La foto más importante de mi vida

Venía de regreso de mis vacaciones, junto a mi esposa, mi suegra y mis dos hijos, desde el sur de Argentina. Íbamos a Santiago pero el jueves 26 de febrero hicimos un alto en Talca, para visitar a la abuela de mi señora, que vive allá. Decidimos quedarnos dos días. Las mujeres alojaron en la casa grande y yo y mi hijo nos quedamos en una casita contigua. Creo que me dormí cerca de las 2.30, después de haberme fumado el último pucho. Cerca de las 3.30 empezó todo. Desperté bastante desorientado. No sabía si estaba soñando. Incluso pensé que podía haber entrado un camión a la casa. El movimiento se volvía cada vez más fuerte y me di cuenta de que se trataba de un temblor mayor.

Desperté a mi hijo, intenté tranquilizarlo, pero el movimiento parecía interminable. Cuando por fin concluyó, me levanté, tomé a Diego, le pregunté por sus zapatos, pero, como todo niño, los había dejado en cualquier parte. Agarré a Diego con el hombro, casi como a un cordero. Salí de la casa y comencé a gritar. Mi mujer me respondió, desde la casa principal, que estaban bien. Estaba todo en el suelo. Todos los muebles, los vasos, los platos. Era como si una bomba hubiera caído al interior de la casa.

Sacamos los vidrios para que no se cortaran los niños, juntamos agua inmediatamente, buscamos linternas. Intenté, sin éxito, sintonizar alguna radio en el auto. Mi señora, por suerte, encontró una radio de frecuencia corta que tenía su abuela y logramos sintonizar una estación en Chubut (Argentina). Ahí hablaron de un gran temblor con epicentro en Chile. No hablaron ni de terremoto, ni daban más precisiones.

Al rato apareció el vecino de la abuela, Marcelo Maturana, que venía a saber cómo estaba ella. Soy el fotógrafo de AP en Chile y, evidentemente, tenía que salir a trabajar. Pero no podía sacar mi jeep de la casa porque el portón eléctrico se había desencajado. Entonces le pregunté a Marcelo si me podía llevar al centro. Y me dijo que no había problema. Regresamos a las 5.45 de la mañana. Todos me preguntaron qué era lo que estaba pasando, qué había visto. Yo venía muy mal. Lo único que atiné a decirle a mi mujer fue “Está la cagada”. Le expliqué que en la 1 Sur estaba todo por el suelo y, peor que eso, había cuatro personas muertas. Cuando dije eso, todos nos quedamos en silencio. Mi hijo no estaba ahí, por cierto.

Luego, aún con la cabeza en todas partes, intenté bajar las fotos en el computador, pero estaba sin batería. La tía de mi mujer consiguió que una de sus vecinas le prestara un computador donde pude descargar las fotos. Puse una tarjeta 3G que tenía para conectarme a Internet y me marcaba el máximo de señal, se conectaba incluso, pero no había flujo de señal. Estuve tres horas intentándolo. Sabía que era tiempo perdido pero, la verdad, no tenía ganas de salir nuevamente. Quería estar en casa.

En esas horas también intenté comunicarme por celular y por mensaje de texto. Uno que otro mensaje logró enviarse y fue así como ubiqué a Aliosha Márquez, mi compañero en AP, que estaba en Santiago. Le pregunté por el teléfono satelital. Sabíamos que la única chance que teníamos era que el teléfono satelital llegara hasta Talca. En el intertanto, hablé con Juan Carlos Romo, de El Mercurio, y decidimos ir a la central de Entel en Talca, para intentar conseguir Internet. Los ingenieros estuvieron cerca de dos horas trabajando hasta que lograron habilitar el Internet. Estando ahí, me pude contactar con el jefe regional de AP Latinoamérica, Niko Price, quien me hizo una pequeña entrevista sobre cómo había vivido la situación. Le entregué además algunos datos que había logrado recolectar. Con esta información, él hizo una nota que fue una de las primeras en circular.

Alrededor de las 10 de la mañana, logré enviar cerca de 15 fotos de lo que había sido esa madrugada. Aliosha llegó, en un auto arrendado, a las 5 de la tarde, junto a Víctor Ruiz, fotógrafo de la agencia Reuters. Le dije a Aliosha que se fuera en la camioneta directo a Concepción. Por mi parte, me iría a Constitución. Víctor Ruiz decidió acompañarme.

Pasé por la casa de la abuela de mi señora a avisarles que partía al sur. Allí pedí prestado un poco de dinero, cien mil pesos. Mi hijo Diego se echó a llorar. “Por favor, papá, no te vayas”, me decía. Para mí fue un momento muy duro. Nunca lo había visto llorar así. Mi señora tranquilizó a Diego y luego me abrazó y me dijo: “Tengo que pedirte tres cosas. La primera, por favor, cuídate, no te arriesgues más de lo necesario. Lo segundo, llámame todo el tiempo, para que estemos tranquilos. Y lo tercero, hazlo la raja, sácate la cresta. Que valga la pena ir”. Me fui llorando. Hoy pienso que mi mujer fue muy generosa. Tuvo una reacción que yo no habría podido tener.

Agarramos mi jeep, pero antes le ofrecí a Marcelo Maturana que trabajara conmigo esos días y aceptó. Al final éramos Marcelo, Víctor, Juan Carlos Romo y yo. Para mí era importante que se subiera Juan Carlos, porque era el único que conocía bien la zona.

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Salimos de Talca a eso de las 8 de la tarde. Al jeep le quedaban 80 kilómetros de petróleo. Con eso no llegábamos ni siquiera a Constitución. En la carretera las estaciones de servicio estaban repletas. Esperamos media hora pero no había diesel. Juan Carlos sugirió que nos metiéramos a un pueblo pues en todas las estaciones de la carretera la situación debía ser similar. Partimos a San Javier. En ninguna de las estaciones del pueblo había electricidad, por lo que no había forma de vender combustible. Me bajó la desesperación, se nos venía un gran problema. Se me ocurrió que podíamos conseguir con los camioneros, pero ninguno quiso vendernos. Partimos al pueblo más cercano, Yerbas Buenas, donde había dos estaciones de servicio. En la primera, pasó lo mismo que en las anteriores. La segunda había sido incautada por el Estado, al igual que muchas otras, para reservar combustible para los vehículos de emergencia. Eran aproximadamente las 11 de la noche. La bomba estaba cerrada. Aún así, bajé del auto y me acerqué a la persona que estaba cuidando el lugar. Intenté negociar con él, ofreciéndole más dinero. Pero el tipo se rehusaba diciendo que era imposible, que no se trataba de dinero. Le pregunté a quién le podía pedir autorización para conseguir el combustible. Me dijo que al alcalde o a carabineros. Fuimos, entonces, a la comisaría. Pero allá nos dijeron que ellos no nos podían dar la autorización, porque ése era un tema que no les competía.

Acomodé el auto en la estación de servicio y me quedé conversando con el cuidador del lugar. Tras 20 minutos de conversación me preguntó cuánto necesitaba. Lo quedé mirando, sorprendido, y le dije que me bastaba con 20 litros. “Vamos a esperar un momento, a que baje el tránsito. Cuando usted vea que no viene nadie, lleva su auto, con las luces apagadas, hasta esa bomba”, me dice señalando una que estaba al costado de la estación. Le hice caso. El cuidador sacó una linterna y empezó a echar combustible. Cuando vi que llegaba a 20 litros agarré su mano y le dije “¡échale 10 más!”. “¡No, no puedo”, respondió. “¡Échale 10 más, si nadie se va a dar cuenta!”, le insistí. “¡Es que, de verdad que no puedo!”, replicó. En lo que duró esa discusión, alcanzó a echarle 10 ó 12 litros más. Cortó la pistola y me dijo: “23 mil pesos”. Agarré el dinero que me habían prestado y le entregué 45 mil pesos.

Cuando llevábamos 10 kilómetros en dirección a Cauquenes, miré la aguja del combustible y vi que no llevaba los 32 litros que yo pensaba, sino que mucho menos, algo así como 18 litros. Lo que creo que sucedió es que, como fue todo tan rápido, el bombero, sin querer, no puso en cero la máquina. “¡Cómo tan mala cueva!”, pensé. Ya estábamos contra el tiempo, ya habíamos perdido casi todo el día. Miré cuántos kilómetros de combustible me quedaban: cerca de 180. Decidí que debíamos seguir.

A las 12.30 de la noche llegamos a Cauquenes. A la entrada había un grupo de carabineros que desviaban el tránsito impidiendo que los autos tomaran el camino a Pelluhue, lo que se conoce como La Ruta de los Conquistadores. Les pedimos a los carabineros que nos dejaran pasar y al principio se negaron, porque el camino estaba muy peligroso, pero tras un rato de conversación nos permitieron hacerlo, bajo nuestra responsabilidad.

Sintonizamos la única radio que se escuchaba, que era la “Paloma de Talca”, y ahí entregaron bastante información sobre lo que estaba ocurriendo en los poblados cercanos a Talca y Chillán. Hablaban de gente de Pelluhue que había escapado hasta Talca huyendo de una violenta subida de mar. Yo creo que, en realidad, lo que la gente decía era que había habido un tsunami, pero como el gobierno no había reconocido un maremoto sino una subida de mar, ellos hacían lo mismo.

Pensábamos ir a Constitución, pero Juan Carlos Romo propuso ir a Pelluhue. En el camino nos encontramos con algunos cortes, tuvimos que hacer desvíos y nos metimos por un cerro. Era más o menos la una de la madrugada y estábamos llegando cuando bajó una neblina muy densa, no había más de siete metros de visión. Cuando nos quedaban unos 10 kilómetros para llegar a Pelluhue apareció un hombre en medio del camino. “Tenemos un problema. Íbamos saliendo de Pelluhue y se nos pinchó un neumático y necesitamos una gata”, me dijo. El tipo iba en un furgón utilitario junto a cuatro personas. Le prestamos la gata, estuvimos con ellos cerca de 15 minutos y nos pusieron al tanto de lo que había sucedido ahí. Nos dijeron que había habido un tsunami y estaban aterrados.

A la entrada de Pelluhue, hay un camino en cuesta por el que se va bordeando el cerro. Mientras avanzábamos vimos que había sectores con desprendimiento de material. Igual logramos llegar a Pelluhue. Estando ya en el plano del pueblo, apareció en la mitad de la vía principal una pared color verde opaco. Bajamos del auto y nos acercamos. Era una casa de dos pisos, de unos 200 metros cuadrados, hecha de madera. A partir de ahí todo eran casas destruidas y ropa botada en el suelo. Entonces comprendimos la magnitud de ese tsunami. El espacio que dejaba esa casa para seguir el camino era de unos cuatro metros. Pero yo no estaba seguro de ir más allá. Les dije a los demás: “Si esta casa está en medio del camino, ¿qué habrá más allá?”. Estaba asustado porque, además, podía escuchar el mar muy próximo, a mi derecha. Le pregunté a Juan Carlos a qué distancia estaba el mar. “A unos 400 metros”, dijo él. Revisé el GPS de mi jeep y al calcular la distancia, parecía un cálculo correcto. Aún así dudé de seguir. Comencé a gritar “hola”, en busca de alguna respuesta. Marcelo, Juan Carlos y Víctor se unieron a mis gritos. Pero no había respuesta. Decidimos ir al cerro para partir al día siguiente.

Igual logramos llegar a Pelluhue. Estando ya en el plano del pueblo, apareció en la mitad de la vía principal una pared color verde opaco. Bajamos del auto y nos acercamos. Era una casa de dos pisos, de unos 200 metros cuadrados, hecha de madera. A partir de ahí todo eran casas destruidas y ropa botada en el suelo. Entonces comprendimos la magnitud de ese tsunami.

Cuando llegamos a la cima, había un grupo de seis jóvenes, de entre 18 y 20 años, que habían estado veraneando en una casa de Curanipe, además de un grupo de adultos mayores que habían sido invitados a pasar unos días en el sur. Los ancianos no hablaban mucho. Varios compañeros de viaje habían muerto. Esa noche saqué el teléfono satelital para comunicarme con mi mujer, pero no funcionaba. Los jóvenes vieron lo que hacía y me preguntaron si tenía teléfono. Les dije que sí, pero que no estaba funcionando. Me ofrecí a mandar e-mails e inmediatamente me dieron sus direcciones. Les pregunté también a los ancianos, pero ninguno tenía una cuenta. La situación se repitió muchas veces esos días. Calculo que en total mandé más de 40 mails de ese tipo.

Cerca de las cuatro de la mañana apareció un furgón y una pequeña micro para transportar a los viejitos. Nos quedamos nosotros y el grupo de jóvenes que abrieron un pequeño kiosco de madera y se instalaron a dormir adentro. A eso de las siete de la mañana intenté hablar por teléfono de nuevo, sin éxito.

A las siete y media dejamos el cerro y volvimos al camino donde estaba la casa. Aún había neblina, pero era visible el panorama desolador. Era un regadero de tablas, troncos y peces. Volvimos a pasar por la casa y avanzamos 80 metros más, hasta que nos encontramos con un puente que estaba cortado. Nuevamente dimos la vuelta y Juan Carlos nos indicó un camino de tierra alternativo que iba por el cerro hacia el pueblo. Lo primero que vimos desde la altura fue la imagen de unas casas sumergidas en el agua. Nos bajamos del jeep y cada uno tomó su camino. Con Juan Carlos bajamos por el cerro y tomamos fotos a las casas sumergidas. Víctor Ruiz, en tanto, se fue por otro lado y quedamos de juntarnos en el pueblo.

Los pedazos de madera y la cantidad de autos en lugares y posiciones impensadas daban una imagen terrible. En fin, tomamos las fotos y seguimos bajando. Llegamos hasta el plano y vimos que había muy poca gente caminando. Había seis o siete personas en un radio de un kilómetro cuadrado. Parecían almas en pena, que miraban a su alrededor, pero que nunca se detenían en un lugar específico.

Me fui a meter a un lugar en el que había casas atochadas unas contra otras. Incluso había un auto que estaba arriba de una casa. Entré a una de las casas y tomé unas cuantas fotos. De pronto, de solo pensar que podía haber alguien atrapado, me bajó el pánico. Empecé a gritar “¡hola!”, pero no obtuve respuesta. Así que seguí caminando hacia la playa. 40 metros más allá veo a una pareja que está parada mirando a lo que había sido un furgón blanco. Les tomé una foto y, luego, me acerqué a conversarles. Ahí es cuando apareció Bruno Sandoval, que estaba junto a su polola. Le pregunté por su familia y me dijo que estaban todos bien, pero que él había perdido todo. Comenzó a contarme su historia: que era artesano y estaba ahí desde diciembre. Se había salvado del tsunami, porque había tenido que hacer unos trámites en El Laja, junto a su polola, y ese viernes en la tarde habían perdido el bus que los traería de vuelta. Así que se habían tenido que quedar allá.

Cuando vino el terremoto, en lo primero que Bruno pensó fue en Pelluhue, porque ahí vivía su mamá. Poco antes de encontrarnos había podido verla. A ella no le pasó nada, así como tampoco a sus amigos, pero la cabaña se la había llevado el mar y el furgón estaba destrozado.

Seguí moviéndome en un radio de 400 metros a la redonda. Mirara donde mirara había una imagen. 15 minutos después se produjo la famosa foto. En un momento giré hacia la derecha y vi a lo lejos a Bruno que estaba con un palo escarbando la tierra. Me quedé mirando cuando, de pronto, vi que Bruno sacaba algo. Lo sacudió y lo estiró. Ahí es cuando me di cuenta que era una bandera. La situación me sacaba un poco de mis casillas, era algo totalmente surrealista, tomando en cuenta lo que estaba sucediendo. Sin pensarlo, me puse a correr. Avancé unos 30 metros, lo suficiente para la capacidad del lente que tenía, que era un 70×200. Cuando estaba llegando a la posición en la que podía tomar la foto, Bruno comenzó a girar, me pareció que para irse. Pero justo en ese movimiento me vio. Levanté la mano en señal de alto y él se detuvo. Alcancé a tomar cinco fotos de esa escena. Luego borré dos que estaban movidas y las otras tres eran idénticas. Quizás había dos con menos enfoque respecto a la que quedó.

Bruno siguió dando vueltas. Cuando pasé cerca de él me dijo: “sigo intentando encontrar algo que me sirva”. Escarbó con el palo hasta que dio con una botella de Jack Daniel’s. “Mira, la media cueva”, me dijo riendo. “¿Viste? Después de todo, las cosas no son tan malas”, le respondí. La botella estaba sellada. “Bueno, habrá que tomarla”, le dije. “Sí poh, hueón. ¿Cómo creís que voy a pasar toda esta hueá?”, respondió. Abrió su chaqueta de mezclilla, metió la botella y se fue.

En el sector de la municipalidad había cerca de 20 trabajadores de una constructora. “Nos dejaron aquí botados. Si usted puede comunicarse con alguien pida que, por favor, nos vengan a buscar. Los de la constructora se echaron el pollo y no tenemos nada que comer. Pasamos el terremoto y tsunami botados”, me dijeron. Les pregunté por las caletas y me dijeron que estaban por el otro lado. Uno de ellos me acompañó. Cuando íbamos llegando, vi a cuatro carabineros que estaban con unos palos buscando cadáveres. Bajé hasta la playa y tomé una foto. Luego me giré hacia atrás y vi una cantidad de madera a la orilla del mar que era impresionante. A lo lejos vi que había dos personas. Me quedé tomando fotos ahí y luego pude fotografiar a esas personas mientras caminaban en la dirección en la que yo estaba. La imagen era impresionante. Maderas, troncos, casas, un auto enterrado al que solo se le veía la cola cuando la marea bajaba. En ese momento, apareció Juan Carlos Romo y me dijo: “Me acabo de encontrar con unos ratis que iban a Curanipe porque encontraron unos cadáveres”. Nos volvimos a juntar Marcelo, Juan Carlos, Víctor y yo, agarramos el auto y seguimos a los de Investigaciones.

Llegamos a las 11 de la mañana a Curanipe. Pensé que antes que nada debía mandar las fotos. Agarré el satelital, me paré en una esquina, me conecté y empecé a pasarlas. Cuando envío un despacho, ordeno las fotos en base a su importancia. La foto de la bandera fue la número 12 del despacho que hice esa mañana –la primera fue la de las casas sumergidas, que fue portada de la edición de La Tercera el 29 de febrero–.

Luego seguimos a los de Investigaciones, pasamos por el camping de Curanipe, donde habían muerto alrededor de 35 ancianos. Estaban tratando de subir al bus en el que escaparían cuando llegó la ola. Por un costado del camping, hay una desembocadura de un canal que viene desde un cerro. Cerca de 800 metros más arriba, por el canal, encontraron a un hombre, de no sé qué edad, pero un tipo grande. El mar se había metido en el pueblo y había arrastrado todo. Incluso taponeó dos puentes que cruzan el canal. Los policías se detuvieron en el primer puente, que era de madera. Uno de ellos apuntó hacia el canal y dijo: “Aquí abajo debe haber más cuerpos”. Había un hombre de unos 80 años metido debajo del puente, tratando de sacar un banco, de color verde, que estaba entre medio de todas las tablas y troncos que tapaban el puente. Los policías bajan y le dicen: “Caballero, necesitamos que se retire, porque tenemos que buscar si hay algún cuerpo en el lugar”. “Sí, no hay problema, pero yo quiero sacar mi banco”, respondió el anciano. Se comienza a dar una conversación entre ellos, en la que el anciano insistía en sacar su banco. Hasta que lo dejaron que lo hiciera, mientras ellos comenzaron a trabajar sacando palos. De pronto, el anciano gritó: “Parece que aquí hay una persona”. Uno de los funcionarios se acercó y movió algunas tablas, hasta que encontró un cuerpo: “Sí, se puede ver un hombro”. Los demás se acercaron también y comenzaron a mover las tablas y troncos que tapaban el cuerpo, mientras el anciano seguía entremedio. Finalmente, le dicen: “Señor, salga de aquí”. Pero él se resistía: “No, yo quiero mi banco”. “Pero, caballero, ¡¿no ve que intentamos sacar a una persona y usted se interesa por un banco?!”, le insistían los policías. “No me interesa, yo quiero mi banco”, porfiaba el hombre. Era una situación totalmente surrealista. Habían pasado más de 24 horas desde el terremoto, pero había gente que seguía en shock, que no entendía, ni quería entender lo que había pasado. Como este hombre, que solo se preocupaba por su banco. Finalmente, los policías lo tomaron y le dijeron: “Viejo tal por cual, sale de aquí. Después te vamos a sacar tu cagá de banco”. El hombre se hizo a un lado, pero no subió. Después de media hora lograron sacar el cuerpo de una señora, que estaba absolutamente enterrada en el lodo. Fue una situación súper dura, pero ya a esa altura estábamos algo acostumbrados a ver este tipo de escenas. Tras ésta, bajamos a la playa y comenzamos a hacer un recorrido, pasamos por la municipalidad, por el consultorio, que estaban absolutamente destruidos. Algo similar ocurría con el puente principal, que era de cemento, pero que estaba totalmente fuera de lugar. Y montado sobre éste, había un kiosco en 45 grados. Pude ver a sus dueños intentando rescatar algo de la mercadería que había en éste.

Luego, nos fuimos a la compañía de bomberos de Curanipe, porque ahí podríamos encontrar equipos electrógenos y nosotros necesitábamos cargar nuestras computadoras, el teléfono satelital, etcétera. Llegamos al lugar y nos prestaron ayuda de inmediato. Pasamos a la oficina del comandante, tomamos un café –que fue el primero incluso desde antes del terremoto—. Estuvimos, aproximadamente, cuatro horas allí, trabajando, conversando lo que habíamos vivido. Ellos estaban trabajando desde que ocurrió el terremoto. Les tocó rescatar todos los cadáveres, por lo menos los que estaban a la vista. En un momento, le preguntamos al comandante si tenían fotos de esas primeras horas. Él saco una cámara digital y nos empezó a mostrar lo que había capturado. En general, eran fotos del amanecer de ese 27 de febrero, cuando el mar seguía arriba en el pueblo. Pero, de repente, empezaron a aparecer fotos de los cadáveres que habían rescatado. A mí me impacto muchísimo, porque había fotos de niños chicos, de 3 años, 8 años. Ahí tuve otro quiebre. No quise seguir mirando las fotos. No mandé ninguna de esas, porque me parecían absolutamente innecesarias. Nuevamente empecé a cuestionar sobre por qué tenía que estar ahí y no en mi casa.

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El teléfono satelital seguía sin funcionar y los celulares, tampoco. Pero en un momento logró entrarme una llamada del jefe regional de AP, que me llamaba para saber dónde estaba y cuál era mi plan. Al final me preguntó si necesitaba algo y le dije que, por favor, llamara a mi mujer y le dijera que estaba bien, en el lugar en que estaba y que de ahí me iría a Constitución. Después supe que, cuando ella recibió el llamado de mi jefe, se asustó mucho, pensando en que me había pasado algo.

Salimos de Curanipe tipo 8.00 de la tarde. Antes de irnos, me acordé del tema del combustible. Y los bomberos nos dieron el dato de una persona que tiene a su cargo dos camiones aljibes con combustible. Partimos hacia la parcela donde vivía el caballero, pero no se encontraba en la casa. Le dijimos a la familia que veníamos de parte de los bomberos, pero nos dijeron que era imposible vendernos combustible, que debíamos buscar a este señor. No lo encontramos nunca, así que nos fuimos hacia Chanco. Llegamos ya de noche, y nos encontramos con el senador Larraín, que estaba mirando lo que quedaba de la iglesia del lugar. Juan Carlos Romo aprovechó de entrevistarlo para hacer una nota para El Mercurio. Tras eso, a la salida de Chanco, encontramos una estación de servicio, que estaba a cargo de un matrimonio, pero al igual que las otras estaciones en las que habíamos estado, se encontraba incautada.

Nuevamente debimos negociar, pero no cedían. Decidimos quedarnos en el lugar. Al lado, vivía una familia de unas siete u ocho personas, que hacían una fogata. Empezamos a hablar del terremoto y de cómo lo habían pasado, cuando le pedí a un señor, de unos 65 años, que hablara con estas personas para que nos vendieran combustible. Aceptó y partió a hablar con ellos: “Señora, ¿me puede vender 40 litros de petróleo?”.
“¿Usted cree que soy hueona?”, respondió ella. Luego de insistirle un rato, la señora accedió. Me vendió cerca de 80 litros. Echó 50 al estanque y otros 30 los echó en un bidón que tenía el señor. Me cobró el precio real y yo le di 25 lucas más, en forma de agradecimiento.

Nos fuimos y pasamos por Caleta Pellines y, de nuevo, nos volvimos a encontrar con una casa, más pequeña esta vez, que estaba en medio del puente. Y se veían todos los botes parados sobre el cerro, casi como que alguien los hubiera arrojado contra éste. No había nadie. Así que seguimos y llegamos a Constitución, a eso de las 10.30 de la noche. Para entonces, ya había toque de queda, pero nosotros no sabíamos. Yo me vine a enterar del toque de queda dos días después, cuando unos militares nos pararon. A esa hora estaba todo sin luz y no se veía nada. Decidimos dormir en una plaza que encontramos. Y en la mañana partimos. Ahí nos separamos, Juan Carlos recibió una orden desde Santiago para que se moviera a otro lugar, Víctor Ruiz se fue a Concepción, yo me quedé con Marcelo.

El 1° de marzo me enteré de lo que estaba ocurriendo con la foto. Recibí un mensaje por Facebook de Pablo Alvarado, editor de multimedia de La Tercera, que me puso: “Negro, la estay rompiendo con la foto”. “¿Qué foto?”, le escribí. “La de la bandera poh, hueón”, respondió. No pesqué mucho, en realidad. Como a las dos horas, recibí un nuevo mensaje en Facebook, esta vez de Bruno: “Hola, soy Bruno, el de la bandera. Está quedando la cagá. Por favor, llámame”, y me puso un número telefónico. En ese momento, pensé que había un problema. Intento llamarlo y funcionó. Bruno estaba en Talca y me dice: “Compadre, está la cagá con la foto de la bandera, está en todas partes, incluso va a ser la foto oficial de la Teletón. Me han llamado de todas partes. Apareció en el New York Times”. Yo estaba absolutamente desconectado, no escuchaba casi nada la radio, porque no había emisoras; no leía el diario, porque no llegaban diarios. Pero así me fui enterando de lo que estaba pasando con la foto. Bruno me dice: “Lo único que te pido es que, si puedes, me des una mano. Lo que pasa es que seguramente te van a intentar ubicar por la foto, así que por favor, ayúdame. Si alguien me puede ayudar con un trabajo o con materiales para mi trabajo…”. “Compadre, si eso pasa, aunque no creo, ningún problema”, le dije. A partir de ahí, me empezaron a llamar amigos y me llegaron cientos de mensajes de desconocidos que me escribían por el tema de la foto.

Finalmente estuve una semana reporteando. Cuando el jefe regional de AP me llamó para que volviera a Santiago, se me hizo súper difícil. Al contrario de lo que me había sucedido al principio, ahora no quería volver. Sentía que se podía hacer más, que tenía una razón de ser el que yo estuviera ahí y que tenía que hacer ese trabajo. Le pregunté por las razones por las que quería que volviera, porque llegué a pensar que era porque no lo estaba haciendo bien. Pero me dijo que todo lo contrario, que necesitaba que me hiciera cargo de la operación desde Santiago. Para mí fue súper duro volver.

Fui a Talca a dejar a Marcelo, pasé a ver a la abuela de mi mujer y partí a Santiago. Llegué el sábado 6 de marzo, cerca de las 6 de la tarde, a mi casa. Vi que en las casas vecinas también había banderas, que incluso en los autos tenían pegada la foto de Bruno con la bandera. Pero cuando vi una bandera colgada del segundo piso de mi casa, me largué a llorar. Estacioné el auto y me quedé afuera durante cinco minutos. No quería entrar a mi casa. No me atrevía. No quería enfrentarme a mi hijo. Pero mi mujer me cachó cuando me bajé del auto y me abrió la puerta. No dijimos nada, solo nos dimos un abrazo muy largo. Cuando Diego me vio me dijo: “Estás famoso”. Y él estaba súper feliz por eso. Le hizo olvidar que yo no estaba. Yo estaba con la carga emocional de si mi hijo iba a entender algún día por qué yo me había ido. Y todo esto ayudó a que así fuera. Ahora entiende mi trabajo y está orgulloso de mí.

Cuando lo fui a dejar el lunes siguiente a clases, los papás se pusieron a aplaudirme. Y él inflaba el pecho. Con los días quise desbloquearme y me dije que tenía que hacer una vida normal. Pero igual hubo días en que la gente me miraba y me hablaba cuando me reconocía. Pero esto aún es extraño para mí. Incluso estuve mal por una semana, porque siento que no pude tener un espacio para desahogarme por todas las cosas que vi. Aún no he podido llorar. Siento que la vorágine de la foto de la bandera no me ha dejado espacio para eso. Ha pasado más de un mes y siento que aún está ahí. Es que fueron muchas cosas las que vi y sentí. La muerte a cualquiera lo impacta, pero lo que más me llegó y me causó impotencia fue ver la soledad en que se encontraba la gente. Ver que después de dos o tres días, no había nadie ayudándolos. No estaban los milicos, había unos cuantos policías. Los bomberos tuvieron que soportar el terremoto y el maremoto, pero aún así terminaron haciendo de policías, médicos, forenses y sicólogos. Esa soledad me dolió muchísimo. He estado en un montón de terremotos en Chile y el extranjero y siempre vi a gente trabajando. Aquí, no. Estaban todos solos. Incluso nos preguntaban a nosotros qué pasaba y cuándo iba a llegar la ayuda. Y a mí me parecía tan simple lo que pedían, porque lo que necesitaban finalmente era que alguien de fuera los contuviera y les preguntara qué necesitaban.

Recuerdo lo tercero que me pidió Paola, antes de irme desde Talca al sur, que lo hiciera la raja. Eso se transformó en el soporte que yo necesitaba para salir de la casa, porque si no no habría salido. Y después que sucede todo esto, volví al comienzo. Ahora que retrocedo la película, no dejo de preguntarme por qué me lo dijo. Se dio que hice la foto más importante de mi vida. No digo que la mejor, pero sí la más importante. No creo que vuelva a sacar una foto que provoque lo que logró esta foto. Analizando la imagen me doy cuenta de que a veces uno pierde el camino, en el sentido que, muchas veces, la fotografía que hacemos responde a una cuestión de vanidad, mucho más allá de lo que estrictamente es el objetivo, en este caso del fotoperiodismo, que es informar. Porque permanentemente estamos preocupados de cuestiones estéticas que, sin duda, buscan complacer nuestro ego. Pero si se hace el análisis fino, esta foto, más allá de complacerme a mí y a unos cuantos “críticos”, no tiene mayor efecto. Sin embargo, te encuentras con una foto que, a lo mejor carece de muchas cosas, pero tiene la simpleza de decir algo o que la gente traduzca algo tan fuerte, como lo que pasó. Sin duda, esto ha sido una enseñanza muy grande, en el sentido de que hay que salirse un poco de los estereotipos y que el mensaje más básico y simple muchas veces es más efectivo que la parafernalia del lenguaje.

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