La boba

De cada diez personas que ven televisión, cinco son la mitad.
LES LUTHIERS

Hubo una vez en que la televisión tenía sentido, económica y estructuralmente: un puñado de shows producidos por las cadenas dominantes salían al aire cada semana, con avisos publicitarios que los
interrumpían como estribillos entre versos.
EMILY NUSSBAUM

Rabí Baumel: La radio… está bien de vez en cuando. De otra manera induce malos hábitos, sueños falsos, flojera. Escuchar todas esas historias de estupidez y violencia… no es manera de crecer para un chico. Joe: Hablas con la verdad, mi fiel compañero indio.
WOODY ALLEN, Días de radio

«Magdalena, ¿qué ves en la tele?», le pregunto a mi hija de 11, mi punto de contacto más cercano con la orilla de la cultura (mientras miro las nuevas olas, yo ya soy parte del mar).
Gravity Falls, Las Chicas Superpoderosas, animé, Cosmos, documentales de animales, una peli de Tom Hanks [le encanta el Tom Hanks joven], las pelis de Miyazaki.

No se da cuenta, pero todo lo que enumera lo ve en Netflix o en YouTube. Nada en un canal de aire o de cable. No hay en ella ni rastro de ese gesto arcaico que era ver algo a una hora determinada en un canal determinado. Me siento un amish. Para ella «la tele» es eso, un aparato para ver Netflix, una serie que ve en la compu para patear los deberes para más tarde. «La tele» es ese lugar donde se enchufa la play mientras juega con el control y chatea con un teclado que ella misma conectó. Una caja vacía, boba.
La tele ya no es la tele. Es un aparato. Chato, negro, un rectángulo en la pared. Ni botones trae. Viene con puertos HDMI para que podamos transfundirle todo lo que no es tele. Es un objeto inerte, el monolito de 2001 pero acostado en un mueble. Un agujero negro con ángulos rectos. Ya no es el fuego alrededor del cual se junta la familia en un tiempo-espacio común: ahora cada uno se lleva el fueguito a la pieza y se frota las manos al calor de otras pantallas.
Me pongo a pensar qué veo yo en la tele abierta. Game of Thrones, algún debate político si hay elecciones, fútbol. Cuando juega River, si es que lo pasan, porque Directv te vende fútbol argentino pero la mayoría de las veces se trata de partidos tipo Patronato-Huracán, y para peor se ven desde el feed colombiano, o sea con relato ídem, lo que termina sonando a cualquier cosa menos a mi potrero. Me doy cuenta de que veo más a River en el iPad que en la tele. Me pregunto para qué pago Directv. La tele abierta, en este país en que vivo, se prende casi exclusivamente cuando alguna mansaca implica Onemi.
Reconozco que puede haber un sesgo de desapego por no compartir una historia común con la tradición televisiva chilensis, pero imagino que si viviera en Argentina mis hábitos no serían muy diferentes.
Me acuerdo de que hay tele abierta cuando los leo a ustedes en Twitter, cuando se escandalizan con las noticias o dan rienda suelta al pelambre de tal o cual personaje de MasterChef. Los términos de la ecuación están invertidos: me entero de lo que pasa en la pantalla de la tele a través de la pantalla de mi celular. Pienso que el futuro de la tv está por ahí, en el sincronismo, en el «en vivo», en la recuperación de ese tiempo-espacio común en el que todos estamos viviendo lo mismo al mismo tiempo, pero donde esa conexión ocurre también en otras pantallas a las que la tele no puede acceder, por ser boba y unilateral: el partido de la Roja, el Mundial, los Oscar y sus red carpets, el día de las elecciones, la mansaca Onemi. Si no está sucediendo en este preciso instante, no tiene sentido la tele. Más aun: si no podemos tuitear todos al mismo tiempo y sentir esa simultaneidad en el nivel piel-comunidad, no tiene sentido la tele. Para eso está YouTube.
Para eso está Netflix. Para eso están todos esos sitios piratas que tienen lo que no está en las otras dos.
Hace tiempo que en la industria se habla de consumo de medios. Ahora los medios se consumen. No somos audiencia. No somos público.
Somos consumidores. Cuando la merca es de la buena, cuando el que mueve los hilos es algún Heisenberg de la realización, nos convertimos en adictos. Usamos, en la jerga. Termina un capítulo y nos baja el mono. Dame más de esos cristalitos azules numerados en episodios. Cuando un cliffhanger nos deja en el abismo entre temporadas –la muerte de Jon Snow es el penúltimo ejemplo–, se nos anuda el estómago y empezamos a transpirar frío pensando en que falta un año entero para la próxima entrega del folletín de turno. Entonces buscamos sustitutos, más fuertes, menos fuertes, en dosis monádicas o maratónicas, da lo mismo el género, policial, escandinava, otra sitcom en Nueva York, de la BBC, y a pesar de que los gustos se adquieren y refinan,todo o casi todo sirve, dame-las-drogas-Lisa, por lo menos hasta que llegue otro Heisenberg con un cristalito azul. Nos hemos vuelto perros fieles, adictos que gambetean spoilers como pequeños Alexis Sánchez de las redes sociales.
Las series son tema de conversación en cada carrete y las poleras de Breaking Bad son las nuevas toallas de Camiroaga. El negocio, claro, sigue en manos de los Tuco Salamanca. El negocio está en los dealers. La tele masiva es un cañón que apunta a la masa. Se financia con ella. O la emboca o muere. Si no funciona como la plaza pública donde se produce el encuentro del gusto promedio, fracasa. Y la historia de la televisión es el registro de la interpretación de las preferencias demográficas más relevantes. De cómo se ha entendido ese sabor a transversalidad. De cómo se leen los estudios y se regurgitan las recetas exitosas de otros mercados. De cómo se cocina un curanto de contenidos donde el pollo y el marisco tienen el mismo sabor a cartón piedra. En palabras de Johan Sebastian Mastropiero: «Tee-lee-vi-cio… La mejor programácion»…
La tele, tal como la conocimos los de mi generación, aguantó bastante. El cable, el videocasete, el dvd y finalmente la internet. No podemos soslayar la carrera tecnológica. La tele era la única pantalla que podía entrar en casa.
Los muchachos de Silicon Valley se encargaron de que podamos sacarla. Hoy no extrañamos la tela del cine porque tenemos nuestra megapantalla Full HD y un iPhone retina display (en realidad no extrañamos el cine porque, digamos, la gente se ha puesto insoportable en los espacios públicos). Demasiada pantalla para llenar.
La tecnología muta y el negocio debe mutar con él. Nadie sabe bien cómo, pero, como nos enseñó Darwin, el que no muta muere.
La tele ya no se ve en la tele. No necesito pagar cable para ver los contenidos del cable. Si tengo internet, puedo ver gratis cualquier contenido.
Si tengo un VPN, puedo ver cualquier contenido de cualquier parte del mundo. Netflix, un distribuidor, se volvió productor. El negocio cambió.
La competencia ya no viene de la misma categoría. Microsoft no vio venir a Zuckerberg, que entendió que lo que la gente quería era conectarse y compartir cosas, los hoteles jamás le pudieron tomar la chapa a Airbnb, los taxistas no saben cómo manejar la llegada de Uber y los canales de tv están como perro persiguiéndose la cola por los Netflix, los Amazon y los Hola Soy Germán, el canal del youtuber chileno que es el segundo más visto del mundo: 40 millones de personas. Calculen que en Chile un punto de rating representa, más o menos, 100.000 personas. Un programa que marque veinte puntos es un hit. Son dos millones de televidentes. Germán se caga de risa. Él no paga estudio, luces, marketing, ejecutivos, bonos de ejecutivos, estacionamientos de ejecutivos y toda la comparsa felliniesca que viene con un canal. Su equipo –sí, tiene un equipo– es mínimo.

Salman Rushdie me acompaña en esta: Mad Men es Cheever. Breaking Bad es Ellroy o Cormac McCarthy. Lost es Crichton. The Wire (no, no es dickensiana, no rompan más con eso… )

Carrera de caballos
«No es tv, es HBO. Para sobrevivir es vital desmarcarnos de eso que llaman tele. No somos tele, somos otra cosa. Si la tele es contenidos, en HBO vamos a comprar los mejores. Compraremos los derechos de exhibición de los blockbusters. Y también los de las peleas de box en Las Vegas. Compraremos impacto, compraremos espectáculo, compraremos todo aquello que valga la pena ser visto en una tele. Y si comprar no es suficiente, vamos a hacerlo nosotros mismos, qué tanto. Pero, ¿de dónde sacar ideas frescas que no vengan con los genes recesivos del mundo endogámico de la tele?»
En HBO deben haber pensado algo así, supongo. No quisieron caer en el facilismo del reality como lo hizo MTV, que alguna vez supo ser un canal de música. Quizás en esa decisión tuvo mucho que ver el estado calamitoso de la industria del cine. Sí, Hollywood ya estaba viviendo una violenta sequía de ideas. Remakes, secuelas, franquicias. Hace tiempo que el cine mainstream es un incesante regurgitar de cómics, que a su vez son un remix de los semidioses de las cosmogonías paganas. Los videojuegos marcan el lenguaje de este cine pochoclero (pochoclo = cabritas, palomitas).
Fue por ese entonces, en los comienzos de esta crisis, que los directores empezaron a cruzar el río. Los escritores también migraron hacia donde está la plata, que es donde está la publicidad. Y la plata, claro, está donde están los consumidores.
Debe ser una de las pocas épocas en la que ser guionista de televisión es un trabajo prestigioso.
Los escritores la llevan. David Chase, David Simon, Matthew Weiner, Aaron Sorkin, Tina Fey, Lena Dunham, por nombrar algunos de la escena norteamericana, o Julian Fellowes (Downton Abbey) en UK, de alguna manera supieron sublimar toda esa literatura que llevaban dentro sin que se sintiera como una asignatura pendiente y aplastante. Pudieron desarrollar en y para la caja boba lineamientos dramáticos y personajes con la profundidad y complejidad que solo habíamos visto en otros géneros.
Salman Rushdie me acompaña en esta: Mad Men es Cheever. Breaking Bad es Ellroy o Cormac McCarthy. Lost es Crichton. The Wire (no, no es dickensiana, no rompan más con eso; tiene, sí, elementos del universo dickensiano –melodramas seriales que emergen de los conflictos de la clase trabajadora urbana–, pero es mucho más realista que melodramática y se separa completamente en la originalidad de estructurarse en un gran arco general y arcos dramáticos unitarios por temporada)… Bueno, The Wire es tan tremenda que es difícil de clasificar.
Los escritores tienen las ideas y ahora cuentan con un espacio para desplegar sus laberintos argumentales con la sofisticación que tanto deseaban. Pero no es cuestión de hacer un pitch con una idea para que te la compren de inmediato.
¿Cómo se elige un hit? ¿Cómo se cría un caballo ganador? La respuesta la encontré en la ted de un analista estadístico, un tal Sebastian Wernicke.
Roy Price trabaja en Amazon Studios, la compañía de producción de contenidos de Amazon, y ese, precisamente, es su trabajo: elegir caballos ganadores. Su responsabilidad es elegir qué show producir. Pero, claro, lo que buscan es un hit. Uno que aterrice en el segmento dulce de la curva de calificaciones de la comunidad imdb (Internet Movie Data Base), ese anhelado 2% con un puntaje de 9 o más donde viven los Breaking Bad, los The Wire, los Game of Thrones. ¿Qué es lo que hace Price? Una competencia. Elige ocho caballos, ocho ideas entre todas las que tiene en danza, produce el primer capítulo –el piloto– de cada una y después los sube a Amazon para que todos los puedan descargar. Gratis.
A la gente le gusta que le den cosas gratis, por lo que Price tiene millones de espectadores probando sus productos. Lo que el público no sabe es que mientras mira es a la vez observado. Qué pilotos eligen, dónde apretan pausa, dónde adelantan, qué partes se saltean, qué partes miran de nuevo, todo queda registrado en una nube de big data (el término de moda para referirse a la galaxia monstruosa de datos) que Price y su equipo analizan y tamizan con sus algoritmos.
Deliberan, y uno de los pingos se perfila como el gran ganador: «Tenemos que hacer una sitcom sobre nuestros senadores».
Se llamó Alpha House y no pasó nada. «Nada» es un show muy bueno pero no excelente. Alcanzó un 7,5 de 10. Apenas arriba de un show promedio. Alpha House no era lo que Price y su equipo buscaban. Lo bueno: ningún caballo salió herido en el intento.
Ted Sarandos trabaja en Netflix. Tiene el mismo cargo que Price, pero en la compañía de enfrente. Está en la misma que su colega: tiene que encontrar un jonrón televisivo. Pero su aproximación es diferente: en vez de largar a competir un puñado de proyectos, empieza por sumergirse en la big data que ya tiene registrada de cientos de miles de horas de netflixvidentes de todo el mundo, las historias clínicas de cada usuario: con cuántas estrellitas califican los programas, qué actores son más taquilleros que otros, qué productores y directores son los más vistos, qué géneros, temáticas. Y después de cruzar toda esa información llegan a una conclusión reveladora: «Tenemos que hacer, no una sitcom sobre un senador, sino un drama acerca de un senador».
Sí. House of Cards.

Stupid box
Era así: sobre un fondo neutro se recortaban dos rectángulos negros. Dentro de los rectángulos negros giraba, en cada uno, un pollo. Estamos hablando de dos pollos jugosos, humeantes, de piel dorada. Full appetite appeal, en la jerga.
Visualmente, los dos rectángulos negros con el pollo en su interior eran idénticos. Mientras la cámara mostraba alternadamente a uno y a otro, una voz en off, ceremoniosa y relamida, como se estilaba en la época, los comparaba: «Este tiene alta definición…, este también. Este tiene colores reales…, este también. Este viene con programas…, este también». Luego de una breve pausa dramática, la cámara se posaba sobre uno de los rectángulos negros y se quedaba allí.
«Pero este tiene tres dimensiones…, olor… y sabor». En ese momento, las manos de una mujer entraban a cuadro, abrían la puerta de uno de los rectángulos y retiraban de su interior la bandeja con los pollos dorados, instante en el que entendíamos que uno era un televisor y el otro, claro, un microondas. El locutor cerraba diciendo: «Ya tenés una caja boba, ¿por qué no te comprás una inteligente?». Y ahí, en silencio, como se estilaba en la época, entraba el logo: BGH Quick Chef.
Fue el primer comercial que hice cuando entré en la mítica Casares Grey, allá lejos y hace tiempo. Fue finalista en Cannes, cosa que me sorprendió porque lo dirigió Luis «Tiro de Gracia» Cesario, al que le decíamos así porque filmaba tan mal que teníamos la certeza de que, si alguna idea tenía alguna posibilidad de sobrevivir, él la remataba en el set. Pero lo hizo por dos mangos, que era lo importante, porque teníamos uno y medio. Tengo el diploma por ahí, en el que se puede leer «Título: Stupid box». La caja boba. La tele.
Miro las boletas que llegan a casa. Luz, agua, gas, contribuciones, la seguridad del barrio, la de Directv y la de GTD Manquehue, que me provee internet. Las cuatro primeras son ineludibles.
Servicios básicos e impuesto municipal. La de seguridad, okey, se queda, prefiero aportar a que haya más vigilancia. Y entre las dos últimas, está claro cuál va a tener que remar como loca para poder quedarse. No es nada la decisión de Sophie la cosa.


Martín Vinacur es publicista y creador de AldeA Santiago.

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