La luz difícil

Los colombianos cambian el tono cuando hablan de Tomás González. Recuerdo hace algunos años, en una visita a Bogotá, a una joven lectora que, con ese talento para la parodia que solo tenemos cuando hablamos de nuestros compatriotas, destruyó en una hora y media a todos los escritores colombianos que yo conocía y admiraba. Gracias, le dije bromeando, mientras pedíamos otra aguardiente: ya no tengo que leer a ningún colombiano más. Me miró sorprendida, tal vez consciente de que había exagerado, y entonces me dijo sí, tienes que leer a Tomás González, y yo anoté el nombre en un papel que se me perdió, pero el nombre volvió a aparecer en todas las conversaciones que luego tuve con otros bogotanos, que no aguantaban las ganas de disertar sobre la muy discutible pero para ellos tan evidente (y alarmante) crisis de la literatura colombiana, y sin embargo al final cambiaban la voz y me recomendaban, con esa seriedad conmovedora que tienen los colombianos cuando dicen algo que realmente les importa, que leyera a Tomás González.

Leí entonces la novela Primero estaba el mar y luego los poemas de Manglares, una serie de instantáneas susurrantes y límpidas. En ambos casos sentí lo que he vuelto a sentir estos días, leyendo La luz difícil, la última novela de González: un asombro difícil de describir, un asombro que en principio no sabemos localizar con certeza, porque se trata de libros simples, sinfónicos, casi transparentes, y es difícil resumir sus virtudes de un modo tajante. El tono de González es muy propio, lo mismo el ritmo sereno de sus narraciones, y esas imágenes tan precisas donde conviven, en rara armonía, el dolor y la plenitud.

La luz difícil es la historia de un pintor que rememora el episodio más triste de su vida: la muerte voluntaria de su hijo, incapaz de seguir soportando el tormento físico de una enfermedad incurable. El narrador alterna su presente solitario y residual con el relato de los pormenores de esas largas horas que la familia pasó esperando que su hijo se encontrara con la muerte. González describe, con paciencia y lucidez, una historia terrible en la que el más amargo dolor por momentos se entrevera, sin embargo, con la pureza o con la belleza.

“Vivo entre formas luminosas y vagas/ que no son aún la penumbra”, dice Borges en un poema que he recordado mucho mientras leía esta novela. La relación es obvia, porque el narrador de La luz difícil está a punto de perder definitivamente la vista, de ahí el hermoso título, también ligado al largo oficio del pintor, que se ha pasado la vida buscando el despunte de una forma entre luces y sombras. Pero también he recordado otros poemas de Borges, sobre todo los más despojados, los menos borgeanos, por así decirlo: aquellos donde prevalece el sobrio relato de una emoción y el poeta abandona o parece querer abandonar los disfraces literarios. Me parece que hay un dejo de Borges en la prosa de González, aunque en otro sentido, desde luego, no hay dos escritores más distintos: si para Borges uno de los conflictos principales consistía en el enfrentamiento entre la literatura y la vida, para Tomás González el camino es simplemente retratar la vida.

Más allá de cualquier consideración biográfica, la prosa de Tomás González nos convence de entrada, porque sabemos que hay cosas que no es posible inventar. Porque, aunque suene antiguo decirlo de este modo, sabemos que solo alguien que verdaderamente ha padecido el dolor puede retratarlo de manera tan fina, entera y poderosa. Tal vez por eso los colombianos cambian de tono cuando hablan de Tomás González: porque al recomendar sus libros ya no están hablando de literatura, sino del trabajo de un hombre que ha sabido construir una obra honesta y personalísima.

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