Historias de sobremesa

 Eduardo Labarca.Salvador Allende. Biografía Sentimental
Catalonia, 2007
428 páginas

Cristobal Peña.Los fusileros. Crónica secreta de una guerrilla en Chile
Debate, 2007
415 páginas

¿Cómo contar la historia de un hombre o de un puñado de hombres y mujeres que escogen (o aceptan) la prematura llegada de la muerte? ¿Cómo mostrar a aquellos que prefieren cancelar su existencia ambicionando un lugar privilegiado en la –con necesaria mayúscula– Historia? Salvador Allende. Una biografía sentimental, de Eduardo Labarca, y Los fusileros. Crónica secreta de una guerrilla en Chile, de Cristóbal Peña, abordan estas preguntas y se inscriben en la corriente más noble del periodismo: aquella que, cansada de héroes y de villanos, no cree en las historias oficiales que imponen la verdad de los protagonistas, ni tampoco en las historias refractarias que descubren conspiraciones incluso donde no las hay. No se trata, es necesario decirlo, de un periodismo ingenuo, sino de uno que comprende que toda existencia humana está llena de incoherencias.

Ambos libros abordan una época en que, como bien dice Peña, “casi todo lo que pasaba estaba cruzado por la política”, pero no están contados en clave política. No hay espacio para grandes discursos o manifiestos, pugnas ideológicas o de poder, cónclaves decisivos entre líderes, o análisis geopolíticos al estilo Guerra Fría. Estos libros más bien eluden las convenciones del relato puramente histórico o sicológico o político. Son, por así decirlo, historias solas, necesarios relatos de sobremesa.

Hijo de uno de los mejores amigos de Salvador Allende, Eduardo Labarca decide que ha llegado el momento de revelar las relaciones amorosas del ex Presidente y rescatar del anonimato a sus amantes, recorriendo la trayectoria del protagonista desde su infancia hasta su suicidio en La Moneda. Labarca consigue su objetivo, gracias a una serie de cartas inéditas entre el ex Presidente y sus mujeres, al testimonio de varias de ellas –algunas sólo hablan confidencialmente–, y de varios amigos del ex mandatario que por primera vez revelan aspectos de su intimidad.

Lo más valioso del relato, sin embargo, no está ahí. Son los amores familiares del Presidente los más reveladores. En especial, el vínculo con su hija Beatriz, la revolucionaria amiga del Che Guevara y Fidel Castro, y su hermana Laura, una mujer burguesa que termina blandiendo las banderas de la izquierda más radicalizada. Este es uno de los tópicos más acabados del libro. Se trata de dos mujeres que influirán indefectiblemente en el destino trágico de Allende y que, como él, acabarán suicidándose. Tres personajes cuyas vidas parecen atadas hasta la muerte, y cuyos hilos Labarca detalla en profundidad.

El autor, además, opone estas relaciones a la de Allende y su esposa, Hortensia Bussi. Así, el libro se detiene en las contradicciones cotidianas de un Presidente que transita entre el aire constitucional y legalista que se respira en la casa presidencial de Tomás Moro –donde vive con Bussi y se encuentra con su hija Isabel– y el sudor revolucionario que lo empapa en El Cañaveral, la casa donde pasa los fines de semana con Miria Contreras –“La Payita”– y los miembros del GAP, y a la que llegan Beatriz y Laurita.

Ese ir y venir de Allende entre esas dos izquierdas explica en buena parte la conciencia que tiene de su propio destino: en el seno de su familia constata que no habrá entendimiento posible entre constitucionalistas y revolucionarios, y que, siendo él de los primeros, más temprano que tarde, morirá.

Pero hay más. Labarca contraviene la tradición que recuerda cada uno de los gestos de Allende anunciando que la suya es “carne de estatua” y se detiene en la debilidad del líder, en el hombre que en sus últimos días toma valium para dormir, que inaugura un nuevo tic –arrancarse los bigotes–, y que a veces habla con la mirada perdida o pide, con los ojos llorosos, descansar para estar lúcido. No es este el Allende que pronuncia el mítico discurso en La Moneda, sino el que, a fin de cuentas, se impacienta, teme, cae presa del nerviosismo, al comprender que sí, que es cierto, que inevitablemente dejará de vivir antes de tiempo. Es el Allende que, el día antes del golpe, descarga sus tensiones con Hortensia Bussi, la única mujer que acepta sus desaires, y la reta, dando golpes de puño sobre la mesa, sin razón aparente, en la última ocasión en que se verán las caras.

La tarea de Labarca es tan compleja que, a ratos, el autor parece ahogarse en su propósito y en el cúmulo de información que recopila. La principal debilidad del libro es su redacción. El autor trata de fundirse con los personajes, conjetura sobre sus alegrías, culpas y aflicciones, el relato queda sobrecargado de adjetivos y se torna incluso siútico o curiosamente “literario”.

Eduardo Labarca proviene de la tradición del periodismo militante, oficialista. Comunista en su juventud, trabajó en El Siglo, en ChileFilms y en radio Moscú. Fue, de hecho, mandatado a escribir las memorias apócrifas del general Carlos Prats. Tres décadas después ajustó cuentas consigo mismo y sus ex jefes, y en 2004 publicó Cadáver tuerto, una novela en la que, sin revelar la identidad del resto de los involucrados, admitió que él suplantó a Prats. Ahora, el autor cuenta cómo, cuando se discutía si Allende se había suicidado o no, él autocensuró un segmento de una entrevista a Clodomiro Almeyda, en la que el ex canciller contrariaba la versión oficial esparcida por el régimen cubano, relativa a que Allende había sido asesinado. El libro, de hecho, está cruzado por este diálogo entre el Labarca militante y el de hoy, que a ratos hasta parece disculparse por inmiscuirse en la privacidad de Allende, mientras que otras veces se vuelve reiterativo, sólo para mostrar que ahora sí puede referirse a aquello que antes calló.

Con todo, Salvador Allende. Una biografía sentimental es hasta ahora la más cabal biografía del líder de la UP.

Cristóbal Peña no padece el conflicto de Labarca, tal vez porque forma parte de una generación posterior, que ha ejercido el periodismo en democracia. Publicó su primer libro Cecilia. La vida en llamas (2002), una biografía de la popular cantante de la nueva ola, donde abordó aspectos de su vida privada. Esto le valió una querella y que se prohibiera la distribución del libro hasta 2004. Peña, en ese sentido, no tiene complejos. Y se nota.

Su libro es sobre un grupo de jóvenes que en 1986 escucha en esquinas, parques, casas de seguridad, la misma sentencia, pronunciada por distintas voces: la posibilidad de sobrevivir es, como máximo, de un 1%, y la misión es secreta, no puede ser revelada. Salvo, claro, el desenlace que, ya está dicho, indica que hay un 99% de probabilidades de morir. Así y todo, y sin saberlo, los 21 fusileros que atentarán contra el general Augusto Pinochet el 7 de septiembre de 1986, aceptan.

El autor se centra en la historia de Juan Moreno Ávila, cuya principal chapa de guerrillero es Sacha. Cuenta que Juan nació en La Pincoya, que se cansó de fumar marihuana todos los días en la misma esquina y se sumó al FPMR casi como una salvación. Fue ascendiendo, atacó la comitiva presidencial, fue el primer detenido, se quebró en la tortura y delató a sus compañeros pasando a ser un traidor entre los suyos, vivió tres años preso hasta escapar de la Cárcel Pública, y consiguió una nueva identidad que le permitió salir de Chile y volver a entrar y vivir hoy día en Santiago, casado por segunda vez con una mujer que, recién hace muy poco, supo quién era su esposo realmente. Peña conversa con Juan o Sacha o como quiera que se llame hoy, así como lo hace con otros fusileros, familiares y compañeros de éstos, y rescata también información del expediente judicial.

Peña –quien tenía 17 años para el atentado–, se aproxima a sus personajes apelando a la inocencia de cada uno de ellos. Los trata como iguales, buscando el origen de sus trayectorias guerrilleras en una liga de fútbol en Valparaíso, en las poblaciones periféricas de Santiago, en el exilio. Se detiene, por ejemplo, en el trato maternal que Cecilia Magni, “Tamara”, prodiga a sus subalternos; en los dos hermanos que se niegan a participar del atentado porque dejarían sola a su madre; en “Tarzán” y Daniel, primos hermanos criados en Cuba, que tienen por rutina ir a un gimnasio del barrio alto para recabar información y fantasean con secuestrar a la Miss Chile 1985.

Relata también cómo después del atentado y contra todos sus prejuicios, uno de los sobrevivientes debe esconderse en la casa de un homosexual y dormir con él; cómo otro puñado de fusileros enviado a Hanoi termina infringiendo las reglas del regimiento para salir de juerga en las noches; o cómo Joaquín, detenido en un hospital, trata de conquistar a su enfermera para que lo ayude a huir. Pero no hay ingenuidad aquí: Peña también relata los ajusticiamientos internos y cómo el tercer hombre del Frente desaparece, muy probablemente a manos de sus ex compañeros.

Echando mano a datos de la cultura popular de la época, como las canciones de moda, o los gustos de la izquierda de los años 80, Peña consigue recrear la peculiar vida clandestina de los fusileros, al mezclarla con sus códigos particulares, de modo que construye un exclusivo lenguaje para este universo en el que términos como templaje (la preparación para ser guerrillero), la empresa (el Partido Comunista), Ajedrez (el FPMR), o Factura (la comitiva de Pinochet), son utilizados en el relato con naturalidad. En esto, Peña es muy superior a Labarca.

Sin abrir una discusión sobre la legitimidad o no de la lucha armada, ni dar excesiva cuenta de las diferencias entre el PC y el FPMR autónomo, Peña consigue explicar por qué, cuando la dictadura iba camino a acabarse por otro insólito camino, los fusileros quedaron atrapados en ese juego de guerra. El autor sigue a sus personajes hasta el desmoronamiento total. Y entonces sí mueren, o son encarcelados, o expatriados o, peor aún, viven clandestinos como “muertos en vida”.

¿Cómo mostrar, entonces, a aquellos que prefieren cancelar su existencia ambicionando un lugar privilegiado en la Historia? Labarca y Peña se niegan a dar un veredicto y escabullen la demanda de sus personajes. No pelean a favor ni en contra de ellos. Ambos autores, en realidad, responden a otros impulsos: el ego de autor o la complicidad con sus lectores, no importa. El hecho es que admiten que todo personaje, por más excepcional u ordinario que sea, es dueño de una enorme complejidad, la complejidad, ni más ni menos, de los simples mortales.

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