La apuesta literaria de joven Bolaño: riesgo, desafío, vértigo, sin miopía

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La generosidad

Presentación de Álvaro Bisama

A veces vuelvo a esta imagen: la de Gonzalo Millán leyendo La ciudad al final del documental que estrenó Patricio Guzmán el año 2004 sobre Salvador Allende. Es lo que quizás queda de la cinta, ese cierre que es una suerte de clímax falso pues el poema actúa como el punto final de una biografía, pero también como el relato de la vida en un tiempo irrecuperable. Así, Guzmán contrapone el poema a la imagen con la que abre su película, en la que se muestra una muralla agrietada por donde se cuela el misterio de la biografía de Allende y su memoria. Una hora y media después Guzmán, lector del poema de Millán, lo usa para plantear la  nostalgia de una épica imposible, acaso una gesta hecha de signos descoyuntados que, amarrados en el texto, llegan a trazar las luces de un mundo perdido.

Anoto esto porque siempre he pensado que la lectura que hizo Soledad Bianchi de la poesía de Millán y de los poetas de su generación es uno de los gestos más relevantes de la literatura chilena del exilio. Soledad  vivió la diáspora, y desde ahí se preguntó y contestó cómo la literatura chilena estaba cambiando a partir de aquella pena de extrañamiento, en un trabajo inmenso que puede rastrearse en revistas como Araucaria de Chile (donde fue redactora) pero también en antologías como Entre la lluvia y el arcoíris: algunos jóvenes poetas chilenos (1983) y Viajes de ida y vuelta: poetas chilenos en Europa: (un panorama) (1992) o en volúmenes esenciales como Poesía chilena: (miradas, enfoques, apuntes) (1990), La memoria, modelo para armar: grupos literarios de la década del sesenta en Chile, entrevistas (1995) o Pliegues: Chile, cultura y memoria (1990-2013) (2014).

Quizás esa es una de las cosas que define su mirada: ahí donde otros críticos cierran la puerta por dentro para abandonarse a sus propias obsesiones o búsquedas de poder, Soledad siempre apuntó a pensar la literatura chilena como un territorio que había que releer y cartografiar una y otra vez, para preguntarse cómo la poesía estaba mutando en medio de la precariedad brutal de la historia. Para construir ese mapa cruzó geografías interiores y exteriores, indagó sobre movimientos públicos y secretos, estableció lazos entre autores canónicos y vanguardistas. El resultado fue ese «mapa por completar» que fue armando como un rompecabezas fabricado con las señales discontinuas de una poesía –como indicó en  el prólogo de Entre la lluvia y el arcoíris: algunos jóvenes poetas chilenos– donde el ayer era «mostrado desde el hoy para actualizarlo y clarificar ciertas situaciones que se asemejan, se repiten o continúan existiendo» pues se trataba de una poesía donde aparecían «los problemas actuales que hoy viven los chilenos: la cesantía, abierta o disfrazada; la pobreza; la represión; el fomento de la sociedad de consumo; el cambio en el aspecto de los barrios; la añoranza por el país ausente o diferente».

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Por lo mismo, resulta central la inclusión de Roberto Bolaño en ese volumen, más allá de que eso confirme la intuición y el ojo crítico de Soledad. Primero, porque ubica la escritura del autor de Los detectives salvajes en un contexto que excede la épica de la vanguardia infrarrealista mexicana para ponerlo en contacto con la tradición  chilena. Bianchi es capaz no solo de detectar la escritura de Bolaño (que lee de modo natural al lado de la de Bruno Montané pero también junto con la de Gonzalo Millán, Raúl Zurita, Gustavo Mujica o Mauricio Redolés) sino también de alentarla para dialogar con ella, estableciendo una conversación cuyos frutos están en la concepción misma de la antología, donde la mirada de Bolaño resulta fundamental para construir ese mapa del cual el texto se ocupa.

En ese sentido, el archivo de la correspondencia de veinte años que sostuvo Soledad con Bolaño resulta relevante pues excede la antología para trazar las preocupaciones de un escritor en ciernes que una y otra  vez busca su lugar en un campo literario lleno de sacudidas y mutaciones. Lo que está ahí en los archivos es aquel otro misterio que nos obsesiona con nuestros autores favoritos: las condiciones materiales de la escritura como manifestaciones de sus proyectos poéticos, como si el relato de la cotidianidad que existe en la correspondencia entre Bianchi y Bolaño fuese también una modulación de sus aspiraciones, en tanto crónica de un ajuste paulatino respecto al despliegue diario y las dificultades domésticas  de la propia literatura.

«¿Mi novela? Bien, gracias. La he reescrito un par de veces y creo que la tercera será la vencida», le dice a Bianchi en una carta. Por otro lado es imposible no ver ahí el desarrollo de una poesía que ganó en pocos años una precisión y una claridad que no tenía. Basta leer «Tardes de Barcelona», antologado por la misma Soledad en Viajes de ida y vuelta…, donde el silencio se impone como una especie de velo que cierra cualquier nostalgia quizás producto del agotamiento, como si el poema se doblara en sí mismo para decretar el fracaso de lo que antes explotaba como el último eco de un complot imposible: «En el centro del texto/ está la lepra./ Estoy bien. Escribo/mucho. Te/quiero mucho».

Por eso para mí es un honor presentar a Soledad Bianchi acá en la Cátedra Abierta, quizás porque ella encarna cierto rasgo que olvidamos pero que para mí debería definir a la crítica literaria. Me refiero a la generosidad. Me refiero a la idea de que el crítico debería ser alguien capaz de trazar una ficción del campo literario para construir un colectivo ahí donde solo existen escombros y signos dispersos y, con ello, fomentar un diálogo que también puede ser un juego de espejos entre voces múltiples, salidas de distintas geografías y búsquedas. Por supuesto, acá pienso en La memoria: modelo para armar…, ese texto de Soledad donde a partir de decenas de entrevistas trama el relato coral de dos generaciones de la poesía chilena para construir su historia íntima y secreta. Aquello es opuesto a la mezquindad que parece habitar actualmente en el campo de la crítica.

 

La apuesta literaria del joven Bolaño: riesgo, desafío, vértigo, sin miopía

Soledad Bianchi

 

 

Primera toma: primer plano = Cuatro paltos de intrincados troncos y ramas, con miles y miles de hojas verdes rodean una mesa hexagonal, de madera. Y si miras a lo alto, verás que la cubren como un techo. Sentados a su rededor: Roberto Bolaño, Carolina López y el hijo de ambos, Lautaro (nacido en 1990), junto a Raquel Olea y a los dueños de casa: Guillermo Núñez y yo. Es noviembre de 1998; sábado, quizá; no hace demasiado calor y deben ser algo así como las dos de la tarde. Estamos almorzando, pero no recuerdo qué comimos. Tampoco, con precisión, de qué hablamos. No sé si el tiempo me hace equivocarme, pero más que una conversación colectiva con intercambio de opiniones, me parece oír que se impone una voz segura, aunque sin entonación definida pues amalgama dejos del español de Chile y de México; de un español, acaso más castizo, y del catalán, sin duda: es el monólogo del invitado principal –con quien me encontraba por primera vez– que, entre cigarrillo y cigarrillo, armaba y transmitía entretenidas narraciones con sus propias vivencias, recientes y del pasado. Se diría que el humo le ayudaba a borrar límites entre sus realidades y las aje- nas, y entre sus realidades y otras, menos reales, y que la demora en aspirarlo y expulsarlo le daba oportunidad para evocar, pero, asimismo, para inventar.

A esa fecha, Roberto Bolaño ya comenzaba a ser conocido (por algo había sido invitado a Chile como Jurado del Concurso de Cuento de  la revista Paula). A esa fecha, ya tenía una nutrida trayectoria literaria y había publicado unos seis o siete libros de poesía y narrativa: «Para Soledad y Guillermo, por una tarde agradabilísima./ Con un abrazo/ Roberto/ Stgo. Nov. 98», dice la dedicatoria al volumen de cuentos, Llamadas Telefónicas, que nos traía de regalo. Era la segunda edición y acababa de aparecer, en Anagrama, hacía sólo un mes, en octubre de 1998, casi a un año de la inicial, de noviembre de 1997: con estos datos quiero indicar que ya publicaba en una editorial importante –y hasta, muy importante-, y que sus escritos ya eran bien acogidos. Venir a Chile como jurado le significaba una vuelta de tuerca, y no dejaba de causarle risa porque –dijo– a poco de iniciar su estadía española, hacia 1977, para subsistir se había presentado, en una y otra ocasión, a los innumerables concursos literarios promovidos por ayuntamientos y otras entidades. Por lo general, además de dinero, los premiados eran publicados, y así lo (de)muestran varios volúmenes –de su poesía, incluso.

No he olvidado, tampoco, el énfasis que puso Bolaño para explicar por qué, ahora, comenzaba a considerársele un escritor y a ser respetado. Con modestia (verdadera o falsa, y nos resultará imposible marcar la opción correcta), aclaró que mientras los españoles escribían bien, pero no tenían historias que relatar, a él no le faltaban asuntos para contar y ésa era su gran ventaja. (Mientras esto afirmaba, en noviembre de 1998, la novela que lo consagraría definitivamente, Los detectives salvajes, estaba en prensa o recién salida de ella). No me acuerdo de mucho más, salvo que no nos preguntó nada sobre nuestros quehaceres: ni a Guillermo Núñez sobre su pintura ni a nosotras sobre nuestras clases universitarias ni nuestras curiosidades y preferencias literarias. A estas alturas, ustedes se estarán preguntando por qué Roberto Bolaño y su familia estaban almorzando en mi casa si no nos conocíamos. Resulta que hacía unos pocos días, cuando él acababa de llegar a Chile, desde Blanes, Barcelona, yo había respondido su «llamada telefónica» de saludo y habíamos quedado de encontrarnos. Resulta que, con Bolaño, nunca nos habíamos visto, pero nos conocíamos desde hacía mucho por una larga correspondencia que se había iniciado por 1979. Podría decirse que éramos «amigos epistolares» (así traduzco la expresión del inglés: «pen friend» o «pen pal», cuyo significado sería: amigo de pluma que, en el caso de Bolaño, debe extenderse al bolígrafo, la máquina de escribir y algo, al computador). Aquí, entonces, se abre el círculo…

Estoy segura que hay otra interrogante en el aire… Al parecer, fui yo quien contactó a Bolaño. El 17 de agosto de 1979 está fechada la carta más antigua que encontré. En ella, yo le solicitaba colaboraciones –poemas, en especial– para Araucaria, una revista cultural del Partido Comunista, que aparecía en el exilio desde 1977, cuyo Consejo de Redacción yo integraba. Por mi parte, yo había leído escritos suyos y de Bruno Montané, en la revista cubana Casa de las Américas, y así se lo manifiesto. Desde ese momento establecimos un intercambio constante, aunque no siempre regular, que se fue distanciando e interrumpiendo con mi regreso a Chile, desde Francia, en 1987.

Segunda toma: hay cientos de papeles sobre una mesa, en mi escritorio. En cajas y cajones, cajitas y cajotas; bolsas, bolsitas y bolsones, busco correspondencia de Roberto Bolaño. Sé que tengo, pero no sé, con precisión, cuánta ni dónde está.

Es muy posible que fuera más abundante, pero cuando intenté recolectarla y ordenarla, encontré cerca de una cincuentena, entre cartas y tarjetas postales: con y sin sobres; dobladas y abiertas; en hojas blancas o lineadas o arrancadas de cuadernos, como con prisa, dejando el papel roto y de bordes irregulares; en ocasiones, con estrellitas separadoras de párrafos, como en algunos de sus cuentos o de sus poemas (que me envió, igualmente, junto a libros y a revistas, ideadas por él o que lo publicaban). Cartas manuscritas, la inmensa mayoría con letra parejita y redondeada y en líneas muy rectas; a máquina, las menos; a veces, con notas al margen o con una y, aún, más de una postdata, y como firma, escrita siempre a mano, una gran R final, acompañada de un punto; escaso, el nombre, Roberto, y el apellido, jamás.

Aunque hay muchas cartas que carecen de fechas, pienso que puede «armarse» cierto… relato (llamémoslo así), una serie que  responde a una cronología aproximada, basándose, por ejemplo, en ciertas insistencias: Bolaño era bastante obsesivo con sus intereses, y sobre ellos vuelve frecuentemente,«a riesgo de ser pesado» (como él mismo dice). Es efectivo, por lo demás, que en los contactos epistolares es necesario reiterar, si se tiene en cuenta la tardanza que va   de un mensaje a otro. Para este ordenamiento ayudan, asimismo, entre otros, sus juicios –en pinceladas sugerentes– sobre determinados cambios del clima: frío, tibieza, el paso de las estaciones, si los días son extensos o breves, si la luz es fugaz o se prolonga, el canto de ciertas aves, cómo mudan los árboles.

Pero más que saber cuánto ha llovido o si escasean los turistas o si son rubios o ruidosos, en la actualidad, al leer y re-leer estos envíos, «de frente y de perfil» –como siguiendo su Advertencia, previa a Muchachos desnudos bajo el arcoiris de fuego. Once jóvenes poetas latinoamericanos (1979), antologados por él– lo que (me) importaba era ir encontrando, y recogiendo, los rasgos del remitente para elaborar su retrato, sea porque los explicitaba, sea porque podían deducirse, de manera lateral o diagonal, de lo que el propio Bolaño –persona y personaje– señalaba u omitía. Sin embargo, me preocupaba y me preguntaba si yo podría ver y decir algo diferente al mito-Bolaño ya tan instalado, sin plegarme a la leyenda ni instalar una nueva. Titubeaba, también, si en la lectura de sus reflexiones, descubriría nuevos datos, posturas, decires: antecedentes, detalles, notas, que no estuvieran en internet ya que Google (al que no teníamos acceso pues no existía, y no existió en buena parte de la etapa de nuestro correo) parece haberlo fagocitado todo en los cientos y cientos de páginas sobre los  aspectos más disímiles de este escritor, quien, a su vez, todo lo fagocitaba… y no en Google precisamente. Mas, es claro que su complejidad no la consiguen agotar ni esta suerte de enciclopedia infinita ni tampoco mi mirada. Y, a pesar de no referir a sí mismo, el complicado «retrato» a trazar y a obtener –como de soslayo–, se me figuró cercano a la descripción que Bolaño hace sobre cómo acceder al espacio donde él habita, en Barcelona: «…para llegar a mi casa hay que subir 4 pisos, dar vueltas por un pasillo, cruzar un puente (sí, un puente que cuelga sobre un pe- queño callejón empedrado), bajar 10 escalones, torcer a la izquierda y allí está. Entre fantasmas de adolescentes catalanas». (¿Julio 1980?).

A partir de sus misivas, podría hacerse un listado muy extenso de sus preocupaciones y ocupaciones, sobre su entorno y propias («… Ha trabajado de recolector de tomates, vendimiador, estibador, periodista, lavaplatos, bodeguero de una embotelladora de refrescos, vigilante nocturno de un camping, corrector de libros, etc. Ha recorrido toda la costa del Pacífico, desde Baja California hasta el sur de Chile…», reconoce en el «Ridículum Vitae» (Bolaño dixit), que acompaña su primera carta, del 3 de Septiembre de 1979); de apelativos (de  cantantes e intérpretes; películas de distintas épocas; actores y actrices; lecturas; músicos y música (con casi segura primacía del jazz); literatos de diversas nacionalidades y períodos: la Edad Media, inclusive; deportistas); historias curiosas; de temas como la literatura chilena –que conoce bien–, su producción y  productores; de su circunstancia económica (cuestión prioritaria e ineludible y continua); de sus cotidianeidades (mudanzas de casas y de pueblos, comidas); de sus amores; de su entusiasmo por los wargames; la estructura de sus obras, sus proyectos…,y yo podría seguir nombrando e indicando, indicando y nombrando.

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No obstante esa amplia variedad de preferencias hay una inquietud que está presente de carta en carta, sin obviarse nunca: se trata de una verdadera fuerza, un empeño que lo desvela (literalmente) y es su porfía y pasión por la literatura y, en especial, por su propia escritura: el modo en que la concibe y lo que está ideando  y redactando. No es casualidad, entonces,  que en cantidad de textos suyos, la literatura sea argumento fundamental o tema frecuente de conversación, y que muchos de sus personajes escriban. Bolaño se siente comprometido y ligado a un quehacer imposible de abandonar y ese compromiso lo enlaza y lo transforma en sinónimo de riesgo, de desafío, de vértigo (talantes mencionados en el título de este artículo), y lo expresa o en tono dramático (por los sacrificios que le reclama) o con humor, con mucho humor. Para esta suerte de pacto íntimo, este joven se exige –y exige a los otros– esas actitudes que, de acuerdo a sus estrictas normativas y criterios, aproximan o separan de su noción de escritor, de su noción de literatura: «…yo no sentía ganas de viajar [hace 3 años, cuando salí de España] porque escribía mucho y eso ya era suficiente vértigo…» (24 junio 1985).

Y de acuerdo al respeto o desacato de esas conductas hay pelambrillos simpáticos o duros comentarios sobre terceros: dictámenes drásticos y enfáticos y serios, de los que, de inmediato, se contradice: «No creas nada de lo que te he dicho» me previene, y me deja estupefacta, sin saber qué pensar. Hay veces, todavía, que elabora y desarrolla los asuntos más nimios, como preparando futuras novelas: «Queridísima Soledad, antes que nada gracias por el giro [de dinero] –me comenta, en 1984, a lo mejor–; la pobre Berthe casi se ha puesto a llorar, le emociona que desde su ciudad natal intenten hacer más llevadero su exilio. Si usted supiera lo dura que es Barcelona, me ha dicho. Y también: exprésele mi agradecimiento a esa dama sudamericana. Así están las cosas…» (Se refiere aquí a Berthe Trépat, personaje de Rayuela, de Cortázar, y nombre de una de las tantas revistas que Bolaño creó y promovió).

No hay carta (yo creo que no hay NINGUNA de ellas) donde no refiera al poema o relato o novela que está escribiendo o piensa escribir. Sin intentar ser exhaustiva, cito: «Notas del Vigilante Nocturno del Camping Estrella de Mar», compuesta de mil poemas (s[in] f[echa] y 17 mayo 1980); El Espíritu de la Ciencia–Ficción (30 enero 1981); «…[un] cuento alrededor de [César] Vallejo. Es casi un homenaje (malo)  a Manuel Puig y Agatha Christie …» (Enero 1982) [es su segunda novela: La senda de los elefantes, reeditada como Monsieur Pain];»… «La Belga», narración larguita con poeta belga, suicidio, drogas, sol español, vigilante sudamericano, Guido Gezelle apócrifo, letrinas de camping y referencias bibliográficas convulsas. «Cuando me decida a mecanografiarlo te lo enviaré, junto con ‘Adiós, Shane’, cuento que quería ser per-fec-to [sic], pero que resultó una mierda, con perdón» (4 marzo 1982); Luxemburgo: «un pequeño librito… especie de poema de terror escrito el 79, año desdichado. …» y los cuentos: «… ‘El Sargento Rozanoff visita a Suzuki’ (ciencia ficción); ‘Córdoba revisitada’ (ídem); ‘La caverna de Valerie Solanas’ (ídem, más una pizca de ¡terror!); ‘La increíble vida de Chen Huo Deng’ (terror); ‘La princesa de Barcelona’ (terror y cultura, o sea, la ilustración, pues); ‘Chevalier Servant’ (ídem, unas 50 págs.); ‘Manuscrito encontrado en una bala’ (ídem; homenaje a Kenneth Fearing y a otros poetas que han escrito novelas policiales)… » (15 abril 1982). Después, menos preciso, afirma con certeza: «Cuando acabe mis dos novelas (que será pronto) pienso ponerme a trabajar firme en un libro de poemas sobre la Segunda Guerra Mundial… Ya tengo varios poemas y he leído bastante y soy un pasable jugador de Wargames. Veremos qué sale» (Blanes, 24 junio 1985). Y desde nuestro presente, podemos comprobar que redactó y, con el tiempo, incluso, publicó, la gran mayoría de sus anuncios literarios. Bolaño no es de esos autores que al contar lo que se proponen literariamente, lo dan por realizado. Él quiere ser escritor y sabe que lo será «aunque –como grafica en junio de 1984– deba dejar el pellejo».

Otra toma : como el correo no era tan rápido, es posible que Roberto me haya telefoneado (por lo demás, lo hizo en muy pocas oportunidades. Recuerden que, en esa época, hablar por teléfono no era barato). Me habría llamado para indicarme que pronto, desde España, llegaría a Francia un amigo suyo (de cuyo nombre no puedo acordarme), chileno, creo, al que le había dado mis señas. Yo vivía, en aquel momento, en Bobigny, un pueblo de la banlieue parisina, una comuna de los alrededores próximos a la capital, en un departamento cuyas ventanas daban a la Avenida Salvador Allende (felizmente, la puerta de ese edificio, perteneciente al Municipio, estaba en otra calle –la rue du Chemin Vert = calle del Camino Verde– porque, de lo contrario, ¡jamás hubiera recibido cartas desde Chile!). Debe haber sido entre 1979 y 1981 porque ese año yo me mudé a vivir a Boësse, un pueblito de provincia, cercano a París (¡nótese esta curiosidad!: B de Bolaño-Bianchi-Barcelona-Blanes-Bobigny-Boësse).

No era tan fácil llegar a Bobigny, donde en esa época no había metro, y eran pocos los amigos que nos visitaban y menos sin avisar. Una tarde, estando ya oscuro, sonó el timbre. Extrañada,  fui a abrir. Mayor fue mi extrañeza cuando dos policías (franceses, por supuesto) preguntaron por Madame Bianchi. ¡Imagínense a una refugiada política que lo único que quiere es pasar inadvertida, solicitada por la autoridad! Muy amablemente, los Agentes me consultaron si yo conocía a tal persona. Intenté explicarles, temerosa del lío en que podría haberse enredado  el compatriota, y cuando me atreví a averiguar, comentaron que el joven se había suicidado en un bosque contiguo a la primera estación de trenes francesa, no tan lejos de la frontera española, y que en su libreta de direcciones aparecía mi nombre y mi domicilio. Y todo quedó aquí, reglamentariamente hablando. Ese desconocido, ese suicida, era… ¡el amigo de Bolaño!

Sin duda, conversamos, ambos, de este triste y misterioso asunto. Y hoy, a la distancia, imagino esta toma como un posible tema y germen potencial de uno de sus relatos, de un cuento muy suyo, escrito por ese inagotable lector de novelas policiales que era/que fue Roberto Bolaño.

¿Se  cierra  un  círculo?:  Con   posterioridad al almuerzo en nuestra casa, en noviembre de 1998, acompañé a Bolaño y su familia al hotel en que se hospedaban. Estaba en una calle pequeña, cerca de Apoquindo y del Stadio Italiano. Nos despedimos y quedamos de vernos dentro de dos o tres días cuando se presentaría su novela, La pista de hielo, en la Plaza Mulato Gil. Algo de esta junta relata en Entre Paréntesis (si no me equivoco, otro de los asistentes al encuentro, el narrador Pedro Lemebel, elaboró otra crónica, con énfasis distintos, pero… pero no he podido encontrarla). Después, no lo volví a ver.

Hace algo más de dos años, en enero del  2015, se concretó el traspaso (me cuesta decir: “negocio”), a la Universidad  Diego Portales, de las cartas que Roberto Bolaño me escribió. Ese miércoles fui invitada a almorzar con varias autoridades. En la tarde de ese día, una amiga celebraba su cumpleaños 90 y yo estaba convidada. Cuando me iba acercando al lugar donde se realizaba el festejo, fui reconociendo que era el mismo hotel donde se había alojado Bolaño, y donde yo lo había ido a dejar, en 1998. ¿Casualidad? ¿Sincronía? ¿Se cerró un círculo o/y se abre otro y por él estamos aquí?

Travelling: Voy en auto. Conduzco bordeando el largo muro que, por la Avenida Quilín, recorre y encierra la Viña Cousiño Macul. Para mí es un trayecto habitual y casi cotidiano. Es el 15 de julio del 2003. Debe ser una hora exacta porque la radio que oigo transmite noticias: una entre ellas: que Roberto Bolaño acaba de morir. El golpe me golpea y quiebra la monotonía de mi repetido recorrido. ¡Y yo ni siquiera sabía que estaba enfermo!

¿Dónde se esfumó nuestra amistad? ¿Cuándo se hizo humo ese diálogo que nos acercaba en la lejanía?: ¿fue el internet?, ¿fue su necesidad de dedicarse en exclusiva a la literatura, a la escritura?, ¿fue el reconocimiento y la notoriedad que lo cambió o lo obligó a cambiar?, ¿fueron los elogios?, ¿serían los aduladores?, ¿fue mi estadía en Chile y mis obligaciones «chilenas» que me hicieron silenciarme?, ¿fueron mis viajes?, ¿fue su enfermedad? Fuera lo que fuera, con la noticia viva en los oídos, medio aturdida por la pena, con dolor, al saber que Roberto Bolaño ya no vivía, también entendí que el joven Bolaño que yo «conocí» había muerto hacía mucho. No obstante, aún puedo –y podemos– encontrarlo en las cartas que me envió cuando él mismo se juzgaba un aprendiz de escritor.

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