Joyce Carol Oates: “En Estados Unidos tendemos a centrarnos en los ganadores”

Joyce Carol Oates ha publicado más de 60 libros. Colecciones de cuentos, ensayos, poesía, teatro y novelas son los géneros a los que se viene dedicando, inquebrantable, desde hace 40 años. Indaga minuciosamente en temas que desvelan a sus compatriotas: el boxeo, el ascenso social, las distintas facetas del sueño americano y los ídolos. Ha escrito las novelas Black Water y Blonde basadas, respectivamente, en personajes míticos de su país: el senador Robert Kennedy y Marilyn Monroe.

Oates (1938) nació en Lockport, en el norte del estado de Nueva York. La mayor de tres hermanos, creció en una granja. Sumidos en la pobreza y aún golpeados por la Depresión, pertenecían a lo que en Estados Unidos llaman basura blanca, trabajadores temporarios que apenas logran sobrevivir con sus jornales. A pesar de las limitaciones económicas, logró ingresar a la universidad. Se licenció en literatura en la Universidad de Syracuse y, mientras cursaba su Master en la Universidad de Wisconsin, conoció a Raymond Smith, con quien se casó en 1962.

La carrera de publicaciones de Oates comenzó con su primera novela cuando tenía veintiocho años. En 1980 publicó Bellefleur, la primera novela gótica de una serie que la llevaría a alejarse por un tiempo del realismo psicológico. Luego, volvería a las crónicas familiares con Marya: una vida, relato que considera el más autobiográfico de su obra. En varias de sus colecciones de cuentos ha incursionado en el misterio y el suspenso.

En 1968 se estableció en Canadá por diez años. Tomó un puesto docente en la Universidad de Windsor, enseñaba en tanto publicaba dos o tres novelas por año. Desde 1978 es docente en Universidad de Princeton, dicta una cátedra de honor y es Roger S. Berlina Distinguished Professor of the Humanities. Además, da conferencias por todo el país y, como afirma su colega Edmund White, “no puede resistirse a una invitación”.

“Cuando no escribe se impacienta, se pone realmente mal. Es extraña”, dice Richard Ford, quien expresó su admiración por ella. Ambos son miembros de la Academia Nacional de Artes y Letras de Estados Unidos.

El biógrafo Greg Johnson lleva cuenta de su vida en varios tomos de Invisible Writer. El periódico The Nation la catalogó como “una de las grandes fuerzas artísticas de Estados Unidos”.

Alrededor de 40 de sus libros han formado parte de la lista de los libros notables del New York Times. Ganó varios premios literarios a lo largo de su carrera. Figura, año tras año, entre los candidatos al Premio Nobel.

Según Edmund White “es una excelente amiga, muy leal. Es una docente maravillosa, tiene una vida social plena. Creo que cuando escribe, de alguna forma, entra en un trance. Tiene una idea visual. Mira por la ventana, su gato se sienta en su falda y escribe con una máquina eléctrica, no con una computadora. Realmente no sé cómo lo logra. Contribuye con enormes y extensas reseñas para el Times Literary Supplement, el New York Times y el New Yorker. Cuando tomo una limusina con ella desde Princeton a Nueva York no se le puede hablar: está escribiendo. Se pone muy nerviosa si aparece algo que la mantenga alejada de la escritura por más de un día. No me gusta chusmear sobre ella: la quiero y pienso que lo que hace es fantástico. Lo disfruta. Aunque, algunas veces, me llama por teléfono y se queja. Cuando escribió Blonde estaba angustiada”.

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La entrevista tuvo lugar una templada tarde en su oficina de la Universidad de Princeton. Sentada detrás del escritorio, como si el tiempo le sobrara, contestó las preguntas. El cabello ondulado castaño oscuro caía por debajo de sus hombros. Su rostro delgado se veía pequeño detrás de los grandes anteojos. Llevaba puesta una polera de mangas largas y pantalones de lona beige.

Las paredes de su oficina, revestidas de estantes colmados de libros, daban cuenta de las decenas de ediciones de sus libros en los más de cuarenta idiomas a los cuales han sido traducidos. “Me encantan las portadas”, comentó.

Empecemos por la enseñanza de escritura creativa, ¿es posible?
Enseño escritura creativa y literatura. En el programa nos ocupamos de escritores que ya tienen un recorrido. Trabajamos como editores. Los alumnos son serios, vienen con su material. Por ejemplo: guié una tesis de honor de unas cuatrocientas páginas. Era de un hombre joven, un novelista; me desempeñé con él de la forma en que lo haría un editor.

Al decir que los guía como lo haría un editor, ¿se refiere a que hay algún tipo de seguimiento individual? 
Sí, en un curso hay un solo estudiante. Algunas veces he tenido dos, este curso se llama “tesis de honor”. Él o ella vienen a mi oficina y trabajamos más o menos durante una hora por semana. Reviso con sumo cuidado el manuscrito, lo repasamos juntos y lo critico. Luego, en los talleres, hay diez estudiantes, nos sentamos en ronda en una clase, escuchamos los trabajos de cada uno y los comentamos en detalle. Nos concentramos en el uso del lenguaje, la prosa y el estilo. Lo disfruto bastante, también hablamos de otro tipo de literatura, les asigno antologías para leer, James Joyce, Faulkner o Hemingway.

¿Qué le parece más valioso de la obra de Hemingway?
Creo que es un gran clásico. Me parece que sus cuentos son, quizá, lo más maravilloso de su trabajo, son mis favoritos. También tiene novelas estupendas. Las releí y he escrito sobre él con admiración. Por quién doblan las campanas, por cierto, es excelente. La prosa de Adiós a las armas es muy vívida, fuerte, visual, esencial… Narra una historia sobrecogedora y bastante romántica. Redacté una introducción para una nueva edición de la Folio Society Publications sobre sus novelas, se publicó en Londres. Forjó un estilo, como también lo hicieron Henry James o Faulkner. Su profunda influencia se ve con claridad en varios escritores como Joan Didion o Raymond Carver.

Hay un tema que tienen en común con Hemingway, hablo de un punto recurrente en la escritura de ambos: el boxeo.
¡Ah, sí, el boxeo! Bueno, Hemingway no escribió demasiado acerca del boxeo. Era un boxeador amateur. Para él estaba ligado al código de masculinidad. En cambio, a mí me interesa la faceta étnica del tema: la historia de las minorías en Estados Unidos. Los italianos, los irlandeses, los negros y los hispanos. Tiendo más a mirarlo como una historiadora, no lo veo como una gran exhibición de masculinidad sino, más bien, como un panteón de fracasos y dolor. Es un deporte brutal. Para los boxeadores se trata de un trabajo con las manos. Está ligado a la cultura de trabajar con las manos, en vez de hacerlo con la cabeza. Hemingway, supongo, lo glorificaría más.

“Cuando no escribe se impacienta, se pone realmente mal. Es extraña”, dice Richard Ford, quien expresó su admiración por ella. Ambos son miembros de la Academia Nacional de Artes y Letras de Estados Unidos. El biógrafo Greg Johnson lleva cuenta de su vida en varios tomos de Invisible Writer. El periódico The Nation la catalogó como “una de las grandes fuerzas artísticas de Estados Unidos”. Alrededor de 40 de sus libros han formado parte de la lista de los libros notables del New York Times. Ganó varios premios literarios a lo largo de su carrera. Figura, año tras año, entre los candidatos al Premio Nobel.

Cuando leí su excelente ensayo sobre el boxeo, me preguntaba cómo una persona sensible puede disfrutarlo, aunque es cierto que me acaba de decir que es brutal. 
Creo que me identifico con los boxeadores. No veo demasiada diferencia entre el virulento autosacrificio de los boxeadores y la intensidad del sufrimiento de cierto tipo de artistas. Uno podría pensar en un pianista practicando su instrumento seis horas diarias, día tras día, para tocar en público y en lo difícil que es. Diría que no difiere demasiado de las vicisitudes con que se encuentra un boxeador. La diferencia reside en que una es una forma de arte con la que nos podemos relacionar y, la otra, es una forma de exhibición. Alguna gente cree que es un arte, pero es más bien físico. Para mí, son un continuum, en vez de disímiles. Y los boxeadores son atletas. Admiro el boxeo más que la pelea, no son siempre lo mismo. Los boxeadores tienden a ser muy habilidosos, los peleadores son crueles.

Pero hay una diferencia entre un pianista y un boxeador. Los pianistas no suelen tener finales trágicos. 
No, por supuesto. Un pianista es más refinado, está en otro nivel. Pero los hombres jóvenes negros de Estados Unidos que vienen de barrios realmente pobres no tienen ese tipo de opción. Cuando Joe Louis era un niño, por ejemplo, no podía esperar convertirse en tenista ni en futbolista; tampoco iba a ir a la universidad, porque no fue al colegio secundario. El camino de ascenso para salir de la pobreza estaba ubicado en sus puños. Todo depende del lugar de dónde se provenga.

Por mi parte, podría decir que pertenezco a dos mundos: por un lado vivo aquí en Princeton, por otro, provengo de un barrio muy pobre. Estoy mitad en uno y mitad en otro. Mi madre y mi padre tuvieron que dejar la escuela, crecieron durante la Depresión, eran muy pobres. Papá era íntimo de boxeadores, conocí un poco ese ambiente. Su mejor amigo era un boxeador de peso mediano que finalmente se suicidó. Es un deporte muy canalla, nosotros sólo oímos hablar de los campeones. En Estados Unidos, tendemos a centrarnos en los ganadores, pero después está toda esa otra gente del mundillo, escribo sobre ellos. Ahora las mujeres están boxeando…

¿De veras? ¿Le gusta ir a presenciar peleas de boxeo?
¿Físicamente? Hace tiempo que no voy a ver una pelea en vivo, las miro por televisión. Pero cuando Mike Tyson peleaba solía ir a verlo, era amiga de él y de su manager. De esto ya ha pasado un tiempo, Tyson tomó otro rumbo. He visto algunas boxeadoras por televisión. Es un fenómeno nuevo, hay mujeres atletas y mujeres que están practicando distintos deportes que fueron históricamente masculinos en Estados Unidos. Significa un gran cambio, nadie hubiera imaginado que esto iba a suceder, ni que las mujeres se iban a dedicar al boxeo.

¿Y cree que tienen las mismas condiciones de origen que sus pares masculinos?
No, estas mujeres suelen ser trabajadoras, no son indigentes. La típica joven boxeadora sería una mujer policía, o la obrera de una fábrica. Hay algunas que van a la universidad, es una variante dentro del feminismo. Van a ejercitarse al gimnasio, tienen entrenadores personales, no van a adelgazar ni a moldearse sino a luchar, tal como hacen los hombres. Descubren que aman este deporte y terminan involucrándose. El físico de un boxeador es muy atractivo, no es como el de alguien que levanta pesas, donde el cuerpo tiende a un estándar.

Lo eligen las mujeres trabajadoras porque, en el boxeo femenino, no hay dinero. Sólo pueden practicarlo las que tienen un empleo. Ahora, si en el boxeo femenino comenzara a haber dinero, como sucede con el masculino, aparecería inmediatamente un flujo de mujeres muy pobres, de chicas indigentes, de catorce, quince o dieciséis años. En este caso, las trabajadoras serían desplazadas. No podrían competir. Es lo que sucedió en el boxeo masculino. Solía ser un deporte de caballeros y, luego, entraron chicos muy pobres, como Jack Dempsey. Son tan competentes, están tan enojados, llevan el odio de clase… Tienen la profunda necesidad de ganar plata. Así es como la clase media quedó excluida.

Tengo un particular interés en las clases sociales, escribo sobre choques culturales. La mayoría de la gente no reflexiona sobre este aspecto del boxeo, solamente miran a los boxeadores sin pensar que representan a una cultura, una raza, una clase, pero es así.

En sus primeras novelas como El jardín de las delicias conyugales e incluso en Puro Fuego veo un interés por el tema del amor. Leí un artículo suyo donde sostiene que el amor romántico es un lujo… Me preguntaba, a propósito del artículo, si le parece que la gente rica tiene más posibilidades de elección en el amor.
Creo que es un aspecto afluente de la civilización. Primero hablaba del ascenso del amor romántico en el Medioevo, y del hecho de que los campesinos que trabajan muy duro no tienen tiempo para lo que nosotros llamamos amor romántico. No estaba hablando sobre gente rica, sino sobre quienes tienen algo de plata. Cuando la gente asciende económicamente empieza a acceder a todo tipo de lujos. Las mujeres comienzan a ser adornadas. No contaban con libertad individual ni política, pero tenían diamantes y plumas. Un hombre podía decorar a una mujer como si fuese su posesión. Así es como la mujer se convierte en un objeto estético de un cierto deseo masculino. Ese era el tema.

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En cuanto a la gente rica, es distinto. Conozco, dicho sea de paso, dos personas que están entre los más ricos de Estados Unidos. Lo increíble es que son verdaderos adictos al trabajo. Es como si no tuvieran tanta plata. Algo que podría decir acerca de los millonarios que conozco, es que trabajan incansablemente y se interesan mucho en hacer plata, por eso tienen tanta. Estos dos hombres en particular heredaron muchos millones de dólares.

¿Cómo consiguió acceder a la universidad?
Obtuve una beca y papá, que era obrero, me ayudó. En nuestro país los obreros se sindicalizaron, y a través de este proceso, se fortalecieron. Lograron obtener mejores salarios, que nunca fueron muy altos, claro. Papá no ganó demasiado dinero, pero empezó a ganar mucho más que antes. Tuvimos sindicatos fuertes en este país; hoy en día, creo que están en grandes problemas.

¿Es cierto que logra escribir doce horas diarias?
Puedo escribir doce horas diarias. Necesito variar: un poco a mano, otro en la máquina de escribir. No lo hago todos los días. Amo escribir, cuando estoy elaborando una novela, paso todo el tiempo trabajando en la novela, con interrupciones de vida. La escritura de una novela se convierte en mi respiración. Al terminarla, no trabajo doce horas por día. Hago tareas simples, puedo escribir un cuento, un ensayo para la revista del New York Times o críticas de libros.

¿Le parece que un año es mucho tiempo para una novela?
¿Doce horas diarias? Mira, mucha gente que está escribiendo una novela no trabaja todos los días, así se puede estar cinco años. Pasan semanas sin avanzar. Yo trabajo todos los días y pienso en la novela cada minuto. Para mí un año es algo muy conciso: está lleno de todas las horas y minutos de ese año.

¿Hace investigación o utiliza su imaginación?
Hago investigación. Especialmente para una novela como Puro fuego (se refiere a Foxfire, de 1993). Pero también conocí a chicas de orfanatos durante mi infancia y a través del tema de Marilyn Monroe. Me documenté mucho acerca de Hollywood en las décadas del 20, 30, 40 y 50 y sobre la política de la época. También vi películas de esos años, algunas que Marilyn vio de chica. Ella tuvo la influencia de Jean Harlow, así que repasé varias de sus películas. Cuando se escribe una novela o un libro de no ficción uno es impulsado hacia zonas desconocidas. Descubres aspectos desconocidos de la historia, nuevas lecturas y ves películas que no habías visto. Fui a Hollywood, caminé por ahí, paseé por Santa Mónica, lugares que aparecen en la novela.

En sus novelas ha utilizado estilos elevados como en Niágara o lenguaje simple como en Man Crazy. ¿Lo piensa antes de comenzar o sale espontáneamente?
Mi estilo siempre es el exacto reflejo, o la expresión de los personajes cuyas vidas están siendo ilustradas. Cuando los personajes son más intelectuales, el estilo es elevado, cuando se trata de seres arrastrados por sus emociones o por urgencias inconscientes, el estilo es más vernáculo. En todos los casos intento un acercamiento poético en donde utilizo la metáfora para transmitir significado.

¿Cree que la sociedad americana está obsesionada con el dinero?
Algunos lo están. La gente que tiene plata, no piensa tanto en el tema. Diría que quienes están ansiosos porque pueden perder su trabajo o quienes quieren comprar una casa y no logran juntar suficiente dinero, cavilan muchísimo sobre este tema. Creo que es una cuestión de los individuos; además, tenemos una sociedad de consumo plagada de mercadería para comprar. Estoy un poco afuera de eso, no miro televisión, no parece importarme. Pero mi personalidad no es representativa. Mis amigos en Princeton son escritores, poetas y profesores universitarios, no somos representativos. Estamos casi divorciados de la cultura que nos rodea.

Una élite.
No sé si una élite. Somos como ajenos. Por ejemplo: yo gané bastante dinero. Me podría comprar autos muy caros, pero no me llaman la atención. Podría tener cinco casas en distintos lugares del país. Sin embargo, no me atrae. Básicamente me centro en mi trabajo, es lo que me apasiona. Y cuando viajo, generalmente, lo hago por intereses culturales.

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