Jon Lee Anderson: el riesgo de ida y vuelta

No cumplía aún los 16 años, y Jon Lee Anderson ya enviaba a casa postales de terror. Su hermano Scott, escritor como él, recuerda en un ensayo de anécdotas familiares la tarde en que encontró a sus padres sentados con las manos sobre la cabeza, mirando incrédulos una colorida postal timbrada en Honduras.

“Pocas palabras. Casi todas incomprensibles”, dice Scott sobre los saludos playeros de su hermano. Descripción torpe de paisajes, nuevos amigos, comidas exóticas. Al final, la siguiente posdata: “Les escribo desde el hospital. Patié accidentalmente un machete y me partí en dos el pie derecho. Se ha hinchado más de tres veces lo normal. Los doctores dicen que está infectado, es probable que sea gangrena. Puede que amputen. En fin: C’est la vie. Los quiere, Jon”.

Agobiaba a los Anderson la ligereza con la que su hijo adolescente se disponía a enfrentar una amputación (que no fue), mas no los sorprendía. Jon Lee había sido precoz en muchas cosas –a los 10 años, por ejemplo, enviaba a sus amigos a entrevistar a los vecinos para editar un diario del barrio–, pero era, sobre todo, tempranamente audaz en el riesgo. Escapó de su casa en Washington D.C. como a los 13 años, y la policía lo encontró en una montaña, diciendo que no había problemas, que para qué volver a casa, que allí viviría de lo que le diera la tierra. Un año más tarde, recorrió el Este de África durante tres meses. Partió solo. Tenía 14 años. A los 17 quería enrolarse en la guerrilla independentista de Zimbabue.

“No tenía miedo, y nada malo me sucedió”, cuenta si se le piden detalles sobre ese primer y solitario viaje adolescente por África. Se afianzaba ya en él, a una edad temprana e irreflexiva, la total naturalidad con la que hoy se gana la vida frente al peligro, hablando a escondidas con un médico de Saddam Hussein en una Bagdad aún tiranizada, asistiendo a un ritual de iniciación de un grupo guerrillero birmano, detallando la búsqueda de Osama bin Laden en las cuevas de Tora Bora (Afganistán), subiendo y bajando aviones junto al temperamental Hugo Chávez (“Cuéntanos algo”, le pide en un momento de distensión el venezolano, “¿por qué Saddam no dio la pelea cuando invadieron los yanquis?”).

No es la corresponsalía internacional un oficio que exija antecedentes genéticos o algo semejante, pero la biografía de Jon Lee Anderson sugiere algo parecido a la predestinación. Nació en California, pero se crío entre Corea del Sur, Colombia, Taiwán, Indonesia, Liberia, Inglaterra y Estados Unidos. Aprendió suficiente swahili, bahasa y mandarín. En marzo pasado, la periodista Constance Hale lo tuvo al frente por noventa minutos ante los 500 asistentes a la Nieman Conference on Narrative Journalism, en Boston1. Leyó frente al micrófono estos datos nómadas con una mezcla de envidia y espanto: “Yo quisiera saber qué hace que un chico pase por esa cantidad de países. ¿Era tu madre escritora? ¿Era tu padre agente de la CIA, acaso?”.

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La anfitriona jugaba a la ingeniosa, pero no había para qué. Anderson respondió que sí, que su madre había sido escritora (de libros infantiles) y que su padre, bueno, siempre le dijo que tenía un cargo de “consultor en asuntos agrícolas para la embajada de Estados Unidos”. Fue una respuesta que dejó a la sala en tenso silencio. Los más rápidos comenzaron luego a reír. No sólo es probable que el padre de Jon Lee Anderson haya supervisado algo más que asuntos agrícolas en esos sucesivos viajes por el mundo, sino que el propio periodista creció con una duda irresoluta: “Nunca quiso explicarnos más allá. La mitad de la familia estábamos convencidos de que era un agente encubierto, y la otra mitad pensaba que eso era imposible. Jamás lo sabremos”, dijo en aquella entrevista.

Un padre de profesión misteriosa y cuatro continentes en el cuerpo antes de cumplir los 18 años podrán o no ayudar a que un joven estadounidense, sin estudios de periodismo ni de literatura, llegue al New Yorker y se convierta en su corresponsal estrella. Jon Lee Anderson es un pésimo ejemplo para la juventud indisciplinada. Abandonó el colegio antes de terminarlo, y ejerce con éxito un oficio para el que nunca estudió, y sobre el cual se resiste a teorizar. Le acomoda más hablar de impresiones, anécdotas y encuentros con personajes que de técnicas narrativas, métodos de archivo o pecados gramaticales. El periodismo ha sido, para él, el único modo de crecer cobrando por el nomadismo perpetuo.

La vida soñada
Primero vino el viaje y luego la escritura. Zonas y situaciones extremas -– guerrillas asiáticas y dictaduras musulmanas, tiranos africanos y caudillos latinoamericanos– le han dictado a Jon Lee Anderson sus técnicas como escritor, no al revés. “Apenas publiqué mi primer artículo, descubrí que la escritura sería un medio para conocer el mundo y vivir la vida que quería vivir”.

Un viaje a Perú, a los 20 años, lo asentó en el periodismo: “Me enamoré de Sudamérica y sus posibilidades. Quería quedarme como fuese, y busqué mil maneras de poder hacerlo. Hasta que vi que necesitaban escritores en el Lima Times, un pequeño semanario en inglés en el que recibía 60 dólares por mes. Llegué sin nada que poner en mi currículo. Nada excepto experiencias extrañas. Les dije: Sé escribir, mi madre dice que lo hago bien…”

Sus primeras crónicas repasaban viajes previos suyos por el Amazonas. En la conferencia en Boston contó que ya entonces sus textos diseñaban un arco narrativo. “Mis viajes habían sido experiencias formativas, pero nunca supe cuánto hasta que las escribí”, dijo. Late en sus reportajes escritos desde El Líbano, Irán, Cuba, Liberia o la Nueva Orleans huracanada un mismo pulso de asombrosa vivacidad; describe como lo haría un reportero biónico, con sus sentidos agudizados por encima de lo normal:

Un padre de profesión misteriosa y cuatro continentes en el cuerpo antes de cumplir los 18 años podrán o no ayudar a que un joven estadounidense, sin estudios de periodismo ni de literatura, llegue al New Yorker  y se convierta en su corresponsal estrella. Jon Lee Anderson es un pésimo ejemplo para la juventud indisciplinada. Abandonó el colegio antes de terminarlo, y ejerce con éxito un oficio para el que nunca estudió, y sobre el cual se resiste a teorizar. Le acomoda más hablar de impresiones, anécdotas y encuentros con personajes que de técnicas narrativas, métodos de archivo o pecados gramaticales.

“Durante los primeros tres días del bombardeo a Bagdad, las explosiones llegaron sólo de noche. Luego hubo algo de bombas diurnas, pero más que nada lejos del centro o en las afueras de la ciudad. En el sexto día de ataque, 25 de marzo, otro turab o tormenta de polvo, se tomó Bagdad. El polvo amarillo se mezclaba con humo elevado desde docenas de incendios de petróleo que supuestamente se habían prendido para reducirles la visibilidad a los pilotos estadounidenses y británicos. El cielo se volvió púrpura-negroide, como si la ciudad enfrentara un invierno nuclear. Para entonces podías escuchar explosiones a todas horas del día y la noche […] Parecía que caían aplausos al azar, por aquí y por allá en el paisaje oscurecido.

El ánimo en las calles era mudo. La gente parecía haberse resignado a su suerte, como sucede en el Caribe antes de una tormenta tropical […] El 25, el sol se puso antes de tiempo, como una cortina negra que caía de pronto, mucho antes de las 5 p.m. Media hora más tarde, la cortina se levantó brevemente y cayeron algunas gruesas gotas de lluvia, volviendo barro la cobertura polvorienta de los autos. Las sirenas atronaron alrededor de las once, justo cuando apareció una neblina húmeda. El aire olía curiosamente a mugre, y estaba tan oscuro que incluso allí donde había faroles no podías ver más allá de un par de cuadras”.

Los seis libros, e incontables reportajes para Time, The New York Times, The Guardian, El País, Harper’s Life, The Nation y The New Yorker han sido, desde esos primeros encargos para el Lima Times, pruebas constantes de una sensitividad –que no sensibilidad– hipertrofiada. Son reportajes en que una ciudad puede adquirir características de personaje animado, con emociones, estados de ánimo, frustraciones y expectativas. Es la alerta tonificada de un hombre que, como en el brillo de un enamoramiento, se deja encantar sin oponer resistencia por cualquier ciudad en las tres primeras semanas del encuentro: “Los primeros días son los más emocionantes, porque todos tus sentidos están despiertos, lo cual es estupendo para la descripción. Adonde te llevan tus ojos en esos primeros días ayuda a determinar cómo finalmente miras el lugar y sus problemas. A veces esas primeras impresiones no terminan en el texto, pero necesitas pasar por ellas para mantener una cierta plataforma emocional en la que acomodar las entrevistas que acumules. Al cabo de tres semanas adoptas una cierta rutina, y noto que mis sentidos comienzan a apagarse. Ya no veo ni huelo ciertas cosas, esas cosas que han llenado mi libreta en los primeros días”.

El viaje que está dispuesto a emprender Anderson para cada nuevo reportaje no es sólo un cálculo geográfico. Hay países lejanos al nuestro en el mapa, sociedades políticamente aisladas, culturas por completo exóticas. Pero el reporteo para el libro Guerrillas (1992), sobre grupos insurgentes en cinco naciones, también le develó al periodista otra lejanía; aquella que él llama “la del mundo no escrito, al margen de la agenda política codificada, clandestino para muchos; microcosmos formados sin que nos demos cuenta”. Entre los mujahedin de Afganistán, el FMLN de El Salvador, el Karen de Birmania, el Polisario de Sahara Occidental y un grupo de jóvenes palestinos en la Franja de Gaza, Anderson aprendió sobre sociedades jamás censadas, pero con códigos (ritos, mártires, moral y modales) convertidos en tradición por la lealtad de sus miembros. “Personas que tienen la muerte, no la vida, como la mayor certeza”.

Los insurgentes de Birmania y Afganistán adoraban al Che Guevara tal como en Centroamérica, notó Anderson. El periodista consideró por eso lógico continuar ese libro con otra gran investigación sobre el médico argentino devenido guerrillero. Che Guevara: Una vida revolucionaria (1997) es su libro más famoso, también el más largo de su carrera y aquél en el que invirtió más tiempo y esfuerzo (cinco años completos y una mudanza con toda su familia a La Habana). Hubo allí revelaciones que sorprendieron a los expertos, como la suerte del cadáver de Guevara o escritos suyos que la propia viuda decidió compartir por primera vez. También hay golpes en La caída de Bagdad, e inesperadas confesiones en perfiles sobre personajes tan poco sinceros como Augusto Pinochet o Hugo Chávez. Todo viaje es para Anderson sobre todo una sucesión de entrevistas, y son los resultados de esos encuentros –a veces, cuidadosamente preparados– los que más espacio ocupan entre sus bien pensadas descripciones de ambiente.

La tiranía que ahoga a Zimbabue es una confesa obsesión del corresponsal. Anderson visitó el año pasado el país, prohibido a la prensa, y tomó una serie de precauciones, que incluyeron alojar en una casa, y no en un hotel, y vestirse todo el tiempo con un buzo deportivo, que es como suelen vestir los zimbabuenses blancos: “El desafío es fundirte con el lugar, y para eso no sólo basta la ropa sino también el lenguaje corporal de la gente. Miras y aprendes cómo comportarte. Lo que me interesa es ponerme en diferentes situaciones y romper el molde de cómo un reportero vería convencionalmente”.

La visita quedó registrada en “The destroyer”, ágil pieza para el New Yorker coloreada por el delirante sobrino de Robert Mugabe, Leo:

“Esa semana, la inflación en Zimbabue había alcanzado oficialmente los once millones por ciento, la más alta en el mundo. Más tarde, los analistas calcularían que era de 230 millones por ciento. El ochenta por ciento de los zimbabuenses estaba sin trabajo […]. Veinte por ciento de la población estaba infectado de HIV/sida. La expectativa de vida en Zimbabue es de 44 años para los hombres, 43 para las mujeres. Pero Leo Mugabe desdeñó la idea de que la situación fuese desesperada. “La gente se preocupa de sus asuntos”, dijo. “Nadie se muere de hambre; ¡conducen buenos autos! Como cristiano, sin embargo, pienso que hay un desafío de Dios, y que la atención que hoy recibe Zimbabue sirve quizás para destacar que somos el nuevo pueblo de Israel, y que tenemos nuestro propio Moisés”. Entendí que “Moisés” era su tío. Su secretaria celebró la analogía con una exclamación de gozo”.

“Intento suspender el juicio cuando hablo con alguien, aunque más tarde el juicio sea quizás implícito al acto de escribir”, explicó Anderson en Boston. “He descubierto que soy capaz de escuchar a la gente. Hay algo que me hace ver empático, que hace sentir a los demás que no estoy ahí para juzgarlos, y entonces me hablan. Quizás estos personajes que tildaríamos de malas personas encuentran en mí un espíritu afín, jeje. Quizás no emano el bagaje cultural habitual… está el hecho de haber vivido en varios países… no es algo muy consciente”.

Para el New Yorker, Jon Lee Anderson está obligado por contrato a cinco notas al año. Diez semanas de trabajo por reportaje.  A veces ni con ese holgado plazo cumple. El viaje sigue estando para él, incluso a contrata, medido por el ritmo de su curiosidad y su aventura.

Nota: 1. De allí provienen todas las citas de este artículo.

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