Las mentiras de Tomás Eloy Martínez

En 1968, desde la provincia, desde una economía completamente cerrada y en un Chile completamente ensimismado, tenía dos maneras de conectarme con el mundo. La primera fue el cine, y creo que lo sigue siendo hasta hoy. La segunda –y no exagero– era el semanario argentino Primera Plana, algunos de cuyos ejemplares llegaban a un melancólico kiosco en Valparaíso de la calle Pedro Montt. Eran pocos, muy pocos y podían desaparecer en cuestión de horas. Por lo tanto, los que nos habíamos hecho adictos a la revista estábamos obligados a permanecer al cateo de la laucha si no queríamos perdernos las columnas de opinión, los comentarios de libros, las críticas de cine, las notas internacionales en la prosa lúcida y juguetona, descalificadora y arrogante propia de ese semanario que terminó haciendo historia en el periodismo latinoamericano.

Fue en ese momento cuando apareció por primera vez en mi radar el nombre de Tomás Eloy Martínez. Era, creo, el jefe de redacción de la revista y con frecuencia firmaba varias de las notas, comentarios o reportajes que más me gustaban. Después seguí a Tomás Eloy Martínez en Panorama, la revista que sucedió a Primera Plana, porque a la dictadura de Juan Carlos Onganía le gustaba bastante menos que a mí. En Panorama, Tomás ahora figuraba como director, y no pasaría mucho tiempo antes de asistir a su debut en la narrativa argentina, con una novela titulada Sagrado.

En esos momentos la obra fue definida como una provocación a la sensibilidad imperante y como un atrevido ajuste de cuentas con el lenguaje. Para nosotros los chilenos el libro llegó a ser especialmente perturbador, puesto que la edición de Sudamericana vino con una portada donde un obispo, con mitra y todo, miraba el mundo con una sonrisa algo ingenua, preadánica diría yo, detrás de la imagen de una Virgen María tocada por una corona reluciente, colorida, enorme, chugurrulesca y labrada con todos y cada uno de los excesos de la fe. Eso habría importado un rábano si el prelado en cuestión no hubiese sido nada menos que Raúl Silva Henríquez, a la sazón arzobispo de Santiago, interlocutor frecuente del presidente Salvador Allende e interlocutor decididamente incómodo para el régimen de facto que vino después.

¿Qué hacía nuestro Silva Henríquez en la portada de la primera novela de Tomás Eloy Martínez? Nada. Es obvio que la imagen pudo haber sido la de cualquier otro obispo. Es obvio que, con todo lo buena que era, la ilustración era intercambiable. Es obvio que la foto, que no está acreditada, fue elegida por su candor y porque hay algo en ella que resulta divertido. Y también es obvio que tenía una conexión iconográfica oscura y profunda con la descripción de la vida religiosa, erótica y política de una ciudad, en lo que la contraportada describía como una “summa apocalíptica de Tucumán”.

No se habían cumplido todavía veinte años desde que Truman Capote clavara con A sangre fría una bandera literaria difícil de superar en la cumbre del non-fiction, desafío que le supuso usar las técnicas de la novela para narrar hechos reales, cuando Tomás Eloy Martínez vino a clavar otra bandera, tan literaria como aquella, en las viejas y altas cumbres de la ficción, pero girando un cheque sin fondo contra las técnicas con que el periodismo suele dar garantía de estar dando cuenta de hechos reales. Si Capote, que mintió siempre y por una vez quiso decir la verdad, describió un camino de ida, Tomás Eloy Martínez, que como periodista al parecer dijo la verdad siempre, ha descrito en algunas de sus obras un camino de vuelta que consiste en aplicar a la realidad el fuego de la fantasía.

¿Quién iba a imaginar, claro, por esos años, que monseñor Silva Henríquez iba a ser lo menos intercambiable, lo menos cándido y lo menos divertido que se pueda concebir? ¿Quién iba a imaginar que en corto tiempo su figura, su magisterio, su exposición iba a superar, y hablo en términos mediáticos, incluso a la mismísima Virgen María, que compartía con él la portada?

Si me pierdo en estas coartadas anecdóticas es por dos razones. Primero, porque quiero rendir un homenaje de gratitud y reconocimiento personal al notable periodista que hay en el escritor no menos notable que es Tomás Eloy Martínez, autor que me proporcionó lecturas especialmente intensas y portentosas a fines de los años 60. Y además porque de un modo oblicuo y seguramente involuntario él en su primera novela, por aquello de la portada, selló un pacto tácito de complicidad con Chile que no por casual es menos revelador. Cualquiera diría que Sagrado, considerada una obra de imaginación desatada, delirante e inclasificable, fue un anticipo confuso y errático del rumbo más bien realista y de rescate histórico que iba a tomar su obra narrativa.

El propio autor ha reconocido que esta novela, que constituyó desde el punto de vista de las ventas un resuelto fracaso, es básicamente una construcción verbal, un edificio que él levantó con el lenguaje y desde el lenguaje para penetrar en los códigos de conversación, de percepción, de espiritualidad y de convicción de la familia, el barrio y la comuna. Sagrado es una novela de tías, compadres, nanas, compañeros y curas. Es una novela al límite en la cual Tomás Eloy Martínez pareciera haberse desquitado de largos años de periodismo instrumental; de crónicas exactas, pacientes y perfectas como mecanismos de relojería, de artículos donde la primera línea enganchaba con la décima o la vigésimocuarta y ésta, a su vez, con la última; de notas donde cada palabra soportaba una fuerte carga de información y no había ni siquiera una coma de más.

En Sagrado, en cambio, las palabras tanto o más que información cargaban música, cargaban historias personales, cargaban credos e identidades sociales. Sagrado nunca fue ni quiso ser lo que se llama una novela económica. Es una novela-río de flujos muy libres y caudalosos, pero donde el respeto a la palabra dicha y a la palabra escrita deja ver desde la primera hasta la última página que aquí siempre hubo un autor obsesivo que sabía dejar las vísceras en la escritura, hasta dar con el ritmo preciso, con la lógica implacable, con la música inconfundible y con la épica intransable de una prosa extremadamente cultivada, elegante y reveladora.

Tomás Eloy Martínez ha hecho novela con insumos que a menudo provienen derechamente del periodismo en términos de datología, de investigación, de trabajo reporteril y de rigor con las fuentes, pero que también con frecuencia parecieran provenir de la literatura, porque en realidad son trampas articuladas desde la invención, desde la fantasía e incluso desde la falsificación.

No se habían cumplido todavía veinte años desde que Truman Capote clavara con A sangre fría una bandera literaria difícil de superar en la cumbre del non-fiction, desafío que le supuso usar las técnicas de la novela para narrar hechos reales, cuando Tomás Eloy Martínez vino a clavar otra bandera, tan literaria como aquella, en las viejas y altas cumbres de la ficción, pero girando un cheque sin fondo contra las técnicas con que el periodismo suele dar garantía de estar dando cuenta de hechos reales. Si Capote, que mintió siempre y por una vez quiso decir la verdad, describió un camino de ida, Tomás Eloy Martínez, que como periodista al parecer dijo la verdad siempre, ha descrito en algunas de sus obras un camino de vuelta que consiste en aplicar a la realidad el fuego de la fantasía. ¿Por qué lo hizo? No mintió para que su relato le quedara más redondo. No falseó para darle un espaldarazo a peronistas o antiperonistas. No fantaseó porque sea un fabulador compulsivo. No, nada de eso. Inventó e imaginó porque es sólo por el camino de la fantasía que se puede entrar al dominio de los mitos. Después de los trabajos de Tomás Eloy Martínez respecto de Perón y de Evita, está claro que a los mitos hay que manejarlos en su propio idioma y con sus propias armas.

Bueno, en más de algún sentido, como en el caso de todos los narradores, estamos aquí frente a un mentiroso profesional. Estamos frente a un escritor que no tiene ningún interés en correr en las dudosas pistas de la novela histórica, y que entiende la novela como una licencia de impunidad para imaginar, para inventar y para mentir. Todos los escritores, claro, mienten. El problema es que Tomás Eloy Martínez miente el doble porque al menos dos de sus mejores obras –La novela de Perón y Santa Evita– parecieran tener la veracidad apabullante de las más rigurosas indagaciones históricas y sin embargo tanto o más de lo que le deben a la investigación y al testimonio directo se lo deben derechamente a la fantasía y a la imaginación.

Yo no soy quién para determinar en el caso de Tomás Eloy Martínez cuánto le debe al escritor al periodista y cuánto el periodista al escritor. Pero sí sé algunas pocas cosas. Creo que él es el autor de algunos de los textos más vibrantes que ha producido el periodismo latinoamericano. Creo que como novelista es parte del canon literario no sólo argentino. Y creo que él tuvo la ventaja o la desdicha de nacer en un país como Argentina donde la ficción, aun la más delirante, aun la más afiebrada, aun la más descontrolada, aun la más arbitraria, se queda corta frente a los inverosímiles desafueros de la realidad. De la realidad política, de la realidad económica y de todas las demás. En literatura esto ciertamente no garantiza milagros, pero a veces pienso que, tal como el dinero respecto de la felicidad, quizás ayuda un poco.

Héctor Soto es editor y crítico de cine. Sus escritos de cine fueron recopilados en el libro Una vida crítica. 

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