La impudicia del diarista

Edad de hombre es uno de los libros más inquietantes que he leído en mucho tiempo. Fue escrito por el francés Michel Leiris (1901-1990), y es la primera parte de la autobiografía de este escritor, quien fue secretario de Andre Gide, perteneció al surrealismo y fue discípulo del antropólogo Marcel Mauss. Leiris es también autor de la extraña novela Aurora, de poemas delirantes, de agudos ensayos y de varios diarios de vida. Sin duda al trabajar esos diarios el autor dio con el tono crudo e inimitable que prevalece en su obra. Porque para escribir una autobiografía primero hay que conquistar la impudicia del diarista. Hay que saber castigar, todos los días, el deseo de hacer literatura.

Fue un acomodado burgués durante su vida. Desde su juventud adhirió a las vanguardias artísticas y políticas. Tuvo como amigos a Max Jacob, Picasso y André Masson. Fundó –junto a Georges Bataille– el delirante Colegio de Sociología. Y colaboró de manera infatigable con su querido camarada Jean Paul Sartre en el periódico Les Temps Modernes. Además, fue director del “Museo del Hombre”, en París, en su calidad de eminencia en la materia. El rastro de su recorrido, de sus acercamientos a lo más nutrido de la intelectualidad francesa, de sus viajes a distintos países y de sus especulaciones dejó huellas evidentes en su obra autobiográfica, cuyos libros capitales son los cuatro volúmenes que componen Las reglas del juego. En ellos, Leiris hurga en lo cotidiano, en su intimidad y experiencias desde una distancia infranqueable para los sentimientos más conservadores. Sostuvo que la literatura era una zona de riesgos, un espacio donde exponerse, al igual que el torero cuando está frente a una bestia furiosa que desea darle una cornada. Esta era para él la primera regla que debe suscribir un escritor. Entonces no es casual que el texto donde expone sus principios sea el prólogo a la edición de 1946 de Edad de hombre, ya que este libro delinea lo que será el resto de su obra.

Leiris comenzó Edad de hombre en 1930, después de haber sufrido una crisis mental que lo llevó a la impotencia. Luego de un tratamiento psiquiátrico extenso, al cumplir treinta y cuatro años, decidió narrar su existencia con una prosa quirúrgica y, a la vez, intensa. Susan Sontag, quien reseñó Edad de hombre cuando apareció en inglés, lo definió como un catálogo de las limitaciones del autor, un manual de la abyección y un ejercicio de impudicia escrito para perturbar. Advierte: “No es lo que Leiris ha hecho lo que impresiona. La acción no es su fuerte (…). Lo que inquieta es que la actitud de Leiris no se ve matizada por el menor asomo de respeto por sí mismo. Esta falta de estima y respeto por la propia persona resulta obscena. Todas las demás obras confesionales de la literatura francesa son producto de la autoestima, y tienen el claro propósito de defender y justificar el yo. Leiris, en cambio, se aborrece”.

En este libro –traducido de forma excepcional por Mauricio Wacquez– el autor investiga con severidad distintas anécdotas de su vida, los sueños mórbidos y agresivos que lo invaden, las enfermedades que lo afectan, la presencia de la muerte, sus miedos, las primeras sensaciones, los colores, los sentimientos de una vejez que se deja ver en su cuerpo, las imágenes trágicas que lo impresionaron, como la de Lucrecia, Judith y Holofernes. Asimismo refiere sus experiencias en los ambientes libertinos.

Edad de hombre es una obra transgresora, no tan sólo por su contenido, sino que por el carácter de su prosa, por la falta de énfasis acerca de lo que narra. Quien se aproxime a este libro no debe buscar ningún otro vértigo que el existencial. Leiris no creía en las historias contadas con candidez. Despreciaba la literatura.

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