La mala reputación de Carlos Monsiváis

SABEMOS QUE MÉXICO ES EL PAÍS DE LA LUCHA libre, pero nadie aclara que su máximo exponente es Carlos Monsiváis. ¿Por qué? Pues por lo aguerrido y sobre todo por lo libertario. Su figura es tan popular que ni siquiera necesita una máscara para esas prácticas. Su rostro y la indumentaria habitual que utiliza son suficientes en cualquier ring. Él mismo se ocupó de bromear con su apariencia cuando tuvo que pasar por el obligado acto de develación de un busto suyo en la Universidad de Guadalajara, luego de ganar el Premio Juan Rulfo: Ahora cada vez que piense en mi conciencia, la voy a representar como un busto, y cada vez que escriba un artículo, pensaré si le gustará. Han convertido esta escultura en el retrato de lo que me hubiera gustado ser.

En esa misma ceremonia el caricaturista Rafael Barajas, El Fisgón, intentó boicotear el acto con un discurso basado en las diez razones por las que Monis no debía tener estatua, aunque hubiera llegado a la edad de los homenajes. Como recalcó con mucho humor negro, una de las cosas más difíciles en el mundo es mantener una mala reputación, y él tiene una pésima: Creo que todos los mexicanos debemos defender la mala reputación de Carlos como si se tratara de un patrimonio nacional, dijo. Ambos eso sí coincidieron en que al menos había que agradecer que a nadie se le hubiera ocurrido erigir una estatua ecuestre de Carlos Monsiváis.

Esa mala fama fue esculpida palmo a palmo, con mucha coherencia y arduo trabajo. Ya fuera ocupándose de intérpretes y compositores de ayer como el inolvidable Agustín Lara o actuales como Juan Gabriel o Luis Miguel. O hablando de su pasión por los gatos o por la ciudad, en especial el DF, o transmitiendo sobre el cine, verdadero alimento de su alma, o escribiendo incisivos ensayos que calan hondo en nuestra identidad (Aires de familia. Cultura y sociedad en América Latina).

La clave es precisamente su infinita curiosidad, ya que nada le es indiferente: Fotografía y pintura y caricatura y cómic…Conflictos claves de nuestro tiempo como Chiapas y buena parte de los sucesos de actualidad, sin hablar de Bush que se ha llevado muchos de sus más enconados dardos.

Colecciona esculturas, caricaturas, libros, grabados, litografías, carteles, cartonería, arte en hueso, fotografías, figuritas y máscaras de luchadores y una larga lista de objetos. Es coleccionista de colecciones, según El Fisgón. El año pasado algo así como el 1% de esa colección dio vida al impresionante museo de El Estanquillo en ciudad de México.

Escribe crónicas, biografías, antologías, prólogos, cuentos y textos inclasificables como Nuevo catecismo para indios remisos. Por si todo esto fuera poco, este singular representante de la lucha libre intelectual mexicana trata a sus lectores como sujetos inteligentes y no meros hojeadores de páginas o cultores de lo que alguna vez llamó el grado xerox de la escritura.

No cabe duda que como a sus colegas del cachacascán (catch-as-catch-can) al multifacético e inclasicable Carlos Monsiváis no hay por donde agarrarlo. Una mala reputación tan sólida no se puede descuidar.

¿Cómo se define usted: cronista, crítico o ensayista?
Creo que me definiría como cronista que ensaya, o como ensayista que crónica. Y como lector de tiempo casi completo. Las definiciones no me inventan una realidad literaria, pero sí me permiten la idealización sin la cual uno tiende a transformarse en lo que es y probablemente nunca quiso ser.

Cambiemos de taxonomía ¿se considera un escritor excéntrico, según la categoría dada por Sergio Pitol?
A estas alturas del nuevo siglo todos somos excéntricos, porque, como dijo Yeats, el centro ya no es capaz de sostener. Creo que lo céntrico es, cada vez más, aquello que no fue avisado a tiempo de la hora de las migraciones.

¿Y hacia dónde emigra o va la literatura latinoamericana actual?
A estacionarse en el Mercado, la tierra de lo light al servicio de Paulo Coelho, Carlos Cuauhtémoc Sánchez y la industria norteamericana, o a renovarse atendiendo a sus propias tradiciones y rupturas. Si se lee cada vez menos, la literatura debe dirigirse hacia donde habrán de surgir los nuevos lectores. ¿O alguien recuerda una conversación reciente donde lo que se analiza en primer término son los libros y no las películas?

¿Algún antídoto contra esos bajos índices de lectura?
Los altos índices de confianza en la clandestinidad, ese actuar silencioso que le permite a uno leer a las horas en que debe hipnotizarse ante la televisión. Un lector es un ente clandestino, no porque nadie lo persiga sino porque el verdadero Big Brother es el que cada quien trae consigo a la hora de invertir el tiempo.

¿De qué forma se puede leer en un mundo tan acelerado?
Mi respuesta es tan infantil como la creencia en las fábulas: creyendo en que la tortuga siempre le ganará a la liebre. Si no me expliqué debidamente, es porque no me enteré de lo anacrónico que es hoy Esopo.

¿Quiénes serían entonces los que están trabajando propuestas renovadas y abriéndose a nuevos lectores?
Es inútil dar listas de precursores, pioneros, adelantados, inauguradores y encargados del estreno de rutas. Uno candorosamente proclama sus gustos y en cinco años la realidad le demuestra que un profeta verdadero es aquel que se espera a que sucedan las cosas para vaticinarlas. Los profetas que se anticipan son unos fracasados.

Siguiente columna

Vuelvo al ataque: ¿Cuáles serían los desafíos para el intelectual latinoamericano hoy?
No creo en las generalizaciones porque nunca han estado a la altura de los desafíos. Los desafíos son específicos. Por ejemplo el crecimiento del analfabetismo funcional, la infantilización que domina los medios electrónicos, la información que en su desmesura sepulta el deseo de enterarse, y cultural, económica, social y políticamente, el neoliberalismo que es real, que es el método para convertir a diario la pobreza en un campo de concentración, que es el saqueo de los recursos de las generaciones futuras y que es la impunidad de los oligarcas al servicio de su cretinismo moral y su anti-intelectualismo. Estos son los desafíos, la generalización empezaría cuando uno quisiera hablar a nombre del intelectual latinoamericano.

Pero cuál es el gran error de las élites latinoamericanas en materias culturales.
Creer que en materia de cultura hay élites -término presuntuoso y clasista- y no minorías, expresión adecuada para aquello que si quiere ser productivo debe aspirar a convertirse en mayoría.

Y el gran despliegue de la cultura de masas, ¿usted lo lee como una amenaza o como una oportunidad?
No se puede interpretar como amenaza lo que ya está, entonces queda calificar de oportunidad la construcción de espacios de salud mental y creación imaginativa. La cultura de masas ha convertido a la cultura popular en una especie en peligro de extinción, y ha banalizado incluso la estupidización, lo que no es mala hazaña: no tomar en serio lo que evita que la sociedad se tome en serio. Por eso, encontrar la manera de trastornar el envío diario de repeticiones y tonterías es una gran oportunidad, y allí cobra un sentido enorme el manejo creativo de internet, el ágora de nuestros días. Navegar de modo inteligente es esquivar los Scilla y Caribdis de la cultura de masas, y ya usar la metáfora de “Scilla y Caribdis” demuestra que se pertenece a la época anterior a Big Brother.

Como cultor de un agudo sentido del humor, ¿qué papel piensa que éste juega en nuestras sociedades?
El sentido del humor es un dispositivo de renovación mental, intelectual, personal. Por ejemplo a la derecha hay que tomarla en serio y para ello hay que advertir primero lo profundamente ridícula que resulta. La izquierda también tiene sus zonas a disposición del sentido del humor, pero no he sabido de nada que se equipare a la idea patrimonial de los derechistas que creen que Dios escrituró el mundo a su favor antes de iniciar sus jornadas laborales de seis días. Y ustedes en Chile tienen la gran oportunidad de revisar, por ejemplo, el modo en que Pedro Lemebel hizo el retrato satírico de las pretensiones pinochetistas durante una etapa de la dictadura. Al ridículo de las “clases altas”, Lemebel le opuso su idioma magnífico y letal.

Al igual que con el humor, usted tiene una especial relación con el lenguaje, ¿cómo se relaciona con las palabras?
Un escritor que no viva pendiente de las palabras, que no se relacione todo el día con sus sonoridades, es en principio un apóstol de la reducción del vocabulario a diez palabras.

Para eso es importante la memoria, en su caso prodigiosa…
La memoria es en principio el hilo conductor de los procesos asociativos. Si al momento de escribir uno no se acuerda de lo que no pensó jamás que recordaría, uno simplemente no está escribiendo.

A propósito de memoria, muchas veces se ha subrayado su erudición. ¿Cuál es su método?
La erudición, creo, consiste en un manejo lo más exhaustivo posible de lo que al parecer sólo al erudito le interesa. La erudición es el esfuerzo por profundizar en las obsesiones propias en materia de cultura, de la índole que sea. Mi método es simple: confío en que la memoria me recupere el sentido de mis lecturas.

¿Quiénes conforman ese panteón de escritores héroes?
Mis escritores héroes no están en un panteón sino en una biblioteca, lo opuesto al panteón en el sentido funerario, si es que la biblioteca existe para ser frecuentada. Por eso, no obstante mi falta de religiosidad, mi biblioteca comienza con la Biblia.

La imaginación, por lo tanto, se bate en retirada.
No creo, lo que creo que se jubila varias veces al día es el uso tradicionalista de la imaginación. ¿Cómo se puede jubilar la imaginación en una realidad donde a diario sucede lo que pensábamos inimaginable?

¿Pero puede existir literatura sin cultura?
Por supuesto que no, si por literatura entendemos la creación de atmósferas poéticas y narrativas que dependen de la imaginación en sus vertientes realistas o fantásticas. Dicho esto, intento ir con más cuidado porque las abstracciones desembocan con tanta frecuencia en el lugar común que no hay modo de evitar la autocrítica. Bueno, sí, una parte considerable de los best-sellers es mala literatura sin cultura adjunta, y casi todo el despliegue de las burocracias culturales es promoción del Espíritu en casa del analfabeto.

¿Qué es más importante entonces: tradición o ruptura?
La pregunta es una variante del enigma clásico: ¿Qué fue primero: el huevo o la gallina? ¿Qué fue primero: el delito o la culpa? ¿Qué fue primero: la comida o el apetito? Sin tradición no puede haber ruptura, y sin ruptura la tradición se aletarga y se vuelve tedio del domingo en la tarde toda la semana. En fin, la tradición es la víspera a la ruptura y la ruptura es la antesala de la tradición, y no hago juegos de palabras porque no sabría si corresponde a la tradición o a la ruptura. En fin, doy por sentado que empezó primero la tradición porque así es el mundo de desordenado.

Sigue con...