Leonardo Sciascia quería saber la verdad

El tiempo se confunde en las islas. Las civilizaciones llegan a través de naufragios, los cambios al ritmo del oleaje. Lo sabemos los chilenos, pues a Chile todas las modas llegan apuradas y a destiempo, y al final no entendemos a fondo nada y la colonia se prolonga en la república y el feudalismo en la posmodernidad. El siglo XVIII tuvo así en Sicilia su máximo exponente bien entrado el siglo XX. La ética y por lo tanto la estética de Sciascia –autor nada menos que de una versión siciliana del Cándido de Voltaire– es la del siglo de las luces. Su pasión por Stendhal, al que le consagrara una multitud de artículos y un libro entero de ensayos, nace de su común anclaje en ese mundo más feliz y menos temeroso, el de Diderot, Voltaire y Sterne. Un mundo en que el lector era cómplice, y en que el humor era un arma de combate. Un mundo que creía justamente en la posibilidad de comprenderse a uno mismo. La sicología, la melancolía no le interesaron nunca demasiado a Sciascia, autor de novelas cada vez más breves pero cada vez más complejas. A Sciascia lo que le importaba era la claridad, la geometría de la trama y cómo ésta podía de alguna forma reflejar una verdad velada y romper de paso con una complicidad criminal. Para él la literatura era una herramienta de conocimiento. Un enorme laboratorio en que se probaba la fragilidad de los mitos.

Para ese niño educado por mujeres que se persignaban por cualquier motivo, la razón fue un refugio, una salvación ante la doble irracionalidad del fascismo y la religión. Su prosa siempre transparente y al mismo tiempo nerviosa, sirve a ese único propósito: denunciar la gran mecánica de la mentira pública, denunciar esos espejos falsos que no son otra cosa que enormes trampas para incautos. Todos los libros de este siciliano más bien quitado de bulla, son panfletos, a veces violentos, casi siempre satíricos, generalmente despiadados, donde lo único que se salva es la conciencia solitaria de algún juez jubilado, de algún policía que lee demasiados libros franceses como para agacharse del todo ante las órdenes de la manada. Manifiestos en forma de novela como los de Voltaire o Sade o Diderot, esos autores que inventaron la novela moderna justamente porque nunca les interesó demasiado la verosimilitud de sus ficciones o la sicología de sus personajes.

Leonardo Sciascia quería saber la verdad, por eso se puso a inventar historias. Fue criado en una tierra de mito y en un momento histórico en que la verdad era mal vista. El niño que se salvó de ese opresivo ambiente leyendo La cartuja de Parma, escribe no para dictar sino para leer mejor. Leer a Stendhal que comprendía tan poco Italia y tanto a sí mismo, pero leer también esos dos o tres muertos que aparecían cada semana en las calles de su pueblo, de los que de pronto todos dejaban de hablar.

La manera en que contamos las cosas, en que las inventamos, en que las leemos modifica la realidad, la transforma, la define. Somos lo que contamos, y tratamos de vivir según las reglas de ese relato. Sciascia cree que la historia es siempre muchas historias, leerla como novela no es deformarla sino comprenderla, porque así tratamos de vivir, como en una novela. Como ese famoso mafioso que volvió a matar después de ver “El Padrino” de Francis Ford Coppola. Que volvió a matar justamente porque la película poco o nada tenía que ver con su vida real de asesino a sueldo en Nueva Jersey, pero sí con la leyenda que tejió sobre ella, sobre lo que le habría gustado ser. La historia es tantas veces la de esos equívocos, la del mafioso que quiere ser Marlon Brando, la de Marlon Brando que se inventa de la nada un mafioso ideal que en el fondo es su padre, el que soñó tener y no tuvo. Pero también la de la bruja que está dispuesta a ser quemada por sus jueces con tal de darle satisfacción a sus fantasías más recónditas, en La bruja y el capitán, una de esas novelas reportaje con que Leonardo Sciascia, con la modestia de un jubilado que sólo quiere divertirse, revolucionó la frontera de los géneros literarios. Novela documental, ensayo de múltiples voces, relato collage y al mismo tiempo homenaje a Manzoni a medio siglo de su muerte, La bruja y el capitán descansa entera –como 12+1, La puerta abiertaEl teatro de la memoria o Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel– en viejos expedientes judiciales, completamente verdaderos pero tan increíbles, tan descabellados en sus conclusiones que sólo un escritor de ficción puede interpretarlos en toda su amplitud.

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Leonardo Sciascia nació en Racalmuto, Sicilia, en 1921, y su obra no fue más que una enorme indagación sobre estos dos datos esenciales, la fecha y el lugar de su nacimiento. La protagonista de todos sus libros, incluso los que no suceden en la isla, es Sicilia. La Sicilia de siempre pero sobre todo la de su tiempo. Pero esta investigación sobre su lugar en el mundo no estaba alimentada ni de melancolía, ni de orgullo, ni de nostalgia. El Sciascia que escribió sobre su pueblo infinidad de veces era cualquier cosa menos un escritor pueblerino. A Sciascia le obsesionaba la sicilización del mundo. Una larga entrevista con Marcelo Pavoni se llamaba justamente “Sicilia como metáfora”. No le interesaba sólo la globalización de las prácticas mafiosas, sino también de una cierta indiferencia, un cierto silencio cómplice alrededor de ella. La mistificación de la violencia que la perpetra tanto como las pistolas y los puñales. Mucho antes de que se hiciera evidente, vio cómo la frivolidad, el murmullo y la tendencia a embellecer el crimen, lograrían perpetuar el poder en manos de los mismos. ¿Habría sido posible un Berlusconi todopoderoso con Sciascia vivo haciendo preguntas incómodas desde Sicilia? O, más bien: ¿no son las novelas de Sciascia una explicación de por qué esta anomalía democrática que es el Cavaliere no tiene nada de anómalo? Como tampoco nada tienen de anómalos Fujimori, Menem o Chávez, las FARC o Sebastián Piñera. En la mismas salas de torturas de inquisición, describe Sciascia en su novela Las puertas abiertas, un jurado se reúne para decidir si aplicar o no la pena de muerte de un detenido. Las torturas y las hogueras de ayer apenas reciben el velo de la razón o la ley. Sicilia al negarse al progreso, al mantener las recónditas mecánicas del mundo feudal, se habría adelantado a las transformaciones que llevaría consigo la generalización del capitalismo mundial. Los éxitos de la mafia siciliana en los Estados Unidos eran la prueba de que paradojalmente las reglas y los usos más primitivos, los del feudo y la tribu, eran los únicos que sabían adaptarse del todo al mundo mecanizado del exceso de información.

Hay en Racalmuto una estatua suya: con la corbata desordenada, la cara y el cuerpo redondo, camina aún en una vereda de una calle cualquiera. Sciascia nació cerca, muy cerca de Caos, la ciudad en que nació a su vez Luigi Pirandello. Hijo el premio Nobel de los dueños de la mina de azufre local, hijo a su vez Sciascia de un pequeño explotador de estas mismas minas. El adolescente Leonardo Sciascia vio en el responsable de Seis personajes en búsqueda de un autor más que a un vecino, a un hermano mayor literario con el que casi todos sus libros dialogan y polemizan. Sus novelas y obras de teatro llenas de personajes que dudan de su identidad, eran, según Sciascia, puro realismo siciliano. En gran parte la obra de Sciascia quiere devolverle a la de Pirandello su contexto, el absurdo no sólo como una condición sicológica y existencial, sino como una consecuencia del entorno social, de la vida política. Ahí donde la verdad ha sido secuestrada por el poder, la frontera entre la ficción y la realidad no hace otra cosa que adelgazarse cada día. Adelgazarse tanto que termina por matar o dejar matarse a un joven lleno de vida, el hermano mayor de Sciascia, ese que parecía tanto mejor armado que él para vivir y triunfar. Una muerte que será quizás la razón del eterno escepticismo de su hermano menor Leonardo, obligado a dar por los dos, por él y por su hermano muerto, testimonio.

Sciascia aplicó el método de Pirandello, sus juegos entre la ficción y la realidad, al periodismo, donde justamente se espera que todo sea verdad, que todo esté documentado. Una y otra vez Sciascia muestra el límite de esos documentos, cómo la verdad en ella puede ser también una mascarada, y cómo la máscara puede ser el verdadero rostro. Así, siguiendo la trayectoria de Ettore Majorana, el mayor físico de Italia desaparecido misteriosamente en plena juventud, el autor decide de pronto, contra todo instinto periodístico, dejar de investigar, guardar el secreto de su personaje y entregarnos un final abierto. Puede que Majorana se haya convertido en un monje trapense –eso es al menos lo que cree Sciascia– pero si este es su secreto prefiere conservárselo, quedarse en silencio ante una tumba anónima que podría ser o no la del físico. La verdad de Majorana es para Sciascia otra, la de un científico que pudo inventar la bomba atómica en plena Italia fascista y que eligió ante esa posibilidad el silencio y el misterio. Un silencio, un misterio en que Sciascia lee lo que nadie más había leído antes que él: un acto político.

A Sciascia no le interesaba sólo la globalización de las prácticas mafiosas, sino también de una cierta indiferencia, un cierto silencio cómplice alrededor de ella. La mistificación de la violencia que la perpetra tanto como las pistolas y los puñales. Mucho antes de que se hiciera evidente, vio cómo la frivolidad, el murmullo y la tendencia a embellecer el crimen, lograrían perpetuar el poder en manos de los mismos. ¿Habría sido posible un Berlusconi todopoderoso con Sciascia vivo haciendo preguntas incómodas desde Sicilia? O, más bien: ¿no son las novelas de Sciascia una explicación de por qué esta anomalía democrática que es el Cavaliere no tiene nada de anómalo? Como tampoco nada tienen de anómalos Fujimori, Menem o Chávez, las FARC o Sebastián Piñera.

De Racalmuto, Sciascia salió a Caltanissetta, para hacerse profesor primario. Su rostro redondo, su traje siempre impecablemente abrigado, su mujer, una sola toda la vida, una colega conocida en un colegio, con la que tuvo dos hijas, su vida, tenía el rigor y la grisalla del profesor normalista. Un señor pudoroso y de corbata, con su biblioteca, su colección de grabados antiguos, su casa de campo y su departamento en Palermo. Una vida de jubilado que llenaba de documentos traídos por amigos y largas conversaciones llenas de largos silencios. El silencio que era justamente la marca de fábrica del sulfuroso pueblo de Racalmuto cuyo lema dice: “En silencio me hice fuerte”.

Ese silencio lo conoció y reconoció Sciascia en detalle hasta su intimidad más secreta. Lo persiguió de pueblo en pueblo al que era trasladado como profesor en escuelas abominables en que a nadie le interesaba aprender nada. Sciascia rechazaba romantizar el fatalismo siciliano. Era lo que lo separaba del otro gran lector siciliano de Stendhal, Giussepe Tomasi di Lampedusa. En El Gatopardo, ese tiempo sin tiempo de Sicilia se convierte en un bello baile de palabras y descripciones minuciosas. Un canto a lo inmutable en mano de un héroe, el Príncipe de Salina, Fabrizio Corbera. La misma belleza de la prosa despertaba en Sciascia sospechas. Porque la violencia no era bella vista de cerca, ni menos la miseria, el atraso, la humillación o la ignorancia de la que fue testigo preferencial mientras enseñaba. De la que siguió atestiguando después, cuando dejó la enseñanza por el periodismo, un periodismo, el de comienzos de los años cincuenta en la Italia recién liberada, en que la palabra mafia sus editores tachaban una y otra vez.

El gatopardismo, la idea de que todo debe cambiar para que todo siga igual, es así para Leonardo Sciascia un lujo de condes que él no se había podido permitir nunca. Para los personajes de Sciascia, jueces generalmente crepusculares, burgueses escépticos que coleccionan libros raros, nada cambia y nada sigue igual. Sus historias ambientadas tanto en el siglo XVII, XIX o XX reproducen los mismos mecanismos, denuncian siempre los mismos tipos de miseria moral, involucre ésta la Inquisición, la brujería, la justicia racionalista, o la medicina. Contra toda forma de demagogia se yergue Sciascia, como un profesor estricto que conoce demasiado el mundo para hacerse ilusiones sobre él. Pero que lo conoce también demasiado como para fingirse desilusionado. Sciascia, y en eso sigue más radicalmente que Lampedusa a Stendhal, se desnuda de toda literatura por amor mismo a la literatura. Acaba con todo énfasis, con toda retórica, con todo lo decorativo, con todo lo que pueda endulzar la parquedad de los hechos. Lo hace no por falta de lecturas –sus libros son laberintos de citas– sino por exceso. Sigue al pie de la letra los preceptos no escritos de la antinovela, como la antipoesía de Parra, ese invento de Stendhal. Novela sin trama, sin mentira alguna, pura verdad anotada al mismo ritmo que se respira.

No hay héroes en los libros de Sciascia, ni antihéroes, hay solo actores que toman lugares distintos en un escenario. No hay humanismo de derecha o de izquierda, no hay complicidad, pero sí hay placer. El placer estricto, riguroso, de la observación justa, de la frase verdadera, de la trama abierta, de la moral sin moraleja. Así Sciascia, que no sonreía en las fotos, confiesa escribir por puro hedonismo. No trabajaba mientras, al ritmo de un libro al año, entregaba sus manuscritos al editor. Trabajar era lo que hizo en su juventud de profesor primario y en su madurez de periodista mal pagado. La literatura era para él un descanso, un juego, un recreo en que el lector –y eso lo transformó en un escritor popular y querido, con club de amigos aún en actividad e infinidad de traducciones– compartía. Progresivamente, en vez de profesionalizar su escritura, Sciascia fue dejando ver cada vez con mayor claridad la felicidad del diletante, el placer del que descifra, del que descubre. El secreto del atractivo hipnótico con que se leen sus novelas policiales reside justamente en que somos nosotros los lectores los únicos verdaderos policías que hay en ellas. Cuando le preguntaban por qué solía callar el nombre del culpable, decía, con toda bonhomía que él no sabía quién era ese culpable, que dejaba al lector el cuidado de encontrarlo si le interesaba saberlo. A él no le interesaba. Cualquier solución que éste encontrara a la intriga, valía lo mismo, lo importante no era saber quién sino por qué o cómo, esa pregunta ante la que no hay nunca una sola respuesta.

Por lo demás, no pocas veces la solución del enigma está en la primera página. Con una mezcla siempre igual de fascinación y escepticismo, Sciascia habla de lo que ya se sabe, los datos de la historia, como de algo supuesto, de algo posible, mientras lo que no sabemos, lo que apenas adivinamos es su única certidumbre. Es ahí donde está la clave de su método. Lo que por sabido se calla, es lo que él pone en duda. ¿La Condesa de Tiepolo mató fríamente o no a su amante en 1912+1? ¿Era su amante o no el soldado asesinado? La novela respeta todas las conclusiones y conjeturas, le interesa sobre todo ver cómo esas conjeturas se negocian, se mezclan, se olvidan, se recuerdan. Cómo la sociedad que ese tribunal simboliza, construye sus sentencias. Al final, ante la cosa juzgada, cuando pensamos haber recorrido todas las posibilidades del juicio, Sciascia nos entrega otra conjetura inesperada, dejando abierto un caso completamente cerrado.

Leonardo Sciascia vino al mundo en el corazón mismo del mito siciliano, entre templos milenarios, dioses enterrados y campesinos callados, pero nació también, y sobre todo, un año antes de que el fascismo llegara al poder. Toda su juventud y parte de su adultez la vivió bajo el régimen de Mussolini. La lectura y la escritura serán para él una forma de oposición a los desfiles, a las canciones a coro. Conocerá en carne propia todos los rigores de la clandestinidad, de la resistencia, pero también el silencio oficial de esa ciudad que se supone ahora sí podía dormir con las puertas abiertas. Una y otra vez las novelas de Sciascia son una advertencia contra una sociedad que se duerme, que cree imposible que la democracia dé paso al totalitarismo. Los abusos del lenguaje, las tergiversaciones de la verdad, la intolerancia, son el objeto de muchos de sus libros, que también tienden a mostrar el peligro que viven los que la denuncian.

El fascismo es así el telón de fondo y protagonista de Las puertas abiertasEl caso Majorana, y Autos relativos a la muerte de Raymond Roussel. En Cada cual el suyo, un farmacéutico investiga la muerte de un amigo hasta ser él mismo ese muerto. En El día de la lechuza es la mafia, esa mafia que según todos no existe, la que asesina a un sindicalista. En 1912+1 se ataca a los orígenes mismos del fascismo, la sociedad supuestamente cómoda y victoriosa de antes de la primera guerra mundial. Un mundo donde los suspiros de D’Annunzio adormecen las cabezas de las muchachas. Una y otra vez la exploración es ante todo literaria, es el lector Sciascia el que busca en los signos, los documentos, los gestos y los silencios los indicios de lo que no se cuenta y por eso mismo es esencial. Los indicios de ese otro crimen, el del silencio, el de la mentira de la que la muerte y los balazos no son más que la consecuencia innegable. Borgeano en el espíritu –mucho más que todos los borgeanos argentinos juntos– Sciascia va de la trama a la alegoría, y de la alegoría a la realidad cotidiana, la del diario, y la de la editorial de éste donde destacó por sus gestos incómodos. Tan incómodos como acusar a los jueces antimafiosos más famosos de Italia de instrumentalizar su lucha contra la cosa nostra para sacar dividendos personales y políticos de ella. Acusación aparentemente exagerada en su tiempo que demostró ser de una exactitud escalofriante.

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EnEl contexto por primera vez Sciascia toma el cuidado de situar su novela en un país imaginario. Una ciudad sin nombre donde la gente tiene apellidos españoles, donde de pronto son asesinados una serie de jueces. Ese país imaginario se transformaría luego en Italia, donde otros jueces empezaron a ser sistemáticamente baleados uno a uno. Sciascia se enfrentó una vez más con su propia leyenda negra: la del pájaro de mal agüero que escribe el guión de lo que luego será noticia de primera página. ¿No creía, por lo demás, el propio Sciascia que las novelas cambian la realidad que nombran? ¿No era ese el fuego que animaba su escritura, el hecho de exorcizar demonios?

No fueron pocos los que vieron en el rapto y posterior asesinato de Aldo Moro, una escenificación de Todo modo, su novela de 1974. Era ésta la historia de una serie de asesinatos en un retiro espiritual. Las víctimas y los victimarios eran demócrata cristianos y sacerdotes. El héroe en la adaptación cinematográfica de la misma (“Cadáver exquisito”, de Francesco Rosi), lo encarnaba Gian María Volonté, de asombroso parecido físico con Aldo Moro. Preso, ese héroe en el libro, en la película, y ahora en la realidad de una trampa de complicidades enmarañada que terminarían por matarlo.

El cuerpo de Moro, al que todo el mundo parecía haber renunciado a buscar, apareció acribillado justo entre la sede del Partido Comunista y el Partido Demócrata Cristiano, simbolizando de manera geográfica el fin del compromiso histórico entre ambos partidos, que Aldo Moro intentó hacer realidad. Todo, el rapto, la ineficacia de la policía, las largas cartas de Aldo Moro descifradas por toda suerte de siquiatras y expertos en cábalas, parecía sacado de una novela de Sciascia, a la sazón uno de los escritores más conocidos y prestigiosos de Italia.

El caso Moro parecía una novela de Sciascia quizás porque lo era. Así al menos pensó el escritor italiano, que se dedicó entonces a escribir esa novela. Una novela, como casi todas las suyas, en que nada es ficción, en que todo se supone es verdad, pero en que justamente nos preguntamos en qué consiste eso que llamamos verdad. Sciascia decidió tomar el caso justamente como un libro ya escrito que debería simplemente reescribir. Siguió así el método de Borges en “Pierre Menard, autor del Quijote”. Reescribir una obra en otro contexto es escribir una nueva obra. Ordenar los hechos del caso Moro, sabiendo su fin, es una forma de desentrañar realmente qué pasó. Al revés de lo que el reportero a la americana busca, no es en lo oculto, en los datos secretos que está la verdad, sino en lo evidente, en lo que todos ven, en lo que se declara a voz en cuello, donde el secreto se esconde. Las cartas desesperadas de Aldo Moro desde su cautiverio no son mensajes cifrados que revelan dónde está, sino que nos hablan de quién era Aldo Moro y por qué su asesinato se transformó para todos, tanto para sus amigos como sus enemigos, en una necesidad.

Sciascia, que había intentado ya esta peligrosa acrobacia literaria indagando sobre inquisidores y estafadores del siglo XVII, lo hacía ahora sobre un caso que todos conocían y que a todos de alguna forma conmovía. Su libro,El caso Moro, sólo se diferencia de otras indagaciones del mismo Sciascia en Los apuñaladores, 1912+1 o El caso Majorana, por la urgencia y la virulencia de su lenguaje. Sciascia habla de algo que duele, que le duele. Moro es un hombre de su generación, un meridional como él, un hombre sin embargo que hizo casi todo al revés de él. Un demócrata cristiano, un cómplice del silencio que Sciascia tantas veces denunció. Un representante particularmente dotado del mundo del Honorable Andreotti, donde las fronteras entre la iglesia y la política y estas dos y la mafia nunca están del todo claras. El mundo de Todo Modo, de El día de la lechuza, pero sobre todo el deEn tierra de infieles, que denuncia el caso real, demasiado real del obispo de Patti, expulsado de su diócesis por no ordenarle claramente a sus parroquianos votar por la Democracia Cristiana.

En el lenguaje de Moro, ese lenguaje que tanto conocemos en Chile, ese que dice sin decir, ese que se nutre de la ambigüedad tanto como del vacío, de la pura retórica del negociador, detecta Sciascia todas las contradicciones de la política italiana. Contradicción que se hace patente cuando sus amigos y colaboradores deciden que ese mismo lenguaje que ha sido siempre el suyo, el de todos ellos, ya no los representa. Que ese Aldo Moro, el que pide, como siempre ha pedido, negociar, llegar a acuerdos, ya no es el Aldo Moro que conocieron. Que se ha convertido en otro, un otro que ya no importa encontrar o salvar.

La tragedia de Moro es la de ser él mismo cuando nadie lo es. Moro, el hombre, sigue vivo, mientras el Papa mismo da por muerto al político. Lo que ocurra con su cuerpo es sólo consecuencia de lo que ya ocurrió con su nombre, con su máscara. En ese asesinato, previo al que las brigadas rojas sólo terminan, colaboran tanto la iglesia, el estado italiano, la Democracia Cristiana como el Partido Comunista. Esta última revelación debió ser especialmente dolorosa para Sciascia, por décadas militante comunista, concejal y dirigente del partido en su región, que se había distanciado justamente de aquel a la hora de “el compromiso histórico” auspiciado por Aldo Moro, en que veía una trampa que lograría convertir al PC en un cómplice más de la corrupción imperante.

Sciascia llegaría así el Congreso italiano como diputado radical, apoyando a Marco Pannella. En la cámara dirigirá una comisión investigadora sobre el caso Moro, que hará oficial lo que el ejercicio de la literatura sobre el caso ya le había enseñado: la desatención criminal de la policía, sus bien orquestados olvidos, la desidia de los políticos, la mentira piadosa, la verdad despiadada. Sus últimas novelas, la crepuscular El caballero y la muerte y la terrible Una historia sencilla vuelven sobre los mismos temas de siempre: la justicia, el silencio y la muerte. Aunque esta última, la omnipresente muerte que baña todas sus novelas, parece ya no ser cada vez más ajena. Y la imposibilidad de dejar el tabaco que sufre el Vice, su inspector en El caballero y la muerte y la sensación de que la memoria no tiene futuro –como titula su último libro de ensayos,El futuro de la memoria (si es que la memoria tiene futuro) –, acentúan aún el clima de escepticismo que bañó toda la obra de Sciascia, un autor que para burlarse justamente de esta fama de pesimista tituló uno de sus libros de ensayos Negro sobre negro.

Ese pesimista entusiasta, ese moralista sin moralina que pensaba que la literatura estaba para contar la verdad, se encontró en un mundo de verdades relativas, en que la literatura se había vuelto meramente decorativa. Lo que Sciascia siempre supo terminó también por ser cierto para él: el fascismo en Italia y fuera de ella no necesita la fuerza para imponerse. El silencio y el mito bastan. El sueño de la razón no es el que produce monstruos, sino su inconciencia, la pasividad de los que se supone son sus portadores. Sciascia vivió despierto en un mundo que después de él prefirió y prefiere seguir durmiendo en paz. Esa paz eterna y benigna que es siempre la de los cementerios contra el niño de Racalmuto que se rebeló leyendo Rojo y negro, la historia de otro niño en un granero que se rebela leyendo.

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