Las utopías afectivas

Juan Pablo Roncone. Hermano ciervo
Los Libros Que Leo, 2011
128 páginas

“Llegué a la isla para conocer a mi padre”, comienza su relato el narrador de “Gansos”, el mejor de los cuentos incluidos en Hermano ciervo y probablemente el más bello que se haya publicado este año en un país que ha vuelto a vivir la esperanza política de la mano de sus jóvenes y donde escritores de las nuevas generaciones, como Juan Pablo Roncone (28), nos vienen recordando que hay una deuda extraña, no saldada, entre padres e hijos. De ahí la fascinación que ejercen estos cuentos donde se habla de los vínculos familiares, afantasmados por la pérdida o por la percepción dolorosa de lo que no fue.

Shakespeare nos legó la poderosa imagen de un espectro paterno, pero Hamlet no tenía hijos, ni conflictos con la paternidad. Escritores como Roncone, nacidos bajo la dictadura, sí. O al menos eso reflejan narradores como el de “Gansos”, quien finalmente decide no conocer a su padre y encuentra, por el contrario, a una mujer y un niño que le permiten vivir lo que llamaría una utopía afectiva, en que es posible ser padre. Como toda utopía, ésta se desarrolla en una isla. Como toda utopía, también, tiene la traza de la esperanza, del amor. Y como ocurre en todo viaje utópico, su protagonista se va y es incapaz de volver.

En “Niños” se anticipa también un hijo, pero esta vez con dureza, casi con crueldad. El narrador es un acomodado y aburrido universitario, que busca hacer guiones y encuentra un grupo de padres que se reúne periódicamente en sesiones de espiritismo, para hablar con sus hijos muertos. Inventa un hijo ahogado: habla con él. La historia podría ser de Palahniuk, pero el curso que toma aquí es contenido, severo. La utopía de “Gansos” es desplazada por una ironía dolorosa y, ciertamente, muy local.

Como en “Niños”, Roncone establece en varios de sus relatos una asociación ancestral: la de construir historias con tejer mentiras. En “La muerte de Raimundo” se expone esta poética: “Cuando conocí a Raimundo (…) no me obsesionaban las historias como ahora. Las historias y la génesis de las historias, que suelen ser las mentiras”, cuenta este encubierto culpable de la muerte de su amigo. Se podría inferir aquí aun otra asociación más: la de contar para no morir, al modo de Sherezade. En el mismo texto, Roncone añade otro elemento a su poética: que las historias “dispersas y fragmentarias”, suelen ser “las buenas y verdaderas historias”, concepción que se puede rastrear en la cuidada factura de los ocho cuentos de Hermano ciervo. Su construcción es a partir de fragmentos en que los cortes temporales resultan fluidos, bien trabados y que en suma producen una extraña sensación de unidad, por los paralelismos y ecos, temáticos y estructurales, entre los relatos. Podría pensarse que forman parte de una misma, incompleta novela, en que los personajes dan palos de ciego sin hallar salida a su soledad. Los cuentos “Muerte del canguro” y “Cazador de patos”, por ejemplo, se acercan no solo en el recurso de numerar las escenas (veintitrés en ambos), sino también en el tono, al punto que el narrador, un joven que va con amigos, bebiendo cervezas calientes y mirando todo a distancia, podría ser el mismo, atrapado en un único verano, viajando por una misma e interminable carretera al sur, una carretera con algo de pueblo profundo y matanza inminente. Personajes colorines, mujeres que se llaman Francisca, animales de caza y niños multiplicados en las escenas sabiamente dispuestas por Roncone: “Una lengua como todas las lenguas. Roja como todas las lenguas. Porosa como todas las lenguas. Húmeda como todas las lenguas. La lengua del niño pegada a la pared crema que cubre la muralla. Es la imagen que guardaré siempre del hijo de mi peluquero”.

El libro es un hervidero de fantasmas, del pasado y del futuro. Son los hijos, hijos reales, hijos nonatos, hijos imaginarios; también los hermanos frágiles y los amigos traidores (infantiles), que son como hermanos. Pero en “Gansos”, dominando ese limbo familiar, en el tercer piso inalcanzable de una casona aislada, está también el padre abandonador, que protagoniza una escena conmovedora y cuya presencia/ausencia se proyecta en los otros relatos de abandono.

El libro rezuma ternura, incluso en su título, Hermano ciervo, que tan blanda, sutilmente, aúna familias y animales, humanidad y bestialidad del abandono y que en el cuento de ese nombre, encierra también la sacralidad de un cuerpo –gay, drogata- exiliado del calor familiar. Ternura inesperada y contenida, que encuentra tantos lugares para decirse, como al final del cuento “La muerte de Raimundo”, en que el narrador sigue en su marcha a la madre medio loca de su amigo muerto: “Había caminado con su hijo y ahora caminaba con ella”.

Utopía es una palabra compuesta, en que la partícula eu puede indicar belleza, bondad. La partícula ou, carencia, falta de. Por eso utopía es “el mejor lugar” que, sin embargo, no existe. Eso que no existe, en todo caso, puede existir, y pienso que es lo que finalmente transmiten estos relatos desencantados, dolorosos: un optimismo tenue -imprescindible para cualquier utopismo militante- alojado en la estampa de una pseudo familia que come salmón bajo la protección de unos gansos. Una historia fundada en una mentira, contada para redimir la muerte.

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