La revolución de la información y sus desafíos para el periodismo

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Quiero hablarles acerca de la pregunta más importante que enfrenta el periodismo. De hecho, tan importante que la calidad de nuestras democracias depende de qué tan exitosamente podamos responderla.

Por supuesto, hoy en día el periodismo enfrenta muchos desafíos, y muy serios: la explosión de la competencia por los ingresos de la publicidad como resultado de Internet y la proliferación de las formas de conectarse con Internet, la creciente complejidad de los problemas que los periodistas necesitan explicar y la siempre presente amenaza de la intimidación y represión gubernamentales, por nombrar solo algunos.

Pero existe una pregunta aun más fundamental y por ahora sin respuesta: ¿cómo pueden los periodistas llamar y mantener la atención de grandes cantidades de personas, y hacerlo lo suficientemente bien como para que el público internalice la información que recibe para comprender los asuntos cuya resolución moldeará el futuro?  Si queremos que el periodismo cumpla su propósito esencial en una sociedad libre y autónoma, tenemos que encontrar una respuesta para esta pregunta.

¿Y cuál es ese propósito? En toda forma de gobierno el soberano necesita información oportuna y de calidad. Piensen en la era en que los reyes gobernaban el mundo. Un rey tomaba las decisiones más importantes en el reino. Tenía consejeros, por supuesto. Delegaba muchas funciones y decisiones, pero siempre conservaba el poder para designar y remover a las demás autoridades e indicarles cómo hacer su trabajo.

¿Qué necesitaba un rey para tener éxito? Sabiduría, sin duda. Astucia. Tal vez incluso crueldad. Pero más que nada necesitaba información. ¿Qué está sucediendo en el reino? ¿Quién está robando de las arcas del rey? ¿Qué planean los países vecinos? La historia nos cuenta que, fuera porque los consejeros tenían miedo de decir la verdad, porque los funcionarios mentían en pro de sus intereses, o porque secretamente los adversarios se confabulaban para engañar, la falta de información oportuna y de calidad llevó a más de un monarca a la ruina. No hay reyes en las sociedades libres y autónomas. Son las personas quienes ostentan la soberanía, no los monarcas, no los dictadores, no los presidentes, no los jueces. Las personas. Pero, como los monarcas, las personas necesitan información para tomar decisiones; de otro modo sus sirvientes –los presidentes, los legisladores, los jueces, los burócratas– podrán anteponer sus propios intereses a los intereses del conjunto de la comunidad.

Por lo tanto, la función más importante del periodismo en una sociedad libre y autónoma es proporcionar a las personas soberanas la información que necesitan para tomar decisiones bien meditadas. Y las personas toman estas decisiones no solo al votar, sino también cuando responden encuestas, las que influyen en el comportamiento de sus representantes. Toman decisiones soberanas cuando deciden visitar o escribir a sus representantes en el gobierno, o tomarse las calles y marchar con pancartas pidiendo un cambio.

Por supuesto, el periodismo ejerce muchas otras funciones aparte de informar a la gente acerca de asuntos políticos y de políticas públicas. También ayuda a las personas a tomar decisiones personales sobre qué comprar, cómo proteger su salud, cómo criar a sus hijos; asimismo es fuente de entretención y provee material para los chismes. Pero, desde un punto de vista social, el propósito fundamental del periodismo surge de su papel en el funcionamiento del autogobierno.

Y nuevamente, la pregunta abierta para el periodismo de nuestro tiempo es: ¿cómo pueden los periodistas llamar y mantener la atención de grandes cantidades de personas, y hacerlo lo suficientemente bien como para que el público internalice la información sobre los asuntos públicos de una forma que le permita participar efectivamente en el proceso democrático?

Nunca ha sido fácil. La gente vive ocupada. Tiene su vida, tiene niños que criar, debe dedicarle tiempo al amor y al trabajo que realiza para proveerse el sustento. Terminan su jornada con cansancio, y por consiguiente solo quieren relajarse, y un poco de diversión. Tras un largo día de trabajo es difícil pensar por qué las tasas de cambio han originado ese peligroso desplazamiento en el equilibrio del comercio internacional. Pero hoy en día llamar y mantener la atención del público para informarle acerca de asuntos públicos vitales se ha vuelto aun más difícil de lo que solía ser. Paradójicamente, ello se debe a que nuestros medios de comunicación han llegado a ser mucho más eficientes que antes. Estoy hablando, por supuesto, de Internet, pero en realidad es mucho más que eso. Durante la segunda mitad del siglo XX, la tecnología computacional pasó de ser como un niño que gateaba a un velocista olímpico. En mis años de universidad, en la década de 1960, el centro de computación de la Northwestern University era del tamaño de una bodega. Los amigos que lo usaban tenían que reservar su turno para –a altas horas de la noche– alimentar las máquinas con pilas de tarjetas perforadas con el fin de completar tareas que hoy un simple chip lleva a cabo en nanosegundos. Y en realidad estoy seguro de estar subestimando la magnitud del cambio.

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En 1965, cuando yo era un estudiante de segundo año en la universidad, Gordon Moore, uno de los fundadores de Intel, la compañía que sería pionera en la tecnología del chip, predijo que el número de transistores que pudieran disponerse en un chip se duplicaría cada dos años. Su apuesta demostró ser extraordinariamente precisa. De cuando en cuando alguien dice que esta incesante miniaturización está alcanzando sus límites, pero hasta ahora ello no ha ocurrido y, en corcordancia con la ley de Moore, el costo de la potencia informática ha ido disminuyendo, y con rapidez, durante al menos cincuenta años. Por eso es que Google hoy puede encajar un computador en un par de lentes livianos, un automóvil puede decirte hacia dónde virar en una intersección para tomar la ruta más rápida a tu destino, o ustedes pueden saber ahora mismo quién es Gordon Moore, si disponen de un aparato telefónico que será lo suficientemente pequeño para caber en la palma de la mano.

La disminución de los costos ha corrido en paralelo con el espectacular incremento en la velocidad de los computadores. Ambos avances –costos menores y gran aumento en la velocidad de procesamiento– son lo que han hecho posible Internet; junto con otro cambio tecnológico, han hecho posible la actual profusión de aparatos electrónicos, desde iPods y iPads hasta los videojuegos. Ese otro cambio tecnológico que menciono involucra un incremento en la cantidad de información que puede ser transmitida desde un lugar a otro en una determinada cantidad de tiempo. Ese incremento también ha seguido una suerte de ley de Moore. La banda ancha se ha expandido a gran velocidad. La banda ancha es, en efecto, el tamaño de una tubería a través de la cual la información fluye: mientras más ancha sea, más información puede moverse de un lugar a otro. Esta expansión de la capacidad de banda no se detendrá: una estimación plausible predice que para el año 2016 habrá más artículos móviles de acceso a Internet en uso en la Tierra que habitantes de ella.En 1965 yo llamaba por teléfono desde un aparato conectado por un cable a un interruptor que se conectaba a un cable telefónico exterior, que lo conectaba a otro cable, y así sucesivamente. Discar implicaba dar vueltas a un dispositivo giratorio en el frente del teléfono y esperar mientras los interruptores eléctricos (no digitales) me conectaban a través de la casa hacia la calle. Por supuesto, como ustedes saben, en muchos lugares aquí en Sudamérica los teléfonos móviles inalámbricos llegaron a estar disponibles antes que lo hicieran los teléfonos eléctricos de baquelita, hoy tan pasados de moda. Esto les da una idea acerca de cómo la banda ancha ha aumentado.

La Revolución de la Información propiciada por estos avances tecnológicos ha cambiado nuestras vidas en muchas formas que son evidentes. Podemos comunicarnos con cualquier persona casi en cualquier parte en el mundo, desde casi cualquier lugar, en tan solo unos segundos. Podemos saber en qué punto de la faz de la Tierra nos encontramos mediante el GPS. Podemos ver una fotografía tomada por un satélite de casi cualquier lugar en el mapa, de una resolución tan buena que podemos ver los árboles uno a uno. Podemos ver televisión, leer nuestras tareas en un iPad y hablar por teléfono, todo al mismo tiempo. Podemos jugar videojuegos hasta que nuestros pulgares se desprendan del cansancio. Podemos saber en minutos acerca de la bomba en la maratón de Boston o de un arresto en China. Podemos mirar un mapa satelital y ver dónde están ubicadas las cárceles con presos políticos de Corea del Norte. Si algo importante o alegre sucede cerca de nosotros, podemos tomar una fotografía con nuestro teléfono y en un instante enviarla a todo el mundo. Similarmente podemos decir lo que hemos visto y lo que pensamos acerca de eso. No necesitamos que un periodista se interese en el tema.

En cierta forma, es lo más parecido a lo que los creyentes en la libre expresión (como yo) han soñado toda la vida. Prácticamente todos los que deseen hablar pueden hablar, y casi todos quienes quieren oír pueden oír. Y digo «casi todos» porque persisten algunos lugares donde la tecnología digital aún no es masiva, así como algunos gobiernos que insisten en reprimir su uso. Pero en la mayoría de los países nadie –ni el gobierno, ni una compañía de medios de comunicación, ni nuestros vecinos– se interpone en nuestro camino.

Y sin embargo. Y sin embargo… A pesar de sus cualidades liberadoras, y en parte debido a ellas, la Revolución de la Información ha vuelto difíciles algunos tipos de comunicación. Esto no es un reclamo en contra de Internet, eso sería absurdo, y por lo demás el efecto liberador y enriquecedor de la Revolución de la Información sobrepasa por lejos sus desventajas. Pero, créanlo o no, en Estados Unidos existe hoy un intenso debate en ciertos grupos acerca de si Internet es mala o buena. Un escritor influyente, que ha sido tomado bastante en serio por los periodistas tradicionales, sostiene que la red nos está convirtiendo en estúpidos. Por otro lado, los entusiastas de la Revolución de la Información afirman que Internet hará posible esa utopía en la que podremos ser al mismo tiempo libres como individuos y estar intensamente conectados, derribar las barreras entre las personas, promover la comprensión y la cooperación mundiales, y deshacernos del control que ejercen el periodismo y otros intermediarios en los medios. Pero un debate sobre si Internet es buena o mala no tiene sentido. Como la mayoría de las cosas en la vida, es un poco de cada cosa. En otra momento hablaré de los problemas para el progreso del conocimiento que surgen cuando democratizamos radicalmente el ecosistema de la información. Por ahora quiero concentrarme en cómo este nuevo ecosistema de la información ha cambiado la manera en que reaccionamos frente a las noticias.

La función más importante del periodismo en una sociedad libre y autónoma es proporcionar a las personas soberanas la información que necesitan para tomar decisiones bien meditadas. Y las personas toman estas decisiones no solo al votar, sino también cuando responden encuestas, las que influyen en el comportamiento de sus representantes. Toman decisiones soberanas cuando deciden visitar o escribir a sus representantes en el gobierno, o tomarse las calles y marchar con pancartas pidiendo un cambio.

Ya dije que el gran desafío del periodismo es llamar y mantener la atención de grandes cantidades de personas lo suficientemente bien como para conseguir trasmitirles información bastante compleja acerca de los asuntos públicos que moldearán nuestras vidas. Pues bien, la Revolución de la Información ha hecho este proceso aun más difícil de lo que ya era. Una razón de esa dificultad aumentada es que las personas tienen mucho más donde elegir. La competencia por la atención crece de manera exponencial. Tenemos los medios tradicionales –prensa escrita, radio, televisión–, pero también los nuevos medios de comunicación: el correo electrónico, la mensajería instantánea, los videojuegos, YouTube, Facebook, Twitter, y así. Pero hay algo más profundo aquí: es el propio cableado de nuestros cerebros lo que explica que llamar y mantener la atención de las personas sea cada día algo más desafiante.

La neurociencia está en un período de grandes descubrimientos. Estos nos entregan pistas acerca de la forma en que el nuevo ecosistema de la información interactúa con nuestros viejos cerebros, por ahora estructuralmente inalterados. Y ello a su vez puede ayudar a los periodistas a comprender por qué mantener la atención de los demás es tan difícil, y qué pueden hacer al respecto.

La Revolución de la Información ha sido comparada con la Revolución Industrial. Y es cierto que también está alterando nuestro mundo de un modo muy profundo, pero con una importante diferencia: la Revolución Industrial cambió la forma en que producimos, consumimos y activamos a las personas y las cosas; la Revolución de la Información, en cambio, interactúa directamente con el pensamiento.

Hemos aprendido toneladas de cosas a lo largo de los milenios, desde cómo hacer fuego hasta cómo enviar una nave espacial hacia los límites de nuestro sistema solar, pero es importante reconocer que la estructura de nuestros cerebros no ha cambiado mucho. La forma en que el cerebro humano controla nuestro flujo sanguíneo y la respiración, la manera en que recibe y decodifica las imágenes visuales, la forma en que sentimos miedo, amor y repugnancia, el modo en que procesamos la información nueva, estos elementos estructurales se desarrollaron tempranamente en la evolución de la especie que llegó a ser el homo sapiens sapiens. Y esas estructuras no han cambiado significativamente desde antes de que algunos de nuestros ancestros comenzaran a emigrar de África. Lo que sí ha cambiado –¡y cómo ha cambiado!– es el ecosistema de la información en el que vivimos.

La mayoría de ustedes son demasiado jóvenes para recordar cómo era todo antes de la Revolución de la Información. Déjenme llevarlos un momento hacia el pasado: la movilidad no era una condición que uno asociara con los teléfonos, que permanecían en los escritorios o las salas de estar y cuya movilidad estaba limitada por la extensión del cordón al cual estaban sujetos. Algunos incluso estaban atornillados a la pared. La mayoría tenía solo una línea. Si llamabas a alguien y esa persona ya estaba al teléfono, escuchabas algo que se conocía como el sonido de «ocupado». Si la persona no estaba en casa o no respondía, el teléfono solo sonaba y sonaba hasta que te decidieras a llamar de nuevo más tarde.

Para comunicarse por escrito, te sentabas con una pluma, un lápiz o algo llamado máquina de escribir y escribías palabras directamente sobre el papel. Depositabas ese papel físicamente en un buzón, o lo ponías sobre el escritorio de otra persona, o lo deslizabas bajo su puerta.

Si querías saber qué estaba pasando en el mundo, escuchabas la radio, donde alguien leía los titulares en voz alta, o prendías la televisión al desayuno, en la cena o justo antes de ir a la cama y veías noticieros de media hora en uno de los pocos canales de televisión disponibles.

Si necesitabas saber cómo se escribía una palabra, hojeabas un diccionario. Si necesitabas saber cuándo nació Pablo Neruda, sacabas de una repisa un pesado volumen de una enciclopedia. Si te preocupaba el clima, mirabas al cielo.

Y ahora lo que no ocurría: no te hacían partícipe de la corriente de conciencia de cualquier persona cuya conciencia hubieses elegido seguir por Twitter. No permanecías conectado en Facebook con alguien que nunca conociste, y dejando disponible para todos los demás en el proceso tus características de identidad y las suyas. No estabas instantáneamente disponible a través de un aparato que tú mismo llevabas contigo y que chequeabas de modo incesante. La gente no esperaba que respondieras a cualquier hora que llamaran. Los que se dedicaban al marketing no te conocían por tu nombre, mucho menos qué tipo de cosas comprabas, qué libros leías, qué música escuchabas, las preguntas que pasaban por tu mente o las palabras clave en tus cartas a otras personas. Por lo tanto, cuando querían llamar tu atención tenían que hacerlo a través de medios altamente ineficientes. Y lo más importante: tenías numerosas oportunidades para concentrarte sin interrupción en algo por un tiempo que hoy en día parece una eternidad.

Cómo ha cambiado el mundo. Los mensajes nos bombardean constantemente, y muchos de ellos vienen con anzuelo. Nos llaman la atención porque sus emisores nos conocen íntimamente. Así, la Revolución de la Información nos ha sumergido en un ambiente de distracción constante. La neurociencia contemporánea ofrece una imagen bastante nítida del efecto de esta situación en nuestros cerebros. Aquí solo puedo esbozar el punto, pero los elementos principales son bien notorios.

Comencemos con lo fundamental. Primero, olvídense de esa persona que les dijo que usamos solo una pequeña fracción del cerebro, porque está equivocada. La verdad es que lo usamos por entero. Y el cerebro es una fuente limitada. Su primera ley es la escasez, tal como en la economía. Segundo, lo que ustedes piensan que su cerebro está haciendo durante el día no es lo que realmente está haciendo. Muchas de las explicaciones que damos por nuestro comportamiento están basadas en la introspección, y son erróneas. Aquí hay un ejemplo muy simple: se siente como si viéramos las cosas en una especie de pantalla frente a nuestros ojos, ¿no es así?, pero de hecho registramos las imágenes visuales en la parte trasera del cerebro, lo más lejos de nuestros ojos que se puede estar dentro del cráneo.

Ahora veamos algunos conceptos que nos ayudan a comprender qué sucede a medida que nuestros antiguos cerebros interactúan con este entorno de información radicalmente nuevo.

El primer concepto es el papel de la memoria de trabajo o de corto plazo. Nuestra memoria de trabajo está donde el cerebro realiza el procesamiento de información que nosotros llamamos pensamiento. Es como la memoria RAM de un computador. La información entra en esta memoria de trabajo, es manipulada y en un instante se envía de regreso otra vez. La capacidad de la memoria de trabajo en los seres humanos es extremadamente limitada. Una persona promedio puede recordar apenas diez números a la vez. Solo traten de pensar en varios números telefónicos al mismo tiempo. Esta limitación de la memoria de corto plazo se relaciona directamente con el problema de mantener la atención de alguien, pues cuando está sobrecargada la persona se distrae fácilmente.Pensemos en la carga que nuestro mundo plagado de información supone para nuestra memoria de trabajo. Los mensajes de texto. Los teléfonos inteligentes. Los e-mails. La televisión. Todo de una vez. Yo no sé si esto sucede en Santiago, pero en Chicago, cuando vas a cargar bencina para el automóvil a veces la máquina te habla (!!). Así no es extraño que tengamos dificultades para concentrarnos, para poner atención.

El controlador de la atención más potente del cerebro se halla en el lugar en que menos se habrían imaginado que pudiera estar: la emoción. Cada vez que la emoción se hace notar es capaz de apoderarse de nuestra atención y hacer que nos concentremos. Los sentimientos que durante siglos los poetas han tratado de expresar –miedo, amor, ira, repugnancia, vergüenza– en realidad son la forma en que el cerebro gestiona sus recursos escasos para procesar información y dirigirla hacia un solo objeto. Si piensan en la evolución de las especies, esto tiene mucho sentido. Cualquier cosa que incremente las posibilidades de sobrevivir y reproducirse de un individuo tenderá a ser seleccionada a través de las generaciones, y así se reforzará en esa determinada especie. Así funciona la evolución. Ahora piensen en la sabana africana, por donde se desplazaban nuestros ancestros homínidos. La sabana bulle de sonidos, aromas y paisajes. Grandes manadas de animales de paso. Estruendo de pezuñas. Pájaros cantores. Los árboles y la hierba meciéndose con el viento. Y justo ahí, casi camuflado tras un arbusto, un león.

Nuestros ancestros vivieron para convertirse en nuestros ancestros porque eran capaces de enfocar intensamente su atención en ese gato de gran tamaño. Por lo tanto, ha sido en parte el miedo lo que nos ha hecho como somos hoy en día. Y, bueno, lo mismo puede decirse de la lujuria. La repugnancia nos impidió comer cosas dañinas para nuestra salud. También evitó que nos emparejáramos entre hermanos y tuviéramos descendencia con debilidades genéticas. La vergüenza funcionó como guía de comportamiento en los grupos sociales de cuya cohesión dependían nuestras vidas. Y así sucesivamente.

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Cuando la sentimos, la emoción nos consume. Por ello es que los poetas gastan tantas líneas escribiendo sobre ella. No podemos pensar en nada más. La emoción nos hace prestar atención.

Okey, ahora vuelvo a la distracción. Uno de sus poderosos efectos es que produce una suerte de agitación emocional en nuestros cerebros. No me refiero al amor ni a la ira ni al miedo, a ninguna emoción específica. Me refiero a esa crispación, a ese estado generalizado que llamamos estrés. Cuando los neurocientíficos quieren estudiar un cerebro emocionalmente agitado, uno de sus trucos favoritos es sobrecargarlo de información, hacer que realice más de una cosa a la vez, darle una tarea difícil y distraerlo al mismo tiempo. Imaginen que les piden dividir un número de seis cifras por un número de once cifras y al mismo tiempo apretar un botón cada vez que se encienda una lucecita verde. Luego imaginen una voz que les ofrece un rápido atajo para resolver operaciones matemáticas complejas, mientras, de vez en cuando, una persona atractiva y ligera de ropa camina por la habitación mirándolos con ojos seductores. Ahora piensen en su entorno informativo cotidiano: a cada momento los mensajes de sus conocidos hacen vibrar sus teléfonos; están tratando de leer un libro; tienen sus tablets frente a ustedes; y hay un partido de fútbol en la televisión. Esta sobrecarga de información, la costumbre de hacer varias cosas al mismo tiempo, la distracción constante: estos son los sellos distintivos del nuevo ecosistema de la información. Y también lo es la agitación emocional.

He aquí el último paso para comprender por qué llamar y mantener la atención de las personas con el propósito de informarles sobre asuntos públicos se ha vuelto tan difícil: la agitación emocional nos hace más propensos a los estímulos emocionales más intensos. Entonces, cuando un periodista serio trata de llamar y mantener la atención de un modo igualmente serio –para trasmitir a la sociedad mensajes relativamente complejos–, exponer simplemente los hechos de una forma clara ya no funciona tan bien como antes. Tampoco entregar la información paso a paso. La gente se desconecta. Un mensaje emotivo en sus teléfonos los aleja. Incluso si son tan educados como para no sacar sus teléfonos móviles del bolsillo, sus propios cerebros los distraen, porque, en efecto, se han hecho adictos a la distracción.

¿Cuántos de ustedes están en Internet ahora? Sean honestos. ¿Cuántos de ustedes han visitado algún sitio que no tiene nada que ver con el tema de esta conferencia?

¿Cuántos de ustedes han tenido una conversación por e-mail o posteado algo en un blog o en Twitter? No los culpo. Están haciendo simplemente lo que todo el mundo hace.

Y ese es el gran desafío que los periodistas enfrentan hoy. Por eso es que, en Estados Unidos al menos, las tradicionales virtudes periodísticas de la imparcialidad y el control emocional están en retirada. La imparcialidad y el control emocional son justamente lo opuesto a la intensidad emocional. Por otro lado, en Estados Unidos los más exitosos entre los canales de cable que emiten noticias todo el día tienen un sesgo político muy claro y predecible, y sus presentadores y comentaristas tienden a ser estridentes, intensos y muy exagerados. Hace un tiempo atrás mi esposa y yo estábamos en un aeropuerto tratando de avanzar en nuestros respectivos trabajos cuando dos hombres aparecieron en la gran pantalla de televisión que estaba cerca; discutían tan furiosamente que parecía que en cualquier momento se iban a dar de golpes. No podíamos dejar de mirar a la pantalla. Estaban hablando de básquetbol.

La aspiración de la imparcialidad también se ha debilitado en los periódicos. La línea que delimitaba la presentación convencional de la noticia y el comentario se ha quebrado. Los diarios que solían sentirse orgullosos de ser grises han ido incorporando el color más vívido y emocional que era propio de los tabloides más populares. Titulares estrepitosos. Más crimen. Hoy, más historias melancólicas o sentimentalmente reconfortantes, esas que solíamos llamar «de interés humano», encuentran la forma de aparecer en portada.

Es probable que este cambio se hubiese producido incluso sin que el nuevo ecosistema informativo hubiese alcanzado el nivel general de agitación emocional. Desde que hay registro de la historia los comunicadores han sabido manipular las emociones para obtener atención. Piensen en la ira de Aquiles y en las hermosas sirenas de Odiseo. Pero en los tiempos de Homero una audiencia podía escuchar durante horas cómo el bardo declamaba su epopeya, gran parte de la cual no era realmente intensa.

Hoy en día es casi imposible mantener la atención de cualquiera por más de unos minutos sin proporcionarle algo de intensidad emocional. Las personas que antaño podrían haberse desconectado por su rechazo a los comentaristas chillones hoy los escuchan; y a menudo salen convencidos.

Personas que tienen doctorados y mejores cosas que hacer se dejarán atrapar por la cobertura sensacionalista de un juicio por asesinato, por ejemplo. No estoy diciendo que todo el mundo se vea atraído por este estilo intenso y no neutral de entrega de las noticias. A algunas personas les repele y se mantienen alejadas de él. Yo soy una de ellas. Tal vez ustedes también. Pero si piensan en el comportamiento de la audiencia como en una curva de campana, la media de la distribución normal se ha estado moviendo en dirección del fragor emocional.

Como pueden imaginar, esto es complicado para un periodista que está tratando de explicar la nueva tecnología para extraer el shale gas o los factores que están en juego en la decisión del Banco Central de incrementar o reducir el circulante. De hecho es tan complicado como para el periodista que quiera informar sobre la energía nuclear o las placas tectónicas sin espantar al lector de una vez y para siempre. Lo que incrementa la dificultad es que, incluso si un periodista quiere valerse responsablemente de la emoción en el interés de informar al público sobre asuntos importantes, la profesión no ha definido en realidad qué es responsable y qué es manipulador; ni siquiera ha acordado cómo pensar sobre el problema. En mis próximas conferencias hablaré acerca de las técnicas que la Revolución de la Información ha puesto a disposición de los periodistas, las que debiéramos usar mucho mejor de lo que lo hemos hecho hasta ahora.

Como ya se habrán dado cuenta, si estoy en lo correcto sobre el impacto de la Revolución de la Información esto va más mucho allá de las noticias. En Estados Unidos estamos viviendo un período en que el debate público ha asumido una retórica cada vez más agresiva, especialmente en tiempo de campañas electorales. Son tiempos de intensa polarización y partidismo. No es casualidad que la confianza del público en las instituciones de gobierno –y en los medios de comunicación– se haya deteriorado en forma manifiesta. Según una convincente investigación de un cientista político estadounidense, en gran medida esta situación es el resultado de una audiencia que se aleja de las noticias y prefiere el puro entretenimiento. Desde que la televisión por cable comenzó a ofrecer más y más canales que los que existían al aire, de pronto la gente tuvo alternativas y vio que podía saltarse las noticias durante las horas de transmisión tradicionales. Los televidentes no se cambiaban del noticiero de siempre a los canales de noticias las veinticuatro horas; se cambiaban a las teleseries, las comedias y las series de misterio. Y a medida que lo hacen su compromiso con el proceso político disminuye. Así, lo que sigue es un descenso en la participación electoral. Y, por consiguiente, quienes permanecen fieles a los noticieros son cada vez más aquellas personas con convicciones políticas más sólidas, del bando que sea. De este modo se explica asimismo el aumento en la militancia partidaria. En otras palabras, según este cientista político, el fracaso del periodismo en el proceso de llamar y mantener la atención de las personas deriva en problemas estructurales profundos para una democracia, problemas que van más allá del conocimiento o desconocimiento público de los asuntos de la nación.

Una vez más, por favor comprendan que no estoy diciendo que la Revolución de la Información debiera ser combatida. Es la manera en que ahora nos expresamos libremente, un derecho que todos valoramos y protegemos. Lo que sostengo es que la tarea de adaptarse a la Revolución de la Información, y al revés, de hacer que esta se adapte a nuestros propósitos sociales más preciados, apenas ha comenzado. Y no es un trabajo que se llevará a cabo con las nobles y aburridas estrategias que solo un concienzudo estudiante de asuntos públicos o un viejo periodista como yo pudieran apreciar. No, el cambio ocurrirá mediante el uso de la emoción y sin apoyo en el argumento de autoridad. No tendrá lugar mediante ningún mandato legal, de modo que requerirá de la libre aceptación del público. Y ese trabajo no estará a cargo de gente del siglo XX como yo, sino de ustedes, de su generación, ¡y la de sus hijos!

Por eso debemos mantener la esperanza de que ustedes y ellos tendrán éxito, porque la Revolución de la Información es como la democracia: un invento peligroso del que no podemos prescindir.

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