coherencia, desde el marxismo soviético hasta el nacionalismo, producen literatura generalmente menor. La gran literatura es un acertijo que aclara otro acertijo. Una identidad más que se suma a las otras, o quizás más bien la chispa que sale del choque de dos sílices, la peruanidad de Iwasaki que choca con su niponidad sevillana.

Fernando Iwasaki es peruano de origen japonés pero lidera una fundación dedicada al fomento del flamenco en Sevilla. Un japonés peruano sevillano es en el fondo también un cubano de origen chino, o un filipino argentino, o un vietnamita mexicano, lo que vendría a ser en resumidas cuentas un chilote: un escritor intercultural, un bígamo, un swinger cultural. Pertenece a lo que se ha dado en llamar la literatura extraterritorial. Esto lo emparenta con escritores tan disímiles como Luis Sepúlveda (chilenonicaragüense-asturiano), José Manuel Prieto (cubano-rusomexicano), Horacio Castellanos Moy (hondureño-salvadoreñoguatemalteco-mexicano), Andrés Neumann (argentino-español) o nuestro santo patrón en este lugar sin límites, el venerable y omnisciente Roberto Bolaño, nacido en Chile, criado en México y madurado en España para el placer de la galaxia entera.

A la suma de nacionalidades en casi todos los casos se agrega una realidad histórica que vemos ante nuestros ojos en ese momento desaparecer. La vida literaria que nos tocó vivir en los noventa y comienzos de los años 2000 giró en torno de España, ese país de Centroamérica desconocido y a menudo despreciado desde las metrópolis que alguna vez fueron Buenos Aires y el DF. Por razones más económicas que culturales nos

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hemos visto los escritores latinoamericanos con la extraña necesidad de pasar por la aduana de una cultura tanto o más provinciana que la nuestra. Una provincia en que el hecho de que un peruano pueda ser japonés y que un mapuche se pueda llamar Nelson en honor al almirante Nelson resultaba increíble. Una cultura que valoraba justamente todo lo que nos había hecho huir de ella, el pueblo, la constancia, la lealtad, la tradición, la verticalidad en el bar y la sumisión en la política. Nos encontramos tratando de seducir a una tía abuela en minifalda. Nos vimos obligados a traducirnos a una lengua que era la nuestra.

Ante esa doble extrañeza, la de ser de más de un país y una identidad en un país que valora o valoraba justamente la unidad monolítica de la pertenencia, Fernando Iwasaki eligió un camino doble, en apariencia contradictorio aunque profundamente coherente en el fondo.

De vuelta al Consejo de Indias y la Real Audiencia, usó todo el rigor del historiador, es decir del ensayista que es, para justamente documentar esa extrañeza, para comprender esa distancia, para tender puentes (el flamenco no es más que uno de esos puentes), para integrar en el flujo de la cultura española, andaluza, sus diferencias. Hizo, como el personaje de Carpentier, el viaje a la semilla. No instaló sus personajes en una Latinoamérica fantasma al gusto de los europeos; en vez de hacer turismo cultural se preguntó qué es ser peruano en España pero también qué es ser español–de estos nuevos españoles, interculturales, que terminaron por ser– en Latinoamérica. Historió este desencuentro no como una tragedia o una deuda, sino como un baile con tropezones y errores pero en que prevalece justamente el juego, el placer, el deseo. La estategia para hacer comprensibles estos desencuentros no podía ser otra que el humor. Es lo que lo distingue principalmente de la lista de escritores extraterritoriales que les leí. Con mucho, con poco, con ningún talento (dejo a ustedes adivinar a quién le corresponde cada adjetivo), todos hicieron de ese desencuentro una metáfora de la soledad y la alienación, la derrota de un gran sueño, el de Latinoamérica, la condena a cierta intemperie. A todos, de algún modo, parece en un momento impacientarles que les pregunten ¿y tú de dónde eres entonces? Fernando, al revés, ha decidido jugar con ello. España, aparta de mí estos premios debe ser de las más provocativas sátiras sobre el mundo cultural español de los años noventa, pero hay perlas de humor en Republicanos, El descubrimiento de España o en Nabokovia peruviana. Es de hecho lo único que tienen en común sus ensayos, sus libros de microficción, sus cuentos y sus novelas, la apuesta por una jovialidad en el uso de las palabras y de las ideas, un placer de contar y contarse en que es no es imposible encontrar la respuesta a la tradicional pregunta de Vargas Llosa.

¿Cuándo se jodió el peruano?

No sé, compadre, pero sigamos jodiendo.

Los libros del fin del mundo

Fernando Iwasaki

Lo que está claro y yo quiero decirlo de entrada es que no vivo de la literatura. No podría. Entonces, como no vivo de la literatura, si no fuera por invitaciones como la que me han hecho ustedes, si no fuera por este auditorio y por esta presentación, difícilmente me sentiría escritor. Y creo que me siento escritor solamente en estas ocasiones maravillosas en las cuales, como si fuera un hechizo fulminante, me encuentro hablando de libros y lecturas. Me encuentro con amigos que son escritores y que comparten conmigo todas estas obsesiones. Sí es verdad que cuando me brindan todas estas oportunidades yo procuro no hablar de mí. Por eso he elegido un tema que además nos interesa a todos, y es el fin del mundo. Creo que es mucho más atractivo hablar de asuntos que puedan convocar libros, imágenes y fantasías que infligir una perorata sobre lo que hago.

Creo que este tema del fin del mundo se vincula un poco a las preocupaciones que tuvo Roberto Bolaño cuando escribió 2666, también en algunos momentos de Los detectives salvajes y en varios de sus relatos, por lo que me parece increíble participar de una Cátedra instituida en su homenaje. Sin embargo tengo que advertirles que el fin del mundo no es un tema que me interese en especial. A mí lo que me interesa de verdad es la imagen de los libros y las lecturas en estas ficciones apocalípticas, en estas ficciones distópicas de las que no solamente ahora sino siempre ha habido una gran profusión. Entonces, dejando esto por lo menos lo suficientemente claro, me gustaría empezar diciendo que el fin de los tiempos, el fin del mundo, es algo que siempre ha estado presente, por ejemplo en las mitologías. Todos los que alguna vez nos hemos acercado a las cosmogonías y a las cosmovisiones de los griegos, de otros pueblos de la zona indoeuropea, incluso a los mitos andinos, sabemos que siempre están las versiones míticas que nos hablan del fin de los tiempos. Por supuesto en los grandes libros sagrados de las tres grandes religiones monoteístas esta idea también está muy presente. Es en el judaísmo y sobre todo en el cristianismo, hago hincapié incluso en el catolicismo, donde está la idea del fin del mundo que nutre casi todas las ficciones que vamos a repasar aquí.

Como les digo, el fin del mundo es algo que no me interesa, no me preocupa ni me obsesiona. Espero que no me sorprenda trabajando. Creo que hay que tomárselo con humor. En España le preguntaban hace poco a un eminente economista, quien ya es un hombre mayor, de ochenta años, qué pensaba sobre el mundo que les iba a dejar a sus hijos y a sus nietos. Él dijo que no le importaba, que no le preocupaba, porque el mundo que le dejaron a él sus padres fue el mundo de las guerras mundiales, de la Guerra Civil Española, de la bomba atómica, de los campos de concentración. Y ese mundo fue el que le tocó vivir. Por lo tanto lo único que deseaba era dar a sus hijos la mejor educación posible, y creo que la misma idea debiéramos tener nosotros.

El fin de los tiempos, como digo, ha estado presente en todas las religiones, en todas las cosmovisiones, y hay muchas versiones pero no son todavía versiones que podríamos llamar literarias: aún no son ficciones. Eso es muy interesante porque nosotros hoy cuando hablamos del fin de los tiempos podemos tomar una distancia crítica, una distancia poética, una distancia literaria, y hablar de todo eso como si fuese ajeno. Pero piensen ustedes en el mundo del barroco, en el mundo del siglo XVI o el XVII, donde era absolutamente imposible no pensar que el fin del mundo era inexorable, algo que se podía producir en cualquier momento, incluso como un acto de venganza. En función de eso las sensaciones de fin de la historia desde la Edad Media están documentadas. Hoy mismo, mientras nosotros estamos aquí, hay gente que se pregunta si llegará el fin del libro tal y como lo conocemos, es decir en su soporte en papel. Fin de una época. Hay gente que está hablando del fin de la economía o de las crisis sistémicas. Somos personas obsesionadas con la idea del fin de algo y del comienzo de una etapa que no sabemos si será mejor, peor o igual. Tenemos esta tendencia cultural, forma parte de nuestro imaginario, estar siempre obsesionados con el fin. Pero a mí me interesa hoy solamente ocuparme de aquellas ficciones, de aquellas fantasías, en las que se habla propiamente del fin de la Tierra, de la humanidad o de la civilización tal cual la conocemos.

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Hay una serie de libros y no son libros religiosos ni sagrados, sino elucubraciones, fantasías, obras de ficción. Es interesante ver que en ellas está presente la lectura, el mundo del libro, y cómo de pronto estas imágenes comienzan a desaparecer. Por supuesto cada vez que se habla del fin del mundo en este tipo de planteamientos hablamos de desastres naturales, de epidemias y guerras, hablamos de invasiones que conforme la humanidad se va haciendo más sofisticada pueden ser no solo de países vecinos. Hoy en día hablamos de invasiones intergalácticas, ya las modernas versiones del fin de los tiempos suponen la llegada de seres del espacio. Yo me acuerdo de que había un trotskista argentino muy famoso que decía que cuando se produjera la invasión interplanetaria había que apoyarla, porque el nivel de desarrollo industrial que tendrían que haber alcanzado los extraterrestres sería tan grande que seguro habrían llegado al comunismo, entonces los obreros del planeta Tierra tendrían que apoyar esta invasión extraterrestre. Fíjense cómo todo esto se articula con la ideología.

Gracias a que siempre se ha escrito sobre estas cosas es que podemos hablar de ficciones sobre mundos distópicos, futuros inverosímiles pero al mismo tiempo terribles. Todo esto comienza con el Apocalipsis pero eso lo vamos a dejar para el final. Simplemente voy a hacer una división esquemática, sin ninguna ambición estrictamente teórica todavía, y ponerles unos cuantos ejemplos de ficciones que hablan de futuros distópicos, de futuros apocalípticos, en donde el libro está presente. Advierto dos cosas. La primera: tengo que echar mano de varios ejemplos cinematográficos por algo que es real. Yo pertenezco a una generación –tengo 51 años– de personas que probablemente hemos leído más libros que visto películas. Pero creo que hoy en día hay personas más jóvenes, y esto no significa nada malo, que probablemente han visto más películas que leído libros. Dicho sea de paso, es más fácil ver una película que leer un libro. Cuando un libro no nos gusta y estamos en la tercera página lo cerramos y lo dejamos. Las películas malas nos las vemos hasta el final. Incluso nos las vemos repetidas, o con los anuncios. Hay gente que va al videoclub, no sabe qué alquilar, dice esta ya la vi tres veces pero me la voy a llevar. Eso no pasa con los libros. Hay una tolerancia hacia el mundo audiovisual que no tenemos hacia la letra impresa. Por lo menos a medida que llegamos a las nuevas generaciones yo entiendo que es lo apropiado y lo correcto, si yo tuviera ahora mismo diecisiete o dieciocho años estaría absolutamente entregado al ocio audiovisual. Pero como nací hace algún tiempo todavía arrastro estas costumbres propias de mi edad.

Cuando ponga ejemplos de ficciones distópicas me voy a apoyar en el cine porque creo que así ilustraré con ejemplos que nos son comunes a todos. Mas voy a comenzar con un ejemplo muy remoto. Quiero recordarles un libro que probablemente hoy no se lee mucho, las Veinte mil leguas de viaje submarino de Julio Verne. Nos habla de un hombre, el capitán Nemo, quien decide que ya sobre la tierra no hay nada que le interese. Hay muchas guerras, mucha corrupción, estupidez y necedad. Llega a esa conclusión. ¿Y qué hace?, construye el Nautilus y se sumerge en las profundidades de los océanos. Pero antes hace algo que quiero destacar: compra doce mil libros. Además cuando uno lee la novela sabe cuántos son de historia, cuántos de poesía, de literatura, de economía, y con esos doce mil títulos, que es el numerus clausus de su biblioteca, se lanza a las profundidades a esperar el fin del mundo o el fin de sus días. Yo creo que es un primer ejemplo muy interesante de alguien que rompe con la realidad, que se sumerge y lo que hace es llevarse una biblioteca. Hoy esos doce mil títulos caben en un iPad. O sea que el Nautilus de hoy podría ser más chiquito y nos ahorraríamos un dinero.

Luego tenemos otra obra de futuros distópicos, la de Aldous Huxley, Un mundo feliz, les recuerdo que es una novela de 1932. Hay varias versiones cinematográficas y lo que quiero destacar aquí es que en este futuro distópico no existe la lectura. No existe porque está perseguida, está controlada, es un conocimiento que debe ser administrado y consentido. Por lo tanto si no existe la lectura es porque existen los libros, y porque ahí hay alguien que tiene conciencia de que los libros pueden provocar desorden, que pueden ser subversivos y animar algún tipo de reivindicación en esa sociedad del futuro. Por lo tanto la lectura es una trasgresión. No es casual que haya una omnipresencia de Shakespeare en Un mundo feliz.

Hay gente que se pregunta si llegará el fin del libro tal y como lo conocemos, es decir en su soporte en papel. Fin de una época. Hay gente que está hablando del fin de la economía o de las crisis sistémicas. Somos personas obsesionadas con la idea del fin de algo y del comienzo de una etapa que no sabemos si será mejor, peor o igual. Tenemos esta tendencia cultural, forma parte de nuestro imaginario, estar siempre obsesionados con el fin.

Luego tenemos la novela 1984 de George Orwell. Por supuesto a mucha gente le ha llegado administrada a través del concurso de televisión Gran Hermano, lo cual es una cosa penosa y terrible. Porque en algo sí se parece la novela al concurso, del cual yo me imagino que habrá una versión aquí en Chile o la ha habido en varios países latinoamericanos. En España, en el concurso del Gran Hermano estaba prohibido que los concursantes llevaran libros, retomándose esa idea de represión de la lectura. En 1984 hay otro futuro distópico, un mundo con un partido único, una gran vigilancia y al mismo tiempo un régimen que controla las palabras, el lenguaje, los significados, que sabe que con eso la sociedad puede rebelarse. Es decir que la lectura, los libros y el conocimiento escrito tienen una gran importancia.

Avancemos. Fahrenheit 451, la novela de Ray Bradbury, que por supuesto tiene una gran versión cinematográfica a cargo de François Truffaut, probablemente sea el ejemplo por excelencia en que todo mundo ha pensado cuando se habla de un futuro distópico y de la lectura. En ese mundo que imagina Bradbury hay un Estado donde los bomberos queman los libros, van destruyendo e incendiando las bibliotecas, y las personas que se rebelan contra ese sistema tienen una biblioteca emparedada, subterránea o clandestina. A mí me hace gracia que el bombero Montag se enamore de una chica que se llama Clarisse y es profesora. Hoy en día ya nadie se enamora de las profesoras, yo por supuesto pertenezco a una generación que moría por ellas. Me parecían todas guapísimas, extraordinarias, interesantes. Ahora quién sabe, la profesora de gimnasia tal vez, pero creo que los chicos en colegios y universidades están pendientes de otras cosas. En mi época las profesoras eran maravillosas. Entonces la idea en el libro y en la película de poner a Clarisse como maestra es todo un símbolo. Ella va en un tranvía, empieza a hablar de poesía y el bombero se alarma. Le dice no debes decir estas cosas, ¿cómo sabes todo esto? Y ella le revela que lee. Montag se enamora de ella no solo porque está guapa sino porque además lee, y él es un quemador de libros. Entonces es una ficción maravillosa. Yo creo que todos recordamos con emoción la escena del anciano que, estando a punto de morir, le va contando a un niño el libro que memorizó para que él también se lo aprenda de memoria. Así el libro no muere con él. Esa idea de aprenderse los libros de memoria es para mí uno de los alegatos más hermosos que hay a favor de la lectura en estas ficciones distópicas.

Hasta en El planeta de los simios, la película buena para mí que es la de Charlton Heston, cuando el piloto Taylor es capturado por los simios estos le hablan constantemente del libro sagrado que escribió el primer simio. Los simios leían, lo cual es importante en ese mundo terrible donde los hombres son reducidos a esclavos, donde los gorilas, los orangutanes y los chimpancés tienen la hegemonía sobre la Tierra. En ese momento los simios son lectores. Ni siquiera con un simio, en la elaboración de este tipo de ficciones, el escritor o el director de cine se sustrae a la necesidad de hablar del libro y de la lectura.

¿Qué ocurre con la idea de los libros en películas y novelas que son más recientes?, ¿qué ocurre en los mundos distópicos contemporáneos con la lectura, con las bibliotecas? Ustedes recordarán Blade Runner, una gran película que transcurre en el año 2019, o sea que ya queda poco. En esa película los personajes no necesitan leer porque hay unos androides que han sido educados para contarles todo. Los replicantes recitan, narran las novelas, hacen las veces de libro y de otras cosas con prestaciones muy interesantes. Estos androides replicantes reemplazan la idea de libro. Ya no encontramos libros en Blade Runner y a mí me llama la atención porque es una de esas películas donde hay diálogos y monólogos maravillosos, como el de Roy, el replicante, al final, cuando está muriendo y habla de las imágenes que ha visto, de las lluvias de meteoritos. Pero Blade Runner no tiene libros.

Si avanzamos hasta el año 1999 se estrena la película Matrix y luego vinieron todas las secuelas. En ese futuro distópico no hay libros tampoco. Porque lo que se hace en ese mundo sofisticado es descargar el conocimiento a través de ordenadores, de computadoras. Se puede recibir el conocimiento que hace falta para armar un carro, aprender artes marciales, conocer planos de un edificio… Es la alegoría de una necesidad contemporánea: tenerlo todo de inmediato. En ese sentido Matrix no es solamente distópico sino también utópico.

Otro ejemplo, y este es terrible, es la película El día después de mañana (The Day After Tomorrow). Ahí hay una ola de frío brutal, la gente se refugia donde puede y un grupo de personas se esconde en la New York Public Library. ¿Qué hacen?, queman los libros para hacer una fogata y estar calientitos. Queda claro que en esa película, en ese futuro distópico, no hay otra finalidad del libro que no sea quemarlo, como en Fahrenheit 451. Pero no para perseguir el conocimiento, sino porque un libro en esa situación es mucho más útil en una fogata. Llama la atención.

La película Soy leyenda, que está basada en una novela de mediados del siglo XX, se estrena en 2007. Ustedes recordarán que Will Smith es el único sobreviviente de una gran epidemia y recorre Nueva York en un todoterreno con su pastor alemán. ¿Y qué hace Will Smith en esa Manhattan apocalíptica con los jaramagos que crecen por los buzones? Escucha a Bob Marley, tiene un mp3 o algún tipo de aparato en la oreja y está todo el rato oyendo música. Nunca van a ver a Will Smith en ese mundo apocalíptico de Manhattan leyendo, porque para eso está Bob Marley, para eso está la música que tiene en el celular. En ese mundo distópico no hay libros.

Tampoco hay libros en la película La carretera, basada en la novela de Cormac McCarthy, del año 2009. La humanidad, nadie sabe por qué, se vuelve caníbal. Un padre va huyendo con su hijo y no hay libros porque evidentemente hay que temer por la supervivencia. No se va a poner el protagonista a leer, ni siquiera cuando se encierran en los sótanos.

Otro ejemplo más es de la televisión y está a toda moda. Se trata de la serie The Walking Dead, que para mí es lo máximo porque hay toda una serie de zombis. Ellos gobiernan o desgobiernan la Tierra. Pero el zombi es una criatura infecta, un bicho que ya no tiene ningún tipo de capacidad intelectual. Los zombis nunca van a leer, por lo tanto en ese mundo futuro donde aparecen como la raza que se imponga es imposible que haya lectores, imposible que haya libros o conocimiento. A mí, como espectador y lector de todas estas cosas, me llama la atención cómo la imagen del libro y la lectura va desapareciendo. Y trato de encontrarle un correlato con lo que ocurre en nuestra vida real. Yo me pongo a ver en las páginas de los periódicos de todo el mundo cómo de pronto ya desaparece la sección de cultura. Se le llama ocio, tendencias, o aparecen otros nombres cuando los protagonistas de los acontecimientos culturales ya no son necesariamente las personas vinculadas a la escritura, a la creación literaria. No estoy haciendo una especie de alegato corporativo, no me estoy quejando de nada. Simple y llanamente estoy tratando de constatar que es algo que ocurre en las ficciones presuntamente distópicas, apocalípticas, pero que en la vida real la visibilidad del libro y de la lectura también es cada vez menor. Tiene menos importancia. En la mayoría de los periódicos, y voy a hablar quizás con mayor propiedad de los periódicos en el país donde yo vivo que es España, si hay una noticia deportiva importante no le van a quitar páginas a la economía, a la televisión ni a los horóscopos. No. Se las quitan a cultura. O cuando hay más muertos y más esquelas necrológicas, lo mismo. Muchos políticos, cuando los hacen ministros o concejales de cultura, creen que los están fastidiando porque les están dando poco poder, poco presupuesto.

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El tema de la cultura es algo que desde el punto de vista sintomático hay que comparar con este fenómeno que quiero describir. Cualquiera de ustedes que quiere hacer un posgrado en una universidad de los Estados Unidos y entre en la página web del departamento verá lo que llaman las reading lists, las lecturas que deben tener, que deben formar parte de su acervo cultural y académico para ser admitidos en ese programa. Probablemente nosotros, como latinoamericanos y como hispanohablantes, casi siempre veamos las reading lists de las facultades de literatura latinoamericana. Pero yo una vez me acerqué a las facultades de literatura comparada, que a mí me interesa mucho. Llegué incluso a hablar con el decano de una de estas facultades, concretamente la de la UCLA. Yo quería saber por qué estaban algunos autores ausentes y por qué había otros que sí consideraban importantes. Me parecía curioso que no estuviera en inglés Walt Whitman, o que no estuviera en alemán Franz Kafka. Lo que me dijo este académico cuando ya habíamos hablado de las presencias y ausencias de muchos autores fue algo que me hizo pensar. Dijo que las pesadillas y las utopías de autores como Franz Kafka, Samuel Beckett, George Orwell y muchos de los que hemos citado aquí eran pesadillas que suponían un Estado y una causalidad. Que había alguien detrás, como si fuera una inteligencia suprema, una divinidad o un poder que explicaba que esas utopías y pesadillas tuvieran sentido. Y que eso hoy en día está cambiando. Me puso un ejemplo que no olvidaré, tenía que ver con el terrorismo. Antiguamente los grupos terroristas estaban inspirados en ideologías y partidos. Cada acto destructor no dejaba de ser parte de un enorme plan programático, mientras que hoy en día abundan los fenómenos terroristas nihilistas, donde hay un individuo probablemente desadaptado que cuando ya no soporta más su desistencia provoca una gran matanza. Me llamó la atención que me dijera todo eso. Dijo que las pesadillas y las utopías de este mundo contemporáneo son biológicas, tecnológicas, nihilistas. Y en los programas de literatura comparada que ellos están elaborando tratan de pulsar por dónde es que los creadores, tanto en literatura como en cine y en otras expresiones artísticas, están pensando y razonando en estos términos.

Leo en la prensa europea razonamientos que se hace mucha gente sobre la crisis económica y el desempleo. Ustedes deben saber que en muchos países de Europa existe el sueldo de 400 euros para el que no tiene nada que hacer o para el que no tiene ninguna oportunidad. Hay personas que simplemente van cada mes a las oficinas de seguridad social a cobrar sus 400 euros. El Estado de bienestar del futuro probablemente suponga un contrato social en el que ciertos individuos se comprometen a no destruir, a no saquear supermercados, a dejar la fiesta en paz a cambio de comida, sexo seguro y estéril, tecnología, Internet gratis, y si es posible recluirlos a todos en lugares donde tengan todo eso y vivan sin problemas. Esto es algo sobre lo que mucha gente está escribiendo en este momento en las redes sociales en Europa. Para mí no hay mejor descripción del zombi. Es un correlato real de las series tipo The Walking Dead imaginar unas masas absolutamente adocenadas y alimentadas, subsidiadas por aparatos estatales que lo único que desean es que no molesten y estén tranquilas porque al final, según algunas autoridades, sale más barato. Me parece que esa es otra forma de pesadilla del mundo contemporáneo.

Descrito todo lo anterior vuelvo al Apocalipsis, porque pienso que es una forma positiva de terminar con esta reflexión. A mí me llama mucho la atención que existan textos como el Apocalipsis: por supuesto en el judaísmo está el Libro de Enoc o el Libro de Esdras, pero el texto fundamental es el que nosotros conocemos como el Apocalipsis de san Juan. También estaban el Apocalipsis de san Pedro y el de san Pablo, pero ambos los prohibió san Agustín en el concilio de Cartago. San Agustín era muy inflexible y muy duro. Por ejemplo, en la Segunda Carta a los Corintios san Pablo decía que un hombre fue arrebatado al séptimo cielo y le revelaron cosas que nadie más debía escuchar. Entonces pensó san Agustín: ¿y por qué lo cuenta? Dijo que había una contradicción, que san Pablo era soberbio, y eliminó el Apocalipsis de san Pablo. Y por un argumento parecido se cargó el Apocalipsis de san Pedro y solamente queda el de san Juan. Este último tiene un arranque que, siendo un Apocalipsis, es una esperanza para nosotros. Comienza así: «Bienaventurado el que lee. Y los que oyen las palabras de estas profecías y guardan las cosas en ella escritas. Y oí detrás de mí una gran voz como de trompeta que decía “Yo soy el alfa y omega, el primero y el último. Escribe en un libro lo que ves y envíalo a las siete iglesias que están en Asia. A Éfeso y Esmirna y a Pérgamo y a Tiatira y a Sardis y a Filadelfia y a Laodicea”». Este comienzo es maravilloso, no solamente por la frase de bienaventurado el que lee sino porque nos está explicando que el Apocalipsis es algo que debe ser escrito, narrado y leído. Y que en el fin de los tiempos, en ese momento en el que supuestamente todo desaparece, alguien escribe. Es una imagen potentísima.

Cuando leía El último lector, de Ricardo Piglia, recordaba la escena de una película cuyo título se me fue de la cabeza, lo siento, donde un hombre está en el corredor de la muerte y espera que lo lleven a la silla eléctrica. En el instante en que llegan los policías para decirle algo así como «ha llegado la hora», el condenado a muerte pone un marcapáginas en el libro que está leyendo, lo cierra y sale a ser ejecutado. Ese acto me parece otro alegato en favor de la lectura.

Yo creo que el fin del mundo, que no es nada más que una alegoría, un símbolo, es al mismo tiempo una invitación al conocimiento. Recuerdo que en el año 1981 un sismólogo norteamericano pronosticó un terremoto y un maremoto que iban a destruir Lima. Y puso fecha, 11 de julio del 81. Claro, en el Perú estábamos aterrados porque si un sismólogo peruano dice que va a haber un terremoto no le creemos, pero si es de Estados Unidos sí. Estaba todo el mundo pensando que Lima iba a ser destruida, pero nada pasó.

Un chamán maya fue entrevistado ahora que se habla del 21 de diciembre, o no sé cuál es la fecha del fin del mundo. Por lo demás es una cosa maravillosa que el fin del mundo tenga fecha, qué extraordinario. En uno de los canales culturales de la BBC le preguntaron a uno de estos chamanes mayas cómo iba a ser el fin del mundo, y él respondió «va a ser igual a los anteriores». Cómo que va a ser igual a los anteriores, le dice el periodista, y el chamán responde sí, el fin del mundo se ha producido muchas veces y ahora toca. «Va a acabar este mundo y va a comenzar uno igualito pero diferente.» Y en realidad esto a lo largo de la historia siempre ha ocurrido. Giuseppe Tomasi di Lampedusa lo dice de una manera extraordinaria en El gatopardo, cuando todo debe cambiar para que todo siga igual.

El fin del mundo es una obsesión, es algo que probablemente adquiere visos de pesadilla conforme nos vamos haciendo más sofisticados, pero quiero recordar que la idea tal como se expresa por primera vez en el Apocalipsis es una invitación a la lectura. El fin del mundo ha de ser algo muy bonito de narrar para uno que es escritor, debe ser algo maravilloso que leer para alguien a quien le gusta la literatura. Ese fin del mundo es también el final del condenado a muerte que antes de morir pone un marcapáginas en el libro que está leyendo. Y probablemente sale a leer otra cosa.

Fernando Iwasaki es peruano y vive en Sevilla, donde dirige la Fundación Cristina Heeren de Arte Flamenco. Narrador, ensayista e historiador, es autor de Neguijón, España, aparta de mí estos premios, Helarte de amar, Inquisiciones peruanas, Una declaración de humor y Nabokobia peruviana, entre otras obras.

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