Los desafíos de la edición

A FINES DE LOS AÑOS 60, CUANDO ESTABA TERMINANDO mis estudios de derecho, me hizo unas clases insufribles de un ramo insufrible –derecho administrativo– don Alex Varela Caballero, editorialista de El Mercurio de Valparaíso. Don Alex, que era una reserva sin fondo de cuentos, anécdotas y aforismos, me contó, no sé a título de qué, un episodio de la vida de don Joaquín Lepeley Contreras, que había sido director de ese diario entre enero de 1921 y diciembre de 1955.

Gordo, mofletudo de cara, visiblemente poco sincronizado al caminar, don Alex –y esta observación se la robo a mi amigo Agustín Squella– tenía una notable capacidad para describir a las personas en un esquema que los sofistas llamarían binario, sólo que él oponía rasgos o atributos de las personas que se contradecían sólo en apariencia. Por ejemplo, para definir a alguien –y al hablar gesticulaba con una mano en un sentido y después en el otro– decía: “muy alto, bonita letra”; “talentoso, maniático por el orden”; “gran padre de familia, impuntual”; “hombre culto, duraba poco en sus empleos”.

Cuento todo esto para dar el contexto musical, diría yo, de la anécdota que me contó de don Joaquín Lepeley. Por supuesto que lo caracterizó: “talentoso, muy conversador; gran periodista, no sabía titular”.

– ¿Cómo que no sabía titular, don Alex?
–No, no sabía.

A fines de los años 20 Lepeley fue a Mendoza para cubrir el aterrizaje del que iba ser el primer cruce de la cordillera de Los Andes en planeador. Don Joaquín se instaló en Mendoza y no se perdió detalle del acontecimiento. Describió el ambiente, sacó declaraciones de los testigos, entrevistó al héroe de la jornada y escribió una estupenda crónica. La envió a Chile y efectivamente sus superiores comprobaron que se trataba de un gran trabajo periodístico.

–Pero, ¿sabe usted como tituló don Joaquín su despacho? –me preguntó don Alex.
–Ni idea –le respondí.
–“Aviación”–me dijo–. Sólo le puso como título “Aviación”.

No: don Joaquín, y esto llegó a ser dominio de todos, definitivamente no era bueno para titular.

Yo, aparte de haber celebrado muchísimo la anécdota, nunca más la olvidé y terminé convirtiéndola en muletilla. La he contado no sé cuántas veces, y la sigo contando y, en la revista que dirijo, cada vez que nos cuesta dar con un buen título, decimos todos “Aviación” para tomar conciencia de que estamos en problemas. “Aviación” es ya un código interno, una suerte de alerta temprana que obliga a apelar al ingenio o a la imaginación, porque de lo contrario vamos a salir perdiendo de todos modos: si la crónica es mediocre o mala, ni siquiera por el título lograremos salvarla. Si por el contrario está bastante bien, significa que al no tener un buen título serán muchos los lectores que la pasarán por alto. En los dos casos estamos perdiendo. Estoy lejos de creer, por cierto, que un buen título pueda redimir a un mal artículo. Desde luego que no. Pero he comprobado con frecuencia que un mal título le niega a las entrevistas o a las crónicas el cristiano derecho a la segunda oportunidad que debieran tener todos los escritos de una revista o un diario.

Yo entonces tenía menos de 20 años y lo único que escribía eran unas melancólicas críticas de cine en el diario La Unión de Valparaíso. De hecho a don Alex debo haberle escuchado miles de anécdotas más. Y las olvidé puntualmente todas. Pero ésa me quedó. Y me gusta pensar que se me quedó porque con el tiempo yo iba a dedicar buena parte de mis años como periodista –me gusta pensar que soy periodista por vocación y abogado sólo por circunstancia– a las tareas de la edición. Y como el tema de este artículo es precisamente el de los desafíos de la edición, creo que no peco al reivindicar a ese viejo notable que fue don Alex Varela, de quien aprendí muy poco derecho administrativo, cosa que agradezco y me tiene sin cuidado, pero mucho acerca de la importancia de titular razonablemente bien.

He ejercido este oficio durante años con gusto y créanme que lo he disfrutado más mientras mayor conciencia he ido adquiriendo de las limitaciones del periodismo como actividad. Para qué estamos con cuentos: el periodismo no es un trabajo especialmente épico. Yo sé que es importante y cumple un rol necesario, tal vez insustituible, en una sociedad democrática. Yo sé que el periodismo no puede eludir lo que le corresponde en términos de responsabilidad social. Yo sé que los medios tienen el deber de colocar delante de la sociedad un espejo en el que ella pueda reconocer medianamente bien sus grandezas y bajezas.

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De acuerdo. Pero me carga la idea del periodismo heroico en la primera frontera de la pedagogía social. Me cuesta abrirme a la idea del periodismo misional. Me abruma por cierto pensar que tenga que ser necesariamente una escuela de virtud.

No, es un oficio. Y un oficio seguramente menor. Respetable a lo mejor, como cualquier otro. Pero no es la panacea ni la vanguardia, ni la epopeya, ni la conciencia crítica de la sociedad.

En el periodismo hay mucho de artesanía y de cocina. Al decir esto, no está en mi intención desmerecerlo. Todo lo contrario. En una época que se las sabe todas en materia de producción estandarizada y en serie, en una época en que hay programas computacionales hasta para escribir novelas, parece necesario rescatar la artesanía del periodismo, el trabajo farragoso de contar historias interesantes sobre personajes que a menudo no lo son, la virtud de introducir alguna tensión intelectual o semántica en textos que no la tienen, el talento para colocar alguna ironía o distancia en afirmaciones que a menudo no son más que frases hechas o lugares comunes. Ser editor es un oficio parecido al del viejo zapatero remendón que era capaz de darle una segunda vida al calzado que ya había entregado sobradamente la primera y se parece también a esa dueña de casa que en su cocina con pocos ingredientes, generalmente baratos y plebeyos, es capaz de sacar platos que saben con frecuencia mejor que los de un sofisticado banquete.

De eso estamos hablando. Ser editor es ser artesano. Ser editor no es ser artista. En este trabajo se requiere mucha más transpiración que inspiración. Ser editor es aprender a domar frases hirsutas. Es intentar civilizar prosas silvestres, o municipales, como alguna vez dijo Enrique Lafourcade. Es aprender a armonizar contenidos editoriales que muchas veces se muerden como perros y gatos entre sí. Es tratar de darles un cierto ritmo a las revistas o a los diarios desde la primera hasta la última página, aun sabiendo que hay lectores indisciplinados –allá ellos– que insisten en empezar por la última y acabar por la primera página. Es hacerle empeño para que el discurso del texto esté sincronizado en lo posible o por último deliberadamente confrontado con el discurso visual o gráfico, de suerte que –si la comparación fuera válida– lo que diga el pulso lo diga también la orina.

En este oficio uno escucha muchas barbaridades. Escucha, por ejemplo, que la gran miseria del periodismo es su fugacidad. Alguna vez fui a la presentación de un libro de recopilación de escritos periodísticos donde su autor agradecía a la editorial la posibilidad de haber rescatado sus textos de la nada, del olvido, del paquete donde envuelven los huevos en los almacenes de barrio, por el hecho de haberlos convertido en un libro. El libro salió, se editó y todavía se encuentra dormitando por ahí en librerías. Me pregunto, sin embargo, si eso salvó a aquellos textos de la nada. A lo mejor ya estaban salvados. Puede ser también que hayan estado condenados y que haberlos reeditado como libro haya sido darles a esos escritos solamente el funeral de primera categoría que en su momento no tuvieron.

Este oficio modesto del periodismo, y dentro de él, esta función aun más modesta y poco glamorosa que es la edición, deposita sin embargo gran parte de su grandeza en su propia fugacidad. Es falso que el buen periodismo no sobreviva. Está claro que jamás podrá sobrevivir como lo hacen las pirámides de Egipto o la escultura renacentista. El periodismo se escribe en papel, no en mármol. Se escribe para mañana, para la próxima semana en el mejor de los casos, no para la eternidad. Pero su misión es subirle, por decirlo así, un poco el voltaje al alumbrado público del momento. Subir el voltaje puede significar convertir los temas públicos en asuntos más accesibles o más interesantes. En mostrarlos más complejos de lo que parecen. En escudriñar los intereses que se anudan o desanudan en su interior. Eso ya es bastante. Y puede ser un trabajo perecedero, claro, pero no por eso menos divertido y grandioso.

Una vez le preguntamos con unos amigos a don Carlos León –autor de algunas de las mejores novelas chilenas del siglo XX, Sobrino único y Las viejas amistades, entre otras– por qué se había resuelto a escribir. Para ordenar las percepciones, nos respondió. Para tratar de que esas percepciones parezcan una embarcación bien estibada y no un gallinero desvencijado y caótico. Me gustó la respuesta y me gustaría que también sirviera para justificar las funciones del editor. Porque siento que es tarea del editor intentar que el diario, la revista, en definitiva cualquier producto editorial, parezca una embarcación bien estibada y no una simple montonera de letras y fotos.

En una época que se las sabe todas en materia de producción estandarizada y en serie, parece necesario rescatar la artesanía del periodismo, el trabajo farragoso de contar historias interesantes sobre personajes que a menudo no lo son, la virtud de introducir alguna tensión intelectual o semántica en textos que no la tienen, el talento para colocar alguna ironía o distancia en afirmaciones que a menudo no son más que frases hechas o lugares comunes

Sé que los editores periodísticos también tienen su épica. A nivel mediático, uno de los últimos héroes de la edición periodística y de la libertad de prensa fue probablemente Ben Bradlee, el editor de The Washington Post, quien apoyó, animó, estimuló y potenció a dos periodistas más bien cachorros, Bob Woodward y Carl Bernstein, cuando ellos descubrieron que había una hebra oscura y sinuosa entre el asalto a las oficinas del Partido Demócrata en el edificio Watergate y la Casa Blanca. Como hombre de confianza de la dueña del diario, Ms. Katherine Graham, Bradlee para entonces ya era una leyenda en los circuitos del periodismo norteamericano por su relajo, franqueza y capacidad para defender sus posiciones. En 1971 dio a la publicidad los llamados Papeles del Pentágono, según los cuales el gobierno americano estaba engañando a su pueblo al demostrar que estaba cada vez más comprometido con la aventura bélica en el sudeste asiático. Dicen que Bradlee también era un seductor por naturaleza. El tipo de hombre que no más salir del ascensor, entrar al piso donde estaban sus oficinas y arremangarse los puños de su camisa, llenaba el ambiente del piso completo de seducción y sexo, como escribió alguna vez un periodista del Esquire. Ese prestigio debe ser ciertamente una exageración, pero quizás sea el tipo de mistificaciones que se necesita para entender cómo la suma de dos periodistas envalentonados y un editor corajudo pueden al final del día terminar botando a un jefe de Estado, incluso en Estado Unidos, donde la presidencia es un monstruo de mil recursos, mil prerrogativas y mil cabezas.

No son muchos los editores y periodistas que pueden anotarse un triunfo semejante. Afortunadamente dirán algunos. Lamentablemente dirán otros. Las revelaciones del año 2005, acerca de cómo se manejó el caso, no le restan en absoluto trascendencia en la historia del periodismo norteamericano, aunque sí le quitan posiblemente grandeza, luego que William Mark Felt, el número dos del FBI en tiempos de Nixon, reconociera haber sido el informante –el Garganta Profunda– que orientó las investigaciones de los periodistas. ¿Lo hizo por razones de integridad? No. ¿Lo hizo para salvar a Estados Unidos de un presidente mentiroso y que estaba encubriendo una impresentable operación de espionaje político? Tampoco. Lo hizo simplemente por despecho, por razones un tanto miserables, puesto que nunca le dieron el cargo de director titular del FBI al que estaba aspirando. Bendito despecho el suyo si se tiene en cuenta que permitió sacar a un mandatario mentiroso del poder.

Las relaciones de la prensa con el poder son complejas y a menudo tirantes. Porque a su modo el periodismo, como se ha dicho tantas veces, también es un poder cuyos intereses casi nunca coinciden con los de un gobierno. Una prensa independiente, enseña la ortodoxia, independiente de los gobiernos, de los partidos, de los grupos económicos, de los grupos de presión, y sin eso que ahora se llama agenda oculta o agenda propia, siempre va estar en mejores condiciones de recoger los intereses generales de la sociedad. Como principio general, es impecable. Sobre el particular, en la academia, en los centros de estudios que se hacen cargo de asuntos públicos, en los observatorios de medios, hay abundante bibliografía, que no es del caso sistematizar aquí. Pero lo que sí sé es que la independencia como desafío para el ejercicio diario del periodismo no es ni tan fácil ni tan simple.

En función de mi experiencia, los medios en la actualidad, al menos en los que yo he trabajado, hablan o quieren hablarle a audiencias determinadas. No soy tan ingenuo como para creer que los contenidos editoriales dependen por entero del control que ejercen los lectores sobre ellos, pero tampoco creo que las definiciones editoriales puedan ser elaboradas con absoluta autonomía, atendiendo sólo a los superiores intereses del bien común y al margen de los públicos con los cuales quieran conectarse. También, en el largo plazo, no en el corto, soy relativamente escéptico frente a las eventuales agendas ocultas de los medios, que por lo demás nunca son tan ocultas como para pasar inadvertidas. Obviamente que aquí todavía queda un margen de acción más o menos amplio, muy propio del Chile fáctico que comienza a quedar atrás. Se podrá estirar la cuerda en un sentido o en otro, a veces más o a veces menos, pero dudo de la viabilidad de un medio divorciado sistemáticamente de los intereses de su audiencia. Con esto no estoy diciendo mucho. Pero estoy tratando de explicar por qué en el Chile de los últimos años –escenario de un cambio cultural cuyos alcances todavía no alcanzamos a dimensionar muy bien– los medios han sido arrastrados a procesos de apertura y a posiciones que hasta hace poco tiempo atrás parecían inconcebibles en función de su trayectoria, de su tradición, de las formas de pensar de sus directivos y editores e incluso de las líneas editoriales que mejor identificaban a sus propietarios. Si se quiere, todos ellos están perdiendo en cierto modo el control. La apertura de los medios en Chile no es ni el triunfo de la izquierda ni el triunfo de los sectores liberales del país. Es algo peor o mejor que eso: es el triunfo del mercado.

La competencia y apertura que comienza a advertirse en el sector no es producto tanto del deseo de la industria de tomarse cada vez más en serio la diversificación y creciente pluralidad de la sociedad chilena, cuanto del mercado que sometió a los medios a la lógica del consumo. Te compro si me interesas, no te compro si tus contenidos son incapaces de interesarme o interpretarme. Allá lo que te interese a ti como medio; acá lo que yo como lector, cliente o consumidor, prefiero, busco, exijo y quiero encontrar.

Cuando alguna vez entrevisté en Capital a Cristián Zegers, entonces director de La Segunda y ahora de El Mercurio, me dijo que los diarios eran una guerra. Aunque la frase puede interpretarse en muchos contextos, lo que él estaba señalando es que la competencia que los medios enfrentan en el mercado se trasladaba también al interior de los equipos de trabajo del medio. “En un diario –dijo Zegers– jamás impera una sola opinión. Yo partí trabajando en El Mercurio con don René Silva Espejo, un maestro, y yo diría que él jamás publicó alguno de sus artículos sin antes pasárselo a un redactor para que lo corrigiera e incorporara lo que se le hubiera podido pasar. Esto sucede todos los días en los diarios. Procesar la actualidad y jerarquizarla coherentemente es un desafío de equipos. La fortaleza de los medios está en la combinación de perspectivas. Los diarios no son una familia como se dice a menudo. Los diarios son una guerra. Una guerra amistosa, pero una guerra al fin y al cabo. La gente todos los días se compromete en una pugna por imponer sus noticias, sus interpretaciones, sus percepciones. ¿A dónde voy con todo esto? A que los diarios tienen mayor capacidad de decisión en equipo. Los diarios son equipo”.

Aunque en principio la competencia debiera ser menos despiadada, la guerra interior no es menos intensa que la guerra exterior y ciertamente que puede llegar a constituir un problema cuando se desboca, cuando se vuelve autodestructiva y cuando llega el momento en que todo vale con tal de merecer un titular, una portada, un llamado de primera página o espacios adicionales para la sección triunfante.

En esto, en la necesidad de que la guerra se mantenga como competencia controlada pero no como depredación fuera de control, los editores están llamados a jugar un rol de liderazgo y moderación que es importante. Un buen editor, por así decirlo, debiera ser capaz de mirar de cerca el árbol sin perder de vista los contornos totales del bosque. Debiera saber que hay momentos en que la pelea por el titular de portada o por un mayor número de páginas para una sección –pudiendo sacar a veces lo mejor de un equipo de trabajo en términos de profesionalismo y creatividad–, también puede prestarse para pugnas de poder que internamente suelen llegar a tener efectos desgastadores o resueltamente destructivos en la arquitectura interna de los medios.

No es necesariamente el rating ni la circulación lo que fortalece a los medios. Lo que en verdad los consolida es la identidad. En muchos sentidos, los medios no son otra cosa que la expresión de los sentimientos de pertenencia y de conexión que tienen distintas tribus con una sensibilidad, con un ámbito de actividades, con una idea de país, con una manera de ver o de sospechar la realidad. Los medios entregan insumos para la conversación de un grupo social más o menos amplio o más o menos restringido y por eso no es raro que tras las experiencias mediáticas más exitosas haya siempre una gran idea, una potente aspiración que va más allá de lo que puedan decir sus definiciones editoriales. Tener una razonable claridad respecto de cuál es esa idea, cuál es esa potente aspiración, es desde luego importante para el editor. Newsweek, por dar un ejemplo, no habría llegado a ser lo que es si su fundador no se hubiese inspirado en el intento de conciliar los conceptos de clase y de masividad. El diario El País, por dar otro, quizás no tendría ni la mitad de su gravitación en la opinión pública española si en su proyecto original no hubiese palpitado con tanta fuerza la demanda de abrir –de abrir con urgencia, con ansiedad y como respondiendo a un imperativo histórico– la España premoderna del franquismo al resto de Europa, para ventilarla, para dejar entrar aire fresco, para modernizarla de una vez por todas.

Al pensar que detrás de la historia y de la consolidación de los medios de comunicación hay una gran idea –lo repito, una idea poderosa y que no puede agotarse en el corto plazo–, advierto desde ya que no me estoy comprando por anticipado ninguna épica particularmente gloriosa de las funciones del editor. El editor trabaja no para cambiar el mundo sino para que el resultado quede medianamente bien hecho. Y para que pueda calificar también como medianamente entretenido y legible. Esto ya es bastante.

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Aparte de un resuelto compromiso con la función que está llamado a cumplir y con el medio en que se desempeña, yo diría que el primer mandamiento de un editor pasa por un cierto respeto a la palabra escrita. Esto, que parece bastante obvio en el caso de la prensa, no lo es tanto cuando se toma en consideración la enorme cantidad de periodistas que entienden la escritura sólo como una fase más –y a menudo la más intercambiable y tediosa– del trabajo que realizan. Hay periodistas a los cuales se les cambia el titular, se les cambia la bajada y se les cambia el texto y se sienten tremendamente complacidos asumiendo que su crónica fue publicada tal como ellos la concibieron. Hay otros que ante cambios así de profundos, los agradecen, sea porque efectivamente los comparten o porque no están dispuestos a tensar las relaciones con sus jefes. Hay periodistas que ni siquiera advierten los cambios que el editor introdujo, simplemente porque nunca más se toparon con su crónica, no se interesan mucho en volver a leerla en el diario o la revista y tienen cosas más interesantes que hacer que andar confrontando lo que ellos enviaron con lo que después se publicó. Y, en fin, están quienes –más por lo que me han contado que por lo que yo he visto– se la juegan por lo que escribieron y defienden cada palabra, cada letra y cada coma como si fueran cláusulas de un eventual tratado de paz para el Medio Oriente.

Sé también que hay distintos tipos de editores, unos más invasivos que otros. Hubo quien alguna vez me contó que llamaba por teléfono al autor de la crónica cuando le cambiaba una bajada. Edición versallesca y un poco cara: nunca supe cuánto gastaba en la cuenta telefónica. Hay otros que hacen pedazos físicamente el artículo en la cara del periodista cuando sienten que no cumple con los estándares exigidos. Edición agresiva y poco cristiana. Entre esos extremos hay espacio para todo: para la edición autoritaria y para la edición pedagógica, para la edición cara a cara y para aquella que se realiza bajo reserva y como si se tratara de un complot, para la edición que mira fundamentalmente a los hechos y la edición que prefiere coquetear con la prosa.

La falta de compromiso con la escritura es un asunto que en esta profesión todavía me produce algún asombro. Tal vez me gustaría que hubiera más gente dispuesta a matar por un buen título, por un adjetivo oportuno, por una observación lateral sobre el contexto físico o emocional donde el entrevistado está diciendo lo que está diciendo. Esta desafección encubre no sólo desapego por lo que se escribe; encubre también falta de pasión por el oficio, desinterés en lo que otros medios puedan estar haciendo, poco entrenamiento para leer diarios y revistas extranjeros y más atención sobre el número de caracteres que el artículo debe cumplir que sobre los contenidos que debiera desplegar.

Un editor debe saber –segundo mandamiento– que los textos pueden soportar mejor los vacíos de rigor periodístico o los desafueros del lenguaje que las frases que no dicen nada o suman un lugar común sobre otro. Siempre habrá manera de corregir en la edición las inexactitudes o los gazapos ortográficos. Cuando el texto es más plano que una baldosa, el asunto ya es más difícil, por lo mismo que no se ha inventado un tratamiento de respiración artificial capaz de reanimar a un muerto.

La práctica enseña que el tiempo gastado a la hora de pautear los artículos es tiempo que se gana a la hora de editarlos. Las reuniones de pauta pueden ser fastidiosas –más fastidiosas que agotadoras, en estricto rigor, porque son el reino del chisme, la anécdota interminable y la dispersión– pero sirven para entender los temas, sirven para que el periodista no llegue preguntando al interlocutor o entrevistado de qué se trata, sirven para incorporar al tema otras perspectivas, sirven para dar alguna luz adicional sobre el personaje, sirven para no pretender descubrir América por segunda vez, sirven para establecer el piso desde el cual la crónica, entrevista o reportaje debiera construir una animita, una casucha, una casa o una catedral.

Sé que la concepción de la edición como instancia básicamente de control de daños es un poco miserable y no le hace debida justicia a las potencialidades del oficio de editor. Editar no es sólo corregir, visar y procesar textos para disciplinarlos, sancionarlos o condenarlos. Editar es también entregar perspectivas nuevas de aproximación a un tema. Editar es también inventar secciones. Editar es también imponer ritmos, estilos, lenguajes, a lo largo de un diario o revista. Editar es intentar responder con el producto final a una moral coherente y comprometida a fondo con los ejes editoriales de una publicación.

Todavía recuerdo cuando a fines de los 60 o comienzos de los 70, hablando con Edgardo Cozarinsky, entonces crítico de cine del semanario argentino Primera Plana, celebré la prosa un tanto arrogante, intelectualmente provocativa y siempre muy corrosiva de sus escritos. “Sí –me dijo– sé que no escribo mal, pero debieras saber que en Primera Plana el secretario de redacción –que en ese tiempo era Ernesto Schóo– reescribe todos los artículos”. Desde luego me costó creerlo, pero el dato me ayudó a entender por qué Primera Plana era una revista de una coherencia interna, de una mirada entre despectiva y clarificadora sobre la actualidad, como probablemente no ha habido igual a nivel de semanarios en castellano. Primera Plana, luego de que la dictadura de Onganía la cerrara, se convirtió en la revista Confirmado y esta tradición editorial sería la que animaría después al diario La Opinión, propiedad de Jacobo Timerman, que se convirtió en un referente político importante y autónomo y que también tuvo un lamentable desenlace cuando –acusado después de contactos con la guerrilla, el sionismo internacional y el extremismo– la dictadura militar argentina encarceló sin juicio durante años a su director, que finalmente, entiendo, pudo exiliarse primero en Israel y luego en Estados Unidos. Falleció sin embargo en Buenos Aires en noviembre de 1999.

Es dudoso que hoy un solo editor pueda reescribir entera una revista. Incluso como proeza editorial es discutible y hay una suerte de autoritarismo en ella que parece absolutamente reñida con la lógica y con la conciencia políticamente correcta de estos tiempos. Pero creo que el caso de Primera Plana –donde se podía leer con el mismo placer la nota política, el comentario deportivo, la crítica literaria o las notas sobre los últimos fetiches del consumo– permanece como un testimonio a mi juicio notable de coherencia interna, de calidad periodística y de un sello editorial inconfundible en el periodismo latinoamericano de esos tiempos.

Es difícil predecir qué vaya ocurrir con este oficio en los nuevos desarrollos del periodismo. Si la migración de la prensa escrita a internet es una ley ineludible –como muchos expertos ya están viendo que lo es– probablemente su rol va a ser menos crucial que hasta ahora. Nada menos que el presidente y editor de The New York Times, Arthur Sulzberger Jr., dijo hace poco “en realidad no sé si estaremos imprimiendo en papel el Times en cinco años”. Y dijo que el tema no le importaba demasiado, entre otras cosas porque el Times jamás iba a ser gratis. Las perspectivas de futuro que abren declaraciones así son confusas. Internet es tanto el espacio para una participación on-line sin fronteras como la pista soñada para los textos infinitos. Es un ámbito donde los discursos pueden armarse y desarmarse con la misma velocidad, 24 horas al día y los siete días de la semana, pero donde también pueden quedar congelados por meses porque el responsable del sitio simplemente se olvidó o se aburrió de actualizarlo. Esta es la tónica y la práctica de los blogs. Tratándose de medios, obviamente la situación jamás va a ser la misma. Posiblemente en la red los medios seguirán requiriendo editores, pero llegará acaso el momento en que un buen buscador compensará con creces los costos y las funciones que el cargo tiene, al menos en la forma en que lo hemos conocido hasta ahora.

La duda es si en la red las palabras no quedarán más devaluadas de lo que ya están en la prensa y en la industria editorial. El gran insumo de este oficio, después de todo, son las palabras. Y no las palabras dichas u oídas, sino las palabras escritas con tinta, que por esta sola circunstancia adquieren una majestad que a lo mejor ni siquiera merecen. La palabra escrita no necesariamente dice más que la oral. Pero en la medida en que dura en el tiempo pareciera –es sólo un espejismo, por cierto– tener mayor autoridad. ¿La van a mirar con el mismo respeto las generaciones que nacieron y han vivido pegadas a un terminal de computador, a un celular o a una conexión wi-fi? ¿Hasta qué punto el propio entorno de la red no es una amenaza y, más que una amenaza, una barrera infranqueable, para el tipo de discursos autosuficientes, concluyentes, cerrados sobre sí mismos y ligera o francamente autoritarios, aunque no lo queramos, en los cuales los editores nos quemamos las pestañas?

Sabiendo todos en qué dirección sopla el viento, es improbable que de momento podamos saber cuáles serán los desenlaces de los procesos y desarrollos que están en marcha. Si para algo no tengo ventaja comparativa alguna es para la futurología. Algo, sin duda, está cambiando. Recién estamos comenzando la revolución que viene y pareciera que nunca las palabras fueron tan fugaces como ahora. Y, si nos apuramos un poco, pareciera también que nunca guardaron tanta semejanza con el silencio.

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