Kant y las barras bravas

Quiero empezar esta conferencia sobre Kant y las barras bravas aludiendo al origen de mi reflexión sobre el deporte. Como se ha mencionado, soy profesor de Literatura Comparada en la Universidad de Stanford, donde me ocupo sobre todo de las literaturas que hasta el siglo XIX eran llamadas románicas. En la academia norteamericana, es posible ser profesor de literatura comparada y al mismo tiempo dedicarse a la filosofía por una sencilla razón (que la mayoría de ustedes conocerá): los departamentos oficiales de filosofía en Estados Unidos se ocupan casi exclusivamente de la vertiente analítica, que equivale a un fragmento del horizonte de posibilidades de la filosofía. En Stanford se dio al respecto un caso interesante. Richard Rorty –uno de los grandes filósofos del siglo XX, quien falleció hace dos años– no estaba, por propia elección, en el departamento de Filosofía sino en el de Literatura Comparada, pese a ser él mismo competente en filosofía analítica. Así demostraba su actitud crítica frente a esta exclusividad de la filosofía analítica.

En mi caso, al combinar la literatura y la filosofía continental, es casi natural que me ocupe de la estética filosófica. En este contexto, hace más o menos diez años, se me planteó casi obsesivamente una pregunta (debo admitir que sobre mí mismo). La pregunta nació de lo siguiente: a lo mejor no doy esa impresión, pero creo ser lo que llamamos en Estados Unidos “muy estructurado”: suelo elaborar presupuestos de tiempo y cumplirlos de una forma casi monástica. Hay pocas cosas que me desvían de esa disciplina, tanto en relación al tiempo como en lo financiero. Una de ellas es el deporte, que a veces me resulta irresistible. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que, hace quince años, estuve como profesor visitante en Montreal, la ciudad del hockey sobre hielo. Desgraciadamente, mi departamento quedaba a una cuadra del estadio de hockey. Aunque era casi imposible conseguir entradas, que costaban muchísimo, y yo estaba en bancarrota (entre un divorcio y un nuevo matrimonio, con cuatro hijos), no podía resistir y pagaba 250 dólares tres veces por semana para ver los partidos. Al final de mi estadía, en la que había esperado ganar un dinero que verdaderamente necesitaba, terminé más endeudado. Y de ahí viene la pregunta: ¿qué puede explicar esa fascinación, esa atracción –para mí y para muchos otros– tan irresistible?

Si recuerdo bien, empecé esta investigación sobre el deporte sin prejuicios. No tenía intención de llegar a la experiencia estética. Las explicaciones que se dan normalmente entre intelectuales para la fascinación del deporte no me parecían muy convincentes. Por ejemplo, el decir que estar en un acontecimiento deportivo es un destape para la violencia o que a los que tienen tendencia a perder en lo cotidiano les gusta identificarse con equipos que ganan. Ese tipo de afirmaciones me resultaban bastante obvias y banales. Además, por una cuestión de auto respeto, me decía que las razones de la fascinación con el deporte debían ser otras. Aún así, no tenía ninguna intención de llegar a la experiencia estética. Sin embargo, y esto va a ser el punto de partida para esta conferencia, acabé convencido de que lo que nos atrae a todos los espectadores del deporte –tanto a las barras bravas de Colo Colo y la U, de Corintians o los New York Yankees, como a los más sofisticados que prefieren, por ejemplo, ver patinaje artístico– en el sentido pleno de las definiciones clásicas de la tradición filosófica, es la experiencia estética.

Este fue el punto de partida de mi libro Elogio de la belleza atlética. Me propongo ahora resumir este enfoque sobre la experiencia estética para luego abordar algunos temas y cuestiones no tratados en el libro.

Una segunda pregunta a abordar será: ¿por qué existe tanta resistencia ante esta hipótesis? El libro ha tenido cierto éxito pero a que las reacciones intelectuales han sido sobre todo negativas. Es decir, el libro se vende bien a pesar de reacciones del tipo “no, no puede ser que las barras bravas sean capaces de tener una experiencia estética”. Una tercera pregunta se va a ocupar del objeto de esta experiencia: ¿qué es exactamente lo que acontece en el césped del estadio? Mi libro se centra en el punto de vista del espectador: es más una fenomenología del observador que del objeto de su experiencia. Hoy voy a hablar, en la tercera parte de la conferencia, de los diferentes objetos de fascinación. En la cuarta parte, voy a proponer una definición del deporte y una forma diferente para hablar sobre éste basada en la distinción que he postulado entre cultura de sentido y cultura de presencia. Por último, quiero desarrollar algunas hipótesis breves sobre el lugar histórico del deporte y de la experiencia del deporte hoy día: una reflexión que va más allá de lo que abordé en Elogio de la belleza atlética.

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¿Qué nos atrae de los eventos deportivos? Quizá, bajo condiciones intelectuales latinoamericanas, el primer acercamiento a esta pregunta debería ser el psicoanálisis. Sin desmentir que hay, en cada caso, razones individuales y “analíticas”, mi hipótesis es que la razón dominante de la fascinación por el deporte –la experiencia estética– entra en toda configuración individual: siempre juega un papel. Quiero aportar una evidencia empírica que ratifica esta primacía de lo estético, desmintiendo un postulado habitual: que lo que atrae a los espectadores es el deseo de que su equipo triunfe. Recién se realizó en Alemania una encuesta en que se preguntó a personas de mi edad (55-65 años) cuál era el partido de la selección nacional alemana que recordaban de manera más positiva. No les va a sorprender si les digo que no hay identificación nacionalista más intensa que la de los aficionados alemanes con la selección nacional, en gran parte debido a sus éxitos (tres veces campeón mundial y en muchas ocasiones subcampeón), en comparación con los clubes alemanes. El resultado sorprendente de la encuesta es que el partido que más del 70 por ciento de los alemanes recuerda como particularmente glorioso es la semifinal perdida contra Italia en el Mundial de México en 1970. Fue un partido extraordinario. Yo lo vi con mi novia norteamericana en Portugal y terminé llorando por la derrota. Hoy lo recuerdo como un juego sensacional. Es decir, lo que se mantiene en el núcleo de la fascinación es el recuerdo de una belleza que va más allá de ganar o perder.

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Al referirme a “experiencia estética”, me estoy basando ortodoxamente en la Tercera Crítica de Kant. Éste describe la experiencia estética bajo cuatro criterios, que también permiten explicar la experiencia del deporte. En primer lugar, Kant señala que el juicio estético es desinteresado. Es decir, está absolutamente aislado de nuestros intereses cotidianos. El que nos guste un partido no nos es útil en nuestra vida profesional, para nuestras finanzas, en el ámbito familiar ni para nuestro equilibrio psíquico. El juicio estético está completamente aislado de lo cotidiano. En segundo término, Kant señala que, a diferencia de todos los demás juicios, el juicio estético no se basa en conceptos ni los produce. Es decir, no tenemos criterios “objetivos” para hacer el juicio de qué pintura o música es hermosa, sólo sentimientos. En tercer lugar, y esto es particularmente interesante, Kant postula que, a pesar de la ausencia de conceptos, pensamos que todo el mundo debe estar de acuerdo con nuestro juicio estético. Él da un ejemplo: en un caso jurídico, señala, nos parece normal el que otra gente tenga una opinión distinta a la nuestra, pero en un juicio estético no podemos entender que un cuadro o una composición musical que nos guste, no sea del agrado de todos. El juicio estético convoca y requiere consenso. Un cuarto punto: Kant marca una distinción entre lo bello, como “efecto de una funcionalidad sin función” (“Zweckmäßigkeit ohne Zweck”), y lo sublime, lo que excede a nuestras capacidades de absorción.

Todos estos criterios se cumplen perfectamente para cualquiera que se sienta atraído por algún deporte, ya sea miembro de una barra brava o no. Existe una definición alternativa, que encuentro muy bella, producida por un gran nadador de estilo mariposa, quizás el mejor de todos los tiempos: Pablo Morales. Morales es chicano, californiano y ex alumno de la Universidad de Stanford. Ganó sus primeras medallas de oro olímpicas muy joven, luego fue a Stanford, se graduó del college y estudió Derecho. A los 28 años, ya ejerciendo con éxito como abogado, decidió volver a la natación, ganando dos medallas de oro más. Lo invitamos en una ocasión a un coloquio en Stanford y le preguntamos por qué, estando ya establecido en una profesión, se expuso otra vez a la tortura de los entrenamientos diarios. Él respondió con una frase preciosa, que voy a decir primero en inglés, acaso la definición más bonita de la experiencia estética del deporte que conozco: I wanted to be lost in focused intensity (“Yo quería quedar perdido en intensidad focalizada”). Es una descripción maravillosa de lo que nos acontece, no sólo con el deporte, también ante un concierto, una pintura o un poema. “Perdido” sería equivalente a lo “desinteresado” de Kant: quiere decir que, en el momento en que sentimos esa fascinación, nos olvidamos de todo, lo demás ya no importa. En segundo lugar –y en esto no coincide con Kant– me parece importante la palabra “intensidad”, cuya semántica es puramente cuantitativa. En una experiencia estética todo se vive con más emoción, de manera más nítida. Los atletas describen esto como un efecto de cámara lenta: la sensación de verlo todo desarrollándose muy despacio en el momento de concentración. Por último, me parece muy interesante lo de “focalizado”, ya que lo asocio a los espectadores que, desde que entran en el estadio, están abiertos, atentos a lo que pueda acontecer (o no acontecer).

Insisto: el componente que siempre concurre en la fascinación del espectador con el deporte es la experiencia estética, en el sentido más clásico de las definiciones de Kant o de Pablo Morales. Creo que siempre se confirma este hecho: todos los rasgos que se mencionan existen en la experiencia no sólo del espectador sofisticado, sino también en el aficionado medio o (como se solía decir de manera políticamente incorrecta) de “clase baja”.

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¿Por qué existe tanta resistencia a esta hipótesis? Resulta evidente, aunque yo no lo he intentado, que si se le dijese a las barras bravas de cualquier equipo que producen un ejemplo de experiencia estética, les parecería inaceptable, una cosa demasiado intelectual y poco masculina. Y me parece muy bien. Por cierto, no tengo ninguna vocación misionera de convencer a las barras bravas sobre esto. Más interesante es la resistencia por parte de los intelectuales y, sobre todo, los de izquierda. ¿Por qué los intelectuales de izquierda no quieren que las barras bravas tengan una experiencia estética? Creo que eso connota una actitud condescendiente: queremos ser los redentores de los pobres proletarios. Por esto, no nos agrada que las barras bravas sean capaces de tener una experiencia estética por sí solas. Nos gustaría que accedan a la experiencia estética gracias a nosotros. Respecto a la resistencia entre los académicos, es posible postular una hipótesis complementaria: si es verdad que lo que sentimos en relación al deporte es una experiencia estética, eso conllevaría una obligación de elogiar al deporte. Creo que en los últimos siglos de nuestra cultura, la capacidad de elogiar se ha perdido en los ambientes académicos, sobre todo en las ciencias humanas. Las ciencias humanas se han auto atrofiado en base a un concepto mal entendido de crítica. Crítica, etimológicamente, quiere decir “la capacidad de distinguir”. Pero, cuando hablamos hoy en día de crítica (yo irónicamente siempre lo escribo con doble “t” en alemán: krittik), se entiende que debemos resaltar exclusivamente los aspectos negativos de las cosas. El elogio es algo que ya rara vez nos permitimos. Por eso, al hablar de deporte, hay que criticarlo y describirlo como un fenómeno cultural indeseable.

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¿Qué fenómenos constituyen el objeto de nuestro gozo estético ante el deporte? Según mi propia experiencia, en esto se da una gran fragmentación: es difícil definir un objeto central para el deporte. Por ello, voy a presentar un horizonte de seis tipos de deportes que despiertan fascinaciones distintas, entre los que quizás no haya un denominador común. Cada uno conlleva un tipo específico de contingencia, un peligro o amenaza de no lograr algo.

El primer tipo de fenómeno que me interesa en relación a la experiencia estética del deporte es el cultivo del propio cuerpo según dos criterios: “cuanto más grande mejor” o la aproximación a un ideal de cuerpo no necesariamente prominente o de gran tamaño. En este caso, el tipo de contingencia está determinado por la perseverancia, o sea, la condición de cultivar el físico cada día y conseguir el cuerpo que se quiere tener. Para esto existen (a veces trágicamente) límites: no siempre se puede conseguir el tipo de cuerpo deseado. En el libro Bodies That Matter, la destacada filósofa feminista Judith Butler describe cómo, desde la adolescencia temprana, ella deseaba tener un cuerpo de jugador de fútbol americano. Algo que no podría conseguir, obstaculizado por límites objetivos.

Lo que nos atrae a todos los espectadores del deporte –tanto a las barras bravas de Colo Colo y la U, de Corintians o los New York Yankees, como a los más sofisticados que prefieren, por ejemplo, ver patinaje artístico– en el sentido pleno de las definiciones clásicas de la tradición filosófica, es la experiencia estética.

Un segundo tipo de fascinación lo constituyen lo que llamo “deportes de confrontación”: el boxeo, la lucha y también, de una forma metonímica, el tenis, donde hay dos jugadores o atletas en confrontación. ¿Cuál es la fascinación ahí? Yo creo que la fascinación para el espectador consiste en ver a los atletas exponerse a un peligro de muerte. Pienso que ninguno de los grandes en esos deportes es alguien que sólo ha ganado. En esos deportes de confrontación, siempre está la amenaza de la muerte o de la humillación. La contingencia, lo que no puede faltar en estos deportes, es el peligro, que es un requisito de la admiración.

Un tercer tipo lo conforman los deportes de movimientos con gracia, como muchos eventos en el atletismo. En esto me baso en una concepción tanto estética como teológica de “gracia”. Decimos que un movimiento tiene gracia cuando se realiza sin intención ni esfuerzo. El clásico alemán Heinrich von Kleist opone, en términos teológicos, el pecado original que nos está tirando hacia abajo, la gravedad, a la gracia divina que nos levanta. Para von Kleist, la gracia siempre implica una suspensión. Por ello dice que las marionetas tienen gracia. El movimiento con gracia es un movimiento que no es completamente terrestre. Aquí el peligro, la contingencia amenazante sería precisamente el sudor. La atracción del movimiento con gracia radica en que el o la atleta no demuestren esfuerzo, den la impresión de que su actividad ocurre sin dificultad.

En cuarto lugar, hay deportes de relación con sistemas no humanos: equitación, automovilismo, etc. ¿Qué es lo que admiramos ahí? Creo que lo que nos fascina es una relación perfecta con la máquina o el animal. Una relación que no es de dominio. Si alguien monta un caballo y quiere dominarlo por completo, no lo va a hacer bien; se tiene que adaptar al animal y al mismo tiempo ejercer cierto dominio. Lo mismo se dice de los más grandes pilotos de Fórmula Uno, como el alemán Michael Schumacher, que es un sujeto ingenuo, no muy inteligente, pero dotado de un sexto sentido en relación a la máquina, capaz, por ejemplo, de “sentir” aspectos de la performance del auto que escapan a los ingenieros. En vez de ostentar un dominio cerebral absoluto sobre la máquina (o el animal) se da una compenetración intuitiva.

Un quinto tipo lo constituyen los deportes explícitamente estéticos, donde hay formas prescritas que se deben realizar, llenar con los cuerpos: por ejemplo, el patinaje artístico o la gimnasia. La contingencia es clara: que el cuerpo no logre adaptarse a la complejidad de la forma prescrita.

En mi opinión, el más interesante tipo de fascinación es el sexto y último: los deportes en equipo. ¿Qué es lo que nos fascina, más allá de la victoria de nuestro equipo? Mi hipótesis es que el triunfo de nuestro equipo es importante, pero dura sólo por un tiempo y va dejando gradualmente de importarnos. Lo que nos fascina de estos deportes es la jugada bella. Más precisamente, la emergencia de una forma incorporada, temporalizada y con carácter de evento. Se trata de formas incorporadas, que se realizan con múltiples cuerpos: se necesitan varios jugadores para que se haga una jugada. En este sentido, son formas con sustancia. Son también formas que se van deshaciendo desde el momento en que van emergiendo. Ninguna fotografía puede hacer justicia a una jugada, porque es una forma temporalizada. La forma bella de una jugada de equipo tiene el carácter de evento: nunca se sabe si va a salir o no, porque esta forma debe imponerse contra la resistencia de la defensa. La defensa sería precisamente la contingencia, el principio de entropía, de caos; no podemos adivinar si va a predominar la defensa o el ataque.

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Aunque he hecho referencia a una fragmentación, al hecho de que tal vez no exista un denominador común para todos estos tipos de fascinación deportiva, creo que es posible definir, de manera general, el objeto de la fascinación deportiva. Mi propuesta es que a lo que llamamos deporte es un tipo específico de performance, motivado por una tensión entre agón (competencia) y areté (autosuperación). ¿Qué quiero decir con performance? Me refiero a cualquier movimiento del cuerpo humano bajo la perspectiva específica de lo que yo llamo una “cultura de presencia”.

Cuando utilizo la palabra “presencia”, no lo hago en el sentido predominante que es el temporal, sino en un sentido espacial, en referencia a lo que está frente a mí, lo que está presente (del latín “prae-esse”). Pienso que, insistiendo en los aspectos de presencia en nuestra cultura, podemos recuperar ciertos fenómenos culturales que se han perdido para las ciencias humanas bajo el dominio absoluto de la interpretación. Desde la fundación de esas ciencias a finales del siglo XIX, siempre se ha considerado que la operación central de éstas es la interpretación, la atribución de sentido. Ante cualquier fenómeno cultural, la única reacción de los eruditos de las ciencias humanas es la atribución de sentido. Creo que a causa de ello perdemos muchísimas cosas. Hay fenómenos que no podemos explicar si confiamos exclusivamente en la interpretación. Por eso yo propongo una distinción entre cultura de sentido y cultura de presencia. Así, me propongo atraer la atención hacia ciertos fenómenos de presencia que no podemos tematizar desde una aproximación hermenéutica.

Se podría mencionar una infinidad de distinciones entre fenómenos de cultura de presencia y cultura de sentido. Sólo voy a proponer algunos ejemplos. En primer lugar, la autorreferencia humana en una cultura de sentido (y nuestra cultura contemporánea lo es de manera predominante) es puramente cartesiana. Es decir, cuando pensamos en nosotros como sujetos, pensamos en nuestra conciencia y nada más; tomar en cuenta el cuerpo es, en general, inapropiado. Una cultura de presencia no es puramente corporal, sino que integra conciencia y cuerpo, lo cual hoy día nos resulta muy extraño. Por ejemplo, la preocupación de la cultura medieval, que era predominantemente de presencia, respecto a la resurrección corporal de los muertos nos parece absurda desde nuestra cultura cartesiana. Es posible marcar una segunda distinción en torno a la relación de la autorreferencia humana con los objetos del mundo. En una cultura de sentido, la autorreferencia siempre es excéntrica al mundo, lo vemos desde fuera, por la razón ontológica de que las cosas son materiales y nuestra conciencia es puramente espiritual. Otra manera de considerar esta relación podría tomar el concepto heideggeriano de “estar en el mundo”. Si tengo cuerpo estoy entre las cosas y no en una relación de excentricidad frente a ellas.

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¿Cómo se produce el saber en una cultura de sentido y en una cultura de presencia? En la primera, se produce por interpretación, por atribución de sentido. Aquí concurre una topología importante: siempre nos enfrentamos a una superficie puramente material y detrás (o debajo) de ella subyace lo que realmente es importante, el sentido. Así, desgraciadamente, leemos la poesía: la prosodia no es lo que importa, sino lo que está detrás de la forma fonética del poema. En cambio, la producción de saber en una cultura de presencia está menos centrada en el sujeto. Esta se da, básicamente, por revelación. Aunque suene extrañamente religioso para nosotros, es posible afirmar que las cosas se muestran o –para usar otro término heideggeriano– se “autodesvelan”. Y resulta muy interesante aplicar esta distinción al deporte. Es absurdo intentar la interpretación de un partido de fútbol, pero cabe pensar que en éste se muestran cosas.

En cuanto a la relación existencial con las cosas del mundo, en una cultura de sentido acumulamos interpretaciones y, en base a ellas, formamos motivaciones, imágenes de un mundo futuro transformado que nos proponemos alcanzar. Así, nuestra relación con el mundo en una cultura de sentido consiste en transformarlo constantemente. Y consideramos esa transformación incesante de manera imperativa: estar quieto es algo negativo. En una cultura de presencia, en cambio, las personas desean inscribirse, hasta corporalmente, en ciertas regularidades cosmológicas. Pensemos en las culturas llamadas “primitivas” y la importancia que en ellas adquieren los rituales.

Lo que quiero subrayar, entonces, es que al considerar un movimiento del cuerpo humano –y específicamente el deporte– bajo la perspectiva de una cultura de presencia, no lo vemos en función de la interpretación sino de cómo se relaciona con una cosmología ya existente. Podríamos decir que interesarse por el deporte es volver a encontrar una relación objetual con el mundo de las cosas, del espacio, y no sólo de transformación en un plano temporal.

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¿Cuál es la situación contemporánea del deporte? En primer lugar, es posible aseverar que –incluyendo el siglo V a.C., es decir, el gran siglo de la cultura griega clásica–, el deporte nunca ha estado tan masivamente presente como en la cultura contemporánea. Es así, porque el deporte en Grecia fue una actividad de la clase alta, un  privilegio; la mayoría de los habitantes del Estado ateniense no tenían derecho a participar en eventos deportivos. Si el deporte nunca ha estado tan presente como hoy y sigue creciendo: ¿cuál es la razón para ello? En mi opinión, se trata de un fenómeno compensatorio. Desde la primera modernidad, desde el Renacimiento –tomando su forma ya canonizada en el siglo XVII, con Descartes y la autorreferencia humana descrita como cogito ergo sum– habitamos una cultura predominantemente de sentido. Vivimos el cuerpo como un soporte necesario e inevitable de la conciencia, nada más. La conciencia es realmente nuestra vida. Sería ideal existir sin este soporte, pero no podemos. El deporte es una manera de mantener esta necesidad y sobrevivir sin perder completamente nuestra relación con el cuerpo.

Creo que ocurrieron en el siglo XX dos acontecimientos centrales relacionados con el deporte, que han pasado casi desapercibidos. Los que tienen mi edad, recordarán que, cuando éramos pequeños, existía una diferencia drástica entre deporte de aficionados y deporte profesional. Por ejemplo, los futbolistas profesionales no podían participar en los Juegos Olímpicos. De hecho, el primer Campeonato Mundial de Fútbol –el de 1930 en Montevideo–, se organizó como reacción a una protesta del Comité Olímpico. Se creó para darles un espacio no olímpico a los futbolistas profesionales. Sólo desde 1988, se admite oficialmente a los profesionales en las Olimpíadas. La razón es que, hoy en día, se puede hacer dinero en cualquier deporte. Ya que la actividad física asociada a la salud ha pasado a ser una prioridad cultural, la mayoría de la población hoy en día practica algún deporte, lo que sustenta un mercado de implementos deportivos. De esta manera, se ha borrado la distinción nítida entre deporte aficionado y deporte profesional. Todos los deportes son en potencia profesionales porque tienen sus mercados y casi nadie es puramente un espectador. (No es el caso de este profesor californiano, que piensa hacer deporte cada mañana pero nunca lo consigue.)

Cuando pensamos en deportes hoy, pensamos sobre todo en deportes de equipo. Este es un fenómeno reciente. Hasta 1860-70, no existía ningún deporte de equipo importante. Sólo desde finales del siglo XIX y principios del XX el fútbol, el básquetbol y el béisbol asumieron la relevancia que se ha mantenido y expandido hasta hoy. Y nadie sabe muy bien por qué, desde finales del siglo XIX, emergieron con tal dominancia los deportes de equipo. Los 100 metros planos, por ejemplo y por contraste, ocupan un lugar marginal y sólo adquieren relevancia cada cuatro años en los Juegos Olímpicos, donde son un evento central.

Por todo esto, estamos en una situación en que el deporte está penetrando cada vez más en la vida diaria. Quisiera finalizar contándoles una anécdota banal. Estoy en Chile gracias a una invitación del Programa de Stanford en Santiago. Hace cuatro años, enseñé en el Programa de Stanford en Kyoto. Una de mis tareas fue llevar a un grupo de 30 estudiantes a una casa japonesa antigua, tradicional, donde era necesario quitarse los zapatos en la puerta. Recorrimos la casa y, al terminar, nos encontramos con una montaña de zapatos. Me los quedé mirando y me dije: ¿por qué me parecen tan extraños estos zapatos? Entonces me di cuenta de que, de esos 30 pares, sólo los míos no eran zapatos deportivos.

Hasta en la ropa está presente y empieza a dominar el deporte. Por ejemplo, hace poco estuve en el Hotel Ritz de Londres. Bajé por la mañana vestido con jeans y me dijeron que no podía tomar desayuno en el hotel con una vestimenta tan informal. A mi lado se encontraba una señora norteamericana que llevaba una gorra de béisbol. Como la gorra no estaba mencionada en el protocolo de ropa que no debía usarse en el hotel, sí podía estar ahí. Es decir, los deportes y las gorras de béisbol ya han penetrado hasta en las salas de desayuno del Hotel Ritz de Londres.

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