La muerte de Federico García Lorca

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El escrutinio de la muerte

Presentación de Isidora Campano

Gabriele Morelli ha sido indiscutiblemente reconocido como uno de los principales hispanistas internacionales, y ser el presidente de la Asociación de Hispanistas Italianos lo avala aún más. Internacional porque se trata de un italiano que se apasiona por la literatura española y que no solo la estudia, sino que además la comenta, la edita y reedita; difunde sus ideas, sus problemas, sus conflictos y las vidas íntimas de sus autores. Y va por el mundo enseñándonos de todo aquello. Algo de eso nos dice la publicación de sus más de 55 cooperaciones en revistas, casi cuarenta colaboraciones en obras colectivas, y la publicación de libros sobre la Generación del 27 y la vanguardia, o la Generación del 27 y la modernidad, además de la edición de poemarios de integrantes de este grupo. Su interés por la vida de los poetas que admira se refleja en la edición y publicación de algunos epistolarios como Epistolarios del 27: estados de la cuestión1 o Eugenio Luraghi-Rafael Alberti. Corrispondenza inedita (I947-I983) 2, o el Epistolario inédito sobre Miguel Hernández (1961-1971) entre Dario Puccini y Josefina Manresa3, o el artículo «Aspectos y formas de la oralidad en el epistolario lorquiano»4, o «Las cartas americanas de Federico García Lorca»5, entre otros muchos textos más.

Los reconocimientos que ha obtenido no pueden dejar de señalarse, como la Cruz de Isabel la Católica en 2005 por el –en ese momento Príncipe de Asturias– ahora rey de España; el Premio León Felipe en 2000 y el Premio Cervantes de la traducción en 2005. Estas son solo algunas señas de su compromiso con el mundo hispánico. Es, además, reconocido pionero en los estudios sobre la vanguardia española, rescatando incluso de las injusticias de la historia literaria a los que se autodenominaron emblemáticos ultraístas –o vanguardistas–, como es el caso de Juan Larrea, el poco entendido Gerardo Diego, o los experimentadores más fundamentalistas como es el caso de Ramón Gómez de la Serna. Ha estudiado también la relación de esta vanguardia española con América, y ha escrito sobre Vicente Huidobro y Pablo Neruda.

Pero parece ser que es la Generación del 27 el objeto principal de su interés; y así ha investigado sobre Vicente Aleixandre, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Pedro Salinas y el inspirador de este grupo poético: Luis de Góngora. Ha decidido rescatar nuevamente a los olvidados de esta generación como Emilio Pradós

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y Manuel Altolaguirre. Y, por sobre todo, ha mostrado un profundo interés por Federico García Lorca: por su obra, su vida, su figura, por todo lo que García Lorca era y es, por lo que representaba y representa para su generación, para la poesía, para España y para el mundo. Y, como es obvio, dentro de la propagación del mito lorquiano, se ha interesado también por su muerte. Es ahí donde Gabriele Morelli llama mi atención. Él, como pocos, se refiere a los hechos tal cual parecieron ocurrir. Habla de la muerte de Lorca, sí, pero habla de su asesinato. Y su nombre además suena a personaje de novela detectivesca, así es que más me intriga lo que sabe de ese hecho.

García Lorca muere –mejor dicho es asesinado– en julio de 1936, mismo año y mismo mes en el que comienza la guerra civil española. Muy poco o casi nada se sabe de lo que ahí pasó. Se especula mucho, como ocurre siempre con estas cosas, pero las certezas son muy pocas. Quizás ese misterio en torno al fin del poeta haya contribuido a la creación del mito. Gabriele Morelli ya en 1988 edita el libro Federico García Lorca, Saggi critici nel cinquantenario della morte6, haciendo evidente su preocupación por el poeta y su muerte, o por el poeta y su legado tras la muerte, o por Lorca y la muerte, o por el legado de muerte… en fin. Quizás esas son las preguntas que yo quisiera hacer respecto a la muerte-asesinato de García Lorca: la muerte real, quién mató a Lorca, por qué; la muerte simbólica, qué se muere cuando muere Lorca; dónde está el cuerpo del poeta, por ejemplo. Pero sé que eso es más de historia –y de historia policial– que de estudio literario. Sin embargo, igualmente me pregunto qué pasa con la obra lorquiana y la muerte, pues en toda ella está presente la tragedia, la sangre, el drama, el duelo tras la muerte y el drama de la muerte. La tragedia incluso de la misma muerte. Es evidente que es así. Pero qué pasa con la vocación casi profética de Lorca en sus poemas, donde abunda el dolor y la sensación de fin. Qué augurios hay en su Romancero gitano o en Poeta en Nueva York de lo que pasaría. Qué hay en Llanto por la muerte de Ignacio Sánchez Mejía, por ejemplo, que lo acerca a la muerte. La muerte lo acecha, lo rodea, lo circunda. Y así lo vemos y lo leemos. La muerte como tema central de su obra. La muerte como eje temático incluso de toda su generación.

Ahora, en este 2016, se cumplen ochenta años de su asesinato. Estamos a ocho décadas de una mal conocida ejecución. Y Gabriele Morelli nos hablará sobre los ochenta años de esa muerte, de ese asesinato, y de las verdades y misterios, o como él mismo ha titulado su conferencia: de sus luces y sombras.


1 Epistolarios del 27: el estado de la cuestión, de G. Morelli, Actas del congreso internacional, Bérgamo, 12-13 de mayo de 2000, Viareggio-Lucca, Mauro Baroni editore, 2001.

2  Eugenio Luraghi-Rafael Alberti. Corrispondenza inedita (I947-I983), Milano, Viennepierre Edizioni, 2005.

3 Epistolario inédito sobre Miguel Hernández (1961-1971) entre Dario Puccini y Josefina Manresa, Sevilla, Espuela de Plata, 2011.

4 «Aspetti e forme dell’ oralita nell’ epistolario lorchiano», Quaderni Ibero-Americani, núms. 65-66, Roma, Bulzoni Editore, 1989, pp. 41-54.

5 «Las cartas americanas de Federico García Lorca», en En torno a 1927 , «Monografías universitarias de San Roque», Universidad de Cádiz, 1997, pp. 69-79.

6 Federico García Lorca, Saggi critici nel cinquantenario della morte, a cura di G. Morelli, Bari, Schena Editore, 1988.

 

 

La muerte de Federico García Lorca

Gabriel Morelli

En Madrid, durante la primavera de 1936, la confrontación ideológica llega a un ápice y la situación política empeora. A partir de entonces viene un momento de incertidumbre y de gran convulsión social. El poeta siente pánico, según lo relata Juan Gil-Albert, quien ve a Federico por última vez en la capital en compañía de Martínez Nadal. En ese estado deja este recado para sus amistades: «Voy a Granada, venga lo que Dios quiera». Nadal, su amigo, describe cómo García Lorca entra repentinamente a la casa de la calle Alcalá a preparar su equipaje. Al salir de su departamento le entrega un paquete con las siguientes instrucciones: «Toma. Guárdame esto. Si me pasara algo lo destruyes todo. Si no, ya tú me lo darás cuando nos veamos».

El paquete contenía el manuscrito de la obra de teatro El público. A continuación, sigue el relato de Nadal, un corto viaje en taxi a la estación de Atocha, a tiempo para coger el tren. Ya sentado en el tren Lorca ve en el andén a un diputado por Granada. «Qué mala suerte y qué mala persona», alcanza a decirle a su amigo. Este nerviosamente le responde desde el andén que se guarde apenas cierren las cortinas del coche-cama. No quieren ser vistos ni hablar con «la bestia». Todavía recuerda Martínez Nadal: «Nos dimos un rápido abrazo y por primera vez dejaba yo a Federico en un tren sin esperar la partida, sin reír ni bromear hasta el último instante».

De hecho Lorca, aterrado por la lucha política cada vez más violenta y cada vez más cerca –les mostraba a todos una bala alojada en la pared del cuarto de baño de su casa en Madrid– y horrorizado por los actos de vandalismo cometidos en aquellos días en la capital en nombre de la República, había decidido volver a Granada para celebrar el onomástico de su padre y luego viajar con su nuevo amante Juan Ramírez de Lucas a México. Ya había recibido de su amiga Xirgu los boletos y esperaba la autorización de los padres de Juan, quien aún no alcanzaba la mayoría de edad. La fecha de salida de Madrid que recuerda Nadal es el 16 de julio, pero parece poco probable. Es más seguro que sea el 13 o el 14 de julio, tal como lo afirma Eduardo Molina Fajardo, autor de un documento original que corresponde al último período del poeta en Granada; incluso los periódicos (El Defensor de Granada, Ideal, El Noticiero Granada) anuncian la presencia del poeta en la ciudad a partir del último día. Otra confirmación viene de los hermanos Ángel y Antonio Carrettero, que el 16 de julio habían fijado una cita con Lorca en la casa de Alcalá, pero les llega el recado de que el poeta estará ausente unos días.

La Huerta de San Vicente, la finca comprada por el padre de Lorca en 1925, está en las afueras de Granada, y todos los años el poeta pasa el verano con su familia huyendo del calor sofocante y el ruido de la ciudad. La casa se sitúa en una gran parcela con un jardín fragante y florido que cubre los muros exteriores. «Ahora estoy en la Huerta de San Vicente, ubicada en la Vega de Granada –escribió Federico en septiembre de 1926 a Jorge Guillén–. Hay tantos jazmines en el jardín y tantas ‘damas de noche’ que por la madrugada nos da a todos en casa un dolor lírico de cabeza, tan maravilloso como el que sufre el agua detenida. Y sin embargo, nada es excesivo. Este es el prodigio de Andalucía». En otra carta, a Ana María Dalí a mediados de agosto de 1927, Lorca le confía a la hermana menor de Salvador: «Ahora estoy, como sabes, en la Huerta de San Vicente […]. Aquí estoy bien. La casa es muy grande y está rodeada de agua y árboles corpulentos, pero esto no es la verdad. Aquí existe una increíble cantidad de melancolía histórica».

El poeta llega a la casa de veraneo familiar en la mañana del 14 de julio. Molina Fajardo consigna: «el 13 de julio en un tren que viajaba por la noche, Federico García Lorca se marchó a Granada, su Granada». El 17 es el día del asesinato de Calvo Sotelo. En Marruecos, un grupo de oficiales de la guarnición de Melilla se rebela contra el gobierno central. La guerra civil empieza el día 20, la violencia fascista se abate con furia sobre la ciudad iniciando un período de represión brutal con miles de detenciones, asesinatos, ejecuciones –al menos cinco mil–, incluyendo la más injusta que afectó a García Lorca. Después de más de ochenta años todavía nos preguntamos cómo eso pudo suceder, cómo fue posible ese horrible crimen: ¿acaso no lo dijo Jorge Guillén, confiando en la enorme simpatía de que gozaba Federico, que en caso de rebelión el único español capaz de salvarse entre todos sería el amigo de Granada? Las posibles respuestas son numerosas, así como también lo son las explicaciones de lo sucedido.

En primer lugar está la versión del régimen de Franco, que carga la responsabilidad de la muerte del poeta. Después de cierto retraso aparece publicada una lacónica nota en el diario ABC del 17 de septiembre 1937: «La simple verdad es que la muerte del poeta fue un episodio vil y vergonzoso, que no estuvo relacionado con ninguna iniciativa o responsabilidad oficial». La justificación del gobierno español es discutida por el crítico francés francés Jean Louis Schönberg. El autor, con gran ligereza y apoyado en un juicio a priori, llega a la conclusión –aunque el estudio comienza ya con esa premisa– de que el asesinato de Lorca se debió a la rivalidad entre homosexuales, el resultado de «un ajuste de cuentas entre invertidos». La verdad es otra: Lorca fue asesinado por órdenes de la autoridad del Gobierno Civil de Granada, el comandante José Valdés Guzmán. Fue también víctima de la represión franquista que operó intensamente en la ciudad después del golpe militar. Sobre la base de las pruebas reunidas a partir de los biógrafos más importantes y los estudiosos de Lorca (en orden cronológico: Gerald Brenan, Claude Couffon, Agustín Peñón, Ian Gibson, José Luis Vila San Juan, Eduardo Molina Fajardo, Miguel Caballero Pérez1), y teniendo en cuenta la documentación más reciente dada por Juan Ramírez de Lucas –el joven amante de Lorca–, volvemos sobre los últimos días de la vida del poeta. Llegamos al 14 de julio en la casa de verano. Juan tiene la intención de saludar a la familia. Lorca está esperando el consentimiento de los padres de Juan para ir juntos a México, confiando en la posibilidad de utilizar su amigo como actor en la compañía de Xirgu: quiere vivir su nuevo amor en plenitud y libertad. Así lo demuestra su carta al joven amigo, fechada en Granada el 18 de julio de 1936 y publicada por El País (10 de mayo de 2012), en la que trata de consolarlo invitándole a no dejarse llevar por el impulso ni reaccionar violentamente contra la negativa de su padre –un médico estimado de Albacete, quien amenaza con recurrir a la Guardia Civil–, lo alienta con palabras pacientes, comprensivas, serenas y le expresa su fe en que el joven será capaz de vencer todas las dificultades. La carta llega a la casa tres días más tarde, es decir, justo antes de que las comunicaciones se interrumpan entre la zona republicana y la nacionalista. Es probablemente la última carta escrita por Lorca, sin embargo no llega a su destinatario En esos días Pepe Caballero, el amigo pintor, envía un mensaje de vuelta a Federico acusando la imposibilidad de entrega de esta misiva. El golpe de las fuerzas rebeldes sorprende a todo el mundo a pesar de la tensión que lo anticipaba. Es el comienzo de la lucha fratricida que duraría tres años. El gobierno republicano se ve en la obligación de llamar a salir a las calles a defender la democracia de las fuerzas fascistas. Para 1939, con la victoria de Franco, se revela un saldo de horror, muerte y devastación. Los insurgentes ocuparon Granada y, con la línea del frente popular a pocos kilómetros de la ciudad, comenzaron la búsqueda sistemática, la destrucción y eliminación de toda la oposición unida, sin distinción alguna, bajo el nombre de «rojos». El 6 de agosto, un grupo armado de falangistas, al comando del capitán de artillería Manuel Rojas Feigenspan, ya condenado por una matanza de civiles, allana la casa de la Huerta de San Vicente sin resultados. Al día siguiente, otro grupo de soldados entra en la finca buscando al amigo del poeta, Alfredo Rodríguez Orgaz, un arquitecto de la ciudad de Granada, cuyo alcalde, Manuel Fernández-Montesinos, era cuñado de Lorca. Después del golpe militar, temiendo por su vida, el arquitecto, simpatizante socialista, se escondió primero en su casa, pero luego encontró un escondite más seguro en la casa del rector interino de la Universidad de Granada, Salvador Vila. El rector más tarde sería fusilado por los rebeldes en Víznar, pero por esos días había recibido del padre del poeta el ofrecimiento para escapar por la Sierra Nevada (a la cual también debía unirse Federico), pero que rechazó por temor a los peligros de abandonar ilegalmente la ciudad.

A la llegada de los soldados, el arquitecto Rodríguez Orgaz se ocultó tras los arbustos de la Huerta de San Vicente y pasó la noche en los matorrales. El tercer allanamiento fue más violento. Fue llevado a cabo el 9 de agosto por un puñado de individuos armados a cargo de un sargento retirado de la Guardia Civil, que vino a buscar al hermano de quien custodiaba la huerta, Gabriel Perea Ruiz, como parte de las diligencias por una falsa acusación de asesinato de dos personas sucedido el 20 de julio en la localidad La Asquerosa. El estudioso Caballero

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Pérez precisa que los soldados fueron animados por la familia Roldán, simpatizantes del derechista Partido Agrario, del mismo pueblo que el padre del poeta y rivales comerciales del mismo. Su disputa al parecer se originó por la compra de unas tierras destinadas al cultivo de la remolacha que, después de un fallo judicial, permanecieron en manos de don Federico García Rodríguez, quien por lo demás era miembro del Partido Liberal. Por esta razón algunos investigadores argumentan que la muerte fue motivada más por una confrontación de intereses económicos que por razones políticas.

Mientras tanto en la finca, los soldados, entre ellos Horacio y Miguel Roldán, ponen la casa y sus dependencias patas arriba, y atacan a la familia y a los criados con violencia inusual. Al no encontrar a los sospechosos, atan al cuidador a un árbol y comienzan a azotarle. Lorca, quien observaba la escena, decide intervenir y protestar, pero es golpeado y arrojado al suelo. Angelina Cordobilla González, ama de casa de Fernández-Montesinos, quien cuidó de los niños Concha, recordó las amenazas que enfrentó el poeta («lo tiraron por las escaleras, lo golpearon») y los insultos contra él, incluyendo el de «maricón». Antes de salir de la casa, los militares dejan al poeta bajo arresto domiciliario. Temiendo lo peor, Lorca llama a su amigo, el poeta Luis Rosales, perteneciente a la familia más importante de la ciudad, que además de falangista es la que comanda las operaciones insurgentes en el campo Motril cerca de Granada. Luis llega a la huerta con su hermano más joven, Gerardo, y después de una breve consulta, deciden esconder a Federico en la casa de los Rosales, en el número 1 de la calle Angulo, uno de los lugares más seguros en un tiempo marcado por la violencia, las detenciones y ejecuciones sumarias. Ante la inminencia del peligro, otra posibilidad que se considera es pasar a Federico hacia la zona republicana cercana, pero el poeta se niega categóricamente temiendo el peligro que conlleva esta fuga; alguien propone entonces buscar alojamiento donde el compositor Manuel de Falla, figura ortodoxa católica y cercano a la derecha. Al final se elige la casa de la familia falangista más segura. El mismo día el chofer de la familia, Francisco Murillo Gámez, acompaña a Federico donde los Rosales. Luis recuerda el episodio, anticipándose a la fecha del evento: «Federico me llamó por teléfono. Podría ser el 5 [en realidad el 9] de agosto. Me dijo que estaba preocupado y me pidió que fuera a su casa». Lorca también informa a su amigo que había llegado gente armada cometiendo abusos y que se apoderaron de documentos y de correspondencia. «Por lo tanto –terminó Rosales–, me puse a su disposición para tomar medidas y él no consideró ninguna apropiada».

El 15 de agosto otros soldados entraron en la huerta comandados por Francisco Díaz Esteve, llevando la orden de detener al poeta: hurgaron entre los libros y papeles de Federico buscando correspondencia con el ministro Fernando de los Ríos, considerado ideólogo del pensamiento socialista. Trajeron con ellos también a un «especialista», José Montero, profesor de música de la Escuela Normal, a quien le pidieron que desmontara el piano de cola donde creían que el poeta, a estas alturas considerado un espía ruso, escondía ilegalmente una radio usada para informar a sus amigos «rojos». Al recordar el incidente y la supuesta militancia marxista de Lorca, su hermana Concha aclaró que Federico no era comunista. Un día, inquieta por la duda, le había instado a que no se expusiera: «Mira Federico. No hablas nunca de política, pero la gente dice que eres comunista. ¿Es verdad?» Federico se echó reír. «Concha, Conchita mía – había contestado–. Olvídate de todo lo que dice la gente. Yo pertenezco al partido de los pobres».

En una nueva incursión a la casa de verano de los García Lorca, los soldados no encuentran al poeta. Amenazan con golpear al padre, don Federico García, con tal de obtener señas de su escondite. El padre responde con silencio obstinado. Pero Concha se asusta, no quiere traicionar a su hermano pero ante el miedo revela su escondite. Confiesa que está en casa de un amigo falangista leyendo poemas. Luis Rosales, en su documento de autodefensa presentado el 17 de agosto al Comando Militar de los insurgentes –existe una copia disponible gracias a la investigación de Molina Fajardo–, confirma cómo sucedieron los hechos y, en el examen de su conducta finalmente es hallado leal al declarar que en caso de haber sido interrogado por la policía él habría dado la dirección de su casa. García Lorca pasa en la casa del poeta Rosales el periodo 9 al 16 de agosto, fecha de su detención y traslado a la casa de Gobierno Civil de Granada. Los estudiosos se han preguntado qué hacía Federico encerrado en el segundo piso en la gran casa de los Rosales, habitada por tres mujeres: su anciana madre, Doña Esperanza, su hija, y su hermana Luisa Camacho. Los hombres se dedicaron a las maniobras militares en el frente de guerra vecino, excepto el fundador, Miguel Rosales Vallecillos, liberal conservador, quien se mantuvo a cargo de la gestión de su negocio más grande en la Plaza Bib-Rambla. Luis regresó cada noche para saludar a Lorca y le alentaba asegurándole que en esa casa no corría peligro y que todo acabaría pronto de todos modos. Federico pasa el tiempo charlando amigablemente con las mujeres de la casa, les relata su viaje a América y la vida en la cosmopolita ciudad de Nueva York; a veces se encierra en la gran biblioteca a leer y escribir. Luisa recuerda el título de un libro El Jardín de los sonetos, y un largo poema épico titulado Adán, una especie de «Paraíso Perdido» en el que Lorca trabajaba entonces. También pasa muchas horas tocando en el piano piezas populares: el sonido del piano se propaga a lo largo de la estrecha calle Angulo y ya habían llegado amenazas anónimas a Rosales acusándolo de esconder en su casa un «rojo», en alusión, por supuesto, a la presencia del poeta. Más tarde, precisamente por la hospitalidad dada a un «rojo», la familia Rosales es castigada y obligada a pagar la suma astronómica de 25.000 pesetas, sólo para después caer en desgracia ante las autoridades franquistas.

Federico escucha la radio y todas las mañanas lee Ideal, el periódico falangista de la ciudad que informa en tono triunfante las avanzadas de los insurgentes y la detención de los enemigos comunistas, que luego son fusilados en el cementerio. También se comunica y habla todos los días por teléfono con sus padres. La confianza expresada por los miembros de su familia, por los hermanos Rosales y la afectuosa amabilidad de las mujeres de la casa no sirven para calmar la mente perturbada de Federico, que aparece cada vez más inquieto y preocupado (pero ¿cómo evitarlo?). Especialmente después de la detención del cuñado Manuel Fernández-Montesinos a favor de quien pide ayuda a Rosales. Además, según informa Esperanza Rosales, el poeta está aterrorizado por los bombardeos que con frecuencia azotaban la ciudad, sacudiendo las ventanas y obligándolos a protegerlas con los muebles de la casa: en esos momentos terribles, recordó Esperanza, Federico, presa del pánico, corría a refugiarse en un sótano que había llamado el Bombario. Ante el peligro inminente y temiendo que las autoridades insurgentes se enterasen de su escondite, Lorca pide ser llevado donde su amiga Emilia Llanos Medina; entre otros posibles refugios ha reavivado la idea de la casa de Manuel de Falla. Mientras tanto, los equipos de soldados que buscan al poeta, revisan también la granja del padre de Clotilde García Picossi, Huerta del Tamarit, evocada por el poeta en su último libro.

En la tarde del 16 de agosto un pelotón se divide en dos grupos para cubrir ambos extremos de la calle Angulo mientras un puñado de tiradores hace guardia en las azoteas para evitar cualquier fuga. La avanzada la dirige Ramón Ruiz Alonso, miembro del partido católico conservador Acción Popular, reunidos en la CEDA (Confederación Española de Derechas Autónomas), archienemigo de Fernando de los Ríos y partidario del fascismo italiano. Llama a la puerta de Rosales y pide que le entreguen a Federico García Lorca. En ese momento en la casa no están los hombres de la familia. Escuchamos el testimonio directo de la entrevista de Ruiz Alonso con Gibson en su libro La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca (1971), donde el triste personaje dice –tratando de justificar la responsabilidad de su acción– cómo se ha llegado a la decisión del arresto y cuál es su origen.

Al principio, queriendo restar importancia a la gravedad, finge no recordar la fecha del episodio, si el día 16 o 17, y dice que no era más que un fiel ejecutor de las órdenes dadas por el teniente coronel de la Guardia Civil, Nicolás Velasco Simarro, que en ese momento reemplazó al gobernador José Valdés Guzmán mientras este visitaba las trincheras en el frente de Jaén. A él le dan la delicada misión de detener a García Lorca «en la calle tal y en el número tal de esa calle». A continuación agrega: «Entonces en Granada, por aquella época, en aquellas circunstancias, en aquellos momentos, había contra este poeta, -¡que esté en gloria!- pues, cierta repulsión, porque, claro, pues en fin, se aprovechaban de sus obras en la Casa del Pueblo».

«Voy a Granada, venga lo que Dios quiera»

A Ruiz Alonso lo acompañaron los militantes de la CEDA, Federico Martín Lagos, Luis García Alix y Juan Luis Trecastro Medina, propietario del automóvil Oakland, placa de matrícula GR 2185, con el que se presentaron armados para detener a Lorca. Trecastro, abogado y hombre de negocios, nació en Santa Fe (provincia del padre de Lorca) y muy cerca de las tierras en disputa con el clan Roldán, tal como documenta Caballero Pérez en su obra Las trece últimas horas en la vida de García Lorca. Según sus indagaciones, este hecho refuerza la hipótesis de la trama orquestada contra el poeta. «Su militancia en Acción Popular y su relación con la familia Roldán –escribe– le dan más que suficientes razones para detener al poeta». Gran amigo de Ruiz Alonso, ambos ligados al grupo ultracatólico CEDA. Luis Rosales escribe que por lo tanto no es la Falange, sino este grupo, junto a las circunstancias ya mencionadas, el responsable de la detención y la muerte de Lorca. Trecastro es un conocido fanfarrón, un bebedor que se jactó de haber sido quien dio el golpe de gracia al poeta (y guardaremos los detalles de hacia dónde dirigió disparos). No sabemos si dice la verdad porque muchas otras personas afirman haberle disparado al poeta: «Pues en aquellos tiempos –señala Peñón– entre los sublevados era considerado un orgullo ser el que había matado a Federico García Lorca».

Ante el requerimiento de entregar al poeta, la ya anciana Esperanza reacciona con indignación: nadie sale de su casa, una casa falangista, sin que estén presentes sus hijos. Luego toma el teléfono para ponerse en contacto con alguno de ellos. Encuentra a Miguel, de servicio en el barrio cerca de la Falange, donde poco después de Ruiz Alonso se sube al mismo coche para volver a la calle Angulo. Miguel, al ver el gran despliegue de militares controlando la calle y los techos, se da cuenta de que es inútil responder con la fuerza. Está convencido de que se trata de un error, un malentendido, y que seguro se arreglará pronto el problema y podrá deshacerse Federico, al que acompañaron entonces, escoltado por Ruiz Alonso, a una casa cercana al Gobierno Civil. Al salir de la casa, de acuerdo con el relato de Esperanza Rosales, Federico estaba temblando y llorando. Esperanza –la «Carcelera Divina», como la llama el poeta– lo invita a rezar juntos ante la imagen del Sagrado Corazón de Jesús, ubicada en el piano.

Miguel Rosales va inmediatamente en busca de los hermanos, pero es en vano. Muy tarde por la noche regresan José (conocido como El Pepiniqui) y Luis. Es tal su sorpresa y consternación al enterarse de la detención de Federico que de inmediato corren a la casa del Gobierno Civil: el administrador, sin embargo, está ausente y en la práctica es necesario que la protesta sea estampada como una queja oficial. Luis redacta en un papel la descripción de cómo un tal Ruiz Alonso, sin ninguna orden escrita, había entrado en su casa, una casa falangista, y había detenido a su huésped, el poeta Federico García Lorca. En ese momento Ruiz Alonso se presenta ante ellos. Luis Rosales es su superior directo y lo conmina a cuadrarse ante ellos. Esa misma noche el gobernador Valdés se deja caer por el lugar y José Rosales, quien esperaba su llegada, lo enfrenta abiertamente exigiéndole explicaciones por la detención de Federico. Surge un violento altercado verbal donde el gobernador desenfunda su arma para apuntarle al Pepiniqui. Después de este punto el ambiente se calma. Valdés asegura que a Lorca nada le pasará, pero que será necesario revisar la petición. José ve al poeta al salir del edificio y le promete que lo volverá a buscar a la mañana siguiente. Mientras tanto la familia Rosales había informado a los Lorca que, ante la posibilidad de nuevas violencias, se refugian en la calle San Antón, en el departamento de la hija, Concha. Ambas familias evalúan la posibilidad de contratar a un abogado para proceder con una denuncia legal.

Es la noche del 16 de agosto. Lorca está encerrado en la casa del Gobierno Civil, donde un conocido, Joaquín López-Mateos Matres, es guardia en el edificio, y le transmite a Molina Fajardo la imagen triste y dolorosa que ve en Federico. Otra confirmación de la presencia de Lorca el 16 de agosto en la sede del Gobierno Civil –y su repentino traslado a Víznar– proviene de Agustín Soler Bonor. Esa noche está en una misión para reclutar voluntarios a las filas patrióticas. Sube las escaleras del gobernador del palacio y ve a Federico entre dos guardias que lo conducen a un punto muerto en la puerta. «Estaba esposado –recuerda–, tenía una chaqueta sobre pijamas sin camisa»; y añade: «Fue derribado y fingió no conocerme». Un testimonio similar proporciona Rafael Martínez Fajardo, teniente de la Guardia de Asalto, quien dice que la noche del 16 recibe la orden de hacerse cargo de los presos «Galadí», «Cabezas» y «Terrible» en la Alta Comisión. Se encontraba en el Gobierno Civil con el objeto de retirar a García Lorca. Una vez reunidos los cuatro condenados, tomarían el convoy militar a Víznar hacia la casa de la Colonia.

Al día siguiente, el 17, José Rosales obtiene las órdenes del mando militar para liberar a Federico y con el documento en mano apresura al gobernador, pero Valdés le informa que ya habían retirado al poeta, y amenaza que la misma suerte correría su hermano Luis por su comportamiento rebelde. Podemos imaginar la reacción violenta del Pepiniqui frente a la noticia de la muerte de Federico y la oscura advertencia contra su hermano. Hay preguntas por responder aún: ¿dijo Valdés la verdad acerca de la orden de transferencia de Lorca ejecutada en la noche del 16 o mintió para ganar tiempo considerando las presiones recibidas por Rosales y la velocidad de los acontecimientos? Son dos las respuestas posibles, dependiendo de las diferentes tesis que sostienen cómo se traduce el 16 de agosto en las transcripciones militares sobre el poeta en Víznar y su ejecución en la madrugada del 17, o bien se refieren al día siguiente para luego salir con el crimen el 18 o incluso el 19 de agosto.

Víznar: 17, 18 o 19 de agosto de 1936

Los historiadores e investigadores han estudiado mucho los últimos días de la vida del poeta, sobre la base de la documentación emitida por varios supuestos testigos, que debido al tiempo transcurrido, no siempre es segura ni confiable. Todavía discuten si la fecha del asesinato de Lorca es el 18 de agosto, la más conocida, o bien el 19, o quizás se pueda anticipar un día, para el 17, como la investigación más reciente parece acreditar. Partimos por la primera tesis. Angelina Cordobilla González, ama de casa de los Fernández-Montesinos, recuerda haberle llevado alimentos, ropa y cigarrillos a Federico el 17 de agosto, mientras estaba encerrado en la casa del gobernador. El día anterior, ¡cómo olvidarlo!, Manuel Fernández-Montesinos había recibido un disparo, «¡Don Manuel al amanecer, y el joven Federico por la noche!», comentó en 1955 el erudito Agustín Peñón. Al día siguiente, el 18, Angelina visitó otra vez a Federico señalando que no había tocado la comida. El 19 los guardias en la entrada le informan que Lorca no está allí, pero aun así ella logra entrar a la sala donde lo habían recluido y solo ve el termo y la servilleta sobre la mesa. Sin embargo, en su primera entrevista con Peñón –entonces tenía 65 años– dijo que solo el día 17 había llevado comida a Federico, mientras que en la segunda entrevista admitió que el 18 le entregó alimentos y un paquete de cigarrillos. Federico «no había probado nada de la comida que le había llevado el día anterior. Y estaba fumando mucho de los cigarrillos del camello». Ante la insistencia del investigador la mujer señaló que también le llevó comida un tercer día, pero que entonces solo encontró la habitación vacía.

Gibson cree que Angelina no recuerda bien y que ella fue solo dos veces al Gobierno Civil. En su confirmación, el biógrafo irlandés precisa que al alba del día 18, Ricardo Rodríguez Jiménez, un joven amigo de Lorca, es testigo accidental de la salida de la casa de gobierno del poeta, quien iba esposado junto al maestro de primaria Dióscoro Galindo cuando sintió su llamado. Rodríguez se da vuelta y ve a Federico y este le pone la mano en su cuello (mientras la otra estaba amarrada a Dióscoro). Lo llevaban rodeado por la guardia de la Escuadra Negra, una banda de matones. El joven grita a los soldados «¡Criminales! Vais a matar a a un genio! ¡A un genio!», y ese esposado de inmediato y encerrado en las celdas del Gobierno Civil, donde lo retienen por dos largas horas.

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Otro testimonio respecto del 18 de agosto es la carta enviada por José María Bérriz a su cuñado banquero, Rodríguez Acosta, residente en Lisboa, donde cuenta los últimos acontecimientos de Granada. La misiva fechada el 18 de agosto de 1936 informa: «Manuel y Bernabé llegan ahora a la una y media después de la guardia en Casa de la Perra Gorda; me dicen que esta noche las fuerzas de la Falange mataron a Federico García Lorca». Una nota de Miguel de Unamuno de su voluminoso Diario final, datada el 19 de agosto, revela: «Esta noche me ha dado Salvador Vila la noticia del asesinato de García Lorca en Granada. ¡Pero qué sangranza! No sé cuantas veces repito a lo largo del día la misma frase. Se amontonan los muertos sobre mi mesa en tal cantidad que no da tiempo a contarlos».

Por el contrario, el hijo de Dióscoro Galindo fijó el día del crimen en el 19 de agosto. El joven Galindo recordó que el 18 se presentó en su casa un grupo de falangistas armados que detuvieron a su padre y se lo llevaron, diciendo que sólo tenía que firmar una declaración. Él no lo vio más. A la mañana siguiente, el 19, preocupado por la detención, se presentó ante el Comisaría para hablar con el capitán Páramo, un amigo de la familia que, después de unas cuantas llamadas telefónicas a los mandos militares, informó que «ahora que no se podía hacer nada, que ya los habían asesinado». Ciertamente, la orden de fusilamiento fue impartida por el gobernador Valdés, y dicen que lo hizo sin consultar al general Gonzalo Queipo de Llano en misión en Sevilla, ya que se interrumpieron las comunicaciones telefónicas. Pero es posible argumentar que hubo contacto radial desde el comando militar. Por tanto, es probable que haya sido Queipo de Llano quien haya confirmado la ejecución con el código cifrado (aunque no tanto): «Dale café, mucho café». La orden requería la transferencia a la Colonia de Víznar y el fusilamiento de los condenados en unos acantilados lejanos e inaccesibles. Por lo tanto la cuestión de si la muerte de Lorca se debe a los católicos reaccionarios representados por Ruiz Alonso –sin duda el principal responsable de la detención del poeta– o que sea imputable a los hombres de la Falange, es una discusión gratuita. Lo cierto es que la orden de ejecución fue dada por el gobernador civil de Granada, por lo que fue un acto político adoptado por los rebeldes que habían ocupado la ciudad, fusilando, en primera instancia, al alcalde –cuñado del poeta–, junto a cientos de representantes y partidarios del gobierno legítimo de la República.

En Víznar, el pequeño pueblo abierto hacia la Vega, a unos diez kilómetros al norte de Granada, estaba el antiguo edificio llamado La Colonia, que hasta principios de agosto se usó para acoger a los niños en los meses de verano, pero más tarde, después del golpe de Franco, se convirtió en una prisión militar donde eran recluidos los condenados antes de su ejecución. De vez en cuando, por la noche, la puerta de entrada y salida se abría para dejar pasar a un grupo de prisioneros escoltados por voluntarios de la Escuadra Negra. A punta de sus rifles, las víctimas eran obligadas a subir en viejos camiones militares en dirección a Alcafar. Poco después se dejaba escuchar la descarga de ira de la boca de los fusiles; luego, el quebrado silencio de la noche, el rumor sordo de los camiones con los hombres encargados de enterrar a los muertos.

Lorca pasó sus últimas horas encerrado en la planta baja de La Colonia: los soldados junto a la Guardia de Asalto estaban alojados en la parte superior y, en el primer piso, los prisioneros obligados a cavar zanjas. El comandante de las operaciones militares de Víznar era el capitán falangista José María Nestares Cuéllar; en la entrevista concedida a Molina Fajardo, recuerda que eran alrededor de las doce de la noche cuando vino a despertarle el teniente Martínez Fajardo con cuatro prisioneros. El capitán reconoció a Lorca. Indignado por su presencia entre las víctimas, rasgó el papel de recepción, pero no pudo evitar la ejecución de la sentencia porque en ese territorio era solo un destinatario de la orden a ejecutar. Por lo tanto, el comisionado Manuel Bueso Martínez, jefe de los servicios motorizados de la primera bandera de la Falange, era quien debía dirigir el convoy y presenciar la ejecución e informar. La fecha no está indicada, pero el entrevistador da por cierto que fue el 16 de agosto. Apoya la opinión de que el comandante Nestares cesó en sus funciones como jefe de sector, sin razón aparente, en los días 18, 19 y 20, y fue reintegrado el 21. Por lo tanto la información sobre el fusilamiento de los prisioneros la podría haber recibido solo el 17, antes de su ausencia. Se deduce que el crimen podría haber ocurrido en las primeras horas de la mañana de ese día. En apoyo a esta versión, tanto Peñón como Molina Fajardo (muy importante ya que su condición de militante falangista le permitía acceder a información confidencial) tienen una rica pero no siempre convergente documentación, formada por numerosas entrevistas con los diferentes gestores y testigos, partiendo por el mismo Ruiz Alonso; este último asegura estar de vuelta en la Casa de Gobierno Civil al día siguiente de la entrega de Lorca, es decir, el 17 de agosto, y de haber recibido la noticia por Valdés de que el poeta ya había muerto. Hacia las diez, se presentó ante el gobernador, que parecía de mal humor. «¡Ese pájaro… García Lorca del diablo! Me contó que había sido fusilado durante la noche, que le habían dado la orden desde Sevilla, y estaba con notable disgusto». Incluso Manuel de Falla, aunque enfermo, acompañado por algunos jóvenes falangistas, se había quedado en la gobernación para intervenir en nombre de su amigo Federico, pero se le informó que el poeta ya había muerto. Consternado y conmocionado se habría precipitado donde los Lorca en San Antón, a la casa de Concha, hermana de Federico, la que a su vez lloraba la muerte de su marido, quien recibió un disparo en el cementerio de la ciudad junto con otras veintinueve víctimas; la puerta la abrió Isabel, prima del poeta, quien le había pedido que no dijera nada sobre la suerte de Federico a la hermana y los padres, sin darse cuenta de la magnitud de la tragedia.

Volvamos a la casa de La Colonia. Esa noche, para hacerle guardia a los prisioneros se encuentra el joven soldado José Jover Tripaldi; ferviente católico movido por la caridad cristiana, suele ofrecerle a los presos antes de la ejecución una visita del cura José Bustamante Crovetto para confesarlos, o despacharles una carta, un mensaje a sus familiares. Entre los carceleros también está El Panaero (el panadero), que más tarde será fusilado por los falangistas por delitos comunes. Él se acerca a José Jover y le susurra que Lorca tiene un encendedor de oro, «es una lástima que se lo lleva bajo tierra, a ver si me lo consigues».

De acuerdo a la versión que Tripaldi le dicta a Peñón, es un cuarto para las cinco de la mañana cuando llegan los guardias que a gritos despiertan a los prisioneros. Al darse cuenta de que ha llegado su fin, Federico pide al sacerdote, pero don José ya ha salido de la casa. El poeta se vuelve entonces hacia el joven carcelero: está confundido y preocupado, teme la condenación eterna. Tripaldi, apelando a la misericordia de Dios y a la generosidad de la religión católica, sugiere que haga un acto de contrición, pero Lorca dice que no lo recuerda. En este punto José comienza a recitar la oración mientras que Federico, llorando cabeza hacia abajo, dice las palabras lentamente. Eventualmente los dos hacen la señal de la cruz y se abrazan. Poco después, el poeta, el maestro de la escuela primaria Dióscoro Galindo González, sin una pierna, los banderilleros granadinos de fe anarquista, Joaquín Arcollas Cabezas y Francisco Galadí Meral, rodeados por la escolta armada de la Escuadra Negra, dejan La Colonia. En la puerta los espera una máquina que parte hacia Alcafar. Preside el piquete de ejecución Rafael Martínez Fajardo; lidera el grupo Manuel Martínez Buero, que conoce la zona. El jefe de la brigada compuesta por ocho hombres es el sargento de la Guardia de Asalto, Ajenjo Mariano Moreno. El convoy toma el camino de Fuente Grande, el antiguo Ainadamar o Fuente de las Lágrimas vierte su agua fresca y clara. El coche viaja varios kilómetros, luego se detiene. Los presos tienen que bajarse y caminan hasta llegar cerca de un viejo olivo, junto a Fuente Grande. Son impulsados con la fuerza de las armas hacia la ladera de una zanja y en ese lugar brutalmente asesinados. Un poco más allá el horizonte de la Vega oscilaba levemente con la primera luz de la mañana.

Esta conferencia consistió en una exposición a partir de los apuntes personales de Morelli sobre la muerte de Lorca. Dichos apuntes más tarde, en agosto de 2016, se transformaron en un libro de gran recepción crítica entre los estudiosos (Lorca, Editorial Salerno, p. 315). Aquí publicamos una adaptación del capítulo del libro más relacionado con el tema de la conferencia. (N. del E.)

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