La reconstrucción del Otro

De todos los formatos o subgéneros posibles de la narración, el de la au-tobiografía quizás sea el más engañoso, el más doble o acaso el más múltiple: lo que el lector espera, en principio, de este tipo de narración es conocer la vida de aquel que narra. Pero sabemos que en este pacto hay una ilusión, o dicho de otro modo, un malentendido común al lector y al escritor, porque en este «contar su vida» hay, en primer lugar –y acaso en último lugar–, el despliegue de una escritura.

Contar su vida es, fundamentalmente, escribirla, tomar la propia memoria como materia de la escritura. Quien escribe, aquel que enuncia en el texto y dice «Yo» y dice sobre todo «yo recuerdo», no es aquel que se propone escribir, el ser de carne y hueso, o de carne y recuerdos, sino, para utilizar una imagen cara a Jorge Edwards, probablemente su fantasma. «Je est un autre», escribió Rimbaud y esa simple y célebre fórmula abre la puerta al juego de espejos, al lugar diríamos, desde el que se articula toda la narrativa moderna. En ese equívoco se fundamenta la posibilidad de todo relato.

Derrida, en una magnífica y breve película, declara ante la cámara que escribe porque cuando dice «Yo» no sabe quién es ese que está diciendo «Yo». Me atrevo a aventurar que Jorge Edwards apela al formato de las memorias para convocar a la memoria, a su memoria personal, e intentar saber o terminar de saber quién es Jorge Edwards.

Así, estos Círculos morados son en realidad los círculos concéntricos, las capas de la cebolla, diríamos, de la memoria, con sus idas y venidas, sus puentes colgantes y sus nocturnos pasadizos secretos… Y me atrevo a aventurar también que el primer sorprendido con los hallazgos de esa memoria es el propio memorialista. «Yo pecador, me confieso a Dios», dice Gonzalo Rojas en uno de sus poemas. Y Jorge Edwards podría decir «yo, vividor» –en la acepción primera del término: aquel que vive, aquel que ha vivido y aquel que aún está viviendo, puesto que escribe– me confieso, no necesariamente a Dios, no en el sentido agustiniano del término –aunque a nadie se le escapa la filiación entre autobiografía y confesión–, sino en el sentido más bien roussoniano. «Yo, pecador», me confieso en primer lugar al Narrador. Y haciendo esto, poniéndose entre las manos del narrador o, mejor dicho, entre esos dedos que teclean con urgencia y también, acaso, con duda, con vacilación, el que escribe cuenta ya no su vida, sino una vida, una vida posible, entre otras muchas, y la entrega, la «libra» como se dice en francés, en el sentido de una entrega inerme, sin prevenciones, al lector.

Hablé de san Agustín y sus famosas Confesiones, aunque, más que del impulso místico, estas memorias de Jorge Edwards apelan al modelo humanista de su mentor, de su amigo, diríamos, Michel de Montaigne: «Ainsi, lecteur, je suis moy mesme la matière de mon livre». Soy yo mismo la materia de mi libro, dice Jorge

Edwards citando a Montaigne al abrir su relato y en muchos de sus pasajes. No es Dios el que cuenta aquí, no es la fusión con ese Otro, único y definitivo, sino el descubrimiento, mediante la reconstitución de la memoria en la escritura, de ese Otro que somos nosotros mismos. El memorialista sospechándose Otro busca un lugar entre nosotros, sus lectores. Desplegadas al amparo de esa reconstitución de una identidad fragmentaria, por definición escurridiza, que funda toda escritura desde Montaigne, estas memorias son también una recuperación, como una puesta en escena –en escena narrativa, se entiende– de ese vasto e inextricable teatro de sombras que es el pasado. Como Proust, Edwards busca reinvestir mediante la escritura, fijar en el escenario simbólico del relato –en ese lugar que los teóricos llaman la diégesis– ese tiempo pasado, esos ríos que van a dar a la mar, como decía Jorge Manrique. Así como Balzac escribía, o decía que escribía, a la luz de dos candelas eternas, la religión y la monarquía, Edwards escribe a la luz de dos de los principales articuladores de la narrativa moderna: Montaigne y Proust.

La cita de Balzac no es del todo extemporánea, porque en estas memorias hay algo que se arroga para sí la gran novela burguesa del siglo XIX, y de la que Balzac, como todos sabemos, es el gran inventor: la pormenorizada recreación, o reconstitución, de un universo social. Estos Círculos morados son también la memoria del universo social del Chile de mediados del siglo XX.

Montaigne, Balzac, Proust, ustedes habrán adivinado que Jorge Edwards es un afrancesado, no sé si el último, en todo caso el más leído, en el sentido no de la erudición libresca, sino del escritor que ha puesto a contribución esas lecturas, esas estéticas que marcan profundamente nuestra cultura, en su propio dispositivo de escritor, porque memorialista Jorge Edwards lo viene siendo hace un rato. Ya en los cuentos de El patio hay una mirada sobre el universo social del lejano Santiago de los años cuarenta y cincuenta; esta traducción de un universo social en clave narrativa se reproduce en novelas como Los convidados de piedra y El sueño de la historia… y luego está Persona non grata, que es ya un clásico de las memorias políticas.

Les digo esto para hablarles de otra cosa y es lo que Michel Foucault llama la «actitud de modernidad», esto es, la mirada del escritor orientada resueltamente hacia el presente, no el presente inmediato, claro, sino el presente histórico, su propio presente o, si lo prefieren, orientada hacia su época. En este sentido, Jorge Edwards es un escritor resueltamente moderno: un intelectual que ha buscado siempre entender, ficcionalizando, memorializando, escribiendo, en suma, la vida que le ha tocado vivir. Yo, personalmente, creo que si la labor del escritor tuviese, o tuviese que tener, algún cometido, debería sin duda ser ese, algo así como comprender inventando, o inventar comprendiendo.

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